Lourdes GonzálezDeslízate a la mar, Barca Devota

................................................nueva canción de Orfeo para mi hijo

Deslízate a la mar, barca devota,
y cruza los paisajes con tu inocencia
en estos tiempos en que las naves tienen que ganar.
Tú que aún superas para ti el origen
de la ciudad pequeña, dulce, desmembrada,
hazte a la mar de la memoria y boga,
cruza océanos de dudas, noches de réquiem,
deshace el mito para volver a ser,
no te devuelvas a la orilla sin la esperada prenda,
trae peces ........................ y trae orgullo
que para ti vibra mi alma en la ausencia.

No puedo practicar ningún oficio en los días que corren,
no existe ningún oficio para mí,
pero tú, barca infantil,
boga, deslízate,
atraviesa el agua cada vez más peligrosa
y vuelve para que yo te escuche
aunque sea en el día de mi muerte.

Yo pudiera inventarte algún Pequeño Anceo,
una tribuna y un heraldo,
pero serían palabras,
y las palabras nunca te salvarán de las corrientes
donde los viejos cantos pierden su sentido
y el mar
pierde su distancia.
Isla, pedazo de tierra que conozco,
dale a mi hijo un remo
antes que las actuales olas lo invadan todo
y sólo quede el eco de aquel coro increíble.
Isla, razón,
dale a mi hijo un buen pretexto para el viaje
y déjalo, barca de sueños,
rendir el verdadero himno,
encontrando los símbolos de esta noche,
esta larga noche, de este valle infértil,
pero propio.

Deslízate por la única ruta
y da calor a las costumbres,
verás, pequeña nave promisoria,
verás de cerca y vivirás
lo que hoy te cuento como si fuera un pasaje remoto de la vida.
Tocarás la llama
porque eres también la cifra oculta,
boga, lento y seguro,
sé timonel y encántate con las ofrendas,
pero no olvides regresar.
Te brindarán en el camino rojas flores,
te darán vino y el placer que dura poco,
tómalo todo y luego
deslízate a la mar sin lamentarte nunca de ese viaje.

Pequeño encantador de mi pena,
tráeme la dignidad de la memoria
que yo te esperaré
aunque llegues el día de mi muerte.

del libro En la orilla derecha del Nilo (Ediciones Unión, 2000)


Poema de los Pobres Paraísos

......................................................"Lánguido va el recuerdo"
.................................................................. [ Luis Cernuda ]

La coincidencia es una.
Mirábamos la belleza de los jóvenes cuerpos cuando aún disponíamos del gozo de volver a la sombra de unas manos nutricias.
Admiramos la belleza de los cuerpos más jóvenes, y al final, en la casa vencida, contemplamos sus siluetas como quien ve la lluvia rodar por los cristales.
En nada hemos cambiado.
Afuera sigue el tiempo, confuso y agresivo, en su tremendo esfuerzo por ganarnos los días.
El mundo es un abismo al que llegamos, del que partimos, la residencia es nula. Nada pesa ganado ni perdido. Nada nos pertenece, ni siquiera el delirio.
Pero estar desasidos, abrazados al aire, guardando los fragmentos del hoy perecedero, es quizás la sustancia del vivir.
Mañana, habrá que establecer las diferencias entre la libertad y la adicción, de modo que podamos conmovernos.
Los cuerpos que buscamos con las manos, se ocultan, se van tras los hinchados mediodías, desafiando los muros que hemos levantado para impedir hundirnos en el mar.
Es demasiado olvido el de morir.
Y escoger las sutiles pertenencias del dominio, es sólo un sueño más, tan intenso como el de la contemplación de un cuerpo, ignorando que el alma regresará después a la desesperanza.

del libro Los días del verano (Editorial Oriente, 2003)


