Placido1844. El adiós. 

El  28 de junio de 1844 once hombres vivían sus últimos instantes. Todos eran pardos o morenos (mulatos y negros) y estaban involucrados, según las autoridades coloniales, en la conspiración de la gente de color, que exacerbó entre los grandes hacendados y comerciantes blancos, el llamado “miedo al negro”. El centro de esta se hallaba en la actual provincia de Matanzas, donde poco tiempo antes, la sublevación del ingenio Triunvirato, propiedad de Julián Luis Alfonso, había cobrado proporciones insospechadas. La historia del “descubrimiento” de la conspiración - que repercutió en otras zonas de la isla- es muy conocida. Polonia, esclava gangá de Esteban de Santa Cruz y Oviedo había revelado a su amo la intención de los esclavos de protagonizar una gran sublevación y de aniquilar a todos los propietarios, así como a sus concubinas negras. Polonia era una de las amantes de Santa Cruz, quien poseía en su ingenio Trinidad un harén de esclavas, con las cuales llegó a engendrar cerca de una treintena de hijos mulatos (1).
 

Ante la noticia, la reacción española no demoró en manifestarse, pues la esclava aseguró que la sublevación estaba fijada para la navidad (25 de diciembre) de 1843. Unos días después, en enero de 1844, comenzaron las detenciones y en el Trinidad varios sospechosos fueron eliminados para escarmiento de la dotación.

Cientos de esclavos y de libertos de toda la región yumurina, así como de La Habana y otras localidades, fueron confinados a prisión y objeto de crueles torturas, aún cuando no existieran pruebas, ni documentos confiables que apoyaran la grave acusación de “conspiradores”. Fue frecuente el empleo de escaleras, en las que los supuestos implicados eran atados fuertemente de manos y pies y azotados, muchas veces hasta al martirio. Esta fue la razón por la que aquella masacre colectiva fue conocida más tarde como “Conspiración de la Escalera”.   

Al concluir el “proceso” la población negra de las jurisdicciones de Matanzas, el más grande emporio azucarero y esclavista de la época, había disminuido como consecuencia de los cientos de fallecidos y en menor medida de los deportados. Los autores (Rodolfo Sarracino, Julio le Riverend, Francisco José Ponte, Leopoldo Horrego Estuch y otros) ofrecen cifras disímiles. Según un estudio comparativo realizado a partir de los libros de asentamiento de defunciones de los archivos parroquiales de la ciudad de Matanzas (2), tan sólo en 1844 se registraron 847 defunciones de pardos y morenos, cifra significativa si se le compara con las de años anteriores (1842: 459 y 1843: 437).

PlacidoMás allá de las cantidades reportadas, todas las fuentes coinciden en que esta población disminuye como resultado, sobre todo, de las torturas sufridas por aquellos hombres que eran detenidos tanto en el perímetro urbano, como en los partidos rurales cercanos. Esos mismos archivos parroquiales refieren 18 fusilamientos, si bien en jurisdicciones como la de Cárdenas están documentadas otras ejecuciones. En Matanzas además de los once fusilados el 28 de junio, tuvieron igual destino siete esclavos del cafetal Nueva Esperanza, incluida una mujer. Imprecisiones aparte, este comportamiento demográfico no pudo ser omitido ni siquiera por los censos oficiales, según los cuales a inicios de la década (1841) la población general de la ciudad de Matanzas era de 19 124 almas, mientras que al concluir el lustro la cifra había decrecido a 16 966. El descenso se manifiesta sintomáticamente entre los habitantes negros, pues mientras que la población blanca se mantiene, la negra declina, reportándose en 1841, 8 820  habitantes y en 1846,  6 947.

