Los horizontes del cuerpo femenino...La decodificación del lenguaje corporal en términos de enunciado ha sido uno de los tópicos preferentes no sólo en ciertas disciplinas de las ciencias sociales sino, asimismo en el arte y muy en especial en la literatura. A través de los siglos una determinada gestualidad ha estado enlazada a un significado específico, al punto de integrar un código social de mayor o menor alcance a nivel de comunidad, que permite al emisor liberar un mensaje con mucha mayor claridad, economía de recursos y rapidez que aquellas que le implicarían su puesta en discurso. Esto ha constituido, por ejemplo –para centrarnos en la expresión artística—, uno de los saberes centrales de la técnica teatral, donde la gestualidad posee un indiscutible valor como sintagma en tanto puede reforzar, ampliar, matizar o subvertir los parlamentos de los actores-personajes. Asimismo, si nos detuviéramos sobre este análisis en lo que respecta a la narrativa, podríamos ver en qué forma constante y cuantiosa los autores se han valido del lenguaje gestual para la modelación de sus discursos narrativos.

Sin embargo, no hay dudas acerca de que constituye un aporte de la literatura y el arte de nuestros días la utilización del cuerpo en sí mismo, más allá de la gestualidad, como un conjunto de sintagmas de gran importancia a nivel del mensaje textual; el cuerpo en su materialidad, en sus funciones fisiológicas, en sus habilidades, en su proyección (hacia) y relación (con) los otros; en fin, en sus múltiples significaciones del orden subjetivo y, fundamentalmente, social. Aporte que refleja (y se inserta en) el corpus teórico postmoderno donde ocupa un lugar esencial la conceptualización del cuerpo como causa y efecto del poder.

El cuerpo no sólo es interpretado y disciplinado desde una perspectiva cultural externa al mismo, sino que también es vivido por el propio sujeto a través de una cosmovisión construida culturalmente, o sea, no innata ni espontánea. Y si bien, por lo común, esto es resultado de una aprehensión no consciente, por ello no pierde su politicidad en cuanto define pautas para las relaciones entre sujetos en micro y macro espacios, y comporta intereses, conceptos, normas, conductas; todo ubicable históricamente en una clasificación ideológica dada.

Es desde este punto de vista que una conceptualización del poder como la que define Foucault en tanto dinámica de las relaciones entre sujetos con base en su efecto sobre la materialidad de los cuerpos, ayuda a ilustrar claramente la calidad contestataria de numerosos personajes femeninos de los cuentos de Rosario Ferré, y sírvannos de ejemplo las protagonistas de tres de los más afamados: “La muñeca menor”, “Amalia” y “La bella durmiente”, relatos de su libro Papeles de Pandora (México, 1976).

En los tres textos citados esta importante autora puertorriqueña modifica sustancialmente su Rosario Ferrediscurso literal por el que asistimos a la presunta opresión / destrucción del sujeto mujer por la acción masculina, pues ocurre en cada uno de los casos una elección asumida por las protagonistas como ejercicio de su voluntad y liberación, hechos posibles justamente a partir del cuerpo propio que se convierte así en instrumento supremo de poder o, para ser más exacta, de ese contrapoder femenino apenas puesto en discurso, pero que a nivel del mensaje textual posee una innegable dimensión sintagmática. Así nos lo deja ver la autora a través de una detallada y diversa expresión de la corporalidad femenina:

-“La misma piel aporcelanada y dura” de la hermana (muñeca) menor, a pesar del paso de los años.
- El cuerpo de la niña deshaciéndose en agua bajo el sol en el relato “Amalia”.
- El dominio corporal de María de los Ángeles en “La bella durmiente”.

Es decir, su confirmación de las estrategias de poder femeninas efectivas no tiene un referente discursivo preciso, sino, en el mejor de los casos, ciertos enunciados correspondientes y fragmentados que funcionan como “señales” interpretativas a nivel del relato, las que solamente adquieren plena semanticidad a partir de la decodificación de lo que identifico aquí como “cuerpo-sintagma”, el cual, traducido a términos sustantivos en los cuentos mencionados, viene a ser la vía a través de la que las protagonistas entran en relación con los otros y asumen la contradicción deseo / deber ser, tan representativa de los sujetos mujeres.

