El sábado 17 de mayo tuvo lugar en Cuba un acontecimiento que hace historia. Sin dudas, hace historia. Pero sucedió no en Cuba, así, en general, sino en el cine-teatro Astral, dirigido por la Unión de Jóvenes Comunistas, y usualmente reservado para asuntos concernientes a la Batalla de ideas. Allí, se desplegó un competente espectáculo de transformistas, bajo la dirección del maestro Carlos Díaz y con la asesoría del Centro Nacional de Educación Sexual.

¿Y?, debiera ser la pregunta. ¿Cuál es la paradoja de que en el espacio consagrado a la Batalla de ideas se exhiba, con toda la naturalidad del mundo, un notable espectáculo de transformistas? Tiempos son de comprender que si de algo tiene que ocuparse la Batalla de ideas es precisamente de saber negociar con la subjetividad, con el mundo de la mentalidad del cubano. Batalla de ideas no son sólo las campañas directamente políticas, sino todo aquello que pueda hacer sentir bien al cubano de a pie; ello es: eliminar barreras artificiales, acabar con las exclusiones y las segregaciones, comprender que todos los sujetos, absolutamente todos, merecen expresarse. Eso es Batalla de ideas, y de las buenas. Con razón y con justicia, entonces, el Astral se vistió de gala, y de gloria.
 

El espectáculo resultó excesivamente largo, pero fue comprensible: era la primera vez que acontecía, a este nivel de legitimidad pública, semejante acto de justicia social, y por consiguiente, había que gastárselas todas. Y se las gastó el maestro Carlos Díaz, quien ofreció un recio espectáculo, de buen gusto, cálido sin tremendismos, comunicativo sin mayores efectismos. Sobresalió la brillante interpretación de Waldo Franco como Virgilio Piñera, personaje que, en la escena, dijo –admirablemente- algunos de los poemas del gran dramaturgo cubano. Luego, destacó el arte de ese torrente de temperamento y de talento que se llama Abraham o Imperio, como se quiera, en una memorable reinterpretación de un tema de El fantasma de la Ópera. De cerca seguido por las virtudes histriónicas de Samantha de Mónaco, Estrellita, Naomi, Maridalia, y tantas otras, u otros –de poco importa la delimitación-, que hicieron delirar al público, siempre dentro de las normas del respeto y la profesionalidad. El diseño de vestuario fue particularmente creativo, como en el caso de el/la transformista que se vistió de policía, con uniforme metálico, esposas y todo. La escena era presidida por una enorme y preciosa bandera cubana. Y Carlos, malicioso, con todas las mañas de su oficio, supo intercalar, entre los divismos pop de las transformistas, notables estampas de la cubanidad: la Cecilia Valdés del maestro Gonzalo Roig, un homenaje a Oshún, un guiño a la gracia del teatro bufo cubano, etc. Y era hermoso constatar cómo ese público –donde había de todo, pero abundaba ciertamente el sujeto gay-, común y discriminatoriamente vinculado a la frivolidad, aplaudía a rabiar cuando aparecían algunos de los signos mayores de la cubanía.

Eso demostró que no se nos puede ir un Diego más. Estos, como aquel de la entrañable película de Alea, Tabío y Senel, aman profundamente su país y su cultura, y no hay razón alguna para que nada o nadie los excluya o los ningunee.

El espectáculo fue la culminación de una exitosa jornada cultural contra la homofobia, la transfobia y otras formas de exclusión. Detrás de todo esto, estaba, justo es subrayarlo, una brillante mujer: Mariela Castro, a quien tal vez su humildad le impida percatarse de las páginas que está escribiendo para la historia de este país. Había que ver la emoción con que los transformistas, entre lágrimas, le agradecían, con flores y con abrazos, su obra de ensanchamiento social. Quienes tuvimos el privilegio de asistir esa noche al Astral guardamos el orgullo de haber compartido una noche histórica en la vida de la nación cubana. Pero no sólo Mariela. Todo el CENESEX, institución que encabeza las fuerzas democráticas de una Cuba abierta al cambio; institución sabedora de que Revolución quiere decir que la gente viva, sin odiosas exclusiones, sin pretericiones, sin prohibiciones, sin silencios.

Son muchos los artistas, los intelectuales, los sexólogos, los sociólogos interesados en una Cuba abierta a la vida. Esos intelectuales y artistas son, antes, con absoluto orgullo, cubanos de a pie. Cubanos que han devuelto la esperanza a los suyos, en cuanto al sentido verdadero de la palabra Revolución. Una Revolución no se hizo para zaherir, para sancionar, para olvidar; una Revolución se hizo para que la gente respire, para que la gente se exprese, para que la gente disfrute. El placer y la satisfacción no son enemigos de la Revolución: son aliados; son legítimas ambiciones, allí donde un tiempo sólo se pensó en el sacrificio y la abnegación. Que también, porque la vida no es sólo una noche de lentejuelas, pero deber y placer deben complementarse en la vida de mucha gente ávida de experiencias como esta jornada.

No son tiempos para resabios. No son tiempos para pases de cuenta impropios. No son tiempos para la torcedura de pensar que todo esto es simulacro de la misma oficialidad. Como cuando Fresa y chocolate: palo porque boga y palo porque no boga. Para los extremistas del exilio, era una obra prevista por el régimen; para los extremistas de adentro, era una obra pagada por la CIA. Y justo al medio, como en una carpa en medio del mar, una pieza emancipadora, que abría caminos de comprensión en la vida de los cubanos. Tiempos son de apoyar todo aquello que implique apertura, entendimiento de que una Revolución no es la guillotina al centro de la Plaza –como en aquella gran novela del maestro- sino un grupo de transformistas encima de un escenario. Porque hora es de comprender que el cuerpo de cada cual importa sólo a cada quien, pues el individuo se mide por su grado de contribución al cuerpo social, por el mundo de valores y no por las marcas en el cuerpo físico: por el sentido de la solidaridad, de la fraternidad, del desprendimiento, por la inteligencia, por la cultura.

Obra de inteligencia y de cultura ha sido esta jornada, que incluyó debates, paneles, conferencias, exposiciones. En nombre de los intelectuales cubanos, pero sobre todo de los cubanos sin gloria, de los cubanos roncos y profundos de todos los días, esos que no resisten más el diferimiento y la segregación, me arrogo el derecho de agradecer al CENESEX y a Mariela Castro esta jornada cultural contra la homofobia. Victoria ha sido de la nación cubana. Escrita ha quedado en las mejores páginas de una Cuba que mira al mañana verdaderamente con todos, por el bien de todos, y el diálogo humanísimo entre todos los que, por naturaleza, son diferentes o similares. Diferentes son en la apariencia–una pluma en la cabeza, una camisa de cuadros, una cinta en el pelo-, pero idénticos son en tanto humanos y cubanos.


 


Por: Rufo Caballero

Tomado de: laventana.casa.cult.cu