Lina de FeriaLina de Feria, acaba de obtener el Premio de Poesía Nicolás Guillen de 2008, lo que se añade a una fecunda carrera literaria que ha sido congratulada en variadas ocasiones. Entre ellos se destaca el Premio David otorgado en 1967 a su cuaderno Casa que no existía, poemario que inauguró la época más activa de este certamen literario, uno de los más importantes del país durante las décadas del setenta y el ochenta. Lina, considerada una de las voces poéticas más peculiares de su generación, es la autora de A mansalva de los años, una recopilación de su obra poética que fue editada por Ediciones Unión en 1990.

Como ella misma puntualiza en la nota introductoria de este libro “A mansalva de los años la concebí como obra en el período de 1967 a 1987. Esos veinte años de inavitabilidad poética he acumulado numerosos proyectos…” El libro fue tomando cuerpo a lo largo de veinte años, fue creciendo, madurando, envejeciendo junto a su autora. Es una poemario que nace de una necesidad esencial, ese impulso neurálgico que lleva al poeta a regresar una y otra vez a la hoja en blanco, a reunir palabras, versos, poemas que traduzcan la realidad y conformen fragmento tras fragmento su cosmovisión.

La revista Mar Desnudo, publica  una breve selección de los poemas recogidos en A mansalva de los años. 

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Fragmentos del prólogo de A mansalva de los años

            "Se debe también amar la soledad para llegar a no estar solo, 
              Los pájaros regresan en primavera
             porque vuelven a encontrar su árbol."
                                                 MARGUERITE YOURCENA
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El camino de la fascinación a veces transita por senderos que se  bifurcan dramáticamente. Reencontrar, la poesía de Lina de Feria, veinte años después de que “Casa que no existía” inaugurara las mágicas sorpresas de su voz, ha sido una experiencia inefable. Su poesía retorna al árbol, busca de nuevo la compañía de la publicación, alcanza otra «soledad» y nos convoca al intento de caracterizarla. Como una primavera, la valoración subsiguiente también quiere ser un abrazo fraternal que adelanta un juicio: la poesía cubana en 1987, diversa y aventurera, desenfadada y valiente, se enorgullece de recibir “A mansalva de los años”

Quizás la analogía más inmediata, allí donde autor y obra se trenzan, sea precisamente la más superficial, la que invoca a la soledad como compañera de viaje y se apoya en datos más o menos circunstanciales, tan volanderos, para intentar la valoración. La soledad, en este caso, no remite a una actitud ante la vida, a un neoexistencialismo más o menos ontológico. Se trata más bien de un sentido de búsqueda interior, de reconocimiento por las inciertas materias espirituales en busca de la autenticidad. Tal desafío ético, signo clave de sus poemas, se trasunta y engrandece los mejores versos de «los años», «a mansalva»  de  contingencias  disímiles.

El lector, sin necesidad de ser jerarquizado por teorías  de  la  recepción,  degusta,  reflexiona  los poemas y va conformando como a la manera de los  alquimistas   una   substancia   cuyo  sabor   primero es la autenticidad, el logro expresivo y comunicativo que transmuta  los  motivos  temáticos en genuinos chisporroteos verbales. «Del encausto a la sangre»  -como dijera Mirta Aguirre en su memorable ensayo sobre Ser Juana Inés de la Cruz - parece acercarse, mutatis mutandi, a la caracterización de estos poemas grávidos de entereza,  donde sentimos  a  plenitud,  a  veces  hasta extrañándonos  de  ciertos  artificios,   cómo   no  se trata de los conocidos versos de ocasión o versos oportunos,  emanados  más  de  una  impronta  externa  que  de  un  vital,  entrañable  horno  transmutativo, sustanciador de ideas, burlador de académicas    escisiones    entre   forma  y    contenido.    A partir de esta evidencia, que salta a los ojos en la primera reflexión sobre “A mansalva de los años”, se tornean los sesgos comunes de su poesía, cimentados sólida, certeramente,  sobre  una  indubitable   realidad  de  palabras,   sobre   una   fehaciente realidad vivencia!.

