Otro retorno al país natal. Laura Ruiz Montes* Con este libro de poemas Laura Ruiz Montes obtuvo el Premio Milanés de Poesía del 2011

Los poemas de este Otro retorno al país natal trascienden la inmediatez de lo vivencial, con la difícil sencillez de la poesía auténtica, sin enmascaramientos, en versos que testimonian íntimos desgarramientos, escritos desde la madurez humana y estilística.   Del acta del jurado

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Nuestro vino es agrio...

Pero ansiosa lo busco entre lo que se amontona
    sobre la mesa.
Hay que recibir a los viajeros.
Prepararles de comer lo que más extrañen:
los frijoles negros del domingo,
o los blancos que casi no... 

Hay que empeñarse, comprar el pan, las carnes
                               - correr peligro.
Es preciso tener la casa limpia,
que no hayan olores.
Que nada recuerde el orine del perro,
                                la humedad,
                                la telaraña,
                                el polvo.

Hay que lograr a toda costa esa botella de vino,
aunque los viajeros no tengan sed.
Aunque solo prefieran migajas,
los poquitos que quedaron de la comida de ayer,
cuando les mencionaban con ardor,
                              con impaciencia,
como a dioses que no se sabe
si algún día van a volver.


 Las luces de la Historia


Que prendan el mechón,
gritaba la canción de moda hace más de treinta años.
La recuerdo ahora,
con una caja de fósforos en la mano,
intentando encender la llama.
 
Evoco el estribillo.
Pierdo fósforos,
veo cabezas oscuras caer a mi alrededor,
decapitadas, incineradas.
 
Que prendan el mechón,
regresa la canción de moda.

La llama se agita en el instante en que pienso
que los fósforos quemados no saben de Lumina Sophie,
incendiando la Martinica.

Vuelvo a intentarlo, feliz,
muevo las caderas al compás de la antigua
       canción de moda
pero nada puedo, nada logro.

Recuerdo entonces un viejo truco.
Lo usaba mi abuela con todo éxito.
Rompo la cubierta de cartón de un libro
mientras pienso en la mulata Soledad,
dando fuego a la Guadalupe…
 
La caja vacía, los fósforos,
son sustituidos por el pedazo de cartulina doblado.
Se pierde el título, la letra impresa, los mensajes,
la posibilidad de entender todo aquello
que ahora envuelto en llamas solo deja ver la despedida:
“Tu tierno esposo, Napoleón”.


 
Caminos y piedras
Au bout du petit matin...
Cahier d’un retour au pays natal. AIMÉ CÉSAJRE

Al volver de distante rivera...
Mi bandera. BONIFACIO BYRNE
Algo duro encuentro al morder el pan esta mañana.
Le doy vueltas en mi boca.
Adivino: una pelota de harina dura
               la sal concentrada en un terrón
               o algo más vulgar: una piedra.
Mientras más vueltas, más extraño es el sabor.

Una pelota de harina dura,
blanca como la nieve de aquella madrugada.
Un terrón trabado a mitad del pecho
es el dolor que disimulo diciendo: es la cervical.
Una piedra de sal es el anuncio que vino de lejos:
                               Tu padre ha muerto.
 
Algo duro encuentro en el pan esta mañana.
Da escalofríos, pero en algún momento
habrá que tocar la mezcla de harina mojada en saliva.
Habrá que saber que ya no es la nieve
amelcochada y sucia
que pisé sin protestas.
 
Algo duro encuentro al morder el pan esta mañana.
Sería tan fácil si fuera un terrón de sal,
si tuviera el sabor a lágrima detrás del cristal helado
     de la ventana.

Tampoco es una piedra —vulgar—
como la muerte de mi padre, como la mía.
Ninguna muerte hay
que no sea vulgar y común como una piedra.

Cuando por fin hundo los dedos en la masa repulsiva,
saco un pedazo de plomo.
Gris azulado como la maleta,
         como la huella del grafito sobre el zíper
                                          (para que cierre),
         como el reverso del boleto de avión,
         como la muerte de mi padre que espera
            en bienvenida.

Algo duro encuentro en el pan esta mañana.
Áspero,
          como la pista que se aleja,
          el ruido del tren de aterrizaje bajando,
          como la pista que otra vez se acerca.
 
Hay algo extraño en el pan de esta mañana.
Desconcertante,
          como el cuño presto a golpear el pasaporte,
          como el abrazo que busco, afanosa,
          por detrás del montón de banderas,
          que me aturden y no me dicen
          en qué lugar, en qué puerto está la mía.
 

La espera

E
l enfermo sabe cuál es el procedimiento del día.
Lo saben los enfermos de las camas vecinas,
        los acompañantes
        y hasta las visitas.

Hay que esperar que la enfermera se desperece.
        Se peine.
        Se lave la cara.
        Se estire un poco la ropa;
haga suyos todos los verbos pronominales
y después .- mucho después - busque la tablilla.

El camillero está en la puerta.
Ha recorrido pasillos, lanzado la camilla
contra las paredes.
 
Ha imaginado un cuerpo desnudo sobre ella
y a sí mismo entrando y saliendo sobre la desnudez.

