Robin Rey Hernández RojasCartas de Auschwitz

Es muy humano que no reciba cartas desde Auschwitz,
“Adiós a las armas” me escribe un viejo ante el mar
“vamos muy de prisa en el invento de la soledad”
-dice él- mientras cree recuperar del fuego sus islas,
un mapa de Constantinopla, un cenicero azul,
y fábulas porno sobre gatos silvestres.
No sé qué inventario me irrumpió los días,
a que pupitre regalé mi embeleso de pionero.
Tracé una docena de coordenadas para hallarme
y me entregaron grafitis rotos frente al quicio
en un oscurecer del año 1996, según informaba
una pizarra de cartón abandonada en el techo.
Los cactus, símbolos perfectos de la nada,
el recuerdo solemne de los tramos.
La sangre, esperpento de sal
inscrito en el percance de ti mismo
que se refuerza en la extensión de los cuerpos.

Más no saben,
que la cruz se rompe contra el suelo
ante un temor de la huida.
Cercos de censura beata
al fondo de los más disímiles fuegos de la cordura…
Están ya por terminar.


Como las aspas del Moulin Rouge

A Toulouse Lautrec.

Como las aspas del molino rojo, callo algún hilo de sangre
lo asumo desde la herida de otros labios.
En cualquier río de suerte comunitaria
mancharía con lujuria volcánica la argamasa de los delirios.
El sufragio de las flores de pascua danzaría en la sombra,
el viento quizás pregunte por la nobleza, ella lenta cicatrice
la mordida infringida a inocente manzano prohibido.
Como las aspas del molino rojo,
asumo la cadencia teatral de la sustancia
los encuentros con la marioneta sedienta de luces,
el maniático desenlace de salvar el tema de corrientes líquidas
que ampararan los ancestros para cultivar la supervivencia
de flores de fuego, empuñaduras que mataron la utopía.
No vayas a brindar sus baladas, por el que en otras existencias
armó tu suerte con ciénagas, pasarelas resbaladizas.
No escuches los cánticos que pulverizan tu sueño,
cada vez más ellos resucitan en los códigos del espejo.
Sabes ya lo vivido en el filo irradiante de vocablos
que sofocan la garganta imparcial,
Agua y Sangre…
conjugada en una especie de mejunje,
algo de pasados conoces, y bien te salva.
Se abrirá entonces la ininterrumpida saga
donde colinda la púrpura sonrisa de los carbones
 la utilidad del madero en la muerte del hombre.


El silencio de las Tijeras

Aun a riesgo de tormentos
me pregunto si mis dudas están en la casa
escondida en los armarios, en el olor de tus manos
acariciando los gestos, una canción como huella.
Todo lo imposible en las paredes se resta
hubiese optado mejor por el silencio de las tijeras,
pues se que la ausencia no se corta con la rabia.
Ya no me queda más sangre,
si fuese posible donarla, inyectaría con un beso,
mi despedida entre las sabanas de tu lecho
casualidad posible, de que un día retornes del pasado,
a intentar encontrar una palabra que todo lo salve.
Algo nuevo nos alimenta el cuerpo y la nostalgia
remesas del cariño naufragan en un lejano latido.
Y quizás se me quede, un poco de aire
…como testamento.



Descenso del cuerpo

Ante los ojos de la insignia
mueren las banderas del parlante,
mueren un par de letras en el abismo,
y la música provocada ensaya la cadencia.
Dentro de poco el cangrejo fabulado en mi piel
volcará los recuerdos sobre un estanque de nubes
engendra entonces una lluvia de muertes patriarcales.
Vuelven las justificaciones sobre corcel de mimo clown
donde no pierde las lunas, mistifica los cerros de tu cuerpo.
Ya dentro de mí la exacta fibra del deseo, Yerma se posesiona
agua estéril entre nosotros, la sustancia echa cenizas sobre la piel.
 



Apocalipsis

Recorro los oscuros laberintos del reloj de pared,
exactamente donde sólo se une el silencio
con el solitario sonido del péndulo olvidado.

Voy marcando los segundos de esta conocida historia,
enterrada entre los abismos del miedo
y las profecías de las palabras,
sólo quedan segundos
para olvidar la memoria de los ausentes,
para que de nuevo la Cenicienta pierda su zapato
en un abrir o cerrar de ojos,
sus sueños se vuelvan ese mal presagio,
en que su futuro cambie hacia un presente
y su presente cambie hacia un pasado,
en que el séptimo ángel toque su trompeta,
sean sellados al fin los hijos del infierno.

Ya no existe la manzana del pecado,
ni la estrella azul del firmamento,
la que puede movernos discontinuamente
como inexacto péndulo del tiempo,
habitando en anciano reloj de nuestros sueños.

Ahora se han mostrado por fin
las desveladas cortinas del mutismo
la muerte, la vida ha sido reconocida
mientras tanteo el minuto
que falta para el Apocalipsis,
en este viejo goteo de arenas
donde se crea mi historia,
en que construyó y fragmentó mi anticuado reloj.


Esa bala es antigua

Habrá tiempo para preparar un rostro,
que enfrente a los rostros que encuentras.
T.S Eliot

A Delfín Prats.

Como historia coagulada en mi torso
lente abortando la imagen descamisada,
rigurosa es la mente que ensaya lo innombrable,
papeles al fuego de la censura.
Esa bala es antigua… y va en busca de recompensas,
la soga de quien se descubre atado a otras realidades
no previstas en las tenazas de lo prohibido.
La huella que permanece leve,
ignorante al palpitar donde resurge la vida,
salpica de perdón los pecados aislados en el viento.
Esa bala es antigua,
y parte sin parábola directa al azúcar del miedo,
con destreza nombra un conjuro para evitar más silencios.
Rostros enmudecidos por la gente,
la calle que me bebo a sorbos cuando olvido un nombre.

 


Robin Rey Hernández Rojas
Holguín 1988. Poeta de la Asociación de Jóvenes Creadores Hermanos Saiz. Graduado de teatro en la escuela de instructores de artes de su ciudad natal; Entre otras distinciones ha merecido: Mención de Poesía en la Novena Edición de los Juegos Florales, Casa de Iberoamérica, Holguín 2005.