OfeliasHubiera querido evitar ese lugar común etimológico con que solemos explicar la elección, en ciertas circunstancias, de la palabra agonía para referir un estado, una actitud. No he podido. Como se sabe, el término implica lucha, remite pues a una condición más activa que yacente, más beligerante que conformista. La muerte, otra presencia asociativa, también aparece una vez pronunciada la palabra. He titulado este comentario sobre Ofelias así, “Feminidades agónicas”, porque en todos los cuentos de esta colección las mujeres pelean; pelean con su familia, con su entorno social o laboral, con sus prejuicios y hasta contra sus propias apetencias sexuales, en un batallar perenne –y casi siempre fallido - por hacerse un espacio propio.

El volumen reúne relatos emparentados por un tema común –la experiencia de la feminidad-, por el ambiente en que se mueven los personajes (a medio camino entre la vida cotidiana y la ensoñación); por el tránsito apenas perceptible de lo real a lo fantástico –aquí lo fantástico aparece como cierta levedad imaginativa, como la plasmación de una voluntad de cambio, de emancipación que muchas veces se asocia con la muerte, propia o ajena- y, al mismo tiempo, por un lenguaje muy bien elegido: un lenguaje que, por fortuna, responde claramente a los personajes que lo emplean, y puede asumir la voz cascarrabias de una campesina enloquecida por la soledad y el abandono, con igual soltura que la de una profesora universitaria cuya vida ha estado siempre regida por los otros.

Sus protagonistas son todas mujeres en situaciones difíciles, en medio de tragedias comunes y no tanto; mujeres que en algún momento de sus vidas –ese en que nos asomamos a las páginas del libro- perciben el camino torcido en el que están, la imposibilidad de salvarse, lo irreal de todo lo vivido. La desmesura de lo trágico en la vida común, la certidumbre de que ser mujer es un encargo difícil en un mundo organizado por otros, son algunas de las constantes de esos cuentos amargos cuya fuerza no proviene –o no sólo- de su permanente interrogante sobre el destino de esos seres humanos abocados a la tragedia, casi siempre, por la obediencia o el amor, por esa telaraña pegajosa con que nos asfixian, a fuerza de costumbre, las servidumbres de la vida familiar o laboral, por ese momento en que dejamos de hacer girar la noria del hábito para preguntar, incrédulas: ¿cómo llegué hasta aquí?

El libro condensa en esos textos de alto dramatismo un ejercicio de elaboración del lenguaje, como ya dije, profundo, raigal. Los cuentos de Ofelias están muy trabajados, y ese cuidado sale a la luz en la adecuación de un tono, de un adjetivo.

Y hablando de adjetivos, permítanme una digresión. Tuve a bien, cuando presenté Ofelias en el Sábado del Libro, llamar la atención sobre la advertencia (que ya se ha convertido en parte de los usos del mundo literario cubano) acerca de si era válido o no calificar este libro como “feminista”. En la nota de solapa se dice de él que no lo es, sólo para aclarar enseguida: “sus páginas (…) demuestran cuánto la autora (…) conoce acerca de las realidades que enfrenta la mujer en cualquier sociedad. No es tampoco un libro derrotista; por el contrario, llama a la reflexión y a la búsqueda de soluciones”.(1) Cuando una lee este tipo de advertencias, adivina prejuicios, temores, ignorancia, en fin. Algo más o menos similar puede leerse en la reseña que una conocida escritora le dedicara al libro, hace apenas un par de semanas, en la página cultural del periódico Granma. Después de coincidir en que se trata de un libro feminista, aparece la adversativa: “Pero feminista de calibre universal, sin edulcoraciones y reflejando también ‘lo feo’ que puede resultar ser mujer en un contexto dominado por el pensamiento y la educación patriarcal.” La reseña concluye con una recomendación: “Ofelias es un libro que tanto hombres como mujeres debemos leer”.(2) A menos que se trate de un desliz estilístico, la presencia de la adversativa no se explica sino como la huella de un prejuicio. Quizás se trate de un prejuicio que la crítica está pretendiendo combatir; pero el gesto es fallido: terminamos por afirmar esos mismos prejuicios antifeministas. Por más que hurgo en la historia del movimiento feminista cubano, en la producción de quienes consiguieron aportes tan perdurables a nuestra cultura, no encuentro la clave de la supervivencia de tan penosa imagen; de seguro, el rechazo proviene de la idea de que el feminismo divide, y ya se sabe que siempre hemos preferido que cada quien deje de lado sus propias apetencias por el bien común. Pero el feminismo no es un peligro, sino lo contrario, y su puesta en solfa de los usos y costumbres de la sociedad patriarcal podría ser una contribución magnífica a la forja de esa sociedad mejor que queremos. Apena un poco que seamos nosotras mismas las que sigamos propiciando esta cadena de malentendidos.
 
