Virgilio, vuelta y vueltaPara José Milián,
con quien la amistad no ha sido,
y confío que no sea nunca,
para bien de ella y de ambos, un lecho de rosas.

Termino la lectura de Virgilio Piñera, de vuelta y vuelta, una selección de la correspondencia sostenida por el escritor, publicada por Ediciones Unión en la Colección Centenario. 

En una de las epístolas enviadas por él a José Rodríguez Feo y fechada el 22 de abril de 1968 escribe Piñera “(…) como las nuevas generaciones serán más prácticas que yo, dirán de mí: ese tonto se sacrificó nada menos que por la literatura… Pasó hambre, frío, vejaciones y demás por algo tan estúpido como la literatura.” (1) Y, bueno, se sabe, hay quienes han logrado vivir de la Literatura ―lo cual no es pecado aunque sí práctica infrecuente en esta zona del trópico―, mientras otros lo hacen para ella. A la vuelta de cien años de su llegada al mundo, entre los lectores de estas cartas y los conocedores de su vida existirán opiniones variopintas; unos harán realidad este vaticinio del artista en tanto otros se ocupan ahora mismo de celebrarlo y de promover su obra aprovechando la coyuntura que brinda el arribo a la centuria.
 
A estas alturas le estamos tributando el homenaje que mereció en vida, mientras que desde los años noventa comenzamos de modo palpable a restituirlo al lugar que él y su obra (que es decir lo mismo) merecían. 
 
No obstante, ya en el lustro inicial de los ochenta José Milián lo evocaba sobre los escenarios al incluir poemas suyos en los guiones de espectáculos como  Una Señora Comediante (1982) y Tres Mujeres y El  (1983). Luego vendría Estado de locura (1993).
 
En 1991 William Fuentes, recién egresado del ISA y discípulo luego de Tomás González nos ofreció una visión de Piñera desde la escena en ¡Oh, Virgilio! El escritor aparece sentado en el sempiterno sillón, envuelto en volutas de humo. En 1998, casi en el fin de siglo,  tuvo espacio la herejía cuando, conjurando vivencias y visiones, Milián nos presentó a Virgilio como personaje, vivísimo, dentro de un texto absolutamente teatral. Ante nosotros un Virgilio intenso, provocador, reclama, denosta, polemiza, exige, advierte, a la vez que disfruta de los placeres de la mesa y el cigarro. Un sujeto altamente competitivo en cuanto a la calidad y lugar de su obra, a quien le obsesiona lo que se comenta de sus textos, la posición que ocupa en el Olimpo literario, el legado para la posteridad, con divertidos desplantes, agudas ironías y profundos temores; el mayor, tal vez, el de ser olvidado; equivalente a no existir, no ser. 
 
De conjurar este temor se han encargado luego individuos de distintas y sucesivas generaciones, aunque por los noventa, cuando Raúl Martín trató de llevar  a escena por vez primera  Los siervos sin poder hacerlo, Virgilio continuaba siendo subversivo. Para el mismo año 1998, fecha en la cual Milián nos estremece con Si vas a comer, espera por Virgilio, todavía se trataba de una visión un tanto desconcertante e incómoda para la oficialidad. 
 
Es ese el año en que Si vas a comer… concursa en la edición correspondiente del Premio Casa de las Américas en el género Teatro. Están participando en el certamen los cubanos Eugenio Hernández, con El elegido; Freddy Artiles con Para qué sirve el teatro, que luego tomaría el nombre de El nudo; Reinaldo Montero, con Fausto.Si vas a comer…queda finalista junto a Pipepa, de Jesús del Castillo, y el jurado, integrado por la brasileña Renata Pallotini, el mexicano Luis de Tavira, el estadounidense Jack Warner, el peruano Alfonso Santistevan y la cubana Flora Lauten le otorga el Premio a la segunda; texto de difícil comparación con los que  he mencionado y, en particular, con la obra de José Milián
 
En la noche de premiaciones, el acta leída por el Jurado solamente se refirió al texto premiado, sin hacer mención a obra finalista alguna. Días después, sin embargo, mediante  carta enviada por la institución convocadora con fecha de 16 de febrero del propio año y pie de firma de la funcionaria a cargo de la Oficina del Premio en aquel entonces, José Milián sería puesto en conocimiento de que su texto había llegado a las discusiones finales y que el Jurado la valoraba como  “entrañable representación de una tertulia íntima entre dos artistas cuya peripecia de amistad replantea el discurso de la lealtad en las relaciones humanas; así como constituye un conmovedor testimonio de la vida teatral cubana del pasado reciente” , y de que en virtud de “su alta calidad literaria” y “la fuerza de sus vivencias” consideraba que se trataba  “de una obra recomendable para su publicación.” Acción esta última que en brevísimo lapso de tiempo tuvo lugar en las páginas de la revista Conjunto núm. 109, de abril-junio de 1998. 
 
Hasta aquí Virgilio-Milián, pues ahora se trata de un binomio, aún no hallan expedito el camino.
Fausto se abre paso hacia los escenarios, lo que no consigue El nudo ni El elegido. Tampoco Pipepa, que más cercana a la naturaleza de un guión televisivo resulta luego en un producto de tal carácter. 
 
