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Según reza en el Diccionario de símbolos de Juan-EduardoCirlot, utilísimo compendio para aquellos que, a pesar de lo que nos advertía Oscar Wilde, procuramos signos invisibles detrás de todos los acontecimientos, el número 13 es una cifra cargada de numerosas interpretaciones. “Todo está arreglado según el número”, advirtió Pitágoras, y desde ese razonamiento hasta nuestros días, no dejamos de leer el mundo mediante lo que las palabras y los propios números parecieran profetizarnos. Números mágicos son el cero, el uno, el tres, el cinco, el siete, etc. En esa secuencia de dígitos que la superstición y la alquimia han manoseado tanto, el 13 es el que mayor negrura arrastra consigo.

Desde que nacemos se nos aconseja no confiar en esa mezcla de uno y tres, que suele presidir determinados estados de mala suerte, y que, como el gato negro, parecen emisarios de lo fatídico. No voy a repetir aquí los célebres refranes ni dichos populares que involucran al trece en asociaciones terribles (y otras no tan terribles, aunque sí pantagruélicas, como aquella de recordada connotación sexual). Pero sí advertir que en Diccionario al que he acudido para revisar la genealogía de esta cifra malhadada, hallé datos que mejoran su fama. Dice Cirlot que el 13 es un número de muerte y nacimiento, de cambio y reanudación tras el final, y que es por ello que se le ha adjudicado un valor adverso a través de los siglos. Sea real o no esto, lo cierto es que determinadas culturas invierten el peso negativo del triste número, y que en determinadas ocasiones espíritus más voluntariosos no han temido usarlo como emblema para reírse de la mismísima superstición. En su voluminoso libro acerca de María de los Angeles Santana, una de las actrices más bienaventuradas de nuestra tradición teatral, Ramón Fajardo recogió los testimonios de la vedette acerca de su particular relación con el 13, y puede uno sorprenderse no solo de la gracia con la cual esta mujer excepcional conversa despreocupadamente sobre el tan funesto número, sino también del eco provechoso que ese dígito supo proporcionarle. Cuenta la Santana que, recién llegada a España, donde protagonizaría uno de los grandes triunfos de su carrera: la revista musical Yo seré la tentación , halló que los empresarios habían dispuesto para ella las comodidades más inimaginables, pero que en el teatro donde ofrecería más de mil funciones se le había asignado un lujoso camerino que, según su parecer, estaba demasiado distante del escenario. Con esa lógica espléndida que la caracteriza, María solicitó otro camerino, si no tan confortable, al menos sí cercano a la escena y al auditorio, con lo cual conseguiría saber cómo reaccionaba el público e ir siguiendo el desarrollo de cada representación. El empresario respondió con esa superstición que algunos también heredamos de la tierra hispana: que estaba de acuerdo, pero que el único camerino que podrían acondicionar para tal deseo era un cuarto lleno de trastos, inutilizado por años y, oh desgracia mayor, marcado por el número trece. Cubana al fin y al cabo, la Santana se rió de aquella suerte de fantasma matemático, y pidió ver aquel trastero, que al final la convenció como el espacio que ella quería. Y se acomodó el sitio, y día tras día, en la larga temporada de fulminante éxito que la vedette tropical gozó en la Península, aquel cuarto numerado con el 13 fue su cuartel de mando, por el cual pasaron las glorias del momento a regalarle flores, abrazos y joyas. Entre ellas, un pendentiff de oro y rubíes en cuyo medallón deslumbraba, escrito con brillantes, el número 13.

Con algo de esa risa desacralizadora y ánimos de no perder de vista al público que le sirvieron de arma a nuestra diva, Teatro de las Estaciones se enfrenta a su aniversario número 13. Que la fecha sorprenda al grupo con el mismo núcleo de trabajo que lo inició hace ya más de una década, y además, colmado de proyectos que no se circunscriben únicamente a la producción de espectáculos, da fe de que el 13, solo en las mentes supersticiosas, tiene que significar estancamiento o fracaso. Por el contrario, para el grupo matancero, ahora mismo, siguiendo las líneas de Cirlot, este aniversario es, justamente, un instante de reajuste y reanudación tras una extensa serie de logros y reajustes.

