Luis Octavio HernándezEn diciembre pasado, luego de más de once años como presidente de la filial de la Asociación de Artesanos Artistas de Cuba en la provincia de Matanzas, Luis Octavio Hernández (Matanzas, 1961) fue liberado de ese cargo, tal y como lo venía solicitando. Durante la despedida que le hicieron, Luis Octavio afirmó que su salida del cargo era algo imprescindible pues se necesitaba que nuevas fuerzas entraran en escena. Dijo que para él empezaba una etapa de volverse hacia sí mismo, hacia su obra como artista, hacia Palma —su grupo de trabajo con la piel...

Ha cumplido al pie de la letra su promesa. No se ha detenido un solo instante. Algunos de sus amigos dicen que tiene tantas o más ocupaciones que antes. Yo mismo estuve casi una semana tratando de concertar esta entrevista, y aun mientras conversábamos, sus nuevas responsabilidades lo asediaban: tuvo que atender el teléfono en cinco o seis oportunidades y dar orientaciones a miembros de su grupo que le consultaban. “Yo sabía que esto iba a ser así, siempre necesito qué hacer, no me hallo sin presión, y si no la tengo me la invento: los días más tristes de mi vida han sido los que tuve menos presión sobre mí”, me comentó.
 
 
—Hablando de presión, la has tenido que enfrentar incluso para dedicarte plenamente al ejercicio del arte...
 
—Creo que tienes razón en ese punto. Para hacerme artista he sobrepasado unos cuantos obstáculos. Hay dos muy significativos: primero, la incomprensión de la familia, que no deseaba para mí ese camino, y luego, ya artesano a pesar de todo, la falta de tiempo por mis responsabilidades como dirigente de la ACAA.
 
—¿Qué tenía tu familia en contra de un hijo artista? ¿Prejuicios?
 
—Sí. No les parecía una carrera seria. Quien tenía ese criterio era mi madre. Desde niño me interesó la pintura, pero no intenté ingresar en una escuela especializada puesto que ella se negaba. El pintor Juan Manuel Vázquez, recién casado con una prima mía, cursaba la Escuela Nacional de Arte y trataba de interceder a mi favor. Pero qué va, mi madre no cedía.
 
Matriculé en la Escuela Vocacional Carlos Marx, de la ciudad de Matanzas, y allí me incorporé a un taller de propaganda en el que rotulaba, preparaba murales y afiches para la divulgación. También pinté murales de ese tipo en Polonia (donde comencé la ingeniería en Construcciones Hidrotécnicas, que no terminé por la situación política que se dio allá) y ya en Cuba, durante mi etapa en el Ministerio del Interior (MININT), donde llegué a graduarme de Derecho Penal.
 
En 1995, después que fui desmovilizado del MININT, trabajé como artesano de las Industrias Locales. Confeccionaba monederos, billeteras, carteras, cosas así, de cuero. Más adelante, mi hermano, mi padrastro, unos cuantos amigos y yo creamos el grupo Palma. En 1996 obtuve la resolución 69 del Fondo Cubano de Bienes Culturales, que nos permitía comercializar en Varadero, y en el 2000 ingresé a la ACAA. Montamos una exposición en la galería del hotel Bellacosta y otra en Plaza América. Obtuvimos varios reconocimientos por nuestro quehacer, basado en el trabajo con la piel, ánforas, mayólicas, tapices, pedestales... Estábamos, como quien dice, en la plenitud. Pero al año siguiente me hicieron presidente de la filial provincial y desde ese momento se frenaron mi obra como artesano y el avance del grupo.
 
—Has dicho que al proponerte la presidencia de la filial te habían especificado que era solo por unos meses.
 
—Me lo dijo Carmen Ana Galindo, la presidenta entonces. Me pidió que aguantara solo un poquito, unos meses quizás, pero aquel “poquito” fueron exactamente once años, un mes y veinticinco días. Y a eso agrégale que me mantuve a la vez como vicepresidente nacional de la ACAA, entre 2005 y 2010.
 
—¿Te arrepientes entonces de esos once años, un mes y veinticinco días?
 
—No. No fue un tiempo perdido. Cada uno de los logros artísticos y sociales de la ACAA y de los asociados los sentí como míos. Esa también fue mi obra en esa etapa. Por otra parte, me facilitó un caudal de conocimientos a los que no hubiera accedido de otro modo. Aprendí en eventos, en talleres y otras actividades, y a partir del contacto con personalidades de la artesanía y de la cultura en general.
 
