Sonia Díaz Corrales

Primer abismo
 

Caigo
caigo
caigo sin remedio
en este abismo de la locura
en este mundo de hombres
en la desesperación
en el mezquino silencio de los versos,
como un varón amordazado
carente
que los que eligen no encuentran aceptable
porque una mujer sería más dócil
o se esperaba
que lo fuese.¿Quién dijo bendecid:
Bendecid y no maldigáis?
Nadie sabrá lo que escoges
excepto que tomes un trago de muerte,
violentamente
con la violencia cándida
que el homicida y el indiferente te predican.
Nadie sabrá de ti
pero sabrán de tu desgracia
una vez estén seguros te volaste
te acuchillaste la garganta
o te cortaste rotunda
el ala que colgaba todavía de tu cuerpo
como una abominación
un mal poema
un cáncer.
Estabas en el sitio equivocado
en el momento equivocado
enlentecida mujer de manos torpes.
Eras la rara
la muda
la impredecible
la que decía lo mierda
lo torcido del mundo
y no le importaba cuánto la vigilaran
la vigilan
los conformes.
Pero, ¿quién dijo bendecid?
y me torció los brazos
y me puso en el buzón todas las penas
como cartas sin nombre
dirigidas a un costado de mí
que ya cojeaba.
Bendecid y no maldigáis, dijeron
mandaron
vigilaron a ver si bajaba el listón
la cabeza
la guardia
para pegarme en el rostro
como mandan los cánones.
No dejo nada que pruebe
o garantice la cordura
la mía,
la de los otros clama al cielo.
Una muerte lentísima
o una sobredosis de vivir a medias
qué más da de lo que escojas
morir.


Pregunta retórica

Hombre
—al que siguen los aduladores
y las hermosas—
condenado estás
a contar el ganado por cabezas
y algún toro bicéfalo te hará más poderoso
y bien entendido el término presumirás de poderoso
y mi trabajo de lenta mujer mayor te hará más poderoso
y hasta lo que el viento trae te hará más poderoso
y cuando cierren tus ojos
porque ya no pueden ver
y te coloquen en la muerte
entre tanta flor inútil
—solo es cuestión de tiempo—
cuando también cierren mis ojos
mermados desde antes
y me coloquen en mi ataúd vulgar
con unas pocas flores mustias
cuando seamos iguales
entonces,
¿me amarás?


