Paradojas. Mabel R. CuestaNo me lo presentó nadie. Sólo lo vi.

Era el primer día de clases y llegó el profesor de filosofía. Comenzó a explicar, sentado sobre la mesa, las paradojas de Zenón, entonces una voz lo interrumpió: somos como Aquiles, jamás podremos atrapar a la tortuga, porque la tortuga es el tiempo, el inapresable . Miramos hacia donde había salido la voz. La voz era de un tipo fuerte, altísimo. Tan hermoso que parecía salido de una valla publicitaria. Tenía unos galenos con montadura de oro, la piel blanca y el pelo negro, casi hasta la cintura. Vestido con camisa de rayas y jeans, zapatos de piel. Una extraña conjunción de rebeldía y tradición resultaba de su imagen. Lo vi, todos lo hicimos. 

Se llamaba Horacio. Era poeta. Un poeta vanidoso.

Fueron cinco los años en que compartimos la clase, los amigos, las fiestas, los desnudos en las playas del litoral norte de La Habana , las discusiones sobre filosofía, arte, poesía, gramática, semántica, semiótica y la novela como género moderno y el ensayo como ejercicio tardío del pensamiento y las tardes de baile y ron en la casa de la F.E .U. Una y otra vez lo vi explayarse en toda su vanidad. Saber que era el centro de la clase, de la facultad, de su barrio (Regla, la ultramarina , decíamos). Un egocéntrico consumado, encantador.

Ya se había acostado con todas las compañeras de clase (menos conmigo) cuando nos fuimos un fin de semana a Guanabo. Yo había invitado a una amiga. Ella acababa de regresar al país después de un montón de años en Europa y le advertí: conocerás a un seductor, ten cuidado . Vino conmigo y cuando amaneció el segundo día en la playa habían dormido juntos.

Me asusté por ella… él era un temible seductor . Ahora, que he estudiado un poco de psicoanálisis, sé lo que en realidad era: un neurótico con salidas bastante recurrentes a una esquizofrenia casi feminizada en su histerismo ... pero entonces era solamente un adorable cabrón . Y mi amiga tan pequeña, educada a la europea, muy tierna e ilusionada. Temí. Pero hice silencio.

Pasaron un par de años juntos, años que sirvieron para alimentar la admiración y también la especulación de todos en la Universidad. Que si él no la quería a ella sino a su propiedad horizontal de la calle Línea. Que si le pegaba los tarros, que si la “francesita” estaba muy buena y que alguna vez tenía que enamorarse Horacio... rumores que corrían y corrían mientras Michelle venía los fines de semana a mi casa a llorar en mi hombro y a decirme que lo odiaba pero que no podía separarse de él... que no lo entendía, que se descubría de pronto planchando sus camisas (cosa que por su formación de feminista estructural le resultaba intolerable) y que no sólo eso sino que le pedía que le hiciera el amor como si fuera una puta y ella se lo hacía, todas las veces que se lo pidiera y que luego tenía ganas de matarlo porque él (ella lo sabía) miraba a otras y probablemente se las templara. Michelle llorando por no entender en qué momento se había vuelto tan incoherente. Qué la atraía hacia aquel tipo tan hermoso, inteligente y así mismo machista, reglano, repulsivo... Michelle llorando y yo mordiéndome la lengua para no decir te lo advertí .

Así pasaron nuestros últimos años de estudio. Mientras, crecía la leyenda del cazador cazado a la que mi amigo Horacio había quedado reducido. Lo vi engañar a Michelle con un par de mujeres extranjeras que también, casualmente, conoció por mí; creándome un increíble complejo de Celestina. Pero lo mío, era hacer silencio. Silencio mientras crecían su leyenda y el dolor de las sospechas de su novia. Yo seguía siendo la tremenda socia, la “mujercita a todas” (¿ serás lesbiana ?, me preguntó un día) y lo odié de la misma manera en que lo quería, entrañablemente.

Nos graduamos. Discutimos unas tesis bastante significativas sobre poéticas narrativas y literatura del exilio. Fuimos cum laude . Se imponía una gran fiesta. En Regla, en su casa, todos para allá. Hasta que amaneciera. Hasta que no diéramos más. Tengo compradas tres cajas de botellas de ron, caballero, porque esto hay que aguantarlo mareado ... fue la frase que dijo en la puerta de la facultad antes de que nos acomodáramos todos en los carros que nos llevarían hasta la ultramarina.