Conmovida la sociedad civil yumurina ante las constantes escenas de perseguidos y procesados por la sección de la Comisión Militar Ejecutiva y Permanente (3), el fusilamiento del 28 de junio constituyó el colofón de esa alarma generalizada que aumentó ante aquella decisión  arbitraria. Además de las sospechas de conspiración, la ejecución parecía estar guiada, de igual forma, por el odio de las autoridades hacia aquellos mulatos y negros que se habían granjeado un prestigio entre sus congéneres. Los fusilados fueron Santiago Pimienta, cuya familia era propietaria de un ingenio,  Andrés Dodge, dentista de profesión y poseedor de una gran clientela entre la población blanca de la ciudad, Pedro de la Torre, músico y sastre, José Miguel San Román, músico también, Jorge López, pintor y teniente de las Milicias de Pardos, Manuel Quiñones, Sargento y los esclavos domésticos Antonio Abad Baró, Bruno Izquierdo, Miguel Naranjo y José García, los dos últimos caleseros de Juan José Naranjo y Francisco de la O García. Por la defensa que hicieron de sus esclavos las autoridades  estimaban sospechosos a estos propietarios, así como a otros blancos de las capas altas y medias de la sociedad yumurina, como Benigno Gener (4), opuestos abierta o solapadamente a la trata negrera.

Tras una serie de tratados, en 1820, Gran Bretaña prohíbe el comercio de esclavos, transformándose en una molesta vigilante para los negreros cubanos que, durante décadas continuaron practicándolo ilegalmente y con la “cautelosa” anuencia del gobierno español. No pocos autores aseguran que fue precisamente Inglaterra, en la persona de su Ministro David Turnbull, la principal instigadora de la “conspiración”. En todo caso la reacción se dirigió a la raza negra, contra la cual el Capitán General O´ Donell concentraba todo su odio, estimando su disminución, “una prioridad insoslayable para el futuro del país” (5). No debe extrañar por ello, que la mayoría de los condenados formara parte de la incipiente burguesía de color. Propietarios, profesionales, artesanos de diferentes oficios integraban el grupo de negros y mulatos que lograron ocupar un lugar significativo en aquella sociedad, concebida y regida por los blancos. Dolores, “Lola” María Ximeno refiere al respecto: “La mayor parte de los condenados tenían bienes que fueron confiscados, menos Plácido que sólo aportó la fortuna inapreciable de su cerebro” (6)

La cifra de once procesados la completaba justamente el muy conocido poeta y artesano Gabriel de la Concepción Valdés, “Plácido” (La Habana, 18.3.1809-Matanzas, 28.6.1844). Improvisador ágil y versificador de sensibilidad y gracia notables, Plácido es considerado uno de los principales representantes de la poesía romántica en Cuba y figura insoslayable en la historia literaria de Hispanoamérica. Implicado en el proceso de la “conspiración” es apresado, en febrero, como resultado de las sospechas que el gobierno había tejido en torno a su figura y lo que ella representaba.

Varios autores han abordado, con mayor o menor profundidad, su existencia. Entre ellos Pedro José Guiteras (Vida de poetas cubanos), Leopoldo Herrera Estuch (Plácido, el poeta infortunado), José Ángel Treserra (Documentos reveladores), el cineasta Sergio Giral (Plácido, 1987) y la investigadora y profesora Daysi Cúe Fernández, quien ha sumado a la bibliografía pasiva precedente su abarcador ensayo Plácido, el poeta conspirador, resultado de años de estudio y análisis en torno a esta figura que es significativa además para el entendimiento de los resortes que movían el corpus de la Cuba esclavista del siglo XIX.