Recuerdo la vez que me desempeñé como presidente de la comisión nacional de crecimiento de la ACAA. Estuve frente a la obra de centenares de artistas que propiciaron profundas valoraciones de artesanos reconocidos, críticos, profesores y otros especialistas que integraban la comisión. Fueron dos años y medio en aquel proceso, ¡media carrera universitaria!
 
—Durante tus primeros años como presidente se hizo realidad la reconstrucción del local donde quedaría establecida definitivamente la sede de la filial.
 
—La ACAA se fundó en 1985, pero solo dos años después se constituyeron filiales en algunas provincias, entre estas Matanzas. Perla María Pinedo fue la primera presidenta de esta filial provincial, que radicaba inicialmente en la misma sede que tenía entonces el Fondo, en donde queda hoy la cafetería en la Plaza de la Vigía. Allí estaban el Fondo, una galería, un almacén (en el sótano) y en medio de aquella apretazón a la ACAA le dieron un pequeño espacio.
 
En 1996 le otorgaron oficialmente un local que se encontraba en ruinas, en la calle Medio, donde estuvo la fábrica de fósforos. A partir de ahí se hicieron algunas cosas, pero no se pudo avanzar todo lo que se quería.
 
Esa fue la tarea fundamental a la que me enfrenté al entrar yo como presidente, y al final se logró debido a los propios artesanos, que participaron directamente en las labores constructivas durante extensas jornadas de trabajo voluntario, financiaron con su dinero casi la totalidad de las inversiones, aportaron madera u otros materiales para la construcción y donaron obras para la ambientación. También hay que reconocer a las autoridades políticas y administrativas, a organismos e instituciones que nos apoyaron en todo momento.
 
La primera etapa constructiva, prácticamente toda la planta baja, se inauguró el 24 de julio de 2002. Luego se siguió avanzando, hasta llegar a la bella edificación que es hoy, que además de prestar servicios a los artesanos ha acogido a otras manifestaciones de la cultura y ha sido puente para establecer relaciones con la comunidad.
 
Esa última idea es muy importante. Pienso que desde la filial realizamos notables esfuerzos para cambiar la imagen que parte de la sociedad tenía acerca del artesano. Dimos vida a proyectos socioculturales y reparamos o ambientamos escuelas, centros de la salud, instituciones, organismos...
 
—Parece que de ese período te quedó algo de interés por el trabajo de restauración...
 
—Valoro muchísimo la restauración, integra las diversas manifestaciones artísticas y es en extremo reconfortante ver cómo un determinado espacio recupera su esplendor, sus valores más auténticos. Como conozco bien a casi todos los artesanos matanceros, me resulta fácil concebir grupos para llevar a cabo trabajos de este tipo. Con varios artesanos participé en las labores en el restaurante Pekín, estoy ahora mismo en el Patio Colonial (sede de la Asociación Hermanos Saíz) y en la construcción de una galería de arte en lo que era la antigua imprenta de Cultura.
 
— ¿Y la exposición de tu obra en piel que has prometido?
 
—Pensaba hacerla este año, en la galería de Colón, pero la pospuse para el próximo. Tuve que dedicarme por completo a mi grupo, específicamente a mejorar nuestras condiciones de trabajo en el taller y a redimensionar nuestras producciones, así como a recolocarlas en mercados que habíamos perdido.
 
Pero la exposición va, serán en total unas veinte piezas. Ilustran las tres líneas desde las cuales me acerco a la piel en estos momentos. En primer lugar las vasijas, que concibo sobre soporte de papier maché o cuero y forradas con diferentes pieles; en las paredes exteriores superpongo pequeños círculos y en general juego con sus matices y texturas. Por otro lado tengo las máscaras, donde combino la piel, el coco y otras fibras naturales. Y por último he comenzado a incursionar en composiciones con diversos tipos de pieles, que tienen como motivo los paisajes y parten de la utilización de texturas y colores propios de la piel, para lograr lo que quiero expresar.
 
Siempre he creído que uno debe tratar de ser cada día mejor. Ponerse metas y vencerlas. Esta es una. Debemos tratar de dar lo mejor de nosotros mismos.

Por: Norge Céspedes