Rubén Darío SalazarHace dos semanas que ando de teatro en teatro. Siempre que mis colegas de la escena estrenen, ahí estaré, para apoyarlos con mi presencia en esa cuerda floja sobre el vacío que suele ser el teatro, acto de riesgo total de los actores frente al público, exposición de verdades, mentiras, conceptos, filosofías de vida, ideas, aspiraciones, sueños. Primero estuve en Noche de Reyes, de Shakespeare, a la manera del conocido grupo de teatro

El Público, que dirige Carlos Díaz en La Habana. No escribo afamado grupo, porque el legado teatral de la compañía habanera va más allá de la popularidad o la admiración, es sencillamente la agrupación dramática que en los finales de los 80, liderado por un muy joven Díaz, demostró la posibilidad del salto que el teatro cubano podía dar, a pesar de crisis económicas o sociales, eso es lo que cuenta y los sigue teniendo veinte años después en la cresta de la ola. Luego estuve viendo Monseñor Bola, el último trabajo del dramaturgo y director teatral Héctor Quintero.

Su manera de concebir la comedia escénica cubana en los años 60, fue un soplo de renovación, debido a la evolución que el nuevo dramaturgo de entonces, lograba en lo que a teatro vernáculo se refería. En Matanzas, asistí al estreno de Nevada, por Teatro Icarón, un proyecto largamente acariciado,  con puesta en escena de Abel González Melo, su propio autor,  uno de los jóvenes escritores teatrales de la isla, empeñado en mostrar el rostro poco representado de nuestra cotidianidad. El maestro René Fernández, quien asombró con su trabajo artístico desde los 20 años, al asumir, en 1964, la dirección artística y general del entonces Guiñol de Matanzas, hoy Teatro Papalote, acaba de presentar Nubes azules, uno de los textos de su libro de teatro escolar, dedicado al tema de la ecología y el medioambiente. Lo último que he visto fue Por gusto, también de González Melo, levantado en escena por un colectivo de teatristas noveles, apoyados por la Asociación Hermanos Saiz de la provincia matancera.

 
II
Sin novedad en el frente
 
De cuando en cuando, la escena de Matanzas es asaltada con la presentación de nuevos proyectos dramáticos conducidos por jóvenes, y no me voy a referir a los protagonizados hace 10, 30 o 50 años, por creadores que ya han dejado de ser promesas, para convertirse en figuras reconocidas que se mantienen en activo, sino a teatristas recientes e inquietos como Danilo Marichal, cuando nos propuso su espectáculo Otra manera de gritar, sobre texto de O Neil. Herlys Sanabria y su visión dramática sobre La gansa de plata, otra vez González Melo, como  resultado final de un taller de adiestramiento. Willian Ruíz,  representante en la ciudad del proyecto Tubo de ensayo, con su teatro semimontado, que inmiscuyó a los nuevos actores del Mirón Cubano, Teatro Icarón, instructores de arte e interesados de la calle, en el montaje de Las tres hermanas, un texto clásico del dramaturgo ruso Antón Chejov. Sobre este último trabajo, escribí, entre otras líneas, acerca de lo importante que significaba moverse. Advertí sobre cero codazos y cabezazos a los que iban en los flancos, cada quien tiene su propia área, defenderla ha de hacerse de manera limpia, digna. Aconsejé que el movimiento tenía que ser de avance y no circulatorio, como la serpiente que se muerde la cola, tampoco zigzagueante, como los barcos cuya ruta es definitivamente la de la zozobra o el naufragio. Señalé que el asunto estaba en el avance, con todas las vulnerabilidades de los territorios de quienes se inician. Sin embargo, algunos de los proyectos antes mencionados quebraron su continuidad en escena, fueron solo eso, un movimiento que se detuvo y nos dejó a todos esperando por más. Creo que Pedro Franco, uno de los actores del montaje de Ruíz, se quedó inquieto tras aquel proceso, y que junto a él deben quedar otros intérpretes que de un momento a otro pueden darnos la sorpresa.
 