Michelle estaba feliz. Ahora que Horacio se había graduado y se acababa el stress de la tesis tendrían los mejores tiempos de su vida... Horace (que así lo llamaba ella) trabajaría muy cerca del apartamento de Línea, sus padres se habían ido de nuevo al extranjero, tendrían la casa para ellos solos... seremos muy felices ... y te echaremos de menos, mucho... pero los fines de semana más despejados iremos a Matanzas, para verte, ya verás ... todo esto dijo mi amiga y me acarició la mejilla, tiernamente. Sonreí y la abracé. Dije Michelle, eres maravillosa, no lo olvides, no dejes que nadie te haga dudar .

La fiesta fue espléndida. Vinieron amigos de otros años de la carrera. Gente del barrio de Horacio, amigos del pre, su familia... jugaron dominó, bailamos; seguían apareciendo botellas y botellas de ron y la música parecía que iba a hacer estallar la casa.

De pronto comenzó a sonar una rumbita flamenca de Camarón de la isla... volando voy, volando vengo, en el camino yo me detengo ... y Michelle vino hasta donde estaba sentada, hablando con otra compañera. Me tomó por las manos, las dos juntas, vamos a bailar . Me puse de pie y comencé a moverme junto a ella, más pegadas de lo que habíamos estado nunca. Y de pronto me besó en los labios. Brevemente. Me dijo te quiero mucho, mucho ... sonreí.

Serían las dos de la mañana o las tres, no lo recuerdo, cuando se fueron los últimos invitados. Yo me quedaba en casa de Horacio, no podía llegar a Matanzas a esas horas, no tenía en qué. Él estaba muy borracho. Se acercó a la butaca en la que estaba sentada, muy cansada. Trajo a Michelle con él. La besó en la boca, muy largo y me miró con el rabillo del ojo. Terminó de besarla y me tiró de la mano, levantándome, nos graduamos, coño, se acabó aquel lugar de mierda y sus doctoras de mierda dentro... ahora mismo soy Aquiles y he atrapado a la tortuga , eso decía mientras me abrazaba y ella nos contemplaba, extasiada. La vi con el rabillo de mi ojo. Después abrazó a su novia, mi amiga. Estuvimos abrazados los tres, en silencio, más de un minuto. Michelle dijo que iba a lavarse los dientes.

Ella se metió en el baño y yo comencé a alisar las sábanas de la camita en la que dormiría, la que ellos me habían improvisado en la habitación de Regla, la ultramarina . Él vino por detrás, me tomó por la cintura. Me besó el cuello. Yo dije Horacio, qué borracho estás, déjame tranquila . Me empujó y caí en la cama. Se echó encima de mí y comenzó a desabotonarme la blusa Déjame lamer tus tetas... eres mi madre nutricia, quiero tus tetas, quiero la calidez de tus tetas, llevo años soñando con ellas . Le di un empujón enorme, lo tiré al suelo. En ese momento salía Michelle del baño. Vino hasta dónde estábamos. Horace, amor, qué haces en el suelo, qué borracho estás ... se agachó, lo besó en los labios con ternura, lo ayudó a levantar y lo condujo hasta la cama... me miró e hizo un gesto que se traducía como es un niño grande, un malcriado ...

Dije Michelle, ¿sabes qué? En lo que estabas en el baño llamé por teléfono y uno de los trenes de Hersey se atrasó, saldrá en una hora, así es que si cojo un taxi hasta Casablanca estoy a tiempo de irme en él... y quiero hacerlo porque ya sabes que soy muy maniática y me gusta dormir en mi casa y así mañana amanezco allí y estoy más tranquila... no te preocupes que estaré bien .

Se lo solté todo de golpe, sin dejarla reaccionar, sin que se pusiera a pensar en que a esas horas no habían taxis en toda Regla, que caso de haberlos me cobrarían lo que yo no tenía por llevarme hasta Casablanca, que el peligro de salir sola y mareada a esas horas por un barrio como aquel era grande... lo dije con mi bolso de cuero en una mano, mientras me alisaba el pelo con la otra, mientras abría la puerta con la misma en que segundos atrás había tomado el bolso. Lo dije en la puerta de la calle, con un pie en la acera... no la dejé reaccionar.

                                                                                ...                                                               

 Acabo de volver de un largo viaje. Estoy exhausta y feliz. Acabo de tocar con mis manos el Perseo y he estado horas llorando delante de Las Meninas . En la Pra ? a du Figueiras , mientras unas palomas invadían un balcón de la pensión en la que dormía, toqué mi cuerpo por primera vez, y gemí tan alto que creo que todo se detuvo en la ciudad. Lo sentí. Un largo viaje en el que he sangrado por la nariz, para mostrarme el aire que tomaban mis heridas.

