Reinaldo García BlancoReinaldo García Blanco ha devuelto unas veces y traído otras, a la poesía cubana, en alegorías, fábulas o analogías, el mito de Sísifo, las naves de Tarsis, el plátano sonante, la noria modernista, la épica del arcabuz, el elogio larguísimo de un país que relee su historia, que se redescubre en su poesía.  

La semiótica, la posmodernidad, el estructuralismo llegan a excesos como negar la necesidad de un estilo, de una poética, la muerte del autor: Yo, que sigo siendo un hombre del siglo pasado, y quien quita que hasta del XIX, me gozo en disfrutar el hallazgo de una poética en Reinaldo García Blanco, celebro un estilo, un singular idioma, un autor que se renueva en su propia salsa, salsa agridulce, quizás, con esos aderezos que le son propio a lo cubano, un concepto cada vez más escurridizo, que en discursos como el de Reinaldo, se hace casi tangible en su difumino, logramos entrever entre la densa bruma de todas las mixturas que somos.   

Opus ciudad es la gran sinfonía, el gran concierto barroquísimo de las fundaciones. Fundación de una ciudad que fue capitel, corona de esta Isla, que es todas las ciudades, que es toda esta sinfonía inconclusa, de esta ciudad-país que canta baila y fornica en el intento, por más de quinientos años de desencuentros, de conquistar su fundación. 
 

Orquestada en tres cantos, opus ciudad comienza abriéndonos El libro de los peces de Don Antonio Parra, el primero de las ciencias naturales impreso en esta isla. Pero quien abre el libro como quien muestra el vientre de un majestuoso pargo es el adelantado don Diego Velázquez y Cuellar, primer mandamás de estas tierras rodeada de aguas, navegantes y codicias. Y es la música de Esteban Salas la que toca fondo detrás del convite, sobre las cúpulas del poema, de las catedrales.

El poeta omnisciente, narra lo que recuerda, lo que presencia y lo que aún no tiene, en una estructura cíclica donde fábula y alegoría —recurrencias comunes en la poesía de Reinaldo—ganan protagonismo para saltar a la primera persona, inmiscuirse en la historia, como escriba o albacea de toda esa memoria que todavía no es, pero que él debe resguardar para nosotros.

Con recursos visuales, de conseguida plasticidad, a ratos cinematográficos, lo primigenio se descubre. Procesiones de nativos y advenedizos que sin saberlo fundan. Son esclavos y esclavistas, tahúres o guerreros, blancos y negros, piratas o navieros, todos se mezclan en las mezclas, buscan asirse a algo que puede ser una palma, una ceiba, una semilla, un caracol, una brisa que en ninguna otra parte del planeta es igual.

Una nación se funda y se refunda dentro de estas palabras, de este poema que busca en el origen de todos los tráficos, en los eclipses y los huracanes, en el azote de las pestes, en el intercambio de todo artilugio, en el truque de todos los fluidos, la esencia de un lugar, o mejor, sus nuevas esencias que van conformando ese crisol, ese mosaico de todos los colores, el consabido ajiaco que sobrepasa la primaria receta culinaria, porque llegan al concierto, o al desconcierto, las especias del mundo ultramarino a desbordarnos.

El poeta cronista va anunciando, en su argot prístino, paisaje y pasajes. La música dura suena también en esta sinfonía donde se beben los alcoholes del día y de la noche, se juega sucio, se baila, se canta y se fornica… única forma de fundar en estas tierras parece decirnos este pífano real que a ratos deja de escribir para alertarnos, desandando las calles, abriendo nuevos trillos; caminos que van hacia el trasiego de todo.

Nos alerta el poeta: vienen los músicos, los maestros impresores, los negros y los pardos, los nuevos oficios, las máscaras, los robos. El camuflaje se exacerba.  Todavía no tenemos… no tenemos… no tenemos… Por omisión, por negación, el futuro, incierto se anuncia en sordina… De fondo la comparsa de Lecuona.

Todo mezclado, vademécum de Cuba, lengua y lenguaje, mapa de claroscuros; llegan los ingenieros, los artesanos y poetas a construir las herramientas del cielo y la tierra, la casa, la ciudad, la nación que baila, que canta, que fornica.

Poema-alarma, poema de mal agüero. En la coda, la sinfonía anuncia la quema, la confiscación del sueño, el miedo que vendrá… y la sinfonía no se detiene, se ensuelve en los tambores, pero ahora quien baja es  la conga de los hoyos, ahora la ciudad arroya, la isla arroya. Se anuncia, la inquisición, la hoguera, pero la cucaracha baila con la gata…

Vuelve Reinaldo García Blanco a prestigiar este concurso que cumple 28 años. Ya con Adiós, naves de Tarsis, había ganado este premio. Sabia elección del jurado que falló a su favor, porque este no es solo el poema de lo que hemos sido, de lo que hemos querido ser, es sobre todo el poema de lo que nos falta… , la sinfonía inconclusa de una ciudad-país que canta, baila y fornica buscando su lugar en la tierra.  

Por: Alfredo Zaldivar