Mae RoqueLas ruinas de Sorhen

Canto a la pérdida
que pone a los hombres
cerca de Dios y en las manos del Diablo,
la historia de Sorhen.
Noble sin título ahogado en la lujuria,
amante equivocado que quiso ser sabio
y no logro, siquiera, ser un hombre.

Yo lo afirmo.
Porque aún escucho lso necios reclamos
de mi raza.

Como al hijo perdido que regresa
la muerte me dio bendición y amparo.
Míos fueron los reinos más bajos,
dolor y llanto del pasto de mis peces.
Criaturas inciertas de una soledad
más allá del espejo.
Imagenes de amigos
que nunca estuvieron en el mismo lugar.
Pedazos de un país
que no distingo entre la niebla.

De sus escamas brotó la piel
y los primeros dos ojos que pidieron agua.
Y tuve sed.
Y le besé las piernas,
las manos.
Fui tras sus labios.
Busqué su sexo.
Me aferré a su carne.
Me hundí en los primeros dos ojos.
Y fui ciego.

He aqí a un hombre
que después de perder la visión,
le dio por coleccionar placeres.

Cuidado con la soberbia.
Te lanza contra las piedras
y sonríe al decir que lo siente.
He aquí la soberbia tornada en vicio
porque Dios ha decidido ser un hombre.
Detrás quedó el tiempo
de vivir junt a los ríos.
Porque hasta los sueños se pudren
si son de carne.
Ya no hicieron falta las escamas.
Bajo el puente me llamó otra voz
que seguí al abismo.
Y fui una sombra
robando espacio en cuerpos de otros.

Todo cuanto levanta la inocencia
lo hace añicos el primer salivazo.
Mis tiernos peces
eran las bestias que asolaban el reino.
Yo era Sorhen,
amo y señor de una duda a fin de siglo.
Otro hombre solo
sabiendo que el amor,
cuando lo encuentras,
es muy caro.
He aqui a un hombre
que descubrió la mentira de ser un hombre
y salió a buscar a Dios.

Pregúntale a Dios
por qué canceló mi cita.

Permanencia del muerto

Alguien,
a las tres de la mañana,
pensará en el día con la misma oscuridad.
Beberá el último trago
en las botellas de turno.
Porque los muertos también beben,
no precisamente para olvidar.
Nadie sabe quién beberá primero.
No los conozco
y ellos no piensan en mí.
Dios nos ha sentado en el mismo árbol
para servir de fruto a las aves del infierno.
Volverán una tras otra
sin dejarnos mirar a tierra.

Quien ha robado tumbas
corre el riesgo de perder la suya.
Quedar insomne
cuidando sueños de otros.

La tuve cerca.
Tanto que casi pude tocarla.
Pero son incorpóreas las manos de los muertos
y cobardes somos.
Su nombre es algún número
que el loco escribió en las paredes de mi ciudad.
Ella pudo salvarme,
pero no se puede ser dos veces humano.

Palabras de Osiris

I
Prefiero el vino
en viejas copas de metal,
donde cada forma es un suspiro
de las dañadas manos que la hicieron.
Sabor agridulce de ese dolor
desconocido
me recuerda que la vida se puede beber.
He sido bufón para tus noches,
eterno visitador de la soledad.
Soy quien aprovecha la luz
para hurgar entre los muertos.
Hombres y mujeres,
miembros silenciosos
de este clan de la nostalgia.
No se puede subestimar al tiempo,
porque habrá de volver a cada instante,
es como esas copas
que me l levo de las tumbas.
Hay quien tiene el triste oficio
de mostrarlas una vez y otra.
y pueden caer pero no romperse.
He visto el rostro oscurecido de Horus
tambaleándose en la arena,
mis ojos multiplicados
en todos los ojos.
He sido cada uno de ellos y yo mismo,
el que siempre se olvida
de sus propias decisiones.
El hombre me hizo Dios
en su incapacidad para atraparme.
Sin embargo,
hasta los dioses se equivocan
y el final de una historia
puede ser el esperado.

II
Conocí a Dios
antes de que fuera inventada
esa necesidad del hombre.
Antes del principio
fui materia del caos
que selló la inmensidad
de esta noche y sus demonios.
He sido la voluntad ajena
de quienes afirman tener la razón.
Ahora, se me prohibe el mar
y los fantasmas van mojando
sus angustias en el lodo.

Mi vida son pedazos de otros.
Pequeñas ciudades que inventé
para tener un sitio a donde ir
pero que nunca fue mío.

 

Carta de Ulises I

Hoy me descubro callado mientras preparo un nuevo viaje.
La fantasmal tripulación que me acompaña
observa cada movimiento
como quien deduce la tragedia.
El mar de mi ciudad se pierde en estos pies que la recorren.
Las calles son pequeñas a tus ojos y el hombre
no logra atraparlas con sus manos.
Me construí un barco para llegarte.
Y aquí estoy,
absurda Atenea jugando a Ulises cada sueño.
Me he vestido de sombras
y la luz me reduce el recuerdo de una noche que pasa.

Carta de Ulises II

Penélope:
La tormenta sigue eterna
como eterno sigue el viaje.
Las olas hieren el barco que has deseado
para verme partir.
Y los montruos asechan.
No hay salida.
Yo nunca me fui y tú me esperas.
El horizonte está lejos cuando no miramos al frente,
el silencio no es remedio para tantas verdades por decir.
Lejos del mundo naufrago a tu antojo
mientras el tiempo en tus manos pasa.
No comprendes que siempre he estado preguntando
cuál de los dos espera más,
si tú que esperas mi llegada,
o yo que espero a que despiertes.


Mae Roque