Charo Guerra. PoesíaEn el puente

Puente de esta ciudad. Fantasmas
que va heredando el puente. Vahos.
Inmundos olores de la noche.

Sube a la orilla movediza por donde
corre el tren. Un puente dándole paso
a la estructura de pánico, de horror.
Es Anna Karénina. Grita que se
queda pero nadie le oye.

(Desde hace un siglo, las mujeres
son alguna vez Anna Karénina.)

Asustada. Expectante.
Se tuercen las pasiones cuando
camina
bajo el puente, sobre el puente.
Y parece no importar que quede entre los rieles.

(Una más, una menos,
el largo trasegar de Ana Karénina.)

Atraviesa columnas, escaleras,
tragaluces, brechas donde se pueda
respirar.
Las excrecencias se juntan a la
herrumbre
del pasamanos compasivo,
asfixia saturante en su resequedad.

(Es solo una mujer,
atrapada en el goce
del personaje y su conflicto.)

Y mientras hablas, acreditas con vicio
el simulacro de tu idea.
Idea que parte del poder
para engullir a quienes esperan algo
bajo el puente, sobre el puente.

Idea, discurso persuasivo
donde aparece la palabra menstruo,
ola de sangre que erosiona la arena
de los cuerpos
de quienes afirman ser Anna
Karénina.
Anna Karénina cada día
cada año
cada mes
cada siglo.

Mustia, ajena, desapacible,
la columna la invita
y la Idea la aplasta
es el final
y otra vez será la misma historia.


Campo visual de la doméstica

Campo visual de la doméstica Mirada
triangular cuando Isadora baila la ropa
en los cristales. La doméstica observa
por refracción el movimiento y los
contornos de Isadora.

Detalla respiraciones agitadas.

Más allá del cristal otro mundo es
comercio, oficinas, burós,
tecnocracia...

Ninguno de esos seres ve lo que
transcurre en la piel de sus ventanas.
Ninguno puede verlo.

Isadora se abraza al airecillo de
cuaresma y pacta junto a él su
ondulación de diosa.

La doméstica conoce el episodio,
presiente el fin aunque el tejido severo
no deja de bailar transparentando
piernas, transparentando brazos, el pelo
circulante de Isadora.

El tejido blanquísimo está seco
sorprende la irreverencia de un aplauso
que escucha la doméstica cuando
Isadora se despide haciendo un
profundo ademán de cortesía.

Danza del reposo, de la serenidad. Está
la diosa en su lisura.

Desde un balcón hacia el vacío: mirada
triangular, isósceles, y el cuerpo de
Isadora entregado al aroma a la
ausencia de ácaros, caliente aún para
mezclarse con la vencida naftalina.


Acerca de la tocadora de flauta

(Sócrates tal vez quiso agregar, “su
melodía nos distrae, nos roba la
razón”. aunque sólo ordenara a los
discípulos: “Callen a la tocadora de
flauta”.)

En los palacios, en los suburbios, en
los jardines, en los pantanos, en los
banquetes del amor: “Callen a la
tocadora de flauta”, dijo Platón que
dijo Sócrates.

Invisible columna de humo. (Nada
soy.)

Música del agua rozando tuberías de
oro. (Nadie soy.)

Sonidos del agua fétida percutiendo
en las piedras de la zanja. Silbido de
la escoria en el profundo viaje hacia la
nada.

Fermentada burbuja la música
inoportuna, enfática, furiosa en el
concierto de otra voz doctrina.

“Cállenla”, dijo Platón que dijo
Sócrates. ¿Será que presentía el
holocausto en los aireados
jactanciosos de la flauta?


La mano

Acariciando a la otra
mano. Detenida en el
límite. Avisada por sí
misma. La mano escudándose en
la voz que sobreentiende.
Alianza de la voz que se
distrae. Conversaciones
que fragmentan la
sustancia de dos cuerpos
en apariencia íntegros. ¿Cuánto puede demorar
una mano en otra mano,
sin que esta comience a
sospechar de la textura
que le entrega, absorta en
otra piel como en un
acertijo? Risa cómplice del mínimo
delito. Levísimo y vibrante
roce que sobrepasa lo
sensato. Ataduras casuales, amor
táctil, improbable, irreal.
Sucesos inocentes de la
proximidad. Dato inútil —público— que
nadie irá a reconstruir más
que las manos luego. Vacías, en el acto de
repetir el gesto. A solas.
Intenso sensual que
multiplica esos espacios
fulgurantes, inasibles en la
sustancia de otro cuerpo.
 
Tomado de La Letra del Escriba, Nro. 63, octubre 2007.

Charo Guerra:
Nació en Limonar, Matanzas, Cuba, en 1962. Poetisa y editora. Entre sus obras se destacan Un sitio bajo el cielo (Ediciones Matanzas, 1991); Los inocentes (Ediciones Vigía, 1993) y Vámonos a Icaria (Letras Cubanas, 1998). Poemas y cuentos suyos han sido publicados en antologías de esos géneros en Cuba y el extranjero. Obtuvo en el año 2001 el Premio Dador del Instituto Cubano del Libro con El bazar de las cosas perdidas, y en el 2005 la beca literaria de la Cuban Artists Fund. Editora durante seis años de la revista La Gaceta de Cuba. Colabora con diferentes publicaciones periódicas del país.