Pero volvamos a Ofelias. Como heredera que es de la mejor tradición feminista, esta colección abunda en personajes femeninos. Todas las protagonistas de sus cuentos son mujeres. Y son mujeres que viven en medio de la violencia, respiran violencia, se alimentan de violencia, padecen la violencia o terminan entrando en su órbita y asumiendo comportamientos violentos. Pero la violencia de estas mujeres proviene, en todos los casos, de una violencia por momentos sutil, a veces sin tapujos, que la sociedad y la familia ejercen sobre ellas, sobre sus vidas, sobre sus sentimientos, sobre sus cuerpos. Miedo, abandono, vacío son términos asociados, en casi todos los cuentos, a la descripción de los sentimientos de sus protagonistas. La violencia, en ocasiones, aparece velada por lo imaginario, en una exploración gananciosa para la voz narrativa, demorada en escenas irreales cuya ensoñación permite a quien imagina sobrevivir hasta la próxima agresión. Muchas veces, la imaginación es el espacio de la emancipación. Mujeres sumergidas en sus propias miserias, soñando con librarse de su vida actual, imaginan un gesto brutal, desesperado, que las libere. Casi ninguna se atreve.
 
Leídos como conjunto, los cuentos de Ofelias ofrecen un inventario de situaciones límites, donde las mujeres deben enfrentarse a un mal que las acosa. “Madrugada” cuenta la experiencia de una esposa completamente alienada, que en medio de la noche se ve agredida y violada por su esposo, a quien no logra identificar más que como un intruso, un agresor. En “La mirada del tigre” una profesora universitaria debe enfrentar toda su vida (la crianza de su hijo, el odio de su madre, la desconsideración de sus compañeros), una vida casi mártir del desamor de los otros, visible en una herida sangrante que ni siquiera llegamos a saber si fue auto infligida. “Indefiniciones” relata la pérdida, por una recién parida, de su hijito en una Terminal: la incomprensión, las sospechas y otra vez la soledad (es una joven madre soltera a quien su madre ha advertido que debe criar a su hijo sola) la aíslan de los otros. “Sail away” relata la experiencia de una adolescente con las drogas, el sexo adulto y una libertad cuyo descubrimiento termina por arrastrarla a la muerte. “Colores” refiere el desencuentro entre un padre abusivo y su familia, y el modo en que éste decidió el destino de su hija, cuyo amor por un mulato persiguió obstinadamente para conseguir, apenas, mucha infelicidad. Una mujer madura, casada, madre de una hija, descubre el amor con otra mujer; reflexiones sobre la disyuntiva de su destino arman el texto “Juegos de mujer”. Una niña abandonada por su madre en casa de una bisabuela viejísima, sola y un poco loca debe enfrentarse también sin compañía ni consejo al mejor modo para sobrevivir en “Fugas”. He glosado las historias que cuenta Bahr en este libro para ir armando, como en un collage, una imagen única fracturada en otras; un rostro construido a partir de muchos, que pudieran muy bien ser el mismo. El rostro irreconocible de la mujer, esa entelequia inexistente que, sin embargo, puede servirnos para identificar actitudes, gestos, contrariedades.
 
Si asistiéramos a una clase de preceptiva literaria, y nos pidieran relacionar los “temas” de los cuentos de Ofelias, la enumeración resultaría digna de una consulta de mujeres maltratadas: violación, humillación, secuestro, desprotección, racismo, represión o abandono son palabras que podrían encerrarse en una sola: violencia. Quiero detenerme en los cuentos de apertura y cierre del volumen, para no hacer muy largo este análisis. Con esos textos puede el lector hacerse una idea bastante clara de cuáles son los terrenos por donde transita este libro.
 