Cuando harán pronto diez años intentamos caracterizar “La más reciente poesía cubana”, ensayo que por supuesto incluía el nombre de Lina de Feria, señalamos como rasgos comunes la plena identificación revolucionaria, la temática absolutamente abierta a cualquier aspecto de la realidad, la humildad del yo poético, la sencillez expresiva, la intensificación de lo explícito, lo anecdótico y lo irónico, y la apertura a formas tropológicas y métricas. Matizados dentro del heterogéneo panorama que e| género muestra hoy, tai vez inmersos en una suerte de eclecticismo critico como señal hacia el fin de siglo, vale ilustrarlos con este poemario, no sólo como una excelente reafirmación de que el deslinde abrió brechas, sino -lo más importante- como demostración, de que en los años transcurridos desde la adolescencia hasta la madurez, desde que “Casa que no existía” obtuviese en 1967 el primer premio David de poesía, compartido con la magnífica “Cabeza de zanahoria de Luis Rogelio Nogueras, la poesía de Lina de Feria, sin perder singularidad, ha sido partícipe bien activa de las tendencias más fecundas de la poesía cubana y del idioma…

por: José Prats Sariol
La Habana, marzo y 1987

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Nota de la autora a la edición

A mansalva de los años la concebí como obra en el período de 1967 a 1987. Esos veinte años de inavitabilidad poética he acumulado numerosos proyectos que, en gran medida, pude modelar y darles término para, contingencias aparte, volver a sentir la necesidad de proyectar y expresar. Al decir de Juan Jacobo Rousseau "todos los niños se asustan de las máscaras". Y creo que los adultos se asustan también. Es por eso que la poesía debe ser todo lo contrario de la máscara. Si acaso la búsqueda de sus resortes, la señal de la desgracia de su existencia para derrumbarla, develándola.
   
La autora.

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Selección poética de Lina de Feria

 

Las cosas transparentes

las cosas transparentes
los ensayos más claros de mi vida
mi hermana por ejemplo
que actuaba en mí como diógones
                         con su lámpara y todo
y juan sin tierra
aventurándose a hallar
  la parte corruptible de mi corazón
con tal de protegerlo
  de las comunes bestias de rapiña
y el crítico censor
ese bello individuo que donaba a mi vida
ahorcamientos y fustigazos para que nadie
me hiciera temer del huracán
    de la mano seca del golpe,
hago el recuento:
cuando el amor
   y la ciudad se ponen de un modo tan difícil
que no hay revelación
   sino el enfrentamiento con todas las murallas
este el el único saldo que me queda
mis tres objetos
      (entre ningún otro)
verdaderamente memorables.

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las calles

             para Fernando Pérez

las calles
    son a veces la más pequeña tristeza de la
    ciudad
como esos gritos prolongados
    que nunca se han oído
o como esos castillos de mediana edad
que permanecen lúgrubes y vacíos
    frente al aire ausentes
esperando sin saber por qué
    si por un viento noble o una lluvia que tarda.
las calles duelen y no asoman su vergüenza
ni esos edificios ruinosos y trágicos
    de sus internos soliloquios
tampoco nos demuestra el cielo
    los abajos del corazón
sólo nos da un rostro inmenso
    donde el alba se pierde
entre parques y semáforos raramente ordenados
las calles asesinan sus labios por nosotros
los que conmensurables pasamos por su cuerpo
llenos de ruidos y de húmeda pesadumbre
preguntándonos un día al revés
         si el mar está de veras en algún sitio.