Onírico para las Pascuas de una mesa

…en toda ofrenda tuya ofrecerás sal.
Levítico 2.13

Vosotros sois la sal de la tierra.
San Mateo 5.13

La mesa es sólida y baja
no disimula sus rasguños.
El café humea en una columna que se tuerce.
Pongo los codos en la tabla rectangular
pulida a tramos
incierta en sus orígenes.
Sé que hubo un lugar para esta mesa
en una estancia amplia luminosa
por las ventanas se ven los montes de Moab.
Coloco la mejilla sobre la superficie
y la mesa desprende los olores de su vida:
ese bosque en el Líbano
donde crecen los altos cedros de Dios.
Un hombre fuerte y paciente
mide corta pule la madera
y conserva para el resto de su vida las manos olorosas.
La mesa estrena el aposento alto en la casa de José de
Arimatea.
En el día de la fiesta de Pascua
el maestro y sus amigos celebran
a la luz de lámparas de aceite
en el Pésaje más excéntrico de sus vidas
se pasan el lebrillo con el agua de las abluciones
recuerdan la libertad
que les acompañó a la salida de Egipto
en el desierto
la columna de fuego y el maná
del que solo tomaban para un día
y cantan los salmos del Hallel:
Aleluyah! Alabad siervos del Señor, alabad el nombre del
Señor… Desde el levante del sol hasta el ocaso sea alabado el
nombre del Señor…
Al centro de la mesa la fuente del cordero pascual
ofrendado al mediodía
en el primer turno de sacrificios del templo
rodeado de ajos
de hierbas aromáticas y amargas
cuencos con salsas
y panes ácimos
redondos y planos.
Cada uno sostiene su cuchillo de hueso
y se acercan la sal
que acaba siendo derramada
por el traidor
y el maestro moja en la salsa oscura un trozo de pan
envuelto en una hoja de lechuga para dárselo.
Toman el fruto de la vid que sirven de jarras colmadas
haced esto en memoria de mí les queda encomendado.
La mesa
no recuerda si en verdad esta es su historia
pero susurra las palabras del maestro: misericordia
quiero, no sacrificio
y humildad
nuevas leyes de amor para los hombres.
Levanto el rostro y saboreo el café
caliente todavía.
Desentraño estas manchas
vetas claras
que simulan rostros
y entre todas está la cabeza decapitada del Bautista
para agasajar a Salomé.
De nuevo pongo la mejilla sobre la mesa
y dudo
podría ser que la mesa y yo alucinemos
aun así es hermoso
me gusta esta mesa con historia.
La mesa sostiene el cuerpo de una mujer hermosa
en ella un hombre engendra hijos
dejan sobre la mesa jugos babas sudores trapos y
gemidos
una rosa de sangre virgen que luego difumina el roce
de los cuerpos
y derraman la sal
que cae y se dispersa
sin conseguir que paren
que detengan el amor
el sexo el ansia la agonía.
Sobre esta misma mesa han firmado papeles
de vínculo
con simples gestos de desidia
como quien se rinde a la evidencia
a la necesidad de los rituales.
Sobre esta misma mesa la mujer
menos hermosa ya pare los hijos
con dolor
como Dios manda
a grito pelado
a puros sudores
y sangre pródiga oscura
—que no debemos confundir con la limpia sangre del
cordero—
el cordero de Dios daría por limpia esta sangre
sacrificio que da vida
pero no puede
por cuanto todos hemos pecado y estamos destituidos de la
gloria de Dios.
La mesa rodeada de niños
y los abuelos se sientan en las cabeceras
como reyes distantes.
La mujer está cansada
escucha las horas los deberes
no quisiera besar a sus hijos cuando se los muestran
sanos e inocentes
tan pequeños
los que antes estaban alrededor de la mesa
ahora perseguidos
no quiere pero los besa
transida de miedo
para que los abuelos que se sientan en las lejanas
cabeceras
como reyes
no la llamen desnaturalizada.
La mujer obliga a todos a inclinar sus cabezas
aquí junto a la mía
sobre la tabla por tramos áspera
y dan gracias a Dios por los alimentos
y las bendiciones
por la libertad ganada en Egipto
por la paz que trae a todos a la mesa
aunque los niños se pateen con disimulo
por debajo
unos a otros la espinilla
y me enseñen la lengua
y yo les mire con cierto recelo
porque pueden verme bebiendo mi café
ya frío
a través del tiempo
de la miseria de la traición
que el tiempo separa de otras infinitas miserias.
Los niños derraman la sal antes de que la madre
finalice su oración
a la víspera instruidos por la lectura de Hagadá
en la celebración del Séder de Pésaj
quien encontró el afikomán escondido se sienta en la
cabecera con los abuelos
y cantan los salmos del Hallel
como ángeles greñudos y mocosos
marcados por la estrella de Israel
símbolo de los que morirán.
Debajo de la campana de cristal del cielo
cielo castrado
donde solo sobreviven nebulosas
que luego se tornan en esvásticas
en extremos que no comprendo o juzgo
porque para juzgar tendríamos que volvernos como
niños
y ver también a través del tiempo
cuestionar en qué momento
pasamos de ser el que muere
a ser el asesino
de ser la sal quien la derrama
a ser quien la pone en las heridas.
Termino el café con ganas de llorar
de abrazar los ruidos de esta mesa
usada frotada de vidas ajenas
regada con sangre y sal
como preparada para una ofrenda
salvada de momento
de ser llevada a la muerte sacrificial de las mesas.
La taza vacía sigue frente a mí
levito
hipnotizada en el olor cálido del cedro
y descubro con asombro que ya soy parte de esta
historia
no sé bien en qué momento
he derramado la sal.


