La obra Béisbol pone sobre el tapete no solo el tema de un deporte capaz de movilizar a multitudes sino también contradicciones de la sociedad cubana actual.Luego de un breve periplo por varias ciudades del país, Vital-Teatro estrenó Béisbol en la sala Adolfo Llauradó de la capital. Tal y como se anuncia en el título, el texto de Ulises Rodríguez Febles —llevado a las tablas por Alejandro Palomino— centra su atención en un deporte que, pese a su arraigo entre los cubanos, resulta toda una rareza en nuestros escenarios. 

Según confesiones del propio autor Béisbol es «un homenaje a la historia de la pelota cubana». Tributo mediante el cual el dramaturgo evoca una auténtica leyenda, como es el caso de Martín Dihigo, mezclada con seres de ficción o, dicho de otro modo, un «público» enterado y proclive a la polémica.

La pieza sitúa la acción en una barbería, donde los personajes observan en un televisor un partido crucial entre dos inveterados rivales: Cuba y Estados Unidos. A partir de entonces, los dos planos en que se desarrolla el relato (el de la barbería y el del televisor) se entrelazan a voluntad, provocando un interactivo intercambio que resulta el eje de la trama.

En Béisbol tanto la porfía por la victoria del equipo como el desempeño individual del pelotero son elementos importantes. No obstante, la clave de la acción estriba en el debate ético que involucra no solo al atleta que lleva el nombre del inmortal cienfueguero, sino también a sus padres y al resto de los entusiastas aficionados. Firmar como jugador profesional o continuar defendiendo los colores de su país, resulta la encrucijada a la que se enfrenta el joven Dihigo. Su decisión confirma esa vocación cívica que, como ha apuntado Amado del Pino, constituye una de las piedras de ángulo en la obra de Rodríguez Febles.

Como es habitual, Palomino apuesta por la sencillez a la hora de encarar la puesta en escena. Escasos elementos escenográficos, un trazado de movimientos nada complejo, junto al interés expreso por comunicarse con el público de un modo diáfano y ameno han sido, por años, principios que vertebran su modo de hacer. Ese es precisamente el rumbo por el que se encamina el montaje. A lo antes apuntado hay que adicionar el ritmo dinámico —incluso intenso—, y el interés por encontrar un lenguaje actoral acorde con la gestualidad, los modelos de conducta o la psicología de los atletas y de sus admiradores.

De los diseños se encargan los propios integrantes de Vital-Teatro. El vestuario, por ejemplo, corre a cargo de Nora Elena Rodríguez, quien se inclinó por la recreación de detalles

tipificadores de la naturaleza de sus portadores. Yoan Palomino concibió una escenografía minimalista pero capaz de sugerir el ámbito de la barbería. No ocurre lo mismo con el plano que se desarrolla dentro del receptor de televisión, identificado más por la información que nos llega por el canal oral que por el visual. La banda sonora de Alberto Pujol y Michel Labarta se deja escuchar en contadas ocasiones; sin embargo, es capaz de crear climas festivos o dramáticos según las demandas del acontecer.

El elenco sigue la pauta sencilla y diáfana por la cual enrumba el director la puesta en escena. El propio Palomino trabaja la imagen externa de su personaje, apela a la mímica y al destaque de rasgos y gestos tipificadores sin que por ello descuide la organicidad. El intérprete tiende a mostrar las aristas del arquetipo que encarna, pero lo hace con simpatía, aportándole un toque de comicidad al espectáculo. Michel Labarta opta por enfatizar las razones que movilizan a la criatura que encarna no solo a partir del verbo sino también del uso del cuerpo como instrumento expresivo. En tanto, José Ramón Vigo, a pesar de ser un conocedor de su oficio, tiende a subir demasiado el tono obligando a sus interlocutores a seguirlo.

De este modo hace que la voz se le resienta al tiempo que arrastra al resto de los intérpretes hasta una tesitura que no les acomoda. Nora Elena Rodríguez en cambio consigue, con una voz clara y reposada, un saludable contraste capaz de atemperar el ritmo intenso y devolver el sosiego. Néstor Enrique Jiménez defiende su personaje con vigor. En su labor se nota aún la impericia del que comienza, pero también su capacidad de entrega que hace que no desentone con el resto de sus colegas mucho más curtidos. Yasmín de Armas es capaz de incorporar a varios personajes aportando matices distintivos.

Una vez más Alejandro Palomino y Vital-Teatro se inclinan por una obra de la dramaturgia cubana. Con Béisbol ponen sobre el tapete no solo el tema de un deporte capaz de movilizar a multitudes sino también contradicciones de la sociedad cubana actual. Aunque al espectáculo le quedan por resolver problemas como la escasa delimitación del plano televisivo o pulir detalles de actuación, debido a la utilización de un lenguaje teatral llano y de un tema que resulta de interés para muchos —y pienso sobre todo en esos espectadores potenciales que no suelen concurrir a los teatros—, debe convertirse en un éxito de público. Sencilla y franca, la puesta de Béisbol está viva y en juego, ahora solo resta afinar la maquinaria para poder optar por un mejor papel en el campeonato.


Por: Osvaldo Cano

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