Poemas del libro Fracturas de la belleza, Premio de Poesía Fundación de la Ciudad de Matanzas, 2017

El trabajo del polvo

Trabaja el polvo sobre el embrión
que en la mesa
de disecciones
las ausencias
del vientre
expulsa.

Poco trabaja el polvo en la Oficina del Arquitecto de la Comunidad, donde solo se aprueban proyectos para construir resistentes hornos, abrevaderos (invernaderos) a cielo descubierto y, paisaje sin paisajes, para quienes no respiran aire contaminado ni oprimido ni tienen un nudo en la garganta,como el perro que todas las mañanas se golpea contra el mismo muro, mientras se sienta a escuchar a los que pasan gritando consignas y después regresan a robar la libertad /
irrealidad /
cualquier miseria.

Poemas del libro Fracturas de la belleza, Premio de Poesía Fundación de la Ciudad de Matanzas, 2017

En la mesa de disecciones
te amenazan de día,
te amenazan de noche,
pero el polvo trabaja en tus huesos
                          (manía de carcoma)
en tus piernas
en tus brazos
en tus ojos
en lo que no sabes
qué hace el cuidador de hormigas
con aquellas que caminan felices sobre tu cuerpo.

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Devastaciones
1984=2014

…Tarde en la noche o amaneciendo, cuando las turbas de proles escandalosos deambulan por las calles de su propia matanza, la ciudad presentaba un aspecto febril. Las piedras impactaban con más frecuencia que nunca, y a veces muy cerca se producían pequeñas devastaciones que nadie podía explicar.

Un gastado sonsonete, un ritmo sin ritmo. La nueva melodía que iba a ser la canción tema de la Semana del Odio y del Año del Odio, quién sabe, la han llamado «la Canción del Odio» y la ensayan para los Festejos populares más que cualquiera de los temas clásicos seleccionados por el Maestro Méndez para el Coro de Cámaras.

La Canción del Odio ya había sido escrita y las telepantallas la repetían de manera interminable como si fuera el nuevo himno. Tenía un ritmo salvaje y furioso que no podía llamarse exactamente música, pero que recordaba los golpes de un tambor: gong gonggon/ tumtumtum/ gong.

Resultaba aterradora cuando era bramada por millones de gargantas al compás del ruido de sus pisadas al marchar, asolar, plantar miedo. A los proles les había encantado, y estaban en todas partes al mismo tiempo, improvisando, cosiendo banderas, colocando alambres de un lado a otro, sin importarles la dirección del pensamiento que parecía una bolsa de pasado donde animales extintos podían caminar y soplar soplarsoplar: ¿un exceso de belleza?   

Tarde en la noche o amaneciendo, los proles, eran felices en su Nada aun cuando no tenían ilusión ni esperanza, como repetía la Canción y el residuo del metal por el que echaron millones de gargantas el resto de sus vidas. En las calles todo era un viaje hacia lo imposible. Un viaje casi muerto. ¿Y las esquirlas? Enormes devastaciones. Gong.

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Apenas una respiración

 

No hay violencia en mi país.

                                                                  Hay violencia en mi poema.

 

Golpeas.
Una,
dos,
tres veces
para que vuelva el pulmón
a respirar.

Apenas una respiración es necesaria para salir de la casa y entrar en algo que no sé qué es. Los dedos llagados de tanto tocar otras llagas. Los ojos cerrados de tantos paraísos clausurados. Los oídos secos de escuchar secas palabras mientras bajan y suben en un lento y agreste kayak por la garganta. Cabeza, tronco, extremidades y poema. ¿Cuántos soy?, ¿quién es el poema?

El poema boquea. Lo miro y pienso en sus lados débiles. Le hago un muro sólido en los límites de la imagen, por el frente, laterales y fondo. A prueba de terremotos y del muerto que crece en mí. Coloco cantos a matajuntas a matasombras a matamiserias humanas. Y después que respire, respiro. El poema es un sol que me acompaña.

Un gesto de cal,
uno de arena.
Construyendo un alto infierno sobre una naturaleza muerta. Golpeas. Te dejas golpear aun cuando tragas este tiempo muerto. Después vendrá otro, otro y otro, peor.«Lo peor ya pasó» —dice el pelícano que ya no puede volar y no ha dejado nada vivo sobre y bajo la piedra que todavía usas para levantar(te) los huesos.

«Si trituras unos gramos de huesos y lo diluyes en aceite puedes respirar con todo el cuerpo» —escribe en el aire un hombre negro, vestido de santo (negro), mientras rellena un tamal con polvo en las cuatro esquinas, Alturas de Vía Blanca, Guanabacoa.
Una,
dos,
tres veces,
te derrumban
la parte humana de las cosas
como si la vida no te hubiera obligado a sentir asco de ti mismo
y de casi todo lo que te rodea.

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La belleza que el gobierno del rocío oculta

Contemplando la belleza que el gobierno del rocío oculta, pensé en el cuerpo seco que cortaba la caña, mientras se abría en el poema un estremecimiento de la naturaleza y crecía un dolor que no se puede amputar. Contemplando la extraña belleza de los mendigos que llevan sus medallas en el pecho de una barbarie a otra, pensé en la palabra soledad mientras mi madre compraba un saco de arena con el limpio dinero del gobierno, que sabe cuál es el mejor camino para curar el alma que se extingue entre las baldosas, el alma mutilada demasiadas veces como la vida que nos rodea, como el tiempo que pisotea las sombras que dejamos. Cansados de esperar algo del gobierno del rocío como los mendigos que entregaron la pierna y el brazo izquierdo y ahora venden por la izquierda hasta su propia carne, contemplé la belleza de las sombras que mi madre cose hasta que el tejido cicatrice.

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Un escombre otro escombro

Roída la tela el hilo (curado) la planta de henequén la mano baldía que tocó la tierra. Roída la fachada (neoclásica), demolida una y otra vez, buscando la belleza. Estás contra la noche y la enmudecida alma de algunas vigas que ahora tiemblan bajo las ácidas capas de pintura.

Un escombro una sustancia impura y el desgaste de la rueda dentada donde giras sin ilusión ni destino. Óxido, fibra dura, materia desechable, dolor que se escurre. Sangre seca, que deja una huella en el aire donde puedes mirarte.

Un escombro
otro
escombro
y
nuestras
vidas
derramadas
por
el
suelo;
recogidas
por
las
sombras.

Pequeño, eres. Frío y caliente. Grande, según la inclinación del sol que se apagó de pronto como el polvo que trabaja en las heridas falsamente cerradas.

Ascuas, ascuas, no se queman tus huesos ni dándole de comer: polvo.


Leymen Pérez