El versificador había estado detenido en dos o tres ocasiones por causas insignificantes. Sin embargo, en 1843, mientras se hallaba en Trinidad es acusado anónimamente de hallarse entre los propugnadores de una conspiración contra los blancos, razón por la que sufrió prisión, durante varios meses. La acusación no pudo ser probada, pero a su retorno a Matanzas las autoridades desconfiaron de él. Algunos amigos lo alentaron a marcharse del país, para evitar la reacción. El desechó la idea. Se resistía a vivir en tierra extraña, alejado de su Cuba entrañable. Así, fue acusado una vez más, pero en esta ocasión la condena fue consumada, no obstante la inexistencia de pruebas contundentes. Por otra parte, un índice considerable de los interrogados, ya fuera para satisfacer a las autoridades o para librarse de la “muerte por tortura”, vinculó el nombre del poeta a la conspiración, esgrimiendo sus presuntas relaciones con Turnbull.

PlacidoAl amanecer del día 27 de junio el autor de La Siempreviva es trasladado, junto a los otros prisioneros, a la Capilla del Hospital de Santa Isabel (actual Provincial), conservada hasta hoy como una pequeña sala-museo que perpetúa la memoria de sus postreros días. Allí acudió Manuel Francisco García, párroco de la Iglesia de San Carlos, quien además de intelectual notable, era benefactor y amigo del poeta. Con lápiz en mano y tras pedir que le quitaran las esposas, Plácido escribe incesantemente y según testigos de la época plasma su decima A la justicia (7), sobre la pared. Al día siguiente, mientras marchaba al paredón, cercano al Hospital y no muy distante del Cuartel de Santa Cristina comenzó a declamar una de esas composiciones. La mayoría de los estudiosos señala que aquellos versos eran los de Plegaria a Dios, creada poco antes, a propósito del adiós inminente y que por su fuerza y belleza poética bastaría para conferirle el lugar que posee entre los escritores hispanoamericanos de la centuria decimonovena.

Decepcionado con su destino y con la maldad de quienes lo juzgaban, Plácido padeció en carne propia la crueldad del régimen que antes lo había enaltecido y que ahora lo condenaba, para dejar trunca la ascendente estrella de su arte. Aquel 28 de junio, presa seguramente de pensamientos encontrados, grita a Dios su inocencia, pero sus torturadores no pueden entender y cumplen la sentencia firmada por el Capitán General. No alcanzaban a vislumbrar que con la muerte no podrían eclipsar -por el contrario- su poesía ni su recuerdo.

 

Ser de inmensa bondad, ¡Dios poderoso,
a vos acudo en mi dolor vehemente;
¡extended vuestro brazo omnipotente,
rasgad de la calumnia el velo odioso
y arrancad este sello ignominioso
con que el mundo manchar quiere mi frente!

[…]

Más,  si cuadra  a tu suma omnipotencia
que yo perezca cual malvado impío,
y que los hombres mi cadáver frío
ultrajen con maligna complacencia,
suene tu voz y acabe mi existencia
cúmplase en mi tu voluntad, Dios mío. (8)

 

Plácido matancero.

De temperamento inquieto como su verso, Plácido acostumbraba a moverse por diferentes localidades de la isla. Ya fuera en busca de un mercado seguro para su oficio de artesano peinetero que debía seguir los dictados de la moda femenina o por no probadas actividades conspirativas residió indistintamente en La Habana, Villaclara o Trinidad. En Matanzas se había establecido inicialmente en 1826 y a pesar de sus viajes a otras plazas volverá a esta una y otra vez. Por esta fecha labora, junto a su antiguo maestro Nicolás Bota, en un taller donde, por más de un lustro, confeccionó decenas de peinetas, de las cuales se conserva un par en el Museo Provincial Palacio de Junco. De esta forma se ganaba el pan, a través de un oficio, cuyo preciosismo definirá también su poética.

En la “ciudad de los puentes” vive una parte considerable de sus 35 años y en ella crea incesantemente. El rico cromatismo del apacible paisaje yumurino le atrae desde su primer contacto con esta población, donde su fama de gran improvisador se difundió rápidamente. Intelectuales, personajes notables, humildes artesanos, blancos y negros, se interesaron por conocer la rima fácil e ingeniosa del artesano poeta. Romances, fábulas, odas, décimas, sonetos, letrillas y toda suerte de formas y géneros se acomodaban a su inspiración. Su ingenio y versatilidad le permitían crear, desde excepcionales composiciones hasta rimas sencillas, redactadas para bautizos, matrimonios y otros acontecimientos sociales.

