Revista Tablas1

Cada revista o material publicado no es solo el resultado de la necesidad social que nos impulsa a dejar constancia escrita sobre algo que suponemos importante para la historia - ese archivo enorme al que parece no caberle nada más - sino la conversión de ese mismo objeto en historia. Como sabemos, no solo es historia el acto trascendental que se narra en las páginas de un libro o una revista, sino el libro y las revistas mismas; eso quiere decir que cualquier destreza o errores cometidos en la escritura de los artículos, ensayos, o documentos que conforman la revista o el libro en cuestión, formarán parte indisoluble de la memoria histórica que acompañará al hombre y a la mujer que habitan la nación desde la que se escriben dichos documentos; y como si eso fuera poco, tales argumentos serán definitivos hasta que los errores o ausencias no queden resueltos y esclarecidos pertinentemente en el centro de lo que podría llamarse discusiones históricas, revisión o recapitulación historiográfica, porque para eso también estamos construyendo el futuro, valga la redundancia, para revisar lo que la historia ha determinado fijo, inamovible, concluido. 

 
Supongo o imagino desde el presente - este abrupto día de hoy   enmarañado por altas complejidades, pero sobre todo por no saber qué ocurrirá mañana - el fervor iniciático que animó la confección del primer número de la Revista Tablas. Imagino a los iniciadores de aquella empresa fundamental para la historia de la cultura cubana contemporánea. Tomo la revista como un objeto sagrado y la miro. Abro sus páginas y me detengo en su equipo de trabajo, Directora: Rosa Ileana Boudet, Editor: Juan Carlos Martínez, Diseñadores: Félix Beltrán y Dagoberto Marcelo. Reconozco en esos nombres a recios intelectuales con una obra que pesaba desde mucho antes de concentrar sus fuerzas en el empeño de recopilar artículos para darles forma de revista mas allá de la palabra escrita, pienso en el diseño y en la galería de fotos que desde el primer momento acompaña y protege cada número de la revista. Como solo puedo imaginar aquellos días de una manera muy personal, me detengo en las reuniones que antecedieron al primer número y llego a la siguiente conclusión: la revista fue - quizás continúa siéndolo - una necesidad nacional de primer orden. Entonces aprovecho para pensar en cómo era la Cuba de los años ochenta, es decir: no se había derrumbado aún el campo socialista, por esa importantísima razón no había dado inicio a lo que desde hace muchos años determina de la manera menos escrupulosa el centro de nuestras vidas cotidianas: el período especial, y no había comenzado la digitalización de la sociedad, o sea: el mundo aún era el mundo, no lo que es ahora mismo, gracias a una red, un teclado y una pantalla, quiero decir: una aldea global. Solo por citar tres elementos que signan este tiempo presente con respecto a la primera mitad del decenio de los ochenta. Continúo imaginando aquellas reuniones y me pregunto insistentemente por qué surge este imprescindible documento - tan importante para la cultura nacional - en el tardío año de 1982. Digo tardío por vagancia. Habría que definir a qué y para qué y con respecto a qué se adelantaba. Digo tardío porque la efervescencia creativa, casi el delirio, de los primeros años de la Revolución, años en los cuales surgieron muchas de las instituciones y revistas que son la columna vertebral de la política cultural de la revolución, como la Gaceta de Cuba, por ejemplo, 1962 - devenida en una especie de parlamento desde el cual se publica y se atiende el periodismo cultural que no encontramos en las páginas de la prensa diaria - ya había cesado paulatinamente, asentándose. Entonces en lugar de respuestas me asaltan dos obsesiones: Cuba y el Teatro, pero el teatro como expresión de nacionalidad, o sea, como narración efímera o escritura invisible de la nación a través de los escenarios y en el aire de Cuba. Comprendo de un golpe que ese es el sentido máximo de la revista Tablas: verter a las palabras escritas esa inefabilidad, esa inapresable invisibilidad de lo cubano otro - por efímera y por peligrosa - fuera de cualquier dogma establecido para hacerla concreta, apresable, visible, a través de la palabra escrita y la fotografía, y quizás para eso el año de 1982 haya sido un adelanto excesivo.
 