Ha trabado la camilla en la puerta del ascensor.
Ha olvidado si subía o bajaba,
       si entraba o salía.
Ha vuelto a revisar las órdenes y ahora está en la puerta.

El camillero ha venido a buscar este enfermo.
No se escucha orquesta ni banda,
pero aún así lo lleva al baile.

Los otros se sienten en la cuerda floja.
El camillero habrá de conducir con más cuidado
       como por sobre la cuerda floja, claro.
Pasajero a bordo
vivo-muerto de miedo.
Enfermo que simula sentirse en la cuerda floja
aunque en sus adentros sepa que ese no es el juego.
Tampoco es la gallinita ciega, no son los escondidos.
ni siquiera el un, dos, tres, pasito inglés.
Es, apenas, el cerdo encebado, huidizo,
que resbala en su propio sudor,
sobre la camilla en tránsito.
 



De sitios y posiciones

Que no mantenga al enfermo tanto rato en la misma posición
- dijo el médico. Que lo vire a un lado - luego a otro. Que cuide
sus pulmones. Que no permanezca muchas horas bocarriha.
Que lo mueva... - ¿ lo (con) mueva?
 
Yo, un producto genuinamente nacional,
fui a buscar la patria en el cuerpo
sobre el que una buena parte del año cae nieve.

Tanto nadar
para ir a dar a tu casa de la calle Lanaudière
donde no más entrar indagas mi posición política.

Siento ganas de reír,
preguntarte quién te paga
para activar la paranoia que me está destinada.

Respondo: Quiero verte desnuda.
Al instante comprendemos que hablamos de lo mismo.

Dejas caer lentamente tu falda acampanada.
Me turbo y recuerdo que alguna vez fui una pionera
que no sabía que existían las visas que caducan,
ni las diferentes posiciones... incluyendo las políticas.
 

Altavoces

                                   para Indira

Éramos niñas becadas.
En medio de la escasez de agua
y un menú fijo para cada día
nos instruíamos en todo aquello
que entonces no sabíamos para qué podía servir;

Las raíces cuadradas.
La mala palabra recién aprendida para defenderse.
La promiscuidad del albergue.
El orden impuesto antes de cada inspección.
Los besos en los bajos de la escalera.

Las más osadas besaban a los profesores
      en lugares cerrados
donde las raíces cuadradas
     - por algún oscuromilagro -
acababan siendo sujetos omitidos
y las niñas se quedaban solas
por no delatar el nombre de los profesores amantes.
 
El despertar siempre fue difícil.
Era el primer momento del día
para recordar lo lejos que quedaba la casa.
Si algo mitigaba la amanecida y los toques recios
    en la puerta
eran aquellos altoparlantes en el techo,
pariendo canciones cursis,
destinadas a unirnos en los baños sin puertas,
donde unas hacían gala de atributos espléndidos
mientras otras ocultaban la lisura bajo los corpiños
y las lágrimas detrás de las burlas.
 
El mundo llegaba por los altavoces.
Las formaciones
las noticias
las efemérides
y el calendario de exámenes.
 
Los altavoces nos vieron llorar
al escuchar que el último reducto
acababa de inmolarse por la patria.
Lloramos aún sin saber qué quería decir
    la palabra reducto.
 
Los altoparlantes nos vieron palidecer de sorpresa
cuando las voces
de los cantantes antiguamente prohibidos
salían de los pliegues de las bocinas ajadas
para colarse por todos los rincones
y clamar por desconocidas ballenas
     que cruzaban viejos mares.

Éramos niñas becadas,
En medio de la escasez de agua
y un menú fijo para cada día
nos instruíamos en todo aquello
que entonces no sabíamos para qué podía servir.
 
Así aprendimos el significado de la palabra reducto
y que último no siempre quiere decir postrero.
Aprendimos a dudar de los cantantes,
las prohibiciones y los cetáceos viajeros.

Hoy cuando a veces el despertar se hace difícil
y la escasez de agua nos sigue el paso
no deberíamos sentirnos tan culpables
por desconfiar de los altavoces que anuncian
            celebraciones
            conciertos
la hora del tren
los vuelos retenidos en los aeropuertos
y hasta nuestro propio nombre
que saliendo de las mismas bocinas ajadas de antes,
apenas alcanzamos ya a reconocer.
 

Dúos
Le dan tristeza los mendigos,
los nuevos mendigos apostados en cualquier sitio.
Le da tristeza su país
pero no se marcha.
 
Camina la calle céntrica, hasta la antigua farmacia.
Se detiene a mirar la estantería de madera preciosa.
En ella, dos frascos de idéntico tamaño y color:
el Azul de Berlín
y el Clorato de Morfina,
uno al lado del otro,
belleza y veneno
veneno y belleza.
Inseparables.
Dúos


Laura Ruiz Montes
Editora y ensayista. Incursiona en la narrativa para niños y el teatro. Ha publicado entre otros libros de poesía "La sombra de los otros", premio Pinos Nuevos (Letras Cubanas, La Habana,1994); "Lo que fue de la ciudad de mis sueños" (Bartleby Editores, Madrid,2000); "El camino sobre las aguas" (Unión, La Habana,2004); "A que país volver" (Letras Cubanas, La Habana,2007)