Como antes en La Habana, sus versos serán divulgados por la prensa local. En 1836 (9) La Aurora lo contrata por 25 pesos mensuales, a cambio de una entrega determinada de sus poesías. Cumpliendo con las exigencias del diario, escribe a menudo composiciones laudatorias, dedicadas a personajes con los que no simpatizaba, por representar a los grupos de poder que lo discriminaban y lo acercaban a la condición de esclavo. Ejemplo de ello son sus odas A la proclamación de nuestra Augusta Soberana Doña Isabel II de Borbón, firmada, en 1834 y Al cumpleaños de S. M la Reina Gobernadora, Da. María Cristina de Borbón, publicado por La Aurora, el 27 de abril de 1837.

Aquel año y con contadas excepciones, la Sección Poética del diario yumurino publica regularmente sus versos. En medio de las forzosas loas a hombres y mujeres que encarnaban ese poder, el bardo se las ingenia, para trasmitir sutilmente sus ideales de emancipación. Sin intenciones de valorar su poética, labor de la que se encargan quienes se han dedicado a estudiarla, no debe dejar de connotarse que Plácido -paradigma de superación personal y de innata creatividad literaria- fue vitoreado tanto por la población común, como por aquellos que pagaban su versatilidad. Fueron, no obstante, las composiciones escritas con mayor libertad, las que reafirman su vocación de escritor y sus ideales de emancipación. Entre sus títulos más reconocidos por estudiosos y antologadores se hallan Muerte de Gessler, La Flor de la caña, la ya citada Plegaria a Dios y Jicotencal, donde recrea la historia del emperador mexicano Moctezuma. La versificación espontánea e impecable de este romance ha sido comparada  con la de autores clásicos como Góngora.

Los cientos de versos que escribe durante su permanencia en Matanzas, y la presencia, mayor o menor del ambiente local en su poética, transforman a Plácido en “el indiscutible cronista del acontecer matancero, el que reseña en sus versos lo cotidiano. Nada escapa a su deambular y siempre tiene frescas expresiones para los mismos sucesos a los cuales debe tornar por gajes del oficio” (10)

Hombre de facciones agradables y penetrante mirada oscura, el carácter del cantor solía ser afable y altruista. Varias anécdotas refieren su desprendimiento en relación con los pobres, particularmente con los de su raza, interviniendo en penosas situaciones que reducían, aún más, la condición humana de aquellos. Entre sus amigos se contaban el sacerdote Manuel Francisco García y Sebastián Alfredo Morales, médico homeópata y redactor de La Aurora, con quien solía acudir a los alrededores del Abra del Yumurí. Amaba la naturaleza por libre y salvaje, y su contemplación fue quizás el modo que halló de sustraerse, por instantes, de su desfavorable posición social.

Por otro lado y como era de esperarse, el bardo resultó ser un alma enamorada. Tras varias pasiones se casa, en 1842, con la morena libre María Gil Ramona Morales. Antes había padecido por la muerte de “Fela” (11), a la que canta con visible desconsuelo en varias ocasiones. En una suerte de carta testamento, Plácido escribe a la esposa antes de la partida: “El llanto que te pido a mi memoria es que socorras a los pobres siempre que puedas; y mi sombra estará tranquila y risueña contemplándote, digna de ser esposa de Plácido” (12)

Hijo natural, mulato y pobre. Estas fueron condiciones que afectaron a Plácido durante toda su vida. No aceptado como propio en ninguna clase social, su poesía lo aproximaba tanto a los negros, como a los blancos interesados en su intelecto. Pero se trataba de una proximidad superficial. Impresor, carpintero, platero y peinetero, integraba el cada vez más nutrido grupo de los artesanos. Liberados del yugo esclavo, los artesanos mulatos y negros probaron sus incalculables habilidades. Los que alcanzaron independencia económica lograron alzarse entre los pequeños propietarios y su pujante fuerza resultaba una amenaza para los blancos temerosos ante la posibilidad de que esclavos y libres constituyeran una república negra al estilo de Haití.