Sobre esta base es que propongo una lectura de tales narraciones de Ferré a través de las ideas foucaultianas referidas a las múltiples relaciones existentes entre cuerpo y poder, explicadas sustanciosamente en su ensayo Microfísica del poder; ideas de máxima utilidad para comprender la diversa (y por lo común silenciosa) proyección de las mujeres hacia su contexto histórico—cultural, en el que no sólo han ocupado el lugar de objetos y/o víctimas del poder patriarcal –lugar apuntado una y otra vez por las teóricas feministas—, sino que también, y en un elevadísimo porciento, han sido conscientes de su condición individual subordinada y han sabido hacer visible ante los otros su deseo mediante su cuerpo, en tanto este viene a ser su objeto menos “expropiable”.

Ante esas formas distintas de expresión de la subjetividad femenina sin correlato en el modelo patriarcal, el pensamiento logofalocéntrico ha resuelto su deslegitimación —quizás por la intuición inconsciente de su alcance subversivo— remarcando en aquellas su no pertenencia (a la moral, a la salud, a la normalidad, a la familia, a la especie humana...); sentencia grave en cuanto la misma constituye la carencia quizás más esencial y dramática del devenir socio-histórico de los seres humanos.

De tal modo, siendo aquellas expresiones y esta deslegitimación una manifestación incuestionable de las relaciones políticas entre los géneros con base -como afirma Foucault- en la materialidad corporal, sin embargo apenas se hallan en la literatura teórica feminista algunas indagaciones con respecto al contrapoder de las mujeres, a su respuesta igualmente a nivel corporal frente a un poder que delimita su fuerza en el plano individual mediante la purga, represión y/o debilitamiento del cuerpo sobre el que se ejerce.

La mayoría de las autoras comprometidas con tal postura teórica ha incurrido en una desfocalización de los mecanismos genéricos de acción / reacción, en tanto si es ya un lugar común en dicha literatura identificar el poder patriarcal con el control represivo de los cuerpos-sujetos, por lo general se busca –y a menudo no se encuentra— la respuesta femenina en otros niveles de acción (ideológico, discursivo, organizativo...) y no en el correspondiente corporal inmediato que, como campo de estrategias de poder femeninas situadas históricamente permanece punto menos que inexplorado. De las pocas autoras que han indagado en este aspecto debe citarse a Jean Franco por su insoslayable estudio Plotting women, donde aborda el caso de las místicas en el México colonial, para avanzar en la elaboración de un concepto que podríamos resumir y enunciar como “cuerpo-texto”, enfocado por la autora como la expresión subversiva, a través del cuerpo, del deseo y la voluntad de esas mujeres que vivieron estrechamente vigiladas por los funcionarios eclesiásticos.

En este mismo sentido -y volviendo a la propuesta teórica de Foucault en tanto clave elegida para caracterizar a los sujetos mujeres en su interacción familiar y social-, pienso que allí donde Nancy Hartsock invalida el conjunto de ideas de este autor en torno al poder por considerar que ocultan el carácter desigual y antagónico de las relaciones genéricas, es donde descubro su profunda utilidad para conceptualizar a los sujetos femeninos históricos desde ellos mismos, tomando en cuenta sus “capacidades, habilidades, fortalezas” (Hartsock: 31) cuyo centro rector es el cuerpo. La insistencia de Hartsock en demostrar la uniteralidad del pensamiento foucaultiano al que califica en última instancia como la perspectiva del colonizador macho, punto menos que incapacitado para superar efectivamente los límites de la ideología en la que está inserto, vuelve inexplicable –si no incoherente— su consideración acerca de una posible y necesaria construcción ideológica por parte de las mujeres, que se oponga a la ideología hegemónica; y afirmo esto por cuanto las mujeres están asimismo insertas en esa ideología aunque genéricamente no hayan tenido voz dentro de ella; de modo que dicha quasi incapacidad, de ser cierta (criterio que me parece la magnificación de un obstáculo ideológico real), se repetiría también para las mujeres. La evolución no lineal del pensamiento feminista desde el siglo xix hasta hoy es una constatación de ello.

