María Elena HernándezConmigo viene la lluvia

"Una serie de documentos muestra la relación de la escritora Christa Wolf con la policía de la antigua R.D.A."

Me llamo Christa Wolf.
Margarete si llueve o anochece.
Pero dondequiera que voy
conmigo viene la lluvia.
Salpica mis zapatos hechos a la medida de Margarete.
Margarete salta por los jardines y azoteas.
Se pierde a veces en la inmensidad de una calle.
La lluvia salpica su vestido.
Pregonara de la Stasi
alquiló un cuerpo,
un impermeable
y una nube contra la sequía.

Agorera de las cuatro estaciones
pidió también una pala
y un perro prestados
para morder o enterrarse si fuera necesario.
De vez en cuando escampa.
Entonces Margarete se sorprende
y cruza la avenida

con un libro bajo el brazo
que tenga en la solapa su verdadero nombre.
(Todos los libros llevan su nombre en la solapa)
Y no piensa en la geometría
con que una gota cae
si en el asfalto no queda ni una huella.
Los amigos vendrán qué tal la lluvia Christa.
Ella colgará su impermeable,
su sombrilla mojada
y los invitará a pasar luego con su mejor sonrisa.

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Letanía del Sueño

De alguna guerra o enfermedad aberrante todos íbamos a morir.
Tarareando un himno cavando un túnel bajo tierra asfixiados.

Avancé en la fila por la parte de afuera.
Rayé la ventanilla con la esperanza de mostrar las uñas.
- ¿Ha tenido usted lepra?

Anduve a medio vestir allá por los años 40/
tenía la boca pestilente/ y me perseguía mi
madre con un cuchillo de mesa/ los misiles
bombardeaban la calle/ yo acarreaba agua para
quitarme la mugre/ y aparecer sonriendo en los
diarios/ alguna vez me crucé con Ana Frank/
puedo jurar que lloraba/ y que pedía ayuda/
y yo qué podía a medio vestir/ si no había
tiempo/ y en los ratos libres hacía de extra/
en una película de amor de los años 30/ y
amaba al director/ y a la primera actriz/ y
también lloraba/ y el día siguiente me veía
siempre con telarañas en los ojos/.

No debería marcar esta ciudad en los mapas.
Ni en las esquinas sacudirme el polvo de los autos.
Todos íbamos a morir, no a pedalear por las mismas calles.
Con el mismo cansancio de quien nunca estuvo en otra parte.

Pedaleo/ con la certeza del desconocido que
a nadie debe/ pero esta ciudad al final me derrota/
ya había derrotado al deportista/ y al cartero/
y derrotó al amigo/ y al vecino que me descubrió
un día/ y ahora pinta mis brazos/ abiertos a los cuatro
vientos/ mi cuerpo bamboleándose/ atravesado por
una vara/ con un cristo orinando en el centro/ y algunos
pájaros encima/.

De alguna guerra o enfermedad aberrante todos íbamos a morir.
Afuera llueve.
Alguien raspa el cristal con la esperanza de mostrarme las uñas.

 

de Elogio de la sal (Santiago, Cuarto Propio, 1996)

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Señales

 Los oceanógrafos descubren que las aguas están muertas
y yo me río sola.
Y yo me río sola con mi cabeza llena de barcos.
Del otro lado del muelle hay infinitas banderas esperándome
infinitas ciudades infinitos puertos.
Tiro mi lengua- anzuelo y la abro como un mapa.
Conozco todos los idiomas. Aun puedo orientar a los peces.
Pero los peces huyen.

Los oceanógrafos se ríen solos
y yo digo que están muertas las aguas.

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Amnesia

Abrió la reja y se quedó en la yerba.
La primavera vestía íconos rojos.
Abrió la reja al atardecer, como si nada.
Del otro lado alguien gritaba algo sucio entre los pinos.
Duele la infección de la primavera en las tráqueas,
el vacío, la náusea, el polen que se deposita en los ojos.
Como una mariposa tirada en la plaza sueño
mientras me sacan la astilla.
No es una mariposa esto que mordisquea.
No es una corriente de carne silenciosa.
Por un pasillo, en la yerba patas arriba.
Creo haber jugado de niña con levines.
Pero a la primavera no le he visto nunca la cara.

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Víspera

El sol arrugaba la última hoja.
Las paredes los cuchillos se doblaban.
La última cena.
La última palabra.
La mano quemaba el incienso.
La mosca nadaba en el último vaso.
El asesino volvía por mí.
Mi madre limpiaba el lugar de los hechos.
Los monjes de velludos dedos abrieron el libro:
septiembre.

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Exilio

Dicen que en Livonia nadie cierra los párpados,
y que la nieve es ámbar, y que por nombrarla se pierde
todo. Sin saber cómo se quita de entre los restos lo nevado,
una región y luego una mujer ya se perdieron.
Pero mi ámbar es más fuerte que el ámbar de Livonia.

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Días de Mercado


De algún modo yo entro en la multitud como en mi casa.
De algún modo tenemos el mismo rostro,
la misma ansiedad, la misma mesa.
A nadie preguntaría qué árbol tumbó anoche.
A nadie distraería con mi comercio de palabras.

La gente se acomoda bajo los letreros lumínicos.
Ya no sabe qué vender, si el cansancio
o las horas que aún le quedan para exhibirse.
Una mujer barre el excremento de la ciudad
y el vendedor de martillos no se atreve.
(Si les taparan los ojos todo seguiría igual).

Esta tarde me compraría un San Lázaro
y me lo pondría en el pecho.
Hasta los perros me compraría.
Como la palabra el agua no llega a mi boca
y mi sed no sirve para reparar los muelles.

La multitud y yo tenemos la misma madre:
siempre buscando a Dios en los depósitos vacíos.

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Mapa turístico del País

      "Esta es la tierra más Hermosa
que ojos humanos vieron."

¿Tienes sed? Extraña lengua la tuya.
Vámonos de excursión qué importa.
El camino es largo y no duele. ¿Tus zapatos?
¿La ruta? La marcarán los mapas.

 Más tarde pedirás la argolla
y tirarás de ti como de una res.

 Los extravíe qué importa no los necesitaba.
Silencio, ¿quieres unirte al silencio?
Tu oquedad es vacía árida y sangro por la nariz.
Silencio, ¿quieres sangrar en silencio?

No abonarás los suelos ni cortarás las yerbas.
Ni los frutos ácidos de la tierra más fermosa.

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Viajero

 

El que se marcha levanta el cuello del abrigo.
El que inmóvil, el que impasible espera,
no comprendo los signos que en la tierra traza.
Los días pasados anula con una mano:
Adiós lejana aventura de la carne oh lejano tiempo.
Levanta el cuello del abrigo y este roce lo borra todo.
Todo desaparece bajo la mirada ágil de los que tienen prisa.
Ningún mensaje, ninguna carta entregues.
Olvidará los teléfonos, trocará las direcciones.
No con amor ni odio te nombrarán si es que te nombran.
Un roce suave del abrigo lo borra todo.
Pero el que nunca parte un doble exilio guarda.
Nostálgico de sí y de los otros. Sin mapas ni equipaje.
                                             El viajero es él.

 


María Elena Hernandez Caballero
Nació en La Habana, Cuba, en 1967. Publicó el libro de poemas Donde se dice que el mundo es una esfera que Dios hace girar sobre un pingüino ebrio, con el que obtiene el Premio David de poesía, otorgado por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en 1987. Ha sido antologada en numerosas muestras de poesía cubana, tanto en el país como en el extranjero. Desde 1994 reside fuera de la isla.