He regresado a Matanzas y Clara me esperaba. Clara ha visto que estoy enamorada. Vio que he vuelto igual, pero distinta. Clara tiene miedo, lo siento. Miedo de que ya no la quiera más. De que este amor que me invade la desplace a ella del centro de los amores que fue un día para mí. Clara es adorable, la he amado siempre, pero ahora estoy enamorada en plan abstracto, no sé de quién. Por eso teme.

Clara me invita a su cumpleaños. Me dice no demores, por favor ... con un hilo de voz. Compro un cake de chocolate y unas velas rojas para Clara, porque ella es hija de Shangó y aparezco con mi aire despistado y amable. La beso en la mejilla, le digo feliz cumpleaños muy cerca del oído. La siento temblar. La noche es larga. Se van los invitados y Clara me pide que no me vaya, que la acompañe a un altar en el que se vela a Shangó, quiere poner allí las velas que le he regalado. Le digo y nos vamos.

En la fiesta del santo muchos hombres nos miran y brindan ron, vino, champaña. Decimos, cortésmente, que no deseamos nada. Y de pronto miro a Clara a la luz de las velas y le pregunto ¿por qué tienes miedo? Ella me dice que no sabe de qué hablo, que ya nos podemos ir. Lo dice con gravedad. Pienso que he cometido una imprudencia.

Cuando estamos en la puerta de su casa me inclino para darle las buenas noches y seguir hacia la mía. Entonces me mira y dice entra, por favor . Entro y ella cierra tras de mí la puerta y pone el cerrojo. Me río brevemente y en silencio porque siempre decimos con los amigos que la casa de Clara es un castillo amurallado, con sus muchos cerrojos, rejas y pestillos varios. Me río porque parece que Clara ha asumido “democráticamente” que me quedaré a dormir aquí. Comienzo a asustarme.

Pasamos a su habitación, me da una camiseta negra con la imagen de Eliseo Diego y pide quédate, es muy tarde, es noche de borrachos, no puedes andar sola por ahí . Lo dice todo de golpe, no me deja contestar. Tengo la camiseta en la mano, el bolso que estaba en la otra ya ella lo ha acomodado entre los suyos, en la hermosa pieza de madera que hay en una de las paredes de su habitación. No digo nada y comienzo a desnudarme, es muy bonita esta camiseta, siempre me gustó , pienso y la meto por mi cabeza.

Estoy en la cama de Clara y Clara toma mis manos. Dice frases inconexas, dice que está cansada. Le digo yo también y nos besamos. Besos que fueron tantos que creí que se me desgarraría la boca. Pongo una de mis manos en sus pechos y el mío salta, tengo en mis manos los pechos de OTRA mujer , creo que desvarío... y de inmediato sigo hilvanando “coherencias” los pechos pequeños y suaves de Clara ... es maravilloso lo que siento, mientras ella besa mi cuello y dice en mi oído no te vayas nunca, quédate aquí para siempre, quédate para siempre ...

Yo la muerdo y lamo y parto por su vientre hacia abajo. Temblamos juntas, abrazadas, frotando nuestros cuerpos, también juntos... no te vayas nunca , repite... y yo la sostengo por la cintura en lo que pone su cara entre mis pechos y me dice tienes las tetas más cálidas del mundo, quiero que seas mi madre nutricia, que me des de beber, siempre... me vuelven loca tus tetas... las miro con insistencia desde que me contaste lo que quiso hacer Horacio con ellas... déjame quedarme aquí, déjame ... 

                                                       ... 

 

Clara se acaba de marchar. Nos pasamos la tarde escuchando la Rosa Mystica de Benjamin Britten, esa divina sinfonía nocturna que nos enloquece a las dos, sobre todo el Ora pro novis . Ha sido una tarde maravillosa. Creo que mi madre nos ha escuchado amándonos, a pesar de que pusimos la música muy alto. Mi madre está hoy de muy mal humor, eso me confirma que nos escuchó.

Estoy cansada y feliz. Nunca creí que podía acomodar mi cuerpo al de nadie de esta manera... nunca fueron tan generosos mis ángulos, nunca tan dulce ese pequeño éxtasis donde gimo y es verdad, no la representación donde intenté no mostrarme patética, sino complacida ante los ojos de mis amantes anteriores(todos hombres, lástima que Horacio sospechara lo contrario...). Estos gemidos son ciertos, como Clara, y no quiero pensar, estoy feliz, pero los demonios de mi razón crean monstruos.

Monstruos que quieren aclararse. Saber qué es lo que pasa con Clara. Si es sólo el placer que nos damos, el miedo que tenemos, la ilusión de felicidad. Si soy yo que he descubierto, por fin, qué es el amor y no me lo creo... cambio el disco y me pongo a bailar sola las danzas eslavas de Goram Bronwotizs. Me duele tanto el cuerpo... me arde. Tocan a la puerta.

