Esteban Chartrand. La cultura francesa ha constituido uno de los referentes más sólidos en el acontecer histórico de numerosas naciones del mundo. Ya sea de forma directa o indirecta, Francia devino modelo universal a partir de los principios ideológicos y jurídicos que afloraron con la revolución de 1789.  Ello, sin ignorar los significados que para países como Cuba, tuvo la introducción, en la economía de plantación, de maquinarias y procedimientos técnicos, de patente francesa, los que contribuyeron a la consolidación de esa economía.

A la vez, la revolución haitiana (1791) marcó un punto de giro para la historia de la mayor de las Antillas. El declive económico de la otrora colonia gala sobrevino tras la cruenta contienda. La emigración de franceses hacia Cuba no se haría esperar. Tan pronto tienen lugar las  disímiles sublevaciones en Haití y Santo Domingo, comienzan a arribar al oriente de esta isla (Santiago, con preferencia) colonos franceses, algunos en compañía de sus antiguos esclavos.

Entre finales de aquel siglo e inicios del siguiente la región de Matanzas participa de un rápido crecimiento de su riqueza agraria, lo cual coadyuvó al florecimiento cultural de la entonces jurisdicción yumurina, en particular su capital. Tal situación estuvo favorecida por sucesos locales como la apertura del puerto al comercio con varias naciones (1793), así como por acontecimientos internacionales que en conjunto incidieron de forma positiva en el desenvolvimiento económico y socio cultural de la región. El florecimiento de la ciudad tiene sus orígenes en las primeras décadas del siglo XIX, si bien su momento clímax es alcanzado entre 1840 y 1868, año en que estalla  la Guerra de los Diez Años.

Durante este tiempo, la modesta fisonomía de Matanzas comienza a transformarse, a la par que los hacendados engrosan su patrimonio. Y  es que el interés de la burguesía terrateniente criolla supera las meras expectativas de enriquecimiento material. Distingue a los matanceros su apego por la ilustración, de ahí que conciban proyectos destinados a fomentar la educación, la literatura y las artes, al tiempo que impulsan significativas transformaciones urbanas, en correspondencia con la creciente posición de Matanzas como gran productora y exportadora de azúcar.

No es casual que durante el período que media entre las décadas de 1810 y 1860, la prosperidad citadina atraiga a naturales de Francia y otros países que aprecian en ella un suelo propicio para asentarse. La habilitación total del puerto, en 1818, marca un momento clave para la agricultura, la industria y el comercio de la región. En consecuencia, la ciudad capital se erige en terreno fértil para las mentalidades progresistas. La presencia francesa resulta clave en este proceso. Acerca de su importancia el historiador Raúl Ruiz refiere:

A las riadas de africanos y catalanes se suma la de los franceses […] Sucesivas oleadas vinieron a aportar mano de obra, conocimientos y técnicas; llegaban directamente [de Haití] o bien del sur de los Estados Unidos; todos con elevado promedio de nivel cultural. Con rapidez comenzaron a surgir cafetales, cañaverales e ingenios, fomentados en su totalidad o con la colaboración y experiencia de los franceses. También puede constatarse la labor de profesores de música, pintura o baile, institutrices o maestros de primeras letras o de idiomas; artesanos, modistas, peluqueros, peritos o técnicos agrícolas e industriales, químicos, comerciantes, importadores, exportadores, compañías de ópera o solistas y hasta funámbulos o globonautas. (1)

Renovación urbana

Unos llegan para permanecer, otros para cumplir con encargos artísticos y de diverso género. Entre los primeros sobresale el arquitecto e ingeniero civil francés Jules Sagebien (Boufflersen-Ponthieu Picardía, Francia, 17/8/1796-Barsac, Gironda, Francia, 1867). Este transformó el rostro de la capital yumurina, concibiendo para ella las construcciones más importantes de la etapa: puentes, instituciones sanitarias, edificios oficiales y otros.  De igual forma, estuvo estrechamente asociado a la mayoría de las líneas de ferrocarril trazadas en Cuba hasta 1862 y fue el artífice del Palacio de Aldama, inmueble habanero que constituye uno de los hitos de la arquitectura doméstica de la Cuba colonial.