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De los espectáculos de variedades que el Teatro Sauto acogió como punto de partida para lo que es hoy el Teatro de las Estaciones, hasta la fecha en la que el grupo ofrece en una temporada habanera tres puestas representativas de momentos distintos de su búsqueda, entendidos como una secuencia perfectamente consecuente con sus presupuestos fundacionales, ha transcurrido un tiempo que es el de su forja y madurez. Cuando, en 1996, organizamos en la Asociación Hermanos Saíz un evento nombrado Yorick, que aspiraba a convocar a los teatristas que por aquel entonces dirigían proyectos de pequeño formato y aspiraban a ganar la protección institucional de la que aún, pese a sus calidades nacientes, carecían, Rubén Darío Salazar y Fara Madrigal presentaron, en la salita del Museo Colonial, Un gato con botas . El viejo cuento de Perrault, diseñado por Zenén Calero, era un divertimento que mezclaba acción titiritera, música y color desde una actitud que se sabía, a la vez, humilde y ambiciosa. Lo primero, porque se comprobaba a primera vista que se trataba de un espectáculo en el que se probaban fuerzas en el dominio de técnicas tiriteras tradicionales al tiempo que se procuraba una comunicación diáfana entre la figura animada, su manipulador y el público. Lo segundo, porque también era evidente que el colectivo recién fundado no quería quedar ahí, sino potenciar esos elementos en proyecciones futuras que ya se anunciaban con suficiente poder de seducción. Eran los tiempos en que Rubén aún formaba parte del Teatro Papalote, en el cual René Fernández tanto le enseñó, y en los que la Galería El Retablo todavía era un sueño por levantar. Un sueño que tal vez los marcados por la superstición y las pocas ganas de hacer hubieran creído, en pleno Período Especial, que no se conseguiría nunca, aconsejando a Rubén que no abandonara la célula madre para aventurarse en un proyecto independiente que Dios sabe si tendría o no fortuna, y que podía alejarlo del estatus de actor principal que, a fuerza de trabajo y talento, había conseguido ya en Papalote. Pero Rubén había aprendido de su maestro, también, el anhelo de fundar. Y esa aptitud resultaría imprescindible para que se cohesionara el Teatro de las Estaciones.

Las relaciones humanas son siempre otra biografía. La historia, en sus tomos tan severos, cuenta apenas hechos y acontecimientos. La calidez de un abrazo, o el dolor intenso de una despedida, el arrojo que se necesita para recomenzar lo que parece acabado, no siempre se describe con nitidez en esos libros. Cuando finalmente Zenén y Rubén abandonan Papalote para activar los sueños respectivos, unidos en un mismo lazo de acción y delirio, de la galería El Retablo y el Teatro de las Estaciones, quedaba atrás toda una época en la cual su interacción con René Fernández marcó un modo de vida y hacer. La separación no fue fácil, y estuvo cargada de todas las emociones encontradas con las que un padre se separa de sus hijos y viceversa. Una especie de encrucijada, de número 13 que muchos, para bien y para mal, sospecharon que el diseñador y el actor no sobrevivirían. Hoy, esa misma historia no escrita, la del teatro cubano entendido desde adentro, desde las personas que lo entretejen día a día, puede contar cómo, en este mismo instante, 13 años después, ese padre y esos hijos han sabido rescatar el diálogo. Y cuando la sala Papalote se abre al fin para invitar a su público con un espectáculo de Teatro de las Estaciones, el peso de aquella superstición se deshace para que comprendamos exactamente cuán distinta es en realidad esta otra historia, que no aspira tal vez a perdurar en la blancura de una página, sino en el calor que inflama un aplauso o un abrazo que puede explicarlo nuevamente todo.

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La continuidad y el ascenso progresivo han sido dos de las armas más visibles del Teatro de las Estaciones hasta el día de hoy. En un ámbito teatral como el nuestro, poblado de grupos pero no de proyectos crecientes, de colectivos pero no de identidades teatrales específicas defendidas por la gradación creciente de sus conquistas en cada nueva propuesta, eso convierte al grupo en una excepción. Mientras otras compañías demoran años en revitalizar las ganancias de lo que mostraron décadas atrás, hay un conjunto de proyectos teatrales que, desde la polémica pero desde una dignidad que se mantiene en cada entrega, anuncian distintos caminos a seguir con atención, en pleno acuerdo con la poética que van fundamentando. Esos grupos son la verdadera vanguardia de nuestra escena, sobresaturada de agrupaciones que, consoladas por la garantía del salario mensual, apenas dan señales de vida o calidad palpable. El Teatro de las Estaciones, que es más que una agrupación, propone espectáculos, exposiciones, investigaciones sobre el pasado y el presente del mundo titiritero nacional y extranjero, anima eventos, etc. Sus montajes son apenas la parte más visible de un quehacer que, contraviniendo las mismas carencias y necesidades que tantos otros emplean como pretexto para apenas mostrarse y producir, demuestra que el verdadero talento está aliado a otras fuerzas capaces, cómo no, de convertir el revés en victoria. Y es que no se crea que siempre el camino ha estado tapizado de victorias. La calidad del colectivo que anima Rubén Darío Salazar se destaca, también, por el modo en que ha sabido sobrepasar los fracasos para reavivarse en otras fórmulas de ganancia.

Rubén Darío SalazarEsos “números 13” han estado junto al Teatro de las Estaciones más de lo que se piensa. Insistiendo en rescatar el legado de los Hermanos Camejo, Salazar y Calero han debido resistir el embate de los enemigos vivos de esos fundadores, algunos de los cuales pusieron, en la década del 70, empeños claros en desaparecer a los directivos del entonces Teatro Nacional de Guiñol. Cuando el grupo llegó al festival de Camagüey con su versión de El sueño de Pelusín , se les acusó de poco originales, de mera copia del diseño original de Pepe Camejo sobre los personajes de Dora Alonso, y tantas otras cosas. El pasado, entre cubanos, es una materia que mezcla dolor, resentimiento y ciertas nostalgias: no todos tienen la suficiente limpieza como para saltar sobre todo eso y estimular a los que proponen una lectura distanciada de ciertas historias. Seis años más tarde de aquel momento en que el grupo se fue casi con las manos vacías del evento competitivo más importante de nuestra escena, se repitió el fenómeno cuando arribaron a la ciudad agramontina con La virgencita de bronce , tras haber conquistado con La caja de los juguetes en el 2004 el Gran Premio del evento, ex aequo con Argos Teatro, en un gesto que el jurado trazó para remover las concepciones y divisiones de un evento que se empeña en repetir sus fallas. En un país donde el arte de los títeres para adultos sigue enlazado al recuerdo punzante de los Camejo y a su injusta defenestración, el espectáculo era una excepción demasiado incómoda. Y el empeño de llevar al retablo una Cecilia Valdés gozosa y titiritera quedó en el anonimato a la hora de los premios. Valgan estos dos ejemplos para demostrar a qué dificultades se debe enfrentar un colectivo que intenta organizarse como enlace generacional y como apuesta hacia una vanguardia que quisiéramos recuperar para crecernos. Tal vez el error esté en concebir la vida de un colectivo que ha demostrado su pujanza en arenas nacionales y extranjeras a partir de una competencia. Tal vez es un error que brota del concepto anquilosado de ese y otros festivales cubanos, que proponen un concurso para fingir una vida teatral lo suficientemente rotunda como para que se nos dé el privilegio de jugar al Oscar. Tal vez es la necesidad de afirmación que tienen algunos y que se manifiesta cuando alzan un diploma o un trofeo. Trece años después, podría uno preguntarse dónde están y que han hecho mucho de los que cansaron su brazo alzando lauros y reconocimientos. Entre las pocas certezas que nos responderían, está la permanencia del Teatro de las Estaciones.

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De Dora Alonso a Javier Villafañe, de Charles Perrault a Modesto Centeno, de Claude Debussy y André Hellé a Federico García Lorca, de Serguei Prokofiev a Pepe Carril, de Carucha Camejo a Norge Espinosa, va creciendo el catálogo de Teatro de las Estaciones. A punto de cerrar estas páginas, incluyo una nota personal. No me cansaré de decir que me alegra el que, hoy por hoy, mi nombre esté ligado, en tanto dramaturgo o dramatista, a los dos directores de la escena cubana con las cuales siempre hubiese querido trabajar: Carlos Díaz y Rubén Darío Salazar. Si bien esa coincidencia de nombres podría a verse resolverse en una tensión digna de ser numerada con un sonado 13, lo cierto es que mientras más se anuda más se crece, para jugar con una frase que todos bien sabemos. Del desparpajo físico y frontal de Teatro El Público a la delicadeza y ludicidad titiritera de las Estaciones, del gozo visual y compositivo del grupo habanero a la sutileza y encanto de las imágenes firmadas por la mano hechizada de Zenén Calero, cada propuesta en la que me enrolan estos directores funciona como un reto y estímulo que no me canso de agradecer. Ellos me han permitido colaborar y dialogar con actores y artistas a los que admiro por igual, sin detenerme a pensar en los auditorios para los cuales trabajan, porque en ambos colectivos el teatro es un arte único y múltiple: una caja de sorprendentes resonancias que siempre alcanza a provocarme. Mónica Guffanti, Héctor Eduardo Suárez, Yailene Sierra, Alexis Díaz de Villegas, Osvaldo Doimeadiós, Vladimir Cuenca, Alain Ortiz, Broselianda Hernández, Marcos Dieppa, Juan Piñera, Ulises Hernández, Ramón Casas, Walfrido Serrano… son tan queridos y respetados por mí como Freddy Maragotto, Fara Madrigal, Migdalia Seguí, Raúl Valdés, Mayulei Alvarez, Yamina Gibert, Jesús Pérez, Yerandi Basart, Elvira Santiago, Celaida Menéndez, Lilian Padrón, y tantos más de los cuales aprendo a vencer tantos temores y abismos. Ambos colectivos se admiran mutuamente, se tienden lazos de ayuda cuando hace falta un tipo específico de tela, o un encaje para festonear que no aparece en los almacenes de nadie, y ya han empezado a intercambiar actores, por si fuera poco. Mi fe teatral de hoy les debe a unos y otros el saberse firmes en sus propósitos, y no escasos números 13 he borrado de mis calendarios gracias a lo que me brindan, en estas dos casas teatrales que tengo en Cuba, todos ellos.

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La niña que riega la albahaca y el príncipe preguntón, Pelusín y los pájaros, La Caperucita Roja , En un retablo viejo, La caja de los juguetes, El patico feo, Lo que le pasó a Liborio, El guiñol de los Matamoros … son apenas algunas cartas enviadas por el Teatro de las Estaciones a su público durante estos 13 años. Que el mismo público haya sabido responder con ansiedad a cada invitación, agolpándose tras la puerta de entrada, reclamando más funciones, da una buena medida de qué diálogo ha conseguido este grupo, desde la humildad matancera entendida como dignidad teatral, durante todas estas fechas. A esas cartas vendrán a sumarse otras, porque Rubén no descansa (ni nos deja descansar), anunciando ya estrenos y proyectos ambiciosos, concentrados en su amor al teatro de figuras, ofreciendo lo que tiene a quien se acerque de buena fe para conocer y dilatar esos mismos conocimientos. A lo largo de estos 13 años, Teatro de las Estaciones ha sabido levantarse como eso: un espacio de confluencias, más que un simple grupo teatral. Dondequiera que se le menciona, se sabrá de la garantía de un buen gusto indudable, de un proyecto salido de numerosos diálogos y pensado a cabalidad, dejando fuera la improvisación barata y el desdén hacia un auditorio que merece ser tentado siempre con lo mejor. Dondequiera se le mencione, también, sabremos que no faltará quien aporte recelo ante su capacidad de convocatoria, desdén ante su afán de reconstrucción de nuestro pasado, envidia ante el aplauso sincero del público, silencio ante los elogios de críticos y espectadores. De todo eso se hace el teatro. Y la vida. Y viceversa. Sumando un número 13 a otro, seguirá creciendo la cifra, y los montajes por venir nos harán volver los ojos a Matanzas. Aquí tendrá su casa Pelusín del Monte. Aquí, sobrevolando cualquier desánimo, los titiriteros cubanos tendrán una mano amiga. Todo aquel que, como nosotros, quiera burlar la superstición y venir a armar su fiesta para celebrar, como una puerta abierta, sus trece años de recomenzar.

Norge Espinosa
Norge Espinosa
Poeta, ensayista, crítico y teatrista.  Ha publicado:  Las breves tribulaciones,  Cartas a Theo, entre otros.  Sus ensayos y poemas han sido traducidos al francés y al inglés. Obtuvo la Orden por la Cultura Nacional.