¡Horacio! ¿Cómo estás, querido? ¿Y la Michelle ? No me responde. Entra, me da un beso en la mejilla, se sienta y pregunta ¿ qué tal, cómo te fue por las Europas ? Le digo bien y ya estoy camino a la cocina para servirle agua, viene sofocado. Es junio, el mes más cruel en mi imaginario personal y probado en los sostenidos estudios empíricos sobre la tortura sicológica que constituye el calor, estudios a los que me he dado con fruición. Le sirvo agua y pongo en la bandeja además del vaso y la botella con más agua, un platico con rodajas de limón cortado porque esa es la mejor manera de sofocar la sed.

Se ríe cuando me ve con la bandeja, me dice tú siempre tan exquisita, con el discreto encanto de la burguesía ... yo lo miro y le digo tú siempre tan comepinga . Nos reímos a carcajadas y se toma el agua. Vuelvo a la carga ¿ y la Michelle ? Se termina el agua, me mira serio y dice no más Michelle, acabó, me harté ... Pienso en que bastante duró y digo te traje un regalo, el último de Joaquín Sabina , voy a buscarlo.

Subo a mi cuarto y en lo que busco entre los regalos de los amigos el sobre que pone por fuera su nombre con rotulador malva, lo escucho subir las escaleras, sin pedir permiso. Saluda a mi madre y ya está en la puerta. Traje ron, ¿ puedo quedarme aquí esta noche?... no tengo dinero para regresar en taxi a La Habana y no hay más trenes . Sigo buscando el sobre y no respondo. Lo encuentro, se lo doy. Lo recibe con alegría y repite la pregunta ¿ puedo quedarme ? Digo y se sienta en mi cama. Desde allí alcanza el equipo de música, quita el disco de las danzas eslavas, lo mira y pone el nuevo que le acabo de regalar. Se tira hacia atrás, con los brazos abiertos, suspira, oigo que dice en un susurro qué cansado estoy, cojones... en lo que bajo a pedirle a mi madre que ponga más comida, que Horacio se queda.

Subo los platos llenos a mi habitación para no interrumpir a mi madre que a esa hora escucha una de sus radionovelas preferidas. Los pongo sobre el escritorio, hacemos los libros a un lado, comemos callados, escuchamos a Fitzgerald... lady sings the blues.

Él coge su mochila y saca la botella de ron. Echa un trago doble en el vaso donde hace unos segundos tomó agua... voy a decirle que no sea asqueroso que ahora le traigo otro, que ese tiene restos de grasa de la comida que recién se ha terminado, que es un grosero; pero me quedo callada porque sé que lo más chiquito que vendrá de vuelta es que soy una maniática porque NO singo. Yo tendría que responder que YA singo y sigo siendo una maniática, pero lo dejo, en definitiva es su vaso de ron y no el mío. Ya lo fregaré bien más tarde.

Comienza a beber y se sienta en el suelo. Habla. Dice la he amado, coño, he estado enamorado de ella como un perro, como no lo estuve antes, pero me harté, se fue, es tan efímera la pasión, tan frágil... por qué, di, ¿lo sabes?... se calla, me mira, me mira con insistencia, de arriba a abajo y con una mueca sigue, se responde tú qué vas a saber, tú no sabes lo que es el amor, ni singar como Dios manda, ni nada, no sabes nada, no sé a qué esperas ... yo estoy en mi cama, boca abajo, mirándolo en toda su belleza y toda su egolatría, descansando porque tengo unos dolores tremendos en la articulaciones gracias a mi no saber y unas quemaduras en la pelvis y las ingles, tremendas. No digo nada.

Él continúa hablando sólo, diciendo frases inconexas sobre la levedad del tiempo, sobre Zenón, sobre Aquiles, la tortuga, el amor, la pasión, el exilio, Fitzgerald, los gustos nobiliarios y las ganas de templarme que tiene... exactamente la última frase que dice es tengo ganas de meter mi cara y mi pinga entre tus tetas, de hacer lo que no pude aquella noche de la graduación en que me dejaste tan caliente, que te fuiste, quiero darte placer y que me des tu calidez, déjame ... Me mira a los ojos en lo que dice esta última frase y yo me levanto y doy la espalda. Cambio el disco. Canto no hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca, jamás, sucedió y le digo hasta mañana, me voy a la habitación de mi madre, quedas en tu casa .