La proposición de Por gusto, del proyecto teatral El Portazo, no tiene nada que ver con la palabra desconcierto. Hace meses la sección de teatro de la AHS matancera viene anunciando sus propósitos e intenciones. Desconocerlo, es simplemente estar desinformado de lo que en materia de artes escénicas se cocina en la organización de los artistas más jóvenes de la capital yumurina. 
 
Espacio para la realización del arte joven, sitio de dialogo entre las nuevas generaciones, ¿por qué no también con las generaciones mayores y medianas?, zona de promoción y estímulo para la labor de los nuevos teatristas, son algunas de las razones para la existencia de El Portazo. Me encanta eso de crear un grupo de estructura abierta e interactiva, que aspire a nutrirse eventualmente de artistas y realizadores de otras agrupaciones culturales.  Da idea de una célula creativa viva, palpitante, esperanzadora. Siempre y cuando eso tenga coherencia en su posterior desarrollo, el teatro realizado por El Portazo será un arte no solo realizado por los jóvenes y para los jóvenes, como ellos exponen, sino un arte realizado por los jóvenes para todos, sin límites ni exclusiones, y en ello radicaría su mayor fortaleza, su verdadera novedad.
 
III
 
Nunca digas Por gusto la primera palabra
 
El teatro, cuando se hace de verdad, es el terreno de lo insólito, de lo atrevido, nada debiera extrañarnos de el. Su energía, su fuerza, su renovación no está específica y exclusivamente en la sangre juvenil. He visto representaciones de artistas nuevos, marcadas por un envejecimiento prematuro, y montajes de colectivos experimentados, poseedores de un atrevimiento y arresto que mucha gente lozana envidiaría. El asunto no está únicamente en ver nuevos rostros bajo las luces, sino en la conciencia y la responsabilidad de los nuevos teatristas al asumir su misión en la escena. Es eso lo que a la larga, tras mostrar credenciales de realización contundentes e innegables, da el derecho a merecer, tener acceso a infinitas posibilidades, alcanzadas con esfuerzo, ganadas a conciencia, de manera enaltecedora.
 
Creo vislumbrar algo de lo anterior en los propósitos de Pedro Franco. Su inicio como director teatral frente a su inexperta pero enamorada tropa, proclama que van a por todo y ojalá lo logren. Elegir para la fundación del colectivo, el texto Por gusto, de González Melo, cinco años después del exitoso montaje que realizara Alexander Paján desde su Origami Teatro, los adentra en un terreno de intercambio potente. Los espectadores asistentes, nos convertimos en testigos de una realidad convulsa, conocida, y hasta familiar. Los de El Portazo lo asumen muy bien para ser la primera exposición pública. Asistimos como mirones a la intimidad de cuatro muchachos muy diferentes, reconocibles aquí y ahora. Una maestra de primaria, un policía, un pintor y un profesor de filosofía. Personas sin éxito, con vidas carcomidas por las situaciones sociales, y a la vez buscando la luz en medio de la bruma. Viven escénicamente situaciones que pueden darse en cualquier parte del planeta, mientras que el hombre siga necesitando comunicarse, alejar la soledad, realizarse a plenitud, ser feliz.
 
El espacio de la terraza de la Casa del Joven Creador se convierte, además de en otro espacio teatral para la ciudad, en el territorio perfecto para los testimonios de Laura, Henry, Marcos y Leandro. No importa si están en La Habana, como dicen los propios parlamentos, o están en Matanzas. El asunto es que hay jóvenes así, buscando asideros y caminos, luchando por sobrevivir, parados al  borde de un enorme precipicio. Algo de eso se siente cuando el personaje Henry Colina avanza sobre los estrechos muros que bordean la escalera que da acceso al sitio de representación, cuando se suben todos al andamio de construcción, endeble, manchado, derruido. Todos desean una nueva existencia. Ingieren comida basura, cervezas nacionales, café de la bodega, como si estuviera sucediendo la vida misma. Hablan del destino, de sus ansias y debilidades sin pudor alguno, mirándonos directamente a la cara, diciéndonos lo que no le dicen a su contraparte, haciéndonos partícipes de ese juego de espejos que nos arranca la risa o nos produce un sabor amargo en la boca.
 