Si vas a comer…, con su excelente banda sonora (Milián/Enrique Jaime) arrebata a los públicos. Tanto La Habana como Camagüey, en su Festival de Teatro, la ovacionan.
 
En la fiesta camagüeyana (prueba de fuego ante un público conocedor) recibe los premios de texto, puesta en escena, actuación masculina, banda sonora, a los que se suman el Florencio Escudero y el Santiago Pita. En  enero de 1999 obtiene el Premio Villanueva de la Crítica y la UNEAC le entrega los Premios Caricato correspondiente a puesta en escena, banda sonora, actuación masculina. Se presenta, además de en la sede habitual del Pequeño Teatro de La Habana: el Café Teatro Brecht, en la sala Hubert de Blanck, en las provincias de Matanzas y Holguín, en el Festival de Teatro de La Habana y en el II Festival de Teatro Iberoamericano de República Dominicana. 
 
Milián obtiene con esta pieza su ¡segunda! portada en la revista Tablas, el libro que la contiene, junta a otras cuatro obras (Juana de Belciel…, Para matar a Carmen, Sibila, Las mariposas saltan al vacío) recibe el Premio de la Crítica, y desde entonces hasta diciembre de 2011, en que tuvo lugar su más reciente presentación inaugurando el Año Piñera, el espectáculo ha realizado la memorable cifra de quince temporadas. 
 
Por supuesto, Si vas a comer… es más que un acto de justicia con un artista de semejante estatura que conoció la paradoja de ser desterrado en el perímetro de su propia tierra, a quien se excomulgó y negó todo gesto de pública existencia;  es la quiebra consciente y valerosa del silencio sobre muchos temas; asuntos de cultura (en el amplio sentido del término)  pendientes de ser dirimidos; entre ellos el traído y llevado “pecado original” de la intelectualidad cubana, el tristemente célebre y mal llamado quinquenio gris de tan larga y grave repercusión en nuestra cultura, en especial en la creación teatral, cuyo exorcismo no comienza en el 2007 con el intercambio de e-mails entre artistas e intelectuales, sino nueve años antes sobre las tablas, a partir del estreno mundial y absoluto de Si vas a comer…, obra de arte que, como tal, no se acrisola con resentimientos ni rencores ; en su lugar, exuda ―y  esta es su gracia y su peligro― , la belleza y la ternura honda de la real comprensión para con toda acción humana, mientras, como apenas una consecuencia, restablece el equilibrio y el real orden de las cosas y se erige en  homenaje, no solo al talento, sino al sacrificio, la voluntad, la entrega, la lealtad, la cubanidad  en todos sus acordes (asonantes y disonantes) y tonalidades (cultas y populares). 
 
Su impacto, en cuanto a hecho teatral, no puede resultar más determinante. Nadie queda indiferente ante la experiencia. Y si su repercusión, en tanto producto de arte , no ha sido aún mayor lo debemos a esa zona de la dimensión mediática  de nuestra vida social que no termina de cumplir, entre otras, su tarea de amplificación de los artefactos y sucesos del medio artístico, que no es capaz de establecerse como foro de debate de ideas y puntos de vista a partir de aquello que siempre tendrá lugar en áreas reducidas a escala social por más capacidad que puedan exhibir los espacios de consumo, en este caso, nuestras instalaciones teatrales. 
 
Por más teatral que resultase en sí mismo,  en algunas de sus acciones y en la enunciación de sus poemas, Virgilio no fue animal teatral, sino literario ―nada en lo tocante a la literatura le fue ajeno: escribió narrativa de toda índole, poesía, textos para el teatro, ensayos, notas críticas, crónicas―; pero quien lo ha ubicado inequívocamente como personaje sobre los escenarios, quien lo ha iconizado en tal sentido ha sido José Milián, por obra de la admiración y la gratitud, en esta cubanísima dimensión del ritual de las  comidas; actividad y espacio propio, por demás, de la familia. 
 
“Para Virgilio…” la acogida, definitiva, entre los guajiros de Servando, los monstruos de Antonia, las coreografías de Ramiro, la verborrea de Lezama, las tumbadoras del Pello, los cuentos de Pepe, las guitarras de Leo, Pablo, Silvio, los boleros de Marta, los carnavales del Malecón, el teatro de la Doña, los conciertos del Amadeo, las salitas teatrales, la populosa esquina de L y 23, la memoria y la esperanza. Para Virgilio, su lugar, verdadero, entre nosotros, en su tierra. 
Para Milián, la gratitud; por su lealtad, por sobreponerse ante ese feroz animal que es el miedo, por restablecernos la memoria, por colocar la verdad y la historia en la cuerda  de la emoción legítima. “Porque la amistad vale más que cualquier éxito”.          
            
Nota  

(1)Virgilio Piñera, de vuelta y vuelta. Correspondencia 1932-1978. Edición del Centenario. Ediciones Unión, La Habana, 2011, p.187.