Entonces se pone de pie, me corta el paso y me cubre con un abrazo. Empieza a hablarme y a besarme en el oído. A pedirme por favor, que no me vaya, que él sabe, que él sabe que me gustan las mujeres, que él puede hacer como que es una mujer, que puede gemir como si lo fuera y hacerme creer que lo es. Que podemos soñar que hay alguien más con nosotros en lo que nos amamos, quien yo quiera... ¿quieres que sea Clara? Él se ha dado cuenta, desde hace años lo sabe, sabe que quiero a Clara, podemos soñar que la estamos singando entre los dos... yo intento quitármelo de encima, articular frases conexas, decirle eres un hijo de puta, déjame en paz , pero no digo nada, me dejo besar, dejo que comience a sacarme la camiseta, dejo que empiece a lamer mis senos con su lengua, dejo que me siga apretando por la cintura, pegándome a él... dejo que me eche en la cama, mi cama, la cama en la que he estado esta tarde con Clara y el Ora pro novis ... lo dejo, pierdo toda voluntad, quiero acallar a los demonios de mi razón... él dice podemos soñar con Michelle, te gusta Michelle ; yo digo no, no me jodas más, cállate y ya está dentro de mí y me gusta que esté.

Gritamos de placer, casi juntos. Entonces me levanto para irme y él vuelve a abrazarme, a hacer que me eche a su lado, a pedirme que lo deje poner su cara entre mis tetas, que eso es lo que quiere, que si me gustó lo que acaba de pasar... Estoy en silencio y lo dejo que se quede donde quiere, no me voy. Así amanece. 

                                                  ... 

 

Horacio está dormido y bajo a darme una ducha. Me arde el sexo profundamente. Pongo cremas para el escozor en mis ingles. Hago café y lo subo a mi habitación, en la bandejita. Pongo también una azucarera, unas pequeñas cucharillas, dos tazas, una cafetera de porcelana inglesa y también unos pasteles de guayaba. Sé que se va a reír de mi insistencia en no perder las buenas costumbres, de mi manía de ser políticamente correcta y lo hago más ilusionada aún, deseosa de provocar sus comentarios mordaces. Sus burlas que me dejan muy claro que esa es una de las cosas que siempre lo atrajo de mí, mi obsesión por el “discreto encanto”.

Cuando abro la puerta me lo encuentro de pie, cambiando el disco. Ya vestido. Digo buenos días y él responde de idéntica manera, sonríe. Ah, café, qué bueno ... ¡vaya, aquí tenemos a Sisi emperatriz llevando el desayuno a Francisco José !... suelto una enorme carcajada (nada discreta, más bien histérica, nerviosa) y le contesto mucha clase te falta para llegar a ser como Francisco José, recuerda que solo eres un reglano más, un marinero borracho y vulgar ... reímos juntos y él acaricia mi mejilla.

Desayunamos en silencio en lo que escuchamos muy atentos Una furtiva lacrima. De pronto le digo que estuve en ese concierto, en la Piazza de la Signoria , que la orquesta de Barenboim estuvo inmejorable. Asiente y con la boca llena de pasteles dice lo imagino . Continuamos con el café.

Estamos en la puerta de la casa. Horacio se marcha, tendrá que apurarse para tomar el próximo tren. Me besa en la mejilla y le digo muy bajo no regreses nunca . Él se separa y me mira a los ojos, contesta, no lo haré, en dos días salgo para un congreso en Puerto Rico, tengo escala en Miami en la ida y también en el regreso, cuídate mucho .

Lo veo perderse en la calle, rumbo a la estación. Cierro la puerta. Mi madre está escuchando las noticias matutinas en Radio Reloj , toma café. Me siento frente a ella. La miro, está envejecida mi madre , pienso y siento unas profundas ganas de llorar. Comienzo a llorar en silencio. Mi madre me mira y pregunta qué bicho te ha picado . Tomo una servilleta y seco mis lágrimas. Sigo mirándola y sin dejar que reaccione, que piense, que responda, suelto la frase Clara y yo estamos enamoradas, mamá, no hay remedio, quiero vivir con ella, para siempre . Clara es la tortuga, mamá, la tortuga y yo Aquiles... ¿lo entiendes?

Mi madre sube la radio.

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Mabel CuestaMabel Rodríguez Cuesta 
Narradora, profesora universitaria e investigadora. Licenciada en Letras por la Universidad de La Habana. Graduada de Profesora e Investigadora en Lengua y Literatura Españolas por la AECI (Agencia española de Cooperación Iberoamericana) y la Universidad Complutense de Madrid. Textos suyos aparecen en diversas antologías y publicaciones periódicas. Es autora de los libros de cuentos: Confesiones on line y Cuaderno de la fiancée . Actualmente trabaja y reside en New York.