Fina García Marrus- Alicia AlonsoPalabras de presentación de la edición de Vigía de "Alicia en el país de la danza", de Fina García Marruz, en el Museo de la Música. Edición: Agustina Ponce. Diseño y dibujos: Rolando Estévez.

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Súbito, de un salto arranca,
Húrtase, se quiebra, gira:
Abre en dos la cachemira,
Ofrece la bata blanca

ante la mirada atónita de José Martí, que deslumbrado y frenético casi no da crédito a la gracia danzante y apenas puede respirar el aire que brota entre giro y giro, cuando sale expelido de la boca rosa que provoca y taconea.

Ese arco que es el brazo que se eleva y ondea fuera de toda órbita, no es solo el retador Alicia en el país de la danzamúsculo de la bailarina española, sino también la sensualidad de las devadasis que al sur de la India hacen brotar de sus vientres toda la energía universal. Bailarinas todas que cautivaron a dioses y mortales y que castigadas, excluidas y olvidadas, fueron a llorar mucho tiempo después en el regazo de Anna Pavlova cuando esta visitó la India buscando algo más que el cisne o el sublimado amor. Un algo más allá que la acercara a una idea más centrada sobre la vida y la muerte.

Ese paso que se eleva, que viene desde el sur, esa sapiencia que va de los pies al cielo y se entroniza en dos puntos: el tablero bajo los pies y el espíritu en lo alto y lo hondo, no es solo danza; es la carrera alada de la vida. Es el desplazamiento de la gravedad –hora al centro del alma, hora a la punta del pie- adentro y afuera, arriba y abajo.

Y en esa carrera alada, esas revoluciones y vuelcos tienen su similar en la palabra que nace de la expectación y se despliega como deslumbramiento. Palabra que de igual manera puede ser colocada en el costado o calzada como punta de zapatilla para, sobre ella, alcanzar la altura. Palabra que también se voltea, húrtase, se quiebra y gira…

La danza, ya se sabe, es el verbo que no puede escribirse. La palabra es la danza que se manifiesta con otra música. Pero en ambas, latiendo, está la figura poética que penetra y se convierte, al decir de Lezama Lima, en un largo soplo que pasa…

La gracia no es más que la virtud poética de Fina García Marruz y el gesto eterno de Alicia Alonso. Ambas tensas en el arco, ambas –virtud poética y gesto eterno- insistiendo siempre, como la mirada y la idea, como la energía, como la convicción.

Cuando Fina García Marruz comienza su “Alicia en el país de la danza” narrando y poetizando el devenir de esa pequeña bailarina, dibujada en un cuento de Andersen, está trazando más bien una ruta para la concentración y el entendimiento. Está describiendo los orígenes, los inicios, mostrando dónde está el picaporte de la puerta del reino. Está, sola, bailando la Danza de las Horas. Su coreografía lleva en sí el misterio de lo sagrado, y haciendo dúo con la palabra, creadora y verbo se enlazan en la delicada interacción del pas de deux, entregándose y entregando.

Parecen muy lejanos los días en los que en el notorio Occidente antiguo la profesión de bailarina estaba directamente asociada a lo impúdico. Distantes también los otros en los que la mujer resultó totalmente excluida de la danza, la música y casi todas las artes. Loada sea pues la alborada bajo los pies femeninos del siglo XVIII, que trajo la danza grácil sobre el escenario y el desvestimiento de los cuerpos femeninos. Desde entonces se elevó el sol desde el suelo y  María Sallé, Carlota Grissi y Fanny Elssler, transparentes, etéreas y eternas, volaron sobre las tablas.

Los arabesques, los grands jetés, fueron algo más que saltos y extensión de piernas. Fueron el paso del tiempo, la abertura de un arco de triunfo sobre las mentalidades, que permitió mostrar el franco ejercicio de dominio del cuerpo, como quien atrapa, tuerce, cimbra, convoca, hace girar y deposita sobre la página en blanco aquello que en un inicio fue balbuceo y suspiro, y acaba siendo, increíblemente, palabra.

Así, como ese arco de triunfo sobre las mentalidades, así como esas bellísimas piernas extendidas en el aire, ha sido, es, la poética, la voz, la escritura de Fina García Marruz. No es posible predecir hasta dónde puede trasladarse su centro de gravedad. A ratos es la sacerdotisa que conoce los dolores de Job y a ratos es el milagro del movimiento y el reposo. Fina García Marruz ha sido el sonido exacto que no tuvo el cine silente y el zigzagueo insospechado que ha trazado el sendero para llegar a entender el laberíntico significado de la poesía, para después, en un murmullo apenas, poder hablar de ella. Fina entra y sale de esa representación que es la literatura entonando un solo salvador que la convierte, al unísono, en danzante esclava, libertaria y sostenedora de la palabra rítmica.

Salomé bailando delante de Herodes, no es más que la pequeña, la leve bailarina de Emilio Ballagas. Isadora Duncan haciendo danzar a sus discípulas a la orilla de la mar lee a Gastón Baquero que sabe cómo fue la tarde casi anochecida en que Manuela Sáenz bailó con Giuseppe Garibaldi el rigodón final de la existencia. Pina Baush, descalza y agresiva, danzando al filo de la luna, escucha los acordes del baile extraño de Eliseo Diego, que pone la Tierra en vilo y en la tierra todos. La caída del cisne, el vals vienés de muerte y de coñac de Lorca, la bailarina conocida como la rusa Sonia a todo lo largo y ancho de los bulevares de París, nacida en Weimar y enterrada en el cementerio de Spoon River no han existido sino para que sepamos definitivamente, leyendo a Fina, de la misteriosa y exhultante belleza del cuerpo, para que recorramos el camino que hay entre giro y quietud, cuando finalmente presenciemos la austeridad y sobriedad de la palabra mientras asistimos al prodigioso giro del cisne, irrepetible, como la elegancia y la virtud poética de Fina García Marruz.
               
Por: Laura Ruiz Montes