Pedro Pablo Rodríguez* Palabras de Pedro Pablo Rodríguez en la inauguración de la feria del libro de la Habana 2013

Jamás pensé verme inaugurando una Feria del Libro. He disfrutado estos actos dedicados a personas que admiro, muchas de ellas a las que me une la amistad, y me he sentido feliz por esos homenajes. Ahora me toca a mí recibirlos, y estoy convencido de que debo este honor en buena medida a quien siempre será el invitado mayor de esta fiesta de las letras, del libro y de la cultura nacional: a José Martí. Permítanme, pues, a mi vez, dedicar esta Feria a José Martí.

Junto con Martí, quiero dedicar mis palabras también a cinco lectores incansables, que están siempre entre nosotros, que viven en Cuba, cuya labor ha contribuido a que sigamos haciendo esta Feria: los Cinco patriotas: Gerardo, Ramón, Antonio, Fernando y René. Para ellos esta fiesta del libro y de la cultura, que sabemos la disfrutan allá, en el Norte.

Estamos conmemorando los 160 años del natalicio del Maestro y Apóstol, en circunstancias singulares de Cuba y del mundo. La crisis de la civilización capitalista moderna se acentúa, abarca todos los planos de la vida social, se extiende por la espiritualidad y los valores, y es cada vez más perceptible hasta en el entorno que propicia la existencia de nuestra especie.

Una frase se ha popularizado durante este siglo XXI: un mundo mejor es posible. Ella no debe sustituir al análisis hondo, mas, sin duda, expresa la insatisfacción con la marcha de estos tiempos y el afán de detener la enloquecida carrera hacia la autodestrucción de la especie por la que nos lleva el capitalismo como forma de existencia social, deseo que se sostiene sobre todo en la convicción esperanzada de que aún hay tiempo para ese cambio, que muchos pensamos no solo ha de ser de formas de propiedad, de relaciones de producción e intercambio, sino de cultura, entendida esta como manera social e individual de existir, y, también, de la lógica y las perspectivas del pensar.

José Martí, como probablemente algunos más en otras latitudes, desconocidos o escasamente difundidos, fue un adelantado de esa voluntad transformadora. Con metas de ensueño, Martí supo, a la vez, poner sus pies firmemente sobre la tierra. Escribió que sus ansias mayores eran “Desatar a América y desuncir al hombre.” Gigantesca tarea liberadora su planteo: desatar, quitar las amarras a su América para que esta caminase por sí y para sí; quitarle el yugo a las personas, alcanzar un ser humano cada vez más perfeccionado y libre. En verdad no había límite a su afán de liberación plena, que así remontaba con creces el propósito de independizar a su patria. Pero, con sabiduría de político mayor, trazó una estrategia de pasos sucesivos firmemente encadenados hacia los grandes horizontes; cada paso, al propio tiempo, imprescindible para alcanzar el siguiente, contenido ya a su vez en el anterior. Domeñó sus sueños a lo posible en cada momento.

Aquel revolucionario con talla de estadista universal, delineó los amplios objetivos que continuarían su obra inicial contra el colonialismo español: echar adelante la colaboración defensiva entre las naciones de nuestra América, con las Antillas como vanguardia, con las miras de impedir el derrame del vecino del Norte, pero también modificar las repúblicas criollas, excluyentes de las clases populares, de viejo espíritu colonial todavía, con la participación plena de sus indios, de sus negros, de sus campesinos. Todo, decía, por el bien mayor del hombre y el equilibrio del mundo.

Lo dijo claramente Martí: no eran solo dos islas las que se iban a liberar sino todo un mundo lo que se iba a equilibrar. Por eso la independencia cubana, nos dice a menudo, era suceso de gran alcance  humano, servicio universal, por el bien mayor del hombre y ese equilibro del mundo. Toda una magnífica utopía, no condenada necesariamente al imposible; antes bien, conducida con maestría y finura de orfebre, del artista de la palabra que comprendió que el arte de la política era conducir los diversos intereses de los pueblos hacia el fin común a todos.

Era un combate no contra la historia, como pudiera parecer a algunos a primera vista, sino una pelea contra una lógica de hacer la historia: la lógica del mercado que ampara la ética del vale todo por encima de los valores humanos. Esa fue, pues, la gran batalla martiana a finales del siglo XIX: la batalla por la vida, por los seres humanos, por las diversas colectividades frente a la perspectiva de la modernidad burguesa, que se imponía desde los procesos de industrialización y que marchaba a todo tren hacia el capitalismo monopolista.

Fue una descomunal empresa de hermosa y humana entrega plena la que emprendió Martí, con osadía sometida a las riendas de la inteligencia, con pasión que no se dejaba ganar por la irracionalidad o el mero entusiasmo, con voluntad asentada sobre el conocimiento de las tierras, de las culturas y de las personas.