Si la revista no es producto de los años sesenta, repito, es producto de los años ochenta, década en que el pensamiento cultural cubano, a partir de muchos elementos disímiles entre si, pero fundamentalmente de la fuerza creadora que generaron en el espacio cultural muchos de los artistas que habían sido formados académicamente en las escuelas de arte creadas por la revolución, con el objetivo de formar artistas revolucionarios pero enriquecidos por las corrientes estéticas más actuales, incluyendo el pasado y el presente, para desarrollar en ellos una genuina vocación universal que elevara lo cubano artístico a las alturas que habían alcanzado lo cubano ético, lo cubano político, lo cubano revolucionario. A la larga esta conjunción de valores ha quedado en la historia como una profunda renovación en las bases de la cultura artística cubana que perforó - desde luego - el accionar social afectando al sujeto común, al cubano todo, a la sociedad completa. Quisiera ver el surgimiento de la Revista Tablas, más que como un ejercicio tardío, como parte de esta renovación y al teatro en si, (el asunto del que se ocupa) y esa otra obsesión que me asaltó mientras imaginaba la confección del primer número, como una pequeña sociedad secreta, dentro de la enorme sociedad que habitamos, digamos el espejo donde se mira ésta para corregirse, o sea, una subversión, una revuelta, un ejercicio de permanencia crítica y a contracorriente, donde además todos los géneros artísticos se dan cita para desde lo teatral, que no es más que un agrandamiento de las cosas, pensar el entorno, el hombre y sus circunstancias. Creo que en Cuba historia y teatro (teatralidad) van de la mano, no solo por lo que es evidente, si no porque nuestra historia es excesivamente teatral y nuestro teatro es eminentemente histórico. Si leyéramos cronológicamente las obras de teatro escritas en Cuba estaríamos asistiendo a la mejor y más completa clase de historia Cubana. Creo que eso de algún modo nos salva y nos distingue, porque la transferencia de lo cubano cuando entronca con la historia y se teatraliza dimana un estado de alerta permanente sobre lo que debe ser y no debe ser, o sea, sobre el deber ser nacional, o para ser más claro, sobre el sentido estricto de las cosas. Incluso cuando hemos sido vulnerables asimilando lo foráneo, este vínculo entre la historia y el teatro ha servido para pensar nuestras tradiciones mirando hacia atrás desde los orígenes, preguntándonos otra vez quienes somos en pleno siglo XX. Pienso en el influjo que produjo la presencia de Eugenio Barba y su teatro a principios de los años noventa y cómo ese temblor nos llevó a los más jóvenes a descubrir, o mejor dicho, a redescubrir al maestro de Eugenio Barba, Jerzy Grotowski, para concluir que desde los años setenta Vicente Revuelta había echo ese tránsito de manera magistral - lógica- produciendo además un teatro auténticamente cubano, y genuinamente revolucionario.
 
Como sabemos de sobra, el teatro desde siempre ha mantenido un diálogo frontal con el poder. Digo poder y no solo pienso en el Estado, sino en el orden establecido de las cosas y los comportamientos humanos, porque entre otras necesidades el teatro (como sociedad secreta dentro de la sociedad mayor que habitamos), quiere revisar ese orden de las cosas y enjuiciarlo, ofreciéndole alternativas diversas a los espectadores frente a la fijeza empobrecedora de las reglas maniqueas. No solo es el espacio donde un hombre puede ser mujer y una mujer ser hombre, el bien mal y el mal bien, o lo oscuro claro y lo negro resplandeciente, sino que es el espacio donde primero se prueban los travestismos de una manera pública. Donde primero el hombre decidió ser mujer y compartirlo con el resto fue en el teatro. Se podría ver y entender el teatro como ejercicio de travestismo estético, y a la revista Tablas como el espacio  desde el cual se lleva un anecdotario de las crónicas secretas referidas a los travestismos nacionales.
 
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Desde 1982 han sido cuatro los directores de la revista Tablas, significativamente las mujeres ocupan la vanguardia. Después de Rosa Ileana Boudet fue Vivian Martínez Tabares, después Yana Elsa Brugal y actualmente Omar Valiño. Cada director aportó sus experiencias, y como es lógico impregnó la revista de su identidad personal.
 