Que son solo pinceladas de cuatro vidas comunes en escena, sí. Que no todas las personas son así, también. Pero el montaje se refiere a estas específicamente y nos obliga a pensar de manera profunda en las vicisitudes de sus comportamientos, en la cotidianidad rala de sus gestos. Sonia, Radael, Alejandro y Héctor, los actores de El Portazo, se agreden, se besan, se abrazan, se alegran y sufren tratando de encarnar a Laura, Henry, Marcos y Leandro. Uno siente cierto espíritu agónico en sus conductas y presupone a nivel escénico lo que todavía les falta y pueden lograr. Por ahora sus máscaras irán adquiriendo una fuerza inusitada en cada representación. Son seres de ficción y de carne y hueso, que se debaten entre lo que son y no son. Su marcha se ha iniciado por senderos ciertos, estoy seguro, que en la búsqueda infatigable de esa verdad que necesitan exponer, compartir, hallarán el tono certero, la conmoción interior que ahora mismo solo nos intriga y asombra, pero que mañana nos puede estremecer.
 
La banda sonora nos recuerda el tiempo presente, sin dejar de ser conceptual y eficaz. Aunque apoya las emociones encontradas de los cuatro personajes, no melodramatiza, no intenta sugerir nada, actúa directamente sobre la psiquis del público asistente, como un sonido que uno reconoce por haberlo escuchado en la telenovela, en la guagua o en discos que pasan de mano en mano, que no se escuchan ni en la radio ni la televisión nacional. Los de otras generaciones también hemos vivido y vivimos circunstancias difíciles, hemos soñado con imposibles y seguiremos soñando, pero nos queda aquello de agradecer. Estos jóvenes llevan una prisa arrasadora, pasan ante nuestra mirada, exigiendo algo que no saben a ciencia cierta que es, pero que precisan desesperadamente. Perdidos en si mismos, erráticos, ansiosos, cuestionadores, se responden así mismos de la forma que pueden, de la manera que quieren. Preguntar ha sido siempre cosa de jóvenes y responder una responsabilidad de los mayores. Los que ayer fuimos jóvenes y cuestionamos, exigimos, preguntamos, lo hicimos desde una pasión que aquí se presenta de manera irónica, fría, desvergonzada y eso asusta, provoca dentro de uno preguntas que debieran tener sus respuestas .
 
Pedro Franco viene de una práctica teatral marcada por diversos caminos, la Compañía teatral El Mejunje, Teatro Icarón, un  espectáculo unipersonal bajo la dirección de Luciano Castillo. Lo que otros proyectos escénicos de la nueva generación teatral nacional desecharían,  Pedro no lo hace. Por mucho que se empeñe en ser coloquial y desterrar la teatralidad, su teatro contiene símbolos y señas de un hombre que ama las metáforas dramáticas, el sentido coreográfico de los actores sobre la escena. Despliega un cúmulo de guiños culturales ricos en producción de sentido y eso está bien. No confundir la evasión de la falsa teatralidad con la importancia de la intención, de la sugerencia, del detalle visual o sonoro cómplice, es algo que Por gusto defiende de manera sobria, inteligente, reveladora.
 

Todo está aún por conseguir, debiera ser la máxima de los integrantes de El Portazo. Estar atentos a lo que el viento trae desde diversos lares en materia de conocimiento. Laborar desde la constancia y la inconformidad, sin falsos oropeles y creencias negadoras e inútiles que lastran el buen arte y enceguecen la mirada en la necesaria relación teatro-contexto social. Nunca habrá que decir Por gusto la primera palabra. Los espectadores que aplaudimos de manera cómplice la primera entrega de estos jóvenes artistas estamos esperando nuevas señales, una segunda vez para estas voces y tal vez una tercera, una cuarta, en un encuentro con el teatro sin final.

 


Por: Rubén Darío Salazar