Que la conceptualización de lo femenino sea un constructo cultural modelado por y para los hombres; que la ideología hegemónica y las políticas en curso sean también su predio exclusivo agravado por los privilegios de clase, no significa en modo alguno que las mujeres permanezcan absolutamente en “los márgenes” (Hartsock: 46) de esa cosmovisión dominante, la cual, aunque sea impuesta, también les corresponde, y en la que se hallan, además, elementos armónicos con el deseo femenino que fortalecen la estructura establecida de las relaciones de poder no obstante su desigualdad; dato que remarcó Foucault al comentar los efectos positivos del poder. De aquí que sea tan importante indagar en el contrapoder femenino dentro del sistema que ha sido su locus inmediato y cotidiano a lo largo de la historia.

Más allá del imperativo de hacer una distinción conceptual entre autoridad y poder –sólo la primera esencialmente asociable a lo masculino—, es necesario identificar como conductas de los sujetos femeninos históricos aquellas acciones no codificadas culturalmente en tanto tales, pero aún así constitutivas de una resistencia, de una oposición, en resumen, de un poder real y efectivo capaz de marcar puntos de giro en la estructura socio-familiar en la que está inserto. Y esto, a mi entender, está implícito en la siguiente cita de Foucault comentada por Hartsock (: 45) justamente para apuntar su desacuerdo:

No conviene partir de un hecho primero y masivo de dominación (una estructura binaria compuesta de ‘dominantes’ y ‘dominados’) sino más bien de una producción multiforme de relaciones de dominación que son parcialmente integrables en estrategias de conjunto. (: 171)

Esta idea foucaultiana constituye una validación, desde la teoría, del pensamiento literario de Rosario Ferré presente en los tres cuentos citados. Así queda demostrado mediante la evolución de la joven que en “La muñeca menor” se casa con el médico, y ante la conducta del marido para con ella –quien la convierte en una suerte de vitrina familiar— desarrolla una progresiva estrategia de resistencia que la transmuta en muñeca de la que brotan vengadoras chágaras enfurecidas. Por su parte la personaje principal de “Amalia”, niña y huérfana, es, no obstante esto, un centro irreductible de poder que no retrocede ni ante la expresión más rotunda de la autoridad represiva encarnada en el tío militar. Del mismo modo María de los Ángeles, protagonista de “La bella durmiente”, responde con el control de su cuerpo (ejercicios físicos y venta de su sexualidad) al poder expoliador que su marido, sus progenitores, sus educadoras del convento, la sociedad toda, ejercieron sobre ese propio cuerpo, obligándola a concebir un hijo, a parirlo y a abandonar la práctica del ballet; su muerte es, sin dudas, una elección de ella; no por gusto la narradora concluye su relato con una oposición al deber ser femenino abierta hacia un absoluto de variantes:

ni protegida ni dulce ni honrada ni tranquila María de los Ángeles tú tranquila de cascarón de huevo el dinero se hace de cascarón de huevo ni sometida ni conforme ni (Ferré: 170)

En la propuesta de Foucault de eliminar la concepción binaria de las estructuras de poder, no debe suponerse un borramiento de las desigualdades jerárquicas ni el planteo de una paridad de oportunidades para ejercer el poder ni para acceder al dominio colectivo a través de los mecanismos de control y represión: esto sería –y en este caso pongo a Hartsock— una lectura sesgada de una propuesta que en lugar de simplificar, homologando el poder de sujetos y grupos, en verdad propicia la comprensión de dicha estructura relacional en un grado superior de complejidad, pues presupone en cada caso de ejercicio del poder un movimiento reactivo que nos permite sustituir el concepto pasivo del dominado por el dinámico de cuerpo o sujeto adversario. Esta sustitución posibilita tres precisiones importantes:

1. Que los sujetos y grupos sociales que no tienen acceso a los mecanismos antes mencionados, no están por lo común fuera o en los márgenes del poder, sino en interacción desigual con aquellos que lo detentan; noción de desigualdad en la que caben todas las variantes reactivas: desde la reproducción simbólica de aquél hasta el proceso de ruptura. Si los dominados fuesen propiamente marginales, o sea, si no estuviesen dentro de las estructuras de poder –aunque por supuesto, en posición subordinada-, ¿qué validez tendría detentar tal poder el cual más que una posición relacional y dinámica de fuerza sería entonces una abstracción?

2. Que esa perspectiva analítica que yo llamo del incoativo -contenida en frases como esta de Hartsock: “Justo en el momento en que tantos(as) de nosotros [...] empezamos [...] a actuar como sujetos [...].” (: 38)-, tan común en el discurso profeminista, a partir de la cual se señala un permanente comenzar de las mujeres y los entes subordinados en general como actuantes de la historia, en esencia no es más que una absolutización/reafirmación de la manera masculina tradicional de ser sujetos.