Expandirse a lo largo del país y abrazar los movimientos teatrales en cada rincón fue y continúa siendo uno de sus motivos principales. Así tenemos que Matanzas, la provincia más cercana a la Habana, cuenta desde el principio con su presencia en las páginas de la revista. Más allá o más acá de las presencias permanentes de Virgilio Piñera y Abelardo Estorino, dos matanceros universales; Dora Alonso, José Ramón Brene, José Milián, el paso o la estadía Matancera de Albio Paz, la presencia de Matanzas en los festivales de teatro de la Habana y Camagüey, el Taller Internacional de Títeres y el Festival de Teatro Callejero están presentes de manera múltiple en la revista.
 
Sería demasiado para la prudencia de la cantidad de páginas que me permite esta reflexión, contar de una ráfaga la presencia completa de Matanzas en estos 30 años, pues ella se divide en dos proporciones, primero: la condición de matancero del autor y segundo: la mención de Matanzas en cualquier artículo citado. Como he hecho este rastreo para un futuro un trabajo de corte estadístico, y puedo asegurar que es extenso, solo citaré unos cuantos que me parecen fundamentales por su peso rotundo sobre la cultura en Matanzas.
 
Cito:
 
Cinco consideraciones sobre el Teatro juvenil, autor: Carlos Espinosa Domínguez, número 1, 1984. Las claves ocultas del Conde Alarcos, autor: Félix Lizárraga, número 3, 1984.
 
Milanés: interpretación y texto, autora: Magaly Mugercia, número 4, 1986. El Corsario y la
Abadesa: los antihéroes de Brene, autora: Lilian Vázques, número 4, 1986.

Plácido: el destino incierto, autora: Inés María Martiatu, número 4, 1986.
 
Un papalote en Cádiz, autora: Mayra Navarro, número 2, 1987.
 
Weekend en Bahía, dos mundos incompatibles, autor: Abelardo Estorino, número 2, 1987.
 
Violeta Casal: el olor de los telones, autor: Manuel Gonzáles Bello, número 3, 1987.
 
Fragata y los demonios, autora: Ileana Azor, número 4, 1989.
 
Disfraces, la poética del juego, autor: René Fernández Santana, número especial: teatro para niños y jóvenes, una mirada contemporánea. Xl Congreso Assitej 1993.
 
Los títeres de Rimbaud, autor: Rubén Darío Salazar, número 3-4 1997.
 
Retablo cubano para los títeres de Lorca, autor:Rubén Darío Salazar, número 2, 1998.
 
Las Ventanas de Ulises, autor: Abel Gonzáles Melo, número 3, 2000.
 
Festival de una ciudad desconocida, autor: Abelardo Estorino, número 3, 2000. Entretelones,
 
El Mirón Cubano: signos callejeros, autor: Ulises Rodríguez Febles, número 2, 2004.
 
Estorino y teatro D Sur, autor: Ulises Rodríguez Febles, número 2, 2005. Libreto 70.
 
El quijote, autor: Albio Paz, número 3, 2005.
 
Defender, discutir Camagüey, autor: René Fernández Santana, número 1, 2007.
 
Notas sobre Medea Reloaded, autor: José Antonio Alegría, número 3 - 4, 2007.
 
Las orquídeas de René, autora: Rocío Rodríguez Fernández, número 2, 2007.
 
Unima en Cuba, una historia contada en síntesis, autor: Rubén Darío Salazar, número 2, 2010.
 
Matanzas, sus teatros y la historia, autor: Enrique Ríos Prado, número 2, 2010.
 
Oustsiders, autor: José Antonio Alegría, número 3, 2010.
 
Quiero, más allá de Matanzas y en el centro de la cultura cubana, señalar por último, que aquellas reuniones que le dieron inicio a la revista en 1982, hoy - 30 años después - se han ramificado en una serie de acciones concretas que tienen como centro la vida teatral en Cuba. A través de concursos, eventos, proyectos, se ha ido definido algo que se puede llamar el Cosmos Tablas, porque de más está señalar la importancia trascendental del sello editorial Tablas Alarcos, sello que ahora mismo cuenta con más de 300 libros publicados.


Por: Derbys Domínguez