Los hechos citados y la historiografía subrayan que no fue Plácido un traidor. A tono con su época, en todo caso, simbolizó las contradicciones sociales de su tiempo. Defensor de su raza y de los pobres deja manifiesto, en no pocas composiciones, su sentimiento anticolonial y su amor por la libertad.

Protagonista de una vida sencilla, su poesía lo salvó y lo condenó. Ella le permitió expresar, aún en las odas que escribía por encargo, sus auténticos ideales. Metáforas y héroes clásicos o hispanoamericanos como Moctezuma le sirven para este fin. En varias ocasiones manifiesta su disgusto por escribir poesías en las que debía encomiar a personajes para él desconocidos y que representaban a esa sociedad contraria a los de su condición. En su oda a la arpista Virginia Cardi expresa abiertamente este sentimiento de inconformidad ante los falsos elogios que escribe con desgano como parte de sus compromisos editoriales:

 

No con aquella degradad Lira,
De ingratas cuerdas y oropel cubierta 
Con que tan sin razón, y sin justicia,
Aplausos suelo prodigar, malgrado
De mi fiel corazón en voz ficticia,
Celebrare tu mérito elevado;
   Sino con aquel plectro
Libre de la lisonja y la impostura,
De cuerdas áureas y metal electro,
Emblema de ventura
Que el sentido arrebata y enagena,
Tan incorrupto, como tu alma es pura,
Tan estasiante como tu arpa suena (13)

 

Pervivencia en la memoria.

Con una vida transida por las sombras y las exclusiones, “Plácido dejó con su muerte el temor vindicativo de su historia, que la ceguera gubernamental quiso destruir con el silencio […]” (14) Después de aquel fatídico año, son incontables los hechos que reivindican la existencia y el pensamiento del poeta. Recoge la memoria histórica de Matanzas que a poco tiempo del fusilamiento, decenas de hombres negros y mulatos estallaron en bailes y danzas alrededor de la casa de uno de aquellos “jueces” implacables, que enfermo y delirante gritaba su perdón al malogrado bardo.

En 1894, en medio del proceso organizativo de la Guerra del 95, el periodista, polemista y orador Juan Gualberto Gómez (Sabanilla del Encomendador, Matanzas 1854 - La Habana, 1933) abogó por la defensa del poeta mártir. Revolucionario de dilatada trayectoria y uno de los más puros luchadores de nuestra historia independentista y republicana, Gómez intervino en la controversia que sobre los valores auténticos de Plácido habían iniciado el crítico Manuel Sanguily y Manuel García Garófalo, “Juan de la Cruz”. En la publicación Hojas Literarias, Sanguily subvaloraba la poética de Plácido, reduciéndola a escasos méritos y cuestionando el patriotismo del bardo. En Villa Clara, García Garófalo lo había refutado desde el periódico La Defensa, logrando conmover a la opinión pública ante una polémica que se tornó más política que literaria. Esta concluyó con la intervención oportuna y esclarecedora de Gómez.