3. Que en la multiforme red de relaciones socio-familiares (de poder, de producción, afectivas...), todas imbricadas entre sí, las y los individuos interactúan en cada caso desde diversas posiciones de fuerza, lo que confirma la invalidación de esa estructura simple binaria de dominantes y dominados.

Toda aquella perspectiva teórica o artística cuyo objetivo apunte al desentrañamiento y caracterización de las relaciones entre sujetos, puede aportar elementos valiosos para el análisis de las relaciones de género, y un buen ejemplo de ello es el señalamiento del vínculo entre poder y cuerpo sobre el cual reflexiona Foucault y crea su ficción Rosario Ferré.

Con respecto a este vínculo ambos autores desjerarquizan el tópico de la sexualidad, especialmente sublimado para el género femenino. El primero niega que sea realmente la base universal de todo placer, concreción del deseo que marca la tenencia de un poder en el sujeto que lo experimenta, y, además, la enumera entre otras formas igualmente efectivas de ocupación del cuerpo por el poder, tales como la práctica de la gimnasia o la exaltación de la belleza corporal.

A esto Rosario Ferré suma otras expresiones corporales de la toma de conciencia del poder que no le han sido negadas a las mujeres: el ostracismo, la utilización de patologías físicas para liberarse del deber-ser (recordemos las frecuentes histerias femeninas) y la práctica danzaria considerada en la cultura occidental tradicional como adecuada para el género femenino; expresiones éstas que en los relatos citados constituyen valiosas estrategias de resistencia puestas en juego por los personajes femeninos.

De este modo la escritora recrea desde su mirada de mujer esos tópicos tradicionales de la narrativa patriarcal en su tratamiento de lo femenino (la hembra ornamento, la fragilidad del cuerpo femenino, la mujer adúltera), para presentárnoslos como acciones de un poder permanente de ellas –nuestro—, no reconocido como tal pero de innegable efectividad y alcance político. Y con esto cumple con aquella función que señalara Foucault como indispensable para la labor intelectual: la de contribuir al esclarecimiento de la percepción colectiva de las estructuras de poder, de su distribución, sus vías de realización y sus grietas aprovechables como potencialidades de cambio.

No vio Hartsock la incuestionable utilidad de este enfoque para la teoría feminista. Al señalar como imperativos para el análisis, primero, el de “utilizar lo que sabemos sobre nuestras vidas como base para una crítica de la cultura dominante”, y, segundo, el de “crear alternativas”, estaba, sin embargo, convergiendo en el concepto foucaultiano del poder, en tanto su propuesta comportaba la necesidad de partir de un conocimiento desde dentro de las relaciones de género, y no, en modo alguno, desde esa visión marginal que ella refiere, aunque esta fuese posible.

Es por eso que propongo la lectura de la cuentística de Ferré a partir del pensamiento de Foucault, pues ambos advirtieron las posiciones de poder de los sujetos en su generalidad, independientemente de la coyuntura subordinada/subordinante en la que estuviesen, e independientemente también de la necesidad urgente de muchos grupos de acceder a un sistema de relaciones cada vez más flexible y democrático.


Susana Montenegro
Por: Susana Montero Sánchez
Importante ensayista cubana, tempranamente fallecida en 2004. Se ha publicado de su autoría La obra poética de Mirta Aguirre. Dinámica de una tradición lírica; La narrativa femenina, 1923 - 1958, La construcción simbólica de las identidades sociales (Análisis a través de la literatura mexicana del s.XIX) y La cara oculta de la identidad nacional, entre otros.

 



REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

hartsock (1992). “Foucault sobre el poder: ¿Una teoría para mujeres?”, en: linda, j. nicholson [comp.] Feminismo / posmodernismo. Buenos Aires, Argentina, Feminaria Editoria, pp. 30-52.

foucault (1992). Microfísica del poder. Madrid. Ediciones La Piqueta, tercera edición.

ferré (1976). Papeles de Pandora. México, Editorial Joaquín Mortiz.


Referencias externas a la obra de Rosario Ferré:

http://www.sololiteratura.com/fer/ferprincipal.htm (Pagina personal en Sololiteratura.com)

http://www.ensayistas.org/filosofos/puertorico/ferre/ (Página con textos de Ferré)