Me Hace Bien

Sobre mi cama, ensoñando, me hace bien pensar en ti. Desearte como no te deseo en realidad. Inventar para ti otro nombre, otra edad, otra voz y otro cuerpo. Los gestos casi siempre los dejo, son como apoyos, le sirven a la incorporación del resto, de lo que pongo y opongo a y en ti. Y te veo no como realmente ahora te veo, sino como no eres.
Trazada esta nueva identidad me hace bien decirte algunas cosas que nunca te digo y que presumo incluso de nunca pensar en decirlas, te susurro mediocridades e incoherencias, pero también bondades y bellezas; hablo en fin contigo, cuando tú sabes que casi nunca hablo contigo.
Mientras me ensueño aletargada pienso en cien formas diferentes de haberte conocido, cambio el escenario y la hora: te conocí en Venecia, en el lago Castelvecchio, te conocí en Irlanda una tarde lluviosa cuando comprabas tu primer regalo, te conocí en la Habana, hace veinte años, en la otra Habana donde vivir era una alegría constante –y un poco trabajosa–, te conocí después en el Mediterráneo, aquel verano, te he conocido tantas veces que al fin ya nunca más recordaré cuándo en realidad te conocí.
Otra variante que me hace bien es asociarte a detalles de mi vida personal que no conoces, por ejemplo, te asocio a mis primeros años –que nunca he recordado–, te asocio a los mejores tiempos de estudiante –y a los peores, que son más–, te asocio a Santiago y el amor en cualquier parte y con la misma persona, te asocio al primer poema a un patio colonial, aquel primer poema hecho en Santiago con amor a una sola persona en todas partes. Te asocio a las desilusiones literarias y al primer libro, cuando no lo creía aún, cuando ignoraba que ser poeta es estar loco de remate y más. Te asocio a la maternidad y a mi manera errática de ver pasar la vida. Te asocio a los divorcios y a las uniones que nunca tuvieron tanta importancia.
Sobre mi cama me hace bien pensar en ti, veinte años después, cuando sigas siendo una persona indócil y sensata, cuando no quieras las cosas que ahora quieres, cuando ni tú puedas saber ya nada más de mí, y yo me levante dispuesta a no seguirme haciendo bien.

del libro Papeles de un naufragio (Editorial Letras Cubanas, 2006)


Hábiles han de ser

Hábiles han de ser los escritores, ya que no tienen ante sí las fantasías ni las rarezas y con sólo una orden deben hacer funcionar las ideas.
Muy hábiles han de ser para que un poema o un cuento se parezca a ellos y ellos a la vida y la vida de ellos a la cultura nacional.
Y hábiles han de ser porque si nadie los descubre, si después de veinte años ya nadie los descubre, por razones diversas y conversas, entonces ellos mismos han de leerse enteramente y siempre, y amar sólo aquello que sintieron y sentir sólo aquello que escribieron, y se les va la vida en las palabras y no pueden renunciar porque no saben.
Hábiles han de ser, y casi locos, para tornarse hilos de letras y dejar, obviar a los demás, importándoles sólo la forma, la imagen, las puertas que nunca se abrirán si por razones disímiles alguien no los descubre y hace que sus palabras, unidas por amor y por horror, lleguen a ser leídas.
Hábiles, muy hábiles han de ser los escritores.
 


El Dragón del Silencio

Miro el ojo dorado de la culpa y dentro veo los brumosos contornos de otra isla llamada leyenda.
Me exijo una concentración fascinada para adentrarme en el silencio, para percibir dentro de él las causas de mi constante apego a la casa del dolor.
El riesgo es colosalmente intenso.
Detrás de los nublados horizontes está la mano de mi madre extendida para salvarse. Detrás permanece el que sabe bogar contra la corriente pero no sabe aún vencer.
Se expande el círculo y se inserta la corona arruinada que es el blasón de mi edad, va perdiendo fuerzas la mísera sensación de vivir acechando las campanas del agua, las formas de la harina, los vacíos en las estaciones de la mesa.
El silencio engendra poder. Dicen que asegura que la dicha surja como el agua de un manantial.
El peligro es inexorable.
Miro el ojo dorado del miedo. En él hay una sombra que me conquista. Es la sombra del día de mi nacimiento. La sombra del lugar donde lloré, la sombra del esfuerzo que se vuelve cada vez más difusa, más lejana, que se deja de ver y queda sólo el resplandor dorado del olvido, y el silencio.

del libro Afuera sangran los caballos (Ediciones Unión, 2008)
 


Los Pabellonoes

Llueve sobre los pabellones.
El cielo oscurece las claraboyas y, no obstante, si extiendo mi mano ella alcanza a tocar las cúpulas y los granos.
Estamos hechos a semejanza de lo efímero.
Permanecemos tumbados en los largos mediodías sin saber por qué. Sin embargo, volvemos a encontrarnos en las sábanas, frías desde el amanecer.
Nos descubrimos rehaciendo las paredes, llevamos años rehaciéndolas con nuestras manos inútiles. La inutilidad es una rara posesión que oprime, oprime, cerca.

Veo a través de las ventanas el brillo de las pieles de las lagartijas acomodadas bajo la lluvia, entre las hojas de las malangas, pequeñas en la dimensión del mundo.
Abarco las distancias con las manos, sumergiéndolas en las fuentes para tocar sus aguas.
Examino las fronteras, los abismos que simulan restablecer el vacío para que yo me equivoque y muera, pero ya estoy muerta, he comenzado la faena muerta, sola mi sombra va entre las palabras matando los sueños. No los deseo. Me basta el sueño intranquilo del Príncipe.

(Escribo me basta y quedo quieta, mientras mis manos van detrás de los cuerpos amados. Engaño a los cuerpos amados. Sueños como el delirio del Príncipe).

