Por: Eugenio Vicedo Tomey

(A propósito de la XXVI Feria Internacional del Libro)

El 26 de junio de 1954 entró en funcionamiento la primera central electronuclear civil de la historia. Ocurrió en Obninsk, actual Rusia o como ya es costumbre decir, antigua Unión Soviética. A partir de esa fecha, y de forma paralela al desarrollo tecnológico característico de la era atómica, se explayó festinadamente el verbo de los agoreros y tremendistas de siempre, marcando el final cercano de las termoeléctricas convencionales y en particular de las que tienen al petróleo como combustible primario.

PREGÓN No. 1 (A propósito de la XXVI Feria Internacional del Libro)

Casualmente, mientras los rusos–soviéticos celebraban, probablemente con vodka, el advenimiento de la era nuclear pacífica, no muy lejos de allí, en lo que fue Prusia y hoy es Alemania festejaban, a no dudarlo, con excelentes vinos del Rin, el medio milenio del invento de la imprenta  de tipos móviles por Johannes Gutenberg y la impresión de la célebre Biblia de 42 líneas, de la cual se conservan alrededor de cuarenta ejemplares, indistintamente impresos en papel o pergamino, y de la cual muchos millones más se han publicado, saliendo de modernas impresoras vinculadas a la era digital que vivimos y, de vez en cuando, sufrimos.

Han transcurrido más de 60 años. Se cierran plantas nucleares  al conjuro del permanente recuerdo de los accidentes de Three Miles Islands, el catastrófico de Chernóbil y el japonés de Fukushima-, se detiene la construcción de otras y las ya hechas llegarán a ser las pirámides del siglo XXI. Hasta ellas donde llegarán los arqueólogos del futuro a enterarse cómo era la vida de los terrícolas del tercer milenio de la era cristiana. Se ensayan nuevos métodos de extracción de petróleo que, a pesar de ser un recurso agotable, puede sufrir una brusca caída de precios en pleno siglo XXI y continuar siendo protagonista de la era  contemporánea.

También el libro está ahí, tal vez ya no en los papeles principales, mas con certeza aparecerá en los créditos como un digno actor de reparto. El libro de papel, se entiende, no muy distinto de los impresos por Gutenberg y muy parecidos a los textos religiosos que imprimió en Amberes Christopher Plantin entre 1571 y 1575 por encargo del rey Carlos V para, previamente almacenados en El Escorial, ser llevados a Hispanoamérica a fin de contribuir a la evangelización del Nuevo Mundo, sobrevive. Si bien la salud actual del libro no es excelente, tampoco necesita ventilación asistida ni transfusiones de sangre, ni prolonga una agonía preludio de la muerte cercana.

No faltan, o quizás sobran, los que deslumbrados por las tecnologías digitales, o con abierta mala intención, pronostican, esperan y casi desean la muerte del libro impreso. Lo aconsejable, por sensato, es sonreír. El mejor Tablet de hoy, a la vuelta de algunos años, muchos menos de lo que se puede imaginar, será un traste abandonado y olvidado, en fecha no precisa en la que un buen libro podrá tener más valor que el artefacto electrónico.

Al peor enemigo no se le aconsejaría que emprendiera el proyecto de instalar una tienda de “Tablets de segunda mano”, ni organice una subasta de “Tablets viejos y valiosos”. Del libro de lance se podrá decir lo mismo que dijo Galileo Galilei en otro tiempo y contexto: “y sin embargo, se mueve”. Esto, traducido al lenguaje mercantil sería, aproximadamente: “se compra y se vende”.  Quien lo adquiere experimentará por largo tiempo la satisfacción de haberlo encontrado entre estantes con polvos y alguna que otra telaraña, y quien lo vende seguirá comiendo de él, pasando por alto algún que otro día que sólo le dará para merendar, o incluso le garantice permanecer en ayunas algunas horas, circunstancia que no le hará disminuir su compromiso con la cultura: el verdadero librero no es un mercenario de la letra impresa.

Por frente a las librerías de viejo de la matancera calle de Milanés, cualquier día de estos, pasará el cortejo fúnebre de alguno de los engendros digitales que hoy hacen furor y el librero que la vida le sobró para enterarse del entierro de la Unión Soviética y que lamentablemente no tiene evidencias de que le alcanzarán los años para ser testigo de su resurrección, desde la puerta de su  establecimiento le rendirá un postrero homenaje, y pasará a atender un nuevo cliente.