[…] impuesto de tales quebrantos, Martí encareció a Juan Gualberto  que interviniera para terminar la polémica, quien así lo hizo. Vio a Sanguily primero, y, más tarde, a García Garófalo en Santa Clara, obteniendo de ambos el cese de la controversia, en bien de la causa independentista, no sin dejar constancia de su opinión sobre Plácido, [quien] por la época en que vivió y los recursos a su alcance, tenía ganado sitio de promártir del redentismo cubano; y que resultaba negativo al propósito de libertad que se negara o discutiera a quien fue víctima de la opresión colonial […] cuando el hecho escarmentador que lo llevara al cuadro inmisericorde de fusilamiento, justificaba su condición de desafecto del régimen. (15)

 

Matancero como Gómez, Bonifacio Byrne (Matanzas, 1836-1936) nuestro primer Poeta Nacional, resaltará también las cualidades humanas y líricas del “poeta infortunado”, a quien consideró el cóndor de la poesía americana, en virtud de sus innegables dotes líricas y cuyo vuelo de sorprendente alcance fue interrumpido por las balas coloniales

Antes de concluir la centuria XIX se organizó en el teatro Esteban un homenaje a Plácido. El diario Aurora del Yumuri, sucesor de La Aurora divulga el acto y recuerda las decenas de versos que Plácido dejara plasmados en el mismo, medio siglo antes. El homenaje tuvo lugar la noche del 28 de junio de 1899 con la presencia de más de dos mil personas. Se inició con las notas del Himno de Bayamo, tocadas por la Orquesta de Miguel Faílde. Este matancero universal, creador del danzón, conocía bien la historia de su hermano de raza y dirigió con excelencia a sus músicos. El país había vivido dos guerras y finalmente se libraba del tutelaje español. Faílde representaba lo mejor de esa gallarda cubanía que había comenzado a manifestarse en creadores como Plácido, en una época en que la idea de una nación independiente pugnaba por cristalizar.

En el escenario fueron colocadas banderas cubanas con crespón negro, detalle que expresaba el dolor perenne por el poeta fusilado en 1844. Un retrato de Plácido fue ubicado en la presidencia de honor. Esta la integraron, entre otros, Pío Domingo Campuzano, Medín Arango (16), hijo de la viuda del bardo y el Reverendo Pedro Duarte Domínguez. Precursor de la iglesia evangélica en Cuba y luchador independentista, Duarte había tornado a la patria tras el exilio y en esa ocasión discursó sobre el poeta-patriota, ante el silencio expectante, primero y el aplauso generalizado, después. Entre las intervenciones fue muy aplaudida también la de Arango. Las nuevas generaciones tributaban su respeto al poeta, un respeto trasmitido a través de la oralidad, pues ninguno de los disertantes había nacido antes de 1844, según la crónica de la Aurora del Yumurí.

  El entusiasmo, el ardor, la convicción que revelaron todos en sus palabras, han demostrado que la tradición ha ido trasmitiendo de un á otra generación, la inocencia y las virtudes incomparables de Gabriel de la C. Valdés (Plácido).

  El tiempo ha confirmado con un juicio inapelable, que los que el 28 de junio de 1844, reprobaron aquel ignominioso acto, eran los inmaculados defensores de la justicia, de la inocencia y de la patria cubana, grande, digna y por los designios de la Providencia llamada a reivindicar la memoria de sus mártires. (17)

 

Plácido, en torno a cuya verdadera fisonomía no se ha logrado llegar a un consenso, fue objeto de inspiración para varios creadores matanceros del siglo XIX, cuando posara en vida para muy escasos retratistas, destacándose entre estos Pío Alejandro Dubrocq. En la centuria siguiente otros artistas de la llamada “Atenas de Cuba” manifiestan su atracción por el magnetismo de la legendaria figura del bardo mártir. Uno de estos fue José Felipe Núñez Booth (Perico, 1919- La Habana, 1993), cuya poética alcanzó un vuelo personal que lo hizo merecedor de un lugar significativo en el quehacer escultórico de la Isla. (18)

Después de constituida la Comisión Pro-monumento a Plácido, en junio de 1943, Núñez-Booth labora intensamente en la ejecución de un monumento que es inaugurado a fines de ese año, con la presencia de las principales autoridades del país y la provincia. El busto de Plácido fue realizado en bronce. De aliento realista, el mismo atrae por su fuerza y fue colocado sobre un gran pedestal, al frente de la fachada del Hospital Provincial, muy cerca del lugar donde fuera ejecutado. Cada 28 de junio acuden al lugar cientos de matanceros, para tributar al  patriota  y para cantar al poeta.