Tan inesperado como desgarrador, “Madrugada” es un grito contra la violencia doméstica; una llamada de alerta acerca de las relaciones sexuales no consentidas (como suelen llamar los correctos a la violación). Una violación que se anuncia desde el primer momento y que cuenta con la aquiescencia inerme de un cuerpo que, replegado sobre sí mismo, sin esperanzas, sufre en silencio la embestida. Paralizada por el miedo, incapaz de gritar, de defenderse, ni siquiera de huir, la mujer a quien despierta un ronquido ajeno, desconocido, está atrapada mucho antes de que su agresor le eche un brazo encima. Su propio entorno doméstico la rechaza. Completamente alienada, confunde las imágenes, no reconoce su propia habitación ni a su marido, y cuando la realidad amenaza con aparecer por un resquicio entre sus párpados apretados de miedo, cierra con más fuerza los ojos.
 

En “Fugas” una niña es abandonada por su madre en el campo, en casa de una bisabuela a quien apenas conocía. La madre, al parecer una jinetera, promete a la niña que esta será la última separación y que, a su regreso, se irán a Italia. Abandonada en casa de la anciana –quien ni siquiera la conoce y, por tanto, no la reconoce como familia- la niña debe procurarse alimentos y esquivar los golpes de la vieja, que la cree una aparición. Enloquecida y amargada por la vejez y el largo abandono de los suyos, la bisabuela sólo “habla” con su hermana muerta, a quien le comenta de esa niña que se apareció en su casa sin que ella sepa de dónde viene. En una serie de encuentros y huidas, la convivencia se va forjando en la ignorancia del otro o en la persecución y la violencia. Cada vez que la vieja sorprende a la niña, la golpea. La niña, hecha a estar lejos de su madre y a encargarse de sí misma, consigue alimentarse, bañarse, dormir con precariedad. Elude, mientras puede, la cercanía de la vieja, que la acusa de robarse la comida de la muerta. En un crescendo bien conseguido, donde el roce con lo irreal va haciéndose cada día más cotidiano, la niña termina, como su bisabuela, viendo a Consuelo, la muerta. Para cuando llega el final, todo ha sido tan difícil que la niña huye continuamente, se esconde en los árboles, lleva una vida casi salvaje para evitar encontrar a la vieja y su vara, presta a golpear. Pero un día el azar –y Aida- las juntan en una escena estremecedora: la anciana parece haberla alcanzado y la niña, en un acto desesperado, azaroso, le da muerte. Justo ese día aparece alguien en medio de aquella soledad, alguien a quien la niña grita sin consuelo, acusando a uno de aquellos muertos de los que hablaba la abuela. Realidad y fantasía se unen; el espiritismo, una tradición bastante arraigada en el Oriente cubano, es el trasfondo sobre el cual se mueve este cuento, como algún otro de su volumen Espejismos, pero lo verdaderamente central es cómo la violencia ha ganado la vida de esa niña que ha resistido cuánto ha podido, y sin embargo, al final, ha debido ceder.
 
Todas las protagonistas de los cuentos de Ofelias viven en esa zona de incertidumbre que es la amenaza de un peligro apenas conocido, y que, en todos los casos, se cierne sobre ellas irrecusable, avasallador. Quien vive junto a un hombre al cual desconoce, con una rutina aplastante que clausura toda posibilidad de ser feliz; quien se deja maltratar por familiares y colegas, con tal de que la dejen en paz, asumiendo inerte su papel de víctima; quien se ve atosigada por interrogadores que sospechan de ella, de su amor por el hijo recién nacido; quien se deja llevar por la promesa de la libertad, asumiendo comportamientos y ritos ajenos, con tal de ganar la aceptación del grupo; quien ha permitido que un padre déspota decida su destino; quien no se atreve a asumir su deseo, o más, su amor por otra mujer, con tal de no contrariar a su familia, a la sociedad; quien, finalmente, debe labrarse su día a día sola y termina cometiendo involuntariamente un crimen. Ninguna de estas mujeres puede salvarse, todas están como asfixiadas por las circunstancias.
 
Es notorio como el libro de Bahr se suma a una larga nómina de obras donde las protagonistas femeninas no consiguen alcanzar su libertad sino con la muerte. (Hay un punto de giro, las mujeres de Ofelias no sólo imaginan su propia muerte, sino también se imaginan matando, eso ya es algo). Hablo de imaginar porque, en efecto, es en el mundo imaginario de los deseos profundos, de las ensoñaciones, donde estas mujeres consiguen liberarse, dejarse ir, alcanzar otros ámbitos de más satisfacción. Ya Aida había explorado estas zonas en su narrativa anterior pero creo que aquí, en Ofelias estos espacios de la imaginación están usados de un modo más consciente como los reductos de la libertad. La única mujer que no imagina es la protagonista de “Madrugada”, con la violación, parece decirnos la mujer que la imaginó a ella, no hay evasión posible. Luego del acto, ha quedado emocionalmente exhausta:

Ya no tiene ganas de llorar. Ni siquiera tiene miedo, apenas un cansancio muy grande, un vacío que es mucho peor. Junto a ella el hombre da vueltas sin lograr acomodarse, carraspea, patea la sábana. No parece tener intenciones de irse ahora que ha conseguido violarla. Descubre que eso no la sorprende ni le importa. Ha dejado de ser ella para convertirse en un cuerpo que un desconocido puede usar. Cuando el ronquido se reanuda comprende que nunca estuvo tan sola. Los minutos van pasando lentos, indetenibles. No espera, no hay nada que pueda esperar. Sus ojos están fijos en el bulto de sombras proyectado por la ropa colgada del gancho en la pared. Cuando la claridad gris que se filtra entre las persianas le permite distinguir la camisa de cuadros y el pantalón enfangado, sus únicos sentimientos son la ira y el agobio por el esfuerzo que tendrá que hacer para lavarlos.(3)

 

Esa mujer aniquilada, sin fuerzas para defenderse, es la única de las protagonistas que se conforma. Asume que lavar la ropa ajena forma parte de su destino. Esto es, quizás, una señal. Como el hecho de que la única mujer que decide matar –empujada, claro, por el miedo-  sea la niña de “Fugas”. Lo lastimoso es que la muerta, esa vieja enloquecida que la golpeaba con la vara, es también una víctima. Fueron la soledad y las traiciones las causas de su locura; el abandono, lo que la hizo una ermitaña carente de ternura. Y tampoco la niña acosada por las persecusiones y los gritos de la vieja está a salvo de la locura. De hecho, no hay modo de saber si esa acusación final es síntoma de fuerza o de insania. No hay, pues, una sola mujer entre las protagonistas de estos cuentos que pueda vivir en paz consigo misma. Viviendo entre mentiras y fingimientos, sólo la imaginación, ese interregno fantástico donde podemos asumir actitudes soñadas, remeda un espacio de libertad. A veces, como en Sail away, esa libertad falsamente conseguida acarrea la muerte.
 
Este libro de Aida Bahr explora sin remilgos los recovecos más tenebrosos de la feminidad (o de las feminidades, si se prefiere). De la feminidad en sociedad, del modo cómo la vivimos en relación con los otros, en la sexualidad, en la casa, en el trabajo, en la vida común, en fin; eso que en teoría feminista se llama “situación de la mujer”. Inexplicablemente, por esas razones oblicuas del talento, las mujeres de Ofelias, si hacemos una especie de estadística, cubrirían tipos y edades diferentes hasta dar un muestrario que hace ese collage imaginario más abarcador, más múltiple, más completo.
 
No evitaré la referencia a la Ofelia de Shakespeare, cuya imagen (una de las miles de tantas representaciones como se han hecho del Hamlet) ilustra la portada del libro. La Ofelia de Hamlet está siempre al margen, siempre escuchando a los otros, apenas habla, sólo recibe recomendaciones de cómo comportarse, de qué decir. Sólo decide ser en su muerte, la “dulce Ofelia” no tiene un espacio para ser otra cosa que un cadáver. Estas Ofelias no llegan a morir (al menos no todas), una, incluso, llega a matar. Sin embargo, las vidas vicarias que imaginan no llegan a salvarlas, son como muertas andantes, desahuciadas de un mundo al cual no pertenecen. Aida Bahr ha sabido narrar ese disloque, esa torcedura de la realidad, con pulso firme y exigencia estilística que no nos queda más que agradecer.

(*)Publicado inicialmente en La Revista del Vigía.

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(1) Aida Bahr, Ofelias. Letras Cubanas, La Habana, 2007.
(2) Marilyn Bobes, “Mujeres desesperadas”, Granma, La Habana, 8 de febrero del 2008, p. 6.
(3) Op. cit., p. 11.

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Zaida CapotePor :Zaida Capote Cruz

La Habana, 1967
Especialista en Estudios de la Mujer por el Colegio de México, Doctora en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana, Con el libro de ensayos Contra el silencio. Otra lectura de la obra de Dulce María Loynaz, obtuvo el Premio Alejo Carpentier 2005 y el Premio de la Crítica en ese mismo año. Es autora también del libro Tres ensayos ajenos (Letras Cubanas, 1994)