Yo queria escribir como VallejoDe origen hebreo llega a nuestros días el Juan. Y de una muy vasta tradición de Juanes, le viene a este bardo la poética: de Juan Calvino, la pasión humanista, el afán traductor de otras lenguas y – confesémoslo, ¿por qué no?- alguna que otra persecución por parte de la Inquisición…De Juan Cordero, la luz derramada sobre los murales. De Juan de Bolonia la habilidad para esculpir Neptunos y Mercurios, sabiendo en qué sitio exacto encajar el buril para domar la pasión y las energías del hombre. De Juan Boscán le viene el soneto…La conjunción de todos estos oficios, talentos y ardides, conforman al Juan Luis Hernández Milián de nuestros días.

La mezcla de Pierre de Ronsard, Góngora, Lope de Vega, Quevedo, Shakespeare y Torquato Tasso, no es más que el túnel ensanchado por donde se puede arribar a la cubanización de un paraíso a ratos perdido y a ratos recobrado. Paraíso sin Juan Milton, solo con Hernández Milián. Paraíso andino devenido en soleado patio matancero, repleto de arecas bajo ese papalote gigante que es el cielo y que siempre permanece ondeando. 

Al Juan nuestro, queremos agasajar. Por ello, Ediciones Vigía ha editado esta plaquette, por darnos gusto, por regalarnos a todos la presencia, la creatividad y los dones de Hernández Milián. 

Yo quería escribir como Vallejo”, es el título de estos textos que están a medio camino de casi todo: sonetos, prosas poéticas rimadas, espacios en blanco que marcan la respiración, inventarios de extrañezas y fascinaciones: Violinista negro y melodías de otoño en una isla que no conoce todas las estaciones. Tejido de algodón, lino, mimbre. Suave lana que antes pasó por el pelo de la alpaca y la vicuña vallejiana antes de llegar al cubano junquillo. Tejido poético nervioso que viene de la desazón más honda que le provocó a César Vallejo el  buceo en los trasfondos humanos y llega al tejido nervioso, sensitivo y receptor de la poesía de Juan Luis que explora aquí, en los infiernos y paraísos propios.

Diálogo entre Vallejo y Hernández Milián, donde se armonizan las razones (y las sinrazones) de ambos, donde se va escuchando -siempre por lo bajo- el rasgueo de la punta del lápiz sobre el papel. Carboncillo que poetiza y traduce. Las reflexiones al pie del Kremlin en la Rusia de 1931, de Vallejo, se hermanan con las certeras, hermosas y siempre necesarias traducciones que de la cultivada poesía rusa, ha hecho Juan Luis. 

Una primera mirada a estos versos que Vigía regala en este fin de año con el exquisito diseño de Rolando Estévez y el trabajo arduo de las artesanas y artesanos del taller renacentista no delata lo que en verdad trascurre bajo estos versos. La treta de Hernández Milián, ahora, ha estado encaminado a no hacernos notar apenas que en estas páginas habita una vez más su exquisita manera de traducir.

Si trasladar, mudar, convertir de una lengua a otra es ya una faena digna de reverencia, demostradora de un conocimiento extenso de las interioridades y la cultura humanas, entonces traducir de la misma lengua se convierte en un acto venerable. Eso es uno de los sucesos creativos que asoman en estas líneas: Juan Luis, ante nuestros ojos incrédulos, está traduciendo a Vallejo. Creíamos antes que sabíamos lo que el inmenso poeta peruano decía. Hoy, ahora, constatamos que hay emociones, versos, viajes a las entrañas que aún no estamos aptos para asumir hasta que venga alguien y nos lo muestre en su exacta magnitud.

Pero esa no es toda la labor subterránea que bajo estas palabras corre. Lo más profundo, la verdadera arcilla del manto freático de esta plaquette lo constituye la auténtica hazaña poética de este Juan nuestro y es el hecho de estar, todo el tiempo, traduciéndose a sí mismo. No sabemos cómo puede, pero lo cierto es que lo logra.

Traducirse a uno mismo es una de las más altas aspiraciones de la poesía y es, a la vez, una labor para toda la vida. Hagamos fila, pues, ante este Juan, para aprender y aprehender la labor de descubrirse, conocerse y reconocerse a sí mismo en la lengua propia, el más difícil y laberíntico sistema personal, casi el único que puede, acercarnos o alejarnos, definitivamente,  del alma de los otros… 

(*) Palabras de presentación de “Yo quería escribir como Vallejo”, publicado por Ediciones Vigía en su Colección Inicios.      

 

Por: Laura Ruiz