La isla en verso. 100 Poetas CubanosNuevamente me reservo la exclusiva para libros exclusivos. Es una verdadera fineza, sin alarde ni rutina, la más reciente entrega de Ediciones La Luz, poco antes de su fiesta de quince y coincidiendo con el año 25 de la madre que le cobija: La Asociación Hermanos Saíz (AHS), hija de jóvenes poetas.

La isla en versos, esta selección de los también incluidos poetas Luis Yuseff y Yanier H. Palao, se nos presenta con el inteligente y hermoso propósito de no pecar por pretensiosos si es que este fuese en alguno de los contextos un pecado imputable. La isla en versos, como bien se ha anunciado, más que antología es una selección, aunque a ojos vista el pasaporte hacia lo antologable lo tenga ganado desde la primera página.

Un grupo de poetas cubanos nacidos después de 1970 se juntan para discursar desde sus poéticas en torno a una preocupación constante: la insularidad, esa que remite al sentido de isla y que burla la definición geográfica de quienes imposibilitados de escribir al menos un verso, quieran legarnos a la condición de archipiélago.
 
Es obvio que los nacidos después de 1970, y que comenzaron a escribir sus versos a mediados de los 80, salvando la excepción de los niños prodigio, no exaltados a pie de página, hayan tenido sus propias motivaciones. Un cataclismo sociopolítico tocó fondo, los años 90 tuvieron apellido, formaron parte de un eufemismo denominado “Período Especial”, que en medio de la gran crisis impidió la ruptura en el camino de la poesía cubana de la última etapa del siglo XX y ello fue posible gracias al aislamiento, la carencia de eventos, la imposibilidad de publicar, las urgencias económicas que muchas veces conllevaron al deseo imperioso de emigrar. Sin embargo la segunda mitad de la década del 90 fue más benévola porque comenzó a pavonearse un relativamente fácil acceso a las publicaciones, los premios y los reconocimientos que terminaron contentado a algunos, legitimando a otros, callándonos a todos. Apenas hubo careo. La continuidad, al menos ideotemáticamente, sufrió fisuras.
 
Aunque lo anterior deba ser dicho por sinceridad y justeza, muchos años después, nosotros los de entonces notamos que a estas alturas del juego ningún análisis epocal o temático puede aportar las claves para definir con pelos y señales una estética generacional —si es que los términos pueden emplearse debidamente en esta circunstancia. Y lo digo, porque he notado que los temas en este mundo nuestro gozan de absoluta independencia, y que son los mismos desde tiempos inmemoriales, sólo que reacomodados, van y vienen, estén de moda o no.
 
Sin embargo, en medio de los caminos y de las décadas, tres plataformas cubanas desde las juventudes artísticas y al pie de una dudosa alternatividad dieron muestra de que por encima de las retóricas y las políticas editoriales almidonadas y hasta caducas, se precisaba de un auge distinto, más cercano a la inmediatez de la joven escritura, esa que estaba orgullosa de dialogar siempre que en realidad el concierto poético al que se nos invita era un verdadero diálogo de autores y generaciones, y así surgieron “la Niña”: Ediciones Sed de Belleza en 1994, “la Pinta”: Reina del Mar Editores en 1995 y “la Santa María”: Ediciones La Luz en 1997. Las dos primeras dueñas de un trabajo que un buen día tendrá todos los honores de la cultura cubana. La tercera, por cierto, la nuestra, la que amamos, la que nos ocupa: Ediciones La Luz, dando de golpe el premio de la joven décima y echando al mundo al poeta José Luis Serrano desde una ruptura con la décima escrita que lo colocó inmediatamente en la vanguardia, justo en los días en los que una subjetividad mediocre aún confundía postmodernismo con neoliberalismo.
 
Y todo es parte de la historia. Y debe ser contada, porque la desmemoria es la única gran virtud que tienen los desagradecidos y porque la historia es como es y no como queremos que sea, y estos 100 poetas contenidos en La isla en versos, ya tienen su pedacito en la historia de la literatura cubana de las últimas décadas.
 
Entonces, ¿quiénes son los cien poetas de La isla en versos? Son, diría yo, jóvenes poetas del tercer mundo en la era del postmodernismo. Son, diría yo, seres humanos que aspiran al cambio y no a la utopía. Son, diría yo, poetas nacidos entre 1970 y 1988, que es lo mismo que decir, entre René Coyra y Robin Rey Hernández, ambos holguineros por cierto, como para abrir y cerrar una arquitectura formidable con los cimientos de una provincia del universo.
 
Más, cómo recrear la insularidad, ese tema tan evocado ya en otras lecturas. Lo mejor será hacerlo desde las mejores maneras y con el más acertado de los puntos de vista, este que nos conduce a un libro publicado en 1943 titulado La isla en peso, en la que su autor, un tal Virgilio Piñera, da la imagen de una frustración y de una imposibilidad prácticamente sin futuro, sin resurrección. Y lo cierto es que esa angustia centro de La isla en peso, hoy es eje concluyente de una buena parte de la poesía cubana actual, al menos la que aborda a la isla como símbolo poético. Cierto es que la visión de isla de Virgilio legó más seguidores que la Teleología insular de Lezama Lima o la manera del propio Eliseo Diego o hasta la patria sonora de los frutos de Gastón Baquero. Eternidad poética, isla, espacio de confluencia, laberinto inabarcable.
Por todos estos laberintos transita La isla en versos de Ediciones La Luz, con una cubierta del joven fotógrafo Kaloian Santos en la que el rostro de la inocencia plasma el azul de la bandera sobre lo negro del asfalto, una imagen que es también la Cuba amada que nos da sustento y cobija en medio de todas las contradicciones que nos sobreviven.
 
Por todos estos laberintos transita esta selección de “cien poetas cubanos” que pudiera ser el inventario de no pocas lamentaciones y el anuncio de cada vez que nos hemos reconciliado. Una atinada mirada de Luis Yuseff y Yanier H. Palao, quienes han sangrado por las propias heridas de la isla, y hoy quizás, como máximos responsables, apelan a la sencillez de la vieja canción de la trova en la que se canta: “Mira que hay heridas que cierran en falso y si alguien las toca se vuelven a abrir”.
 
Por todas estas razones y provocaciones, quisiera concluir con el fragmento final de un poema extraordinario escogido por derecho propio en esta selección. Se trata de “Dejar la isla” del santaclareño Norge Espinosa:

Porque todo el que ha cantado tiene ansia de su eco,

porque todo el que palpita del vecino morir se extraña
adivinando un mundo que nos promete albores:
un sueño del cual también regresaremos.
Todo aquello que dejamos está en nosotros mismos,
como este cuerpo antiguo que inocentemente creemos ver partir,
mientras la espuma, pronta y laboriosa,
con su gesto de madre, como a una isla, lo hunde.
Todo el que parte, regresa.
Todo el que regresa, arde.
 
Tomado de: http://www.caimanbarbudo.cu/

 


Por: Jorge Luis Sánchez Grass