En 1820 arribó al puerto matancero. De inmediato colocó sus conocimientos al servicio de la que sería su ciudad adoptiva. Porque si bien realizó contribuciones esenciales a la arquitectura de la capital y de otras plazas cubanas, será Matanzas, el sitio que primero lo cobijó y donde concibió una extensa familia, tras contraer matrimonio con Demetria Josefa Delgado Guerra, en 1824 (2). Por este tiempo realizaba trabajos para el puente del rio Yumurí y, poco después, inicia en la Plaza de Armas el edificio de la Aduana, que concluye en 1826. Según los estudiosos de su prolífica obra, este inmueble inaugura la carrera del prestigioso arquitecto en Cuba. Después de la Aduana, los más notables proyectos de obras públicas se le confían a su intelecto.

Sagebien imprime a sus construcciones los códigos de la arquitectura clasicista, en boga entonces. Su aureola se mantiene viva en la ciudad. Los puentes que levantara sobre los pequeños ríos San Juan y Yumurí se perdieron como consecuencia de crecidas o ciclones. Permanecen erguidas, sin embargo, algunas de sus construcciones monumentales, como los antiguos Hospital de Santa Isabel (1838), hoy Hospital Provincial o el Cuartel de Santa Cristina (actual sede de la Escuela Primaria Mártires del Goicuría), por solo mencionar algunas. Ambas fueron emplazadas en el barrio de Versalles, llamado así en tributo a la localidad parisina y al palacio de igual nombre, centro de poder y de cultura, devenido temporalmente sede de la corte. Estas construcciones, conjuntamente con la citada Aduana (Palacio de Justicia a partir de 1911 y recientemente sede del Gobierno Municipal) constituyen los íconos de la arquitectura matancera de la primera mitad del siglo XIX.

De la música y sus cultores

Entre las familias de origen francés que más contribuyeron al desarrollo del arte musical se distingue la estirpe Deville, cuyos aportes a la difusión del arte lírico  en Matanzas fueron particularmente significativos. Hacia 1810 Fernando Deville (Santo Domingo, 1780?-Matanzas, 1853) deviene uno de los fundadores del Círculo Cultural que auspicia conjuntamente con su pariente Carlos White, también de procedencia francesa y progenitor, posteriormente, del célebre violinista José White Laffite. Estos promueven puestas teatrales y tertulias que contribuyen no solo a activar la cultura de la ciudad, sino a difundir en ella el arte y la literatura franceses.

Residía la familia Deville en la calle Gelabert (Milanés), No. 4, en la primitiva Plaza de Armas. Entre finales de la década de 1820 e inicios de la siguiente funcionó allí “El Pasatiempo”, un almacén de música y libros, en el que se vendían toda clase de instrumentos musicales, así como significativos títulos de la literatura francesa, cubana  y de otras naciones. Los profesores y pupilos de la Sociedad Filarmónica local adquirían en el establecimiento sus instrumentos y partituras. Estas se vendieron por vez primera en Matanzas por el comerciante francés, que tenía entre sus principales proveedores a almacenes capitalinos como el del músico y pedagogo alemán Juan Federico Edelman.

Eaduardo la Plante

De igual forma, Deville, que es consciente del auge que experimenta, hacia los años treinta, la música, se interesa por importar periódicamente artículos afines a esta disciplina. Su almacén constituye uno de los focos de atracción para los músicos matanceros. Debe subrayarse, que desde entonces Matanzas es catalogada como una de las ciudades más musicales de la isla. Era frecuente en las noches yumurinas escuchar las melodías de arias francesas o italianas que eran interpretadas, por los jóvenes aficionados, durante las tertulias familiares. Por su parte, las temporadas de ópera italiana gozaban de la preferencia del público y contaron con la actuación, entre otras figuras, de la célebre Isabel Feron, en abril de 1831.