Es evidente la marcada intención ética de sus vastos proyectos. La liberación humana —de eso se trataba, precisamente, nada más y nada menos—  incluía para Martí la liberación de las mentes y de las conductas. Su aspiración era la de un mundo diferente, una América distinta, una Cuba otra. Todo conducía hacia el homagno —como él decía al hombre magno—, por un camino de perfeccionamiento individual y social.

En todo eso descansan las razones de su permanencia y de su creciente universalidad. Ante un mundo, el nuestro, que se debate en una crisis civilizatoria, cuya salida exige cambios de perspectivas, de paradigmas, y de lógica; que cada vez más obliga a abandonar el criterio antropocéntrico por la búsqueda de la armonía entre naturaleza, sociedad e individuo, como quería Martí, es comprensible por qué tantos quedan sorprendidos y maravillados cuando conocen su pensamiento y su obra. Por eso se traducen sus textos a lenguas muy diversas, desde el chino y el japonés hasta  el guaraní, desde las lenguas europeas hasta las africanas y las de la India. Por eso en esta marcha latinoamericana que comienza a ser unida, en cuadro cada vez más apretado, su palabra explica, convence, convoca, tanto en nuestra región como en los más variados rincones del mudo.

Los cubanos hemos protagonizado una de las mayores proezas de la historia contemporánea: sostener la soberanía, la nación libre, y rescatar la dignidad y el decoro entre nosotros y también en las más diversas latitudes del orbe. Sangre, sudor, lágrimas, traumas familiares e individuales, nos ha costado esa pelea. También muchas alegrías, cómo no, hemos compartido, sobre todo la de sentirnos compañeros entre nosotros y junto con muchos ciudadanos del mundo a los que hemos llevado nuestra solidaridad y hasta nuestras vidas, como a los hermanos de Angola. Hemos sido, somos un pueblo cuya mayor grandeza quizá ha estado en que a menudo no sabemos cuánto lo somos en esta resistencia creadora.
Andamos hoy por momentos de transformaciones dentro del país, que necesita adaptarse a diversas exigencias que imponen los tiempos del mundo y de la propia sociedad cubana. No podemos perder la perspectiva martiana: con todos y para el bien de todos. Nunca con pocos y para el bien de unos pocos. Estamos obligados a ser originales. Ni de Washington, ni de Londres, ni de París, ni de Madrid, vendrán las soluciones a nuestros asuntos, como tampoco las encontraremos en Moscú o Pekín. Esta es la prueba en que, sobre todo, hemos de demostrar hoy nuestra grandeza. Reclamo el mandato martiano: “Crear es la palabra de pase de esta generación”.

Hay que perfeccionar la economía, mas también hemos de perfeccionarnos como personas y como sociedad. Tenemos que desuncirnos de la grosera filosofía del poder, de las vanidades y de los egoísmos que intentan volver a asentarse en las almas cubanas. Hay que pararse sobre el yugo para ostentar la estrella de Martí en la frente.

La cultura artística y literaria, y la cultura científica han sido vanguardias singulares en el proceso transcurrido desde el 1ro. de enero. Han sido el alma de Cuba, y estoy seguro que lo seguirán siendo. Prueba singular de ello es esta Feria del Libro que inauguramos hoy. Escritores, investigadores, estudiosos entregan sus obras; editores, correctores, diseñadores las han convertido en libros; los impresores multiplican esos libros. Todos somos protagonistas de esta fiesta de la cultura nacional. Es una cadena, un sistema en el que cada parte es decisiva para el todo: el libro que ha de llegar al lector. Por eso, como autor y editor llamo a rescatar la nobleza y responsabilidad del oficio del impresor, puntal de la cultura cubana, y quizá hoy el punto más débil de esta cadena.

Me siento feliz y agradecido de poder inaugurar esta Feria en que los principales protagonistas son los lectores, esa enorme masa de cubanos, de todos los cubanos, donde no hay analfabetos, porque hemos tenido una Revolución que dio la tierra al campesino, que devolvió el país a los cubanos, y que supo unir a la batalla por el rescate económico de la nación, una campaña para enseñar a leer y a escribir a todos.  

Una vez José Martí escribió: “Pensar es prever”. Y otra: “Pensar es servir”. Y también: “Prever es vencer”. Hoy hay que pensar, prever y servir para vencer al fin en la batalla comenzada por José Martí hace más de cien años. Hay que vencer: por la humanidad contemporánea, por el bien mayor del hombre, por el equilibro del mundo. Que así sea.



Palabras en el acto de inauguración de la 22 Feria Internacional del Libro. Plaza de Armas, Fortaleza San Carlos de la Cabaña. La Habana, 14 de febrero de 2013.
 
Tomado de: http://www.lajiribilla.cu/