Otra obra dedicada al autor de Plegaria a Dios será la de Manuel Rodulfo Tardo (Matanzas, 1913- Estados Unidos, 1998), uno de los artistas yumurinos más prolíficos y legitimados del período republicano. Escultor, dibujante, pintor, ilustrador, ensayista y pedagogo, su obra se conserva en instituciones y colecciones privadas (19). Entre sus piezas de carácter público -menos vinculadas a la vanguardia que su obra más personal- se destaca la escultura del poeta, emplazada en el parque de igual nombre, en la citada barriada de Versalles.  La misma muestra a Plácido, absorto en la lectura, con libro y rosario en mano. Fechada en 1953, la obra fue encargada y fundida por el Ministerio de Obras Públicas y como la anterior se alza sobre un pedestal, sólo que en este caso no se trata de un busto, sino de una inusual escultura erguida, en la que el poeta fue captado de las rodillas hacia arriba. 

Surgido de su natural espontaneidad, en uno de sus paseos por las cercanías del Abra del Yurumí, Plácido había compuesto, años atrás El Juramento. De aliento inequívocamente anticolonial, este soneto sería utilizado, en 1844, en el proceso que se le siguió para inculparlo de conspirador y finalmente fusilarlo. Nacido de las contradicciones políticas y sociales que le impedían volar tan alto, como el cóndor, el poeta artesano nos legó en estos versos la verdad de su pensamiento y de su vida.  Hoy, a doscientos años de su abandono en la puerta de la  Casa-Cuna el niño Gabriel de la Concepción, ni blanco, ni negro comienza a recorrer nuevamente sus años ante la mirada de quienes aprecian en su mulatez y en su poesía la génesis de nuestra auténtica cubanía.

A la sombra de un árbol empinado
Que esta de un ancho valle a la salida,
Hay una fuente que beber convida
De un líquido puro y argentado.

Allí fui yo por mi deber llamado
Y haciendo altar la tierra endurecida.
Ante el sagrado código de vida,
Extendidas mis manos he jurado.

Ser enemigo eterno del tirano,
Manchar, si me es posible, mis vestidos,
Con su execrable sangre, por mi mano.

Derramarla con golpes repetidos;
Y morir a las manos de un verdugo
Si es necesario, por romper el yugo. (20)

 

 

Citas y notas.

1.       El ingenio Trinidad de Santa Cruz y Oviedo era uno de los más flamantes de Matanzas. Situado en Sabanilla del Encomendador (hoy Juan Gualberto Gómez) poseía una dotación de cerca de mil individuos y un criadero que le proporcionaba anualmente alrededor de treinta futuros esclavos.

2.       Deykis Garcia Mesa y Mireya Cabrera Galán. “La población negra matancera en la época de las grandes sublevaciones (1840-1846)”. En: Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. La Habana. A. 84, No 1, enero-junio de 1993.

3.       El Capitán General Leopoldo O´Donell ordenó el envío a Matanzas de esta representación de la Comisión, cuyos tribunales se caracterizaron por actuar injustamente y por no respetar los bienes de los negros y mulatos que fallecían como consecuencia de su crueldad. No pocos de sus miembros actuaron inescrupulosamente exigiendo elevadas sumas a los hacendados que defendían a sus esclavos y dejando  en la ruina a decenas de negros y mulatos libres.

4.       Vigilados por el gobierno, Francisco de la O García, Juan J. Naranjo, Benigno Gener y Pedro José Guiteras formaban parte del grupo de propietarios que, en noviembre de 1843, firmaran un documento en el que solicitan al Capitán General la supresión de la trata. Este importante pliego de demandas, motivado en parte por el temor a las cada vez más frecuentes sublevaciones negras, no llegó a su destino porque el gobernador García Oña lo consideró un insulto a la autoridad superior.