La prensa publica regularmente noticias alusivas a conciertos operísticos que tienen por sede el Teatro Principal (1830-1863) y a las novedades del establecimiento de Deville. El 24 de enero de 1837, por ejemplo, la Aurora de Matanzas da a conocer que “En el almacén de música de D. Fernando Deville […] se acaba de recibir de Liverpool por vía de La Habana un hermoso piano vertical Collard […] como jamás ha llegado a esta ciudad. […] También un surtido de música e instrumentos de los más modernos. (3)

 Las hijas, Celia, Matilde y Úrsula Deville, apodadas “cantoras del Yumurí”, en virtud de sus cualidades vocales, son testigos del constante entrar y salir de músicos que llegan a “El Pasatiempo” para adquirir instrumentos y partituras de arias, habaneras y contradanzas. Instruidas en ese arte las hermanas ofrecen sus primeros conciertos hacia 1840, junto a otros aficionados matanceros. De ellas será Úrsula (Matanzas, 24/5/1824-Marianao, La Habana, 4/8/ 1914) la que marque un hito en la historia musical de la isla. Estimada la más grande soprano cubana del siglo, fue una de nuestras primeras profesionales de canto y durante su larga estadía en Europa conquistó una fama, de la que hoy se conoce por las referencias de varias publicaciones periódicas. De este contacto con países como Francia y España, algunos autores destacan su vínculo efímero con el compositor Jacobo Meyerbeer, quien le ofreciera en París el rol protagónico de La africana. (4).

Por otra parte, Fernando Deville mantenía estrechos vínculos con algunos de los más notables intelectuales de la época, entre ellos Félix Tanco Bosmeniel y Domingo del Monte, quien fuera anfitrión de las célebres tertulias literarias que cobijaron a paradigmas de las letras cubanas como el poeta romántico José Jacinto Milanés. Según del Monte, Deville poseía una elevada reputación como conocedor de literatura francesa, siendo a menudo el que le suministraba títulos de los más prestigiosos autores de esa nación. Así, en una de sus epístolas al citado le expresa a Tanco: “A Matamoros […] le dirás que no le he remitido el teatro de Dumas que le ofrecí porque M. Deville como dueño de él se lo prestó a un paisano suyo […]” (5). Otro de los autores galos que solía divulgar desde su almacén fue Honorato de Balzac.

Difusor de la cultura musical y literaria francesas, la labor de Deville decae hacia 1845, cuando el gran incendio ocurrido en el barrio de la Marina, el 26 de junio, causó estragos de consideración. Entre los afectados se hallaban su casa y su almacén, el mismo que durante más de dos décadas contribuyera a cubrir las necesidades de los aficionados  y profesores de música y canto en Matanzas.

A propósito de estas manifestaciones, no pueden obviarse las influencias de Francia en la evolución de la música cubana. La presencia francesa propició que  bailes  como  el minuet  y  en  especial  la  contradanza –practicados desde antes en los salones de la alta aristocracia criolla–, fueran conocidos por todo el pueblo. Originaria de Francia, la contradanza sufrió transformaciones a través  de las conocidas orquestas populares negras que le imprimieron su propio sello.

Será el músico, compositor y director matancero Miguel Faílde Pérez (Guamácaro,  23/12/1852-Matanzas, 25/12/1921), el creador del Danzón: ritmo que fuera estrenado oficialmente en el Liceo Artístico y Literario de Matanzas en 1879 y que con el tiempo devino nuestro baile nacional. El francés Federico Peclier fue uno de los profesores de Faílde, quien recibió de este, clases de armonía y composición. Derivado de la danza y de la contradanza, el danzón se diferencia de estas en su estructura. Constó inicialmente de tres partes, la primera de las cuales se denominó Introducción o Paseo, pues durante su ejecución no se bailaba. Las partes siguientes fueron llamadas respectivamente “Clarinete” y Violín”, en alusión a los tríos de ambos instrumentos que amenizaban cada una. Otra de las novedades que signaron al danzón fue el empleo del cinquillo, que fuera introducido en Cuba por los negros franceses.

