Luis YuseffLa mano que escribe, desde el impulso desertor, el escriba y su ánimo/desanimo, el doliente convulso, es, a fuerza de ser injusto, un aspersor.

Regar, diseminar, esparcir. Viejas manías asedian al escriba. Del fluir heracliano al Niágara de Heredia; del San Juan Murmurante de José Jacinto a la noria de las Soledades de Machado; de los Juegos de agua de Dulce María a la Lluvia de Saint John Perse y de allí al Amnios de Raúl Hernández Novas. Aguas que parten y se reparten.

Riego por aspersión, poesía por aspersión. Descompresión de esa fatiga sutil y no sutil, que es describir la humedad desde el sudor, la sangre, desde todas las aguas del cuerpo y del alma. Aspergeo y arpegio… el aspersor, arpa de Luis Yuseff, abre este libro con un introito que nos enerva:

Sobre la llanura que se expande/ van los días /—mis días—/sometidos a presión:// La vida/en cualquier superficie/ (como la niebla)/ depositándome.
 
El poeta ha sido asperjado, rocío o niebla que empieza a quebrantar las hojas de un libro que pese a todo comienza a levantarse.
 
La poesía de Luis Yuseff que cada vez se parece más a la vida, es cada vez más literatura y es cada vez más poesía. Muy joven hice la pregunta: ¿qué porciento de realidad y qué porciento de ficción hay en sus cuentos?, le pregunté a Onelio Jorge Cardoso.
 
—La literatura es ciento por ciento realidad y ciento por ciento ficción— me dijo el maestro.
Aspersores de Luis Yuseff verifica aquel atino.
 
La estructura cíclica —tan natural como los ciclos del Sol o la Luna, o el ciclo llano de los días—que Luis Yuseff propone para leer este libro, que pudiera abrirse en cualquier página y leerse a discreción o al reverso, es mejor aceptarla.
 
El poema que realmente abre el libro, comienza con un desgarrador imperativo: “’¡no mires el cáncer de mi gesto madre!”, necesita el descanso que propone el primer texto de la serie “in vitro (1)”.
 
El aspersor atenúa aquí su riego intenso, grava un silencio y deja que el lector entre a una suerte de cámara hiperbárica y tome aliento para continuar viaje.
 
Así el cuerpo del libro, así poemas que sin temor a sucesivas enumeraciones, a veces caóticas o apropiándose de retóricas, dan sustrato al drama que discursa.  
 
Escarizar la escritura dice Luis Yuseff. Viajar a la semilla del dolor propone… quizás todo el libro es un viaje a la semilla. Lo surreal no es aquí un recurso al que eche mano el poeta para apoyar lo onírico per se de los asuntos, es un estado natural que aparece con una carga de realidad que exacerba el peso específico de una poética cada vez más singular.  
 
Aspersores no parecía inscribirse en ese interés metapoético que caracteriza buena zona de la poesía de Yuseff. Pero no nos llamemos a engaños, casi en la tercera parte del libro se hace explícita esa condición, que no parece intencional. Luego, en esa relectura a que nos obligan ciertos buenos libros, compruebo —vista hace fe—, que este es un libro, si lo hay, sobre la creación poética, con una clara tendencia:
 
Si el dolor de Vallejo —experiencias del dolor cotidiano y la muerte— parece ser el mayor dolor de la poesía hispanoamericana, en este libro casa del dolor, madre del dolor, poema del dolor, no solo la marca del peruano asoma. Aquí está ese dolor preterido de Ajmatova o el dolor huérfano de Paul Celán.
 
Contraerme, contraerme sin estallar, dice Luis. La contención del dolor y la contención del verbo… La contención de la mirada y la contención del verbo… La contención ante el espejo y la contención del verbo… Esa virtud de la intensidad contenida parece venir de un propósito. El poema no trata de hacer poesía desde el dolor si no trasmutar el dolor en poesía.
 
No hay en Aspersores, como en Pesoa, fingimiento del dolor que en verdad siente. Aquí el poeta no es un fingidor. El poeta se duele ante el hecho de hacer poesía del dolor ajeno, pero ello no es menos angustioso.
 
La poesía, se sabe, busca la belleza también en lo feo, en lo malo, en lo siniestro. Es el poder de la poesía. La bella (la poesía) y la bestia que el amor de la poesía convierte en príncipe. Esa es la justicia poética.
 
También en Aspersores hay música, placer, sabiduría. Permítanme una paráfrasis a la cita de Antonin Artaud que abre este libro: Luis Yuseff, está perdido en las bellezas de la vida, nunca en sus tinieblas.
 
Cuando en medio de las sesiones de debate para otorgar el siempre controvertido premio Guillén, el maestro Domino Alfonso leyó de viva voz verso a verso el libro completo de Yuseff, para acentuar lo que ya tenía acento, supe que estábamos ante un libro cabal. Solo el tiempo sabrá cuales libros ganadores del premio va a salvar. Yo auguro que este, el del autor más joven que ha ganado el concurso tendrá ese otro premio.
 
Luis termina su libro con un verso. Un verso solo en medio de la página.
 
La muerte, sus contornos, sus bordes, sus pespuntes grises sobre fondo negro se han perdido del libro. El aspersor número 13 se ha detenido.
 
Ya/yo no lloro desde que estoy aquí.
 
La muerte ha sucumbido ante la poesía. 
 

Por: Alfredo Zaldivar

Poeta, Narrador, Editor..