Variantes para el olvido

Que me veas ir
a otra casa
no sideral
o rancia
a una casa simple
donde los quieros no sean impedimento
al simple estar
donde el beso no sea imposición
demostración amarga
sino que sea el simple beso silencioso
húmedo
y deje en la boca besada la sal
la simple y humana sal.
Que me veas
partir sin memoria
sin llevar nada
como a la muerte
definitivas ambas.
Que me veas
y te sientas aliviado
de verme ir
a otra casa
donde el silencio no es lo que te convierte en isla
sino un espacio reservado
para esperar el verso
y el beso
y viceversa
y el resto de las cosas
repetitivamente.
Que me veas ir
y no llorando
a otra casa sin tantos espejos
y art déco
y tantas fotos de muertos
desconocidos
descoloridos
ajenos
fotografiados
pululando.
Que me veas ir
monstruosa en el deseo de ser vista yendo
borrándote
a ti
a tu casa
a tus muertos
a tu art déco.
Y si te consuela
me llevaré tus cortinas
volando hacia la tarde
hacia fuera
por tus ventanas abiertas
y prometo no llevarme nada más
que ese recuerdo distante
irreal.
Que me veas ir
con ese simple recuerdo doblado bajo el brazo
y que no me lo exijas
porque no lo reconoces como tuyo.
Que me veas ir
solísima
hacia otra simple casa
con esas simples cortinas
agitándose hacia afuera de tus ventanas
y que ni siquiera así
me reconozcas.


Hondo está en el cuerpo la miseria

Está en el cuerpo
silente
sosegada
haciéndose pasar por otras cosas.
La miseria busca un rincón de mí
donde estas ganas de matarla no la encuentren.
Tan hondo me sumerjo.
Tan mala suerte nos ha sido reservada.
Tan poco se hace tanto
y tan raros azahares de la noche nos cercan
nos prometen
la sensatez de no saberlo
o simular.
Y este vino tan caro
se bebe con culpa
con la sensación de que algo le faltara
apenas satisface.
Aquí comienza el devenir
tenemos al alcance de la mano todo lo que existe
pero seguimos simulando.
Detrás de los ojos cuantos ojos cobardes
miran lo que no nos atrevemos a nombrar
lo imposible,
lo sostienen del cuello
lo dejan asfixiarse.
Da miedo
que nos tengan en cuenta esta miseria
cuando vayamos a morir
incluso ahora que vivimos
y toca celebrarlo
como si fuera cierto.

  


 

Sombra de tu sombra

Para R.

Si la sombra de tu sombra atraviesa el mar
con qué horror va a quedarse mi silencio
con qué ligero temblor voy a vivir
la muerte o tu retorno.
El desierto se cubrirá de enigmas.
Todo el desierto dentro de los ojos.
Cuánto espacio ocupará entonces el aire
o la luz
o el vuelo de los pájaros
donde no hay espacio para nada más.
Si al menos la sombra de tu sombra
sombra de tus ojos
en el trance de morir mi beso se quedara
sin atravesar el mar de la distancia
y solo en el tiempo fuera lejos
por ver si allí una mujer danza su vals disparatado.
Allí donde el tiempo es un temblor
que vendría con tu voz de lejos.
La distancia espesará mis monstruos
yo muerta de algo semejante al sueño
donde tu sombra cruza el mar
Los días del olvido
y conmigo se queda la sombra de tu beso
beso para mí
en la sombra dorada
adormecedora del desierto.


Defensa de Judas

Me vieron partir amordazada
mustia
carente
maldecida
solo me lleve el amor
y su lastre.

Me fui besando al amor
me fui besando a los amigos
besando a mis padres y a mi hijo
siempre para irme
o para que se fueran.

Me fui
y los que estaban mientras me iba me olvidaron
los que no estaban me olvidaron
levantaron una horca
para regalármela al regreso.

El amor se volvió máscaras y metamorfosis
se volvió pérdidas
olvido rotundo
del que borra.

Aunque sabía de su lastre
me fui besando el amor.
Los días del olvido
Me fui besando
y me llamaron Judas.

Me fui sin una sola moneda
con las uñas impecables
listas para arañar la piedra de mi exilio.
Predijeron que moriría sola
en la peor de las miserias.

Estoy adiestrada para cumplir ese designio
inequívoco y torvo
voy aprendiendo a diseccionar en partes las miserias
miserias distintas a las de aquella predicción
pero que a todos nos compensan.
Solo la muerte se demora.


Sonia Díaz Corrales
Es poeta y narradora. Nació en Cabaiguán, Cuba, en el año 1964 y reside en Santa Cruz de Tenerife. Islas Canarias.