Concebido a partir de la asimilación y conjunción de elementos musicales de las culturas africana, francesa y española, el danzón emergió al panorama melódico de la isla como un producto auténticamente cubano. Habiendo pasado por diferentes etapas, hoy cobra nuevos bríos en la renovada batuta de músicos jóvenes. Es el caso del también matancero Ethiel Faílde, tataranieto del emblemático compositor de Las alturas de Simpsom, ese danzón que hace más de cien años introdujo una nota de gallarda cubanía a nuestra música.

Las bellas artes. El grabado

La huella de Francia en Cuba ha quedado plasmada, de forma enfática, en el universo de las llamadas bellas artes. Estimada la época de oro del grabado insular, durante esta centuria la evolución de la manifestación estuvo vinculada a expertos españoles, ingleses y franceses. La historia de la estampa había tenido sus inicios mucho tiempo atrás, a menudo de la mano de artistas galos como Dominique Serres (autor de exquisitas calcografías sobre el tema la Toma de la Habana por los ingleses (1762) y posteriormente Hipólito Garneray.

Serían los franceses, de conjunto con artistas españoles, los que dieron impulso a otra de las manifestaciones del grabado: la litografía. Ya en 1822 el pintor miniaturista Santiago Lessier y Durand  había instalado en la capital la Imprenta Litográfica de Música de Santiago Lessieur. La aplicación de la joven modalidad en las impresiones de música hacía de la también denominada Litografía Habanera (1822-1828) un próspero negocio que se vio favorecido por la posición de La Habana como plaza musical de primera línea. Además de la impresión de partituras, la litografía se empleó en la creación de ilustraciones para periódicos, revistas, libros de literatura o de ciencias y en la rentable industria del tabaco.Puente del Yumuri

El  cierre del taller de Leissier, en 1829, fue sucedido por la llegada desde Veracruz, de otro impresor galo, Louis Caire, quien instaló –previa autorización– una nueva imprenta litográfica. En esta se realizaron algunas impresiones musicales para publicaciones periódicas como La Moda. Asimismo ilustraciones de carácter científico, a semejanza de su predecesor. En años posteriores, hacia finales de la década de 1830, se registra en la capital la actuación de Francisco Miguel Cosnier y Alejandro Moreau de Jonnés, los que  continúan con la tradición litográfica iniciada por sus coterráneos.  Al último se debe la presencia en la isla del importante pintor y litógrafo Federico Mialhe (Burdeos, 16/4/1810-París, 19.2.1881), quien residiera en Cuba por casi dos décadas (1838-1854).

Mialhe forma parte del grupo de artistas franceses que, por distintos motivos,  arribaron a la isla a lo largo del siglo XIX. Conjuntamente con el citado Hipólito Garneray y con Eduardo Laplante integra la trilogía mayor de grabadores galos vinculados a la historia del arte en Cuba. Con poéticas y propósitos disimiles, ellos  crearon un espléndido repertorio de imágenes, que fueron divulgadas por todo el mundo. Por su vínculo con Matanzas se destacan, de forma particular, Mialhe y Laplante.

Contratado por Moreau de Jonnés para laborar en la Litografía de la Real Sociedad Económica, Mialhe marca un hito en la historia del grabado insular, al que legó exquisitas imágenes de ciudades como La Habana, Matanzas, Trinidad y otras. Precedido por la fama que ya ganara en su natal Francia colocó sus habilidades en función de publicaciones periódicas y de las ciencias y llegó a dirigir, durante varios años, la Academia de Dibujo y Pintura San Alejandro, fundada en 1818 por su paisano Juan Bautista Vermay.