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no puedo pedir sigilo

no puedo pedir sigilo a la palabra
cuando brusca es la vida
y se mueve la temible memoria
como mar sin incógnita y el futuro atrás
                    para volver al nacimiento,
deposita la noche su frente seca
y me aligera el retoño angustioso
o como si ya supiera subir
en el árbol de los frijoles mágicos
topo mi propia estatura
en el pequeño animal de ras de tierra
y en la  nube siempre distinta.
tener lo que se quiere es mucho
y mucho más querer lo que se tiene
porque es como si se pusieran en calma
los cráteres internos
sin paisajes pero con la quietud
de un abrazo hacia algo muy amado.
si a esta altura pensara que nadie me tuviera
mis ojos no aceptarían la lógica del solitario
y  buscarían entre los sobres amarillentos
una carta verdadera en la que me consumí
hasta ser rastro en  una  historia  sin término
besando temblorosamente
   la huella  húmeda de la vejez
el moho insepulto brotando de mí misma.
recta es mi vida si me miro con doble intención
y un árbol solo la protege,
como tiene los sobrenombres del amante
y las frases de una cama eternísima
donde termina el moribundo acto
y vive lo humano por encima de todo
el cuerpo sigue siendo el amor que no cesa.
para penumbra estoy
y para manos que entibien el cuello un tanto frío
y clamando por la ternura.
luego podré pensar en que no hay causa
   para entristecerse
si me confundo con la belleza del desconocido
y creo nuevos recuerdos de la existencia mutua
como aquel tiro al blanco de premios muy baratos
como un pato de yeso y un viejo monedero.
solo quiero que  me acepten
   la desproporción interna
y me sostengan
   cuando caiga del alpinismo diario
en que subo a los años antiguos
y que también me sepan perdonar a tiempo
lo que deseo agotar de mi memoria
                    de una vez y por todas.
a mí andar tan rápido me cansa
pero otros han corrido todavía más
y no me voy a arrepentir
de alguna gigantesca venganza
   contra el amigo  mercenario
-saqueo de  los  objetos simples
   de la comunicación  humana
y el que vendió hasta las escudillas
por una flor artificial
    deslumbrante solo para ciegos-
todo esto es  para  decir que finalmente
amo hasta la frontera
hasta los trenes que rompen el aviso
en la dilatación de un  vientre  hermoso.
y que deseo repartir un poco
la vida íntegra que me queda
en el segundo enorme de las luchas íntimas
y de la cuesta  superable.

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el agua contamina

el agua contamina
las figuras de hierro del largo barandaje
y la casa de altos -de un antiguo extramuro-
pierde la suciedad y la invención.
(el esqueleto de la  habana vieja
se desliza en el caño y adentro la señora
se olvida de la torre doméstica
para encogerse al paso de esta muerte.)
con otra lluvia que cayera
el hueco de los ojos de cada figura
será un estanque fértil
     para las plantas trepadoras
y todo el barandaje
      -las cabezas llenas de glorias arcádicas-
será un gran espejismo
como esa viga útil en donde la señora
pone los paños de cocina a secar.

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no es necesario ir a los andenes

no es necesario ir a los andenes
a buscar el farol que marca la salida
para saber que la tristeza
puede estar cómodamente instalada
en el adiós de una gente de pueblo
o en la muchacha que va a alcanzar
la muerte de su padre con un telegrama
que  le brinda  un asiento sin   número.

a veces lo más triste
puede estar en la expresión de la mujer
vendiendo el boleto tras la reja
y que mecánicamente poncha el pedazo de cartón
como si lo supiera todo del viaje
o como si no supiera nada
y le pide al que hace fila con mi hombro
que nos desplace rápido
porque ya  es tiempo de continuar.

y es que no hay nada peor
   que una cara sin rostro.

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la roca

la roca permanece ahí
medio fauna
sobrellevando el mar

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el enjambre de polvo

el enjambre de polvo
matiza la pirámide hueca del esquinero
y allí trepa su garra el futuro fósil
animal aún y conmovedor
en la naturaleza premonitoria del último  viaje
con su extraña y resplandeciente agonía.

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como pañuelo de albañal

                       a   Josefina

como pañuelo de albañal
arrastrado por un aire inconcluso
-por el agua que todo se lo lleva-
como pañuelo de albañal
               cayendo olvidadizo en la rama
               como inversa aguja de sangre
así cuelgo del labio de la historia
como pañuelo arrastrado por las azoteas
             y en el espacio veinte segundos
             y en la rama el morir.
así pendo en los ojos que lloraron
ante el vuelo espacial de poca altura
como pañuelo estrujadísimo y  endurecido
por los cadáveres de los gorriones
            electrocutados un día
            en los tensos cables húmedos.

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en su pupila

en su pupila Mafalda le hace remota la expresión
mientras su codo anuncia una vejez atípica
con cintura sensual de flor aguda,
la mayor lástima está en que no enloquece
ni sus ojos padecen
   con la intermiterícia de los actos puros,
solo suspira
en la comadrita de la bisabuela
como toda una bisabuela.