Retrato de grupo. Leer La isla en versos ha desatado en mí un grupo de emociones y reflexiones difíciles de escribir, difíciles de explicar, pero quizás, pese a todo o gracias a ello, muy fácil de compartir por paradójico que parezca. No olvido cuando vio la luz Retrato de grupo. No puedo decir que lo recuerdo como si hubiera sido ayer porque ha pasado el tiempo y mucha memoria se ha incorporado al tejido. A muchos nos gustaba estar en esas páginas porque vaticinaban, entre otras alegrías, la pertenencia a un grupo, regalaban un sentido de propiedad, de cofradía, de felicidad clandestina. Aquí es donde Sigfredo Ariel pone los ojos en blanco y me dice: Chica ¿pero hasta cuándo vamos a estar hablando de los ochenta? Y le asiste mucha razón.

 Sin embargo, ahora echo mano al recuerdo para abrir un baúl donde está la Habana Vieja que no llegué a caminar con Emilio García Montiel, el Mapocho que me mostró Damaris Calderón cuando aún los estudiantes no amenazaban con lanzarse a las aguas del río chileno, la relación epistolar interrumpida con Odette Alonso, la habitación que no llegué a compartir con Teresa Melo. Echo mano al recuerdo para decir que desde allí me asiste la empatía, desde allí creo saber qué sienten estos cien poetas cubanos que aparecen en estas páginas.

Nunca he creído que cualquier tiempo pasado fue mejor, y eso no significa que acribille a balazos la tradición. Nada más conservador que decir hoy que los de los ochenta estamos a punto de sacar los pañuelos ante la emoción de este nuevo retrato, de este otro grupo. Ya no nos atrevemos a hablar en público en nombre de nadie. Ya casi nunca decimos Nosotros. Hay que admitir que una buena parte de la responsabilidad la tiene la postmodernidad, sin la cual todo sería mucho más incómodo porque no tendríamos a quien culpar. Otra buena cuota le asiste a esa discordancia deliberada tan en boga en el vocabulario de funcionarios y burócratas. De cualquier manera me atrevo a hablar por los otros, y pie en tierra asumo las consecuencias.

Sería una total injusticia poética no saludar esta selección de textos. Sería generoso engalanar las calles y recibir estos versos a todo lo largo y ancho de la geografía insular, como recibimos en su día a los poetas de La Estrella de Cuba. Y vuelvo al recuerdo para mencionar esa noche donde Teresa Melo, sin miramientos, me mandaba a   callar para que se escuchara la voz de los trovadores, mientras Nelson Simón me hacía bailar como pocas veces lo he hecho. Hay motivos para volver a celebrar. Sería una injuria no festejar la entrega de las Ediciones La Luz, aunque las fechas de nacimiento de los poetas vengan a recordarnos sin sutileza alguna -que para eso son los jóvenes, para tirar la piedra sin tener que esconder la mano- que como dice Fina García Marruz, los que no aparecemos en estas páginas, ya estamos entre los otros, los mayores de edad, los melancólicos.

No sé cómo aún, pese a la fama de gozadores, no conseguimos hacer de la festividad una verdadera práctica de vida, sin sentimientos de culpas, deudas o resacas. Celebramos a grito pelado en el barrio cuando tras el apagón la luz vuelve. Celebramos con bromas el emblemático, trágico, paradisíaco, efímero y redentor día del cobro, o cuando se gana un concurso y cheque en mano invitamos a un amigo. Asistimos querámoslo o no a la fiesta de quince años de la hija de la vecina de la derecha, al toque de santo del vecino de la izquierda, al recital que se eleva desde los días de lavadora y detergente del patio contiguo. ¿Cómo, por qué, no vamos a celebrar que cien poetas hablen de la isla, del rincón, de la aldea, de la vida y la muerte, del mar y la asfixia? ¿Cómo no vamos a celebrar que se hayan reunido, sin importar en qué latitud viva cada quien? ¿Cómo no alegrarnos del concilio si ya sabemos que la poesía no tiene permiso de residencia, ni ciudadanía y que da igual un sitio que otro? ¿Cómo no alegrarnos de estas voces contando su insularidad si todos sabemos bien de qué estamos hablando?

Estos cien poetas cubanos vinieron al mundo después de 1970. Crecieron sabiendo la verdad sobre la zafra de los diez millones. Aún no necesitaban rasurarse para ir a las Marchas del Pueblo Combatiente y aprendieron a leer cuando ya se había muerto Lezama. Les tocó experimentar con otras canciones, sostener no pocas zozobras. Muchos no recuerdan bien la época en que los libros costaban treinta centavos. Ellos y ellas tenían veinte años cuando se derrumbó el muro que ya sabemos y muchas cosas corrieron la suerte del castillo de naipes y ellos mismos se dispersaron. Haberlos reunidos en estas páginas es una labor encomiable de Luis Yuseff y Yanier Palao porque en los días que corren todo parece muy avanzado pero sabemos que muchos emails no llegan, las hojas para imprimir vuelven a escasear y solo algunos pueden encontrarse una vez al año, de feria en feria.

Esta es, pues, una antología de la memoria, un hito para recordar. Más que todo porque aquí están hablando alto y claro las voces jóvenes de la isla para demostrar que sin explicación o con ella se escribe un país. Para decir que se traza la poesía de un país tanto desde la ignorancia misma de hacerlo como desde la intención de hacerlo palabra explícita. Se escribe una isla a ratos atravesada por los ciclones y no pocas carestías. Se escribe el mar, la insularidad, aún cuando vivir en ella a veces llegue a parecer un maleficio. Se escribe un país como se comprende la tristeza detrás de los ojos de la bestia, o como cuando no se ve la tristeza pero se adivina, o como cuando ni se ve ni se adivina pero al creer que es imposible que no exista, se inventa, porque solo se puede escribir un país desde la honestidad poética y estos jóvenes aquí reunidos lo han hecho. A todos ellos muchas gracias.


 Por: Laura Ruiz Montes