Su aporte más significativo se halla, sin embargo, en las decenas de imágenes que perpetúan sitios y escenas de la isla, así como el peculiar ambiente de aquellos tiempos. La vida cotidiana ejerce gran influjo sobre Mialhe, ante cuya asombrada mirada pasan multitud de tipos populares y de escenas que se integran al entorno urbano como un todo.  Muchas de esas impresiones están contenidas en su emblemática serie Isla de Cuba pintoresca (Litografía de la Real Sociedad Patriótica, 1838-1842), obra de impecable factura, estimada una de las joyas bibliográficas del siglo XIX.  Autor también de Álbum de la Isla de Cuba y Viaje pintoresco alrededor de la Isla de Cuba (Litografía de Luis Marquier, 1848), Mialhe se agiganta como artista cuando capta lugares y costumbres, temas en los que hizo gala de su impecable dibujo académico y del dominio de la técnica del claroscuro.

La inserción de Matanzas en su obra responde a la preeminencia de esta ciudad en el contexto económico y cultural de la isla, como también  a las visitas que el artista realizara a la misma en 1840 y 1841.  Entre las litografías que ejecuta sobre motivos de la urbe se destacan cinco: Vista de la entrada de Matanzas por la parte de Pueblo Nuevo (1838), publicada originalmente en la revista El Plantel, Puente de Yumurí y Puente de la Carnicería, incluidas estas dos en Isla de Cuba Pintoresca (1838-1842), Matanzas o Fuerte de la Vigía, y Río Canímar cerca de Matanzas, contenidas en su serie Viaje Pintoresco alrededor de la Isla de Cuba (1848). (6)

A la  retina alerta de Miahle debe Matanzas gran parte de su memoria visual del período, uno de los más brillantes en la historia de su desenvolvimiento económico y urbanístico. Los matanceros de hoy aprecian estas litografías como invaluables documentos de su pasado. Y es que se trata, generalmente de lugares y construcciones que no llegaron a la posteridad, como el Fuerte de La Vigía o el puente sobre el rio San Juan, uno de los tantos que se construyeran sobre ese afluente y el mismo en que se inspirara el bardo José Jacinto Milanés para escribir su emblemática composición De codos en el puente.

No caben dudas que las representaciones de Mialhe poseen el hechizo de que generalmente carece el discurso historiográfico. Profusas en detalles y cercanas a la perfección, las vistas creadas por este artista lo ubican como el más importante litógrafo “cubano” de la primera mitad del siglo XIX. Fue a través de ellas que el mundo pudo apreciar los encantos la bien apodada “Atenas de Cuba”, término acuñado unos años después (1860), como tributo al florecimiento económico y cultural de esta población cubana.

Eduardo Laplante (Francia, 1818- La Habana, 1860) es el otro artista galo que tiene en Matanzas uno de sus motivos principales de inspiración. Hacia 1848 llega a Cuba, estableciéndose como litógrafo al año siguiente. Desde la capital viaja por el interior de la Isla, con el objeto de capturar la imagen de sus paisajes y de las más importantes plantaciones azucareras. Su obra mayor está vinculada, precisamente, al universo que gira entonces en torno a la principal de nuestras riquezas: el azúcar. Impreso en 1857 en la Litografía de Luis Marquier, Los ingenios. Colección de vistas de los principales ingenios de la isla de Cuba –conocido internacionalmente como El libro de los Ingenios– contiene veintiocho láminas dibujadas del natural y litografiadas por Laplante.

La generalidad de las estampas “retratan” exteriores de los más importantes ingenios de la isla, mientras que un número menor refleja interiores de las fábricas de azúcar. Coautor de esta obra, Justo Germán Cantero, médico de profesión, hacendado y Alférez Real de Trinidad, se encargó de la introducción histórica y estadística de la caña de azúcar y de la descripción individual de cada una de las láminas. Sobre la génesis del libro Cantero explica:

Al presentar esta obra al público parécenos de suma necesidad una explicación para dar a conocer el motivo de su publicación […] La casualidad de estar viajando por la Isla Mr. Eduardo Laplante me proporcionó la adquisición de su amistad, y persuadido de su decidida afición al noble y bello  arte de la pintura, me alborocé de hallarle en mi camino y proponerle que tomara las vistas de mis ingenios, lo que aceptó con agrado. Al ver la facilidad, gusto y exactitud del dibujo y sus no comunes conocimientos generales de nuestra agricultura, hablamos de lo conveniente que sería una obra en la que figurasen las principales fincas de Cuba […] (7)

Alrededor de dieciséis litografías muestran el aspecto exterior de esos ingenios, mientras que ocho captan el mundo interno de los mismos, específicamente de la Casa de Calderas. Un número menor refleja el Valle de la Magdalena, en Matanzas y otros espacios interiores de las fábricas. Es menester subrayar que la mayoría abrumadora de las estampas representan ingenios ubicados en la actual provincia yumurina, que entonces estaba comprendida en el llamado Departamento Occidental de la isla. Tan solo dieciocho de la cifra total de vistas corresponden a ingenios localizados en Matanzas. Y es que los hacendados matanceros y en general de la región occidental eran los que mayor preocupación mostraban por tecnificar sus fábricas, las cuales eran consideradas las mayores y mejor equipadas del mundo.

Ubicada en la segunda mitad del siglo, la obra de Laplante se distingue de la de Mialhe por la incorporación del color. El grabado en color o cromolitografía se introdujo en Cuba por esta época, de manera que a la precisión del dibujo y las escalas, El libro de los ingenios contiene la diversidad de colores y matices del campo cubano y del complejo universo agro industrial de los ingenios. Líneas, forma y color hacen de esta una obra única y por lo mismo altamente valorada en el mercado internacional de arte. No por gusto ha sido calificado como  el más grande tesoro bibliográfico de la Cuba colonial y uno de los más hermosos y acabados en la historia de la impresión latinoamericana. A Laplante se debe también la vista panorámica más completa de la ciudad de Matanzas en todo el siglo XIX. Signada por la profusión de detalles y por el acabado dibujo, esta cromolitografía contiene en sí misma múltiples valores artísticos y documentales que hacen de ella una obra irrepetible.  

¿Pintores franceses en Matanzas?

En 1829 se registra por vez primera en la ciudad de Matanzas un profesor de pintura. La magnitud de su obra no ha podido conocerse, pero sí el hecho de que se trataba del miniaturista francés Alejandro Heugo Wallace. Revelador es el hecho de que el primer pintor legitimado de Matanzas, Pío Alejandro Dubrocq Olivera (Trinidad, 12/7/1809-Matanzas, 14/9/1874), proviniera de una familia francesa. Con una labor que no trascendió el tiempo, su cuadro más conocido es el retrato que le hiciera al poeta Plácido, del que solo han llegado a la posteridad algunas reproducciones.

Si desde inicios de siglo la enseñanza de la pintura había estado asociada a maestros franceses, después de la segunda mitad será primordial la presencia de algunos artistas de esta nacionalidad en la ciudad. Claro que, en general, no se trata de su presencia física, a excepción de hombres como Alfredo Marsillac. Este había llegado al país, hacia 1862, invitado por el científico Álvaro Reynoso, estimado el Padre de la Agricultura Científica en Cuba, quien lo contratara con el propósito de perfeccionar las ilustraciones de sus publicaciones científicas. Así, Marsillac se ocupó de dibujar minuciosamente las plantas que predominaban en nuestro panorama agrario: la caña, el café, el tabaco y otras, llegando a mostrarse las láminas en la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Habana, primero y posteriormente en la Academia de Ciencias de Paris. 

En esa misma década, Marsillac se asentó en la ciudad de  Matanzas, donde, prestó sus servicios como maestro de pintura y dibujo. En los anuncios periodísticos de entonces se precisa que su estudio radicaba en la calle del Medio No. 145 y que se especializaba en la “iluminación de retratos a la aguada y al óleo, miniaturas de todas clases y lecciones particulares” