Edel MoralesTomada del blog del poeta: "Lejos de la Corriente"
http://edelmorales.blogspot.com/

Vivian Elena

Tienes la cólera,
el enigma, la sabiduría,

la altiva belleza,
el halo de luz,

y el deseo irrefrenable
que extravía la razón.

Así debieron ser las diosas
que cantaban los antiguos.


Salones colectivos

 

Ejercita su vientre y me convida, casi lateral,
a proponer un ciclo en la geometría del movimiento.
No tan joven, la muchacha que ejercita su vientre
en los salones colectivos, quisiera también una mano deslizada,
un masaje en la espalda, una porción de crema
en los intersticios de la piel que el sudor hace lustrosa.
Cada tarde antes del baño, ella se sitúa
entre el alto espejo de pared y los cojines rojos
donde acostumbro leer a Heredia, Zenea, Martí, Casal, Guillén...
Yo recobro las palabras de un país, los ciclos en que se gesta
el movimiento oculto de la imagen, que después acogen multitudes.
Ella recorre la distancia mínima entre mi voz
y las últimas cremas importadas de Europa, ejercita su vientre,
pedalea con las piernas hacia el falso techo.
En el alto espejo que diluye la caída de los cuerpos
y de los antiguos valores, la imagen nos convida,
nos acoge múltiples, entre las manchas repetidas del azogue.


Entre dos intolerancias

 
Entre dos intolerancias:
así vamos viviendo, sobre-
vaciando el día,
la radical oculta en los espejos.

Así vamos: educados en la razón fundamental,
tablero magro entre dos antagonismos
que disputan su partida.

Apresados de a tres por bando, de uno en fondo
hacia la muerte, así vamos,
gente que se crece en la lucha,
hijitos plenos del encono y la abominación.

Para volver un día
soñamos, saludables y solemnes
a veces soñamos
la radical oculta en los espejos.

Como adolescentes febriles procuramos distancia,
soñamos un tiempo lejos, un tiempo D
que habrá que construir.

Y así vamos viviendo, sobre-
vaciando el día, apresados en el fondo oscuro
entre dos intolerancias obcecadas
que disputan nuestras vidas.
 


El largo jueves

 
T
O
D
O
el
largo
jueves
en tertulias por El Vedado;
luego, pasar a verte
–es posible, el jueves, ya tarde,
pasar a verte– es posible,
un beso, un gran beso en la boca morbosa,
el jueves –una hora de jueves,
para arreglar el mundo–

(siempre)

antes de
la noche larga
el largo día pretencioso y mísero

(siempre)

arreglar el mundo,
construir un Jardín, un parlamento bonito
en tertulias por El Vedado
–misión imposible–

(siempre)

la tarde viciada,
la trilzura achicada de la tarde
en el largo jueves de pasar a verte
a una hora ajustada

(siempre)

con el sabor del café en los labios
con el limpio aroma de las muchachas en flor
que llega y se instala
y que también se extingue

(siempre)
 


Una mano en el traspié

He pensado en la muerte;
de un modo más preciso, en
morir _ un verbo minucioso,
apegado siempre
a lo real de la experiencia.
Cuando regresaba tarde a casa,
por las calles vacías,
he pensado mi muerte.
Fue ayer, digamos
ya casi un hoy sin sombras;
pero aún ahora
estrujo contra el rostro una mano crispada.
De nada valen los actos
durante tanto tiempo más o menos dedicados a servir
De nada valió amar con toda el alma.
Sin una mano en el traspié, sin una mirada
o una sencilla palabra de ánimo:
destruído, estoy y solo,
con mi verdad a cuestas.
Y nada pueden hacer las multitudes
a las que tantas veces puse en marcha.
Y nada puede la mujer que quise entera.
Vacía está la vida en la pobre ciudad vacía.
Con la mano crispada en el rostro he pensado en morir,
apenas ayer, hace un rato simplemente, digamos
ahora.


Dentro de mil o cincuenta años

Es por la felicidad que escribo estas cosas.
Los discos, el ocaso, las monedas, la espera interminable
bajo la sombra apacible de los árboles.
La silueta, ligeramente inclinada y sola,
de una muchacha hermosa que todas las tardes a las seis,
tiende su ropa del día en los balcones blancos.
El silencio de las balsas que salen al mar
y los pasajeros sin voz, cada vez más lejos de la costa
que habitaron, agitando sus manos en el agua.
Es por la felicidad de unas noches aún lejanas.
Como esos pescadores que en el interior de sus botes
recogen el naylon y lo lanzan y ven pasar las lunas
sin agotarse nunca —con la misma estudiada paciencia—
miro pasar la historia bajo la sombra apacible de los árboles
y escribo estas levedades.
La profundidad del azul en el ojo del pez
me ofrece los mejores motivos.
No la fuerza con que el viento arrastra
cuando penetra en las ciudades del Golfo.
No el movimiento de las batallas que enrojecen el cielo,
haciendo más visible el sentido trascendente de las palabras.
Escribo estas levedades para noches aún lejanas.
Para la felicidad de sorprenderme un instante
—dentro de mil o cincuenta años—
mirando una silueta inclinada en los balcones blancos,
mientras el ocaso, las monedas, los discos
giran su espera interminable en el aire del mar.
Distinto a las balsas que parten
y a esos pasajeros que en el silencio agitan sus manos,
intentando vanamente retener una costa
que ya para siempre se aleja.


Gastadas imágenes de antaño

Que la tristeza no me impulse hacia el mar.
Costas de La Habana, abiertas
en los días de invierno de mil novecientos noventa,
que la tristeza no me obligue a ser otro.
Gastadas imágenes de antaño:
la piel de manzana de las niñas en un auto azul
y el ojo irónico de los hijos de Occidente
con su mirada posmoderna en la memoria de las islas.
Costas de La Habana, dispuestas para el viaje
en las noches más frías de enero,
que la tristeza no me lleve a morir en las playas.
Que la tristeza no me impulse hacia el mar.

 

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