Las tardes en los pabellones son castigadas pese a la lluvia cayendo en los torrentes de la memoria mal tratada, es decir, mal construida, es decir, en la mala memoria, en la que no guarda lo necesario, en la que no almacena las costumbres: comer dentro de un hondo plato, fatigarnos mirando los perfiles que asoman como desconocidos en el espejo, cruzar las zonas blancas de las calles, evadidos del polvo, fugitivos, huyendo de una sombra que nos persigue, que nos oprime, nos cerca.
Humilde despertar del que se sabe muerto.

Abro los ojos desde la realidad de la muerte para mirar inobediente el mundo, el fragmento que he logrado mirar y en el que sin embargo veo los cuerpos amados, el triunfo. Si logro convocarlos aunque sea dudosamente, descansaré aún más, bajo la manta azul, segura, mientras el agua en ondas persiste sobre los pabellones.

Qué jubiloso origen el descanso. Qué jubiloso punto, oculto a las curiosidades, sin apariencia posible.
Dame el derecho a estar en la memoria sólo el tiempo necesario para volver a los cuerpos amados como se vuelve al viaje de la despedida, al tren de las infancias, a la gloria repartida en las pequeñas marginaciones. Un instante en la muerte para entreabrir la vida, un solo color y el milagro sucederá como un arribo, como un tocar al fin las puntas de la madeja que se busca y se busca y se vuelve a buscar, hilando en las huidas.

Qué regocijo al fin la sombra, como el del íbice que aparenta tranquilidad mientras huye, cuando clama desde su fondo por una dulce quietud y su corazón se agita, cada vez más, siguiendo el camino por la línea de las marcas.

Es el pasado, la bóveda entre los tiempos.
Cuánto clamoroso regocijo da el saber que pudiendo ser tantas se es para siempre una.

Llueve sobre los pabellones. Tengo la impresión de que el agua puede desbaratar la casa que hemos construido, pero ya sé que no basta una impresión, sería necesaria una imagen: puertas y puertas, rejas, papeles, cromos, revestimientos, figuras flotando sobre el mar desbordado en los mosaicos.
No basta una impresión y mis ojos están ciegos.

Qué dicha la de volver a la libertad de la sombra, remitida al fruto que se apetece. Lo sabía antes de morir, lo supe antes de cruzar. Puedo todavía retener ciertas bondades de la memoria mal tratada. Algo que no todos decimos.

El tiempo cruza como el zorro de emilio rondando las edades, pero es apenas un animal que intimida, y, además, el agua cae con fuerza impidiendo cualquier demostración del miedo que se siente ante el impulso de crecer. Ante la vida.

Me protejo del agua por primera vez.
Me apetece escucharla. Corporeización del mito de una realidad que apenas está en las páginas de un libro, metáfora de la verdad, de la verdad leve que aparece al morir para expresar la vaguedad con la que se ha vivido.

Los pabellones persisten –como el Príncipe- en crear un sueño, sobre ellos la lluvia furiosamente lo arrasa, arrasa todas las batallas, y, por momentos, en el sonido metálico del agua me parece escuchar el leve roce de los cuerpos amados, la leve obstinación del amor, sus vicios.

Qué fortuna da el imaginar, con cuánto ardor se unen entonces los deseos para formar un impulso: el de entreabrir la muerte para tomar la vida.

(Hay que estar muerto para ser condescendiente, hay que tener, como yo, al alcance de las manos, las distancias que no voy a cruzar, las cúpulas y los granos que sólo tocaré si fallara mi memoria mal tratada, es decir, mi mala memoria).

Llueve sobre los pabellones mientras el tiempo me excluye, prescinde de mí en las calles estrechas que circundan los espacios. Sería aterrador estar vivo persiguiendo a la Quimera, cumpliendo con el destino. Pero con qué gozo transito conociendo la ruta de los torsos amados y de las manos, libres ahora del presente, emancipados, irreductibles a pesar del agua que en furiosas ondas cae sobre los pabellones.

del libro inédito El Hijo de la Arpista


Tomado de: http://alascuba.blogspot.com/2009/12/lourdes-gonzalez-holguin-1952.html


Lourdes María González Herrero (Holguín, 1952)

Poeta y narradora.Es miembro de la UNEAC y de su Consejo Nacional, preside la Filial de Escritores en Holguín, dirige el Centro de Promoción y Desarrollo de la Literatura Pedro Ortiz, el Sello Ediciones Holguín, y la revista de Arte y Literatura "Diéresis".
Ha publicado - entre otros- los poemarios: Tenaces como el fuego (Premio de la Ciudad, 1986).La semejante costumbre que nos une (Premio de la Ciudad, 1988).Una libertad real (Primera Mención en el Premio de Poesía "Julián del Casal", UNEAC, 1989, y Premio de la Ciudad, 1991).Los días del verano (Premio Especial de Poesía “Bicentenario de José María Heredia”, 2003; Editorial Oriente, 2003).Afuera sangran los caballos (Ediciones Unión, 2008).