5.       Eduardo Torres Cuevas y Oscar Loyola Vega. Historia de Cuba. 1492-1898. Editorial Pueblo y Educación 2001. 188

6.       Dolores María Ximeno y Cruz. Aquellos tiempos…Memorias de Lola María. Imprenta y Papelería El Universo. 1928. Tomo I. pp. 49-50

7.       Urbano Martínez Carmenate. “Plácido: Esquema biográfico”. En: Matanzas. Revista Artística y Literaria de la Atenas de Cuba. Matanzas. Año X. No. 1.  p.8

8.       Poesía cubana de la colonia. Antología, selección, prólogo y notas de Salvador Arias. La Habana. Editorial Letras Cubanas. 2002.  p.67

9.       Aseguran testigos de la época, que en diciembre de este año, el taller de platería, donde trabajaba, Plácido en Matanzas es visitado por José María Heredia. Alejado por años de Cuba, este realizaba la que sería su  última visita a la patria. Para entonces ya estaba informado de la fama del “nuevo” cantor y se interesa por conocerlo. En este encuentro, sin dudas histórico, los dos bardos intercambiaron impresiones y versos. Hombres de elevada sensibilidad, a los que más de una razón acercaba, Plácido y Heredia representaron el espíritu de una época de contradicciones sociales y políticas, que inevitablemente influyó en sus respectivas estéticas literarias.

10.   Urbano Martínez Carmenate. Los puentes abiertos (Literatura matancera hasta 1844). Matanzas. Ediciones matanzas. 2007. p.141

11.   Nacida de padres esclavos, el padre del bardo se oponía a estos amores que concluyeron con la muerte de la joven, en 1833,  durante la epidemia del cólera en La Habana.

12.   Leopoldo Horrego Estuch. Plácido, el poeta infortunado. Editorial Lex. La Habana. 1960. p.359 (Editado por primera vez en 1944)

13.   La Aurora. Matanzas, 13 de abril de 1837. P. 3 Se ha respetado la ortografía original.

14.   Leopoldo Horrego Estuch. Ob. cit. p. 292. Se ha respetado la ortografía original.

15.   Leopoldo Horrego Estuch.  Juan Gualberto Gómez. Un gran inconforme. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 2004 p 71

16.   Su padre fue Secundino Arango, uno de los acusados durante el proceso de “La Escalera”, con quien la viuda de “Plácido” se casó, años después del fusilamiento.

17.   “Velada a Plácido”. En: Aurora del Yumurí. Matanzas, 30 de junio de 1899. p.2

18.   Discípulo de Juan José Sicre - pionero de la vanguardia escultórica en Cuba - a Núñez Booth, ningún material le fue ajeno: el barro, la piedra, la madera, el metal, el yeso cobran, al amparo de su ingenio, formas que van desde el academicismo más heterodoxo, hasta la recreación de nuevos códigos formales. Como Tardo fue fundador, en 1943, de la actual Escuela Provincial de Artes Plásticas. Entre sus exposiciones más importantes se destaca su participación en la emblemática Trescientos años de Arte en Cuba.  

19.   En la capital, Tardo, se asocia a la importante labor desplegada por el Círculo de Bellas Artes y la Sociedad Nuestro Tiempo, en las que protagoniza algunas muestras. Viaja a Estados Unidos y a México, donde entra en contacto con el movimiento muralista, que deja inevitables huellas en su poética. Su obra, emparentada inicialmente con el academicismo, se caracteriza por el primitivismo y la fusión de formas americanas y negroides. Como ilustrador colaboró con Bohemia y Carteles.

20.   Leopoldo Horrego Estuch. Plácido, el poeta infortunado. pp. 55-56

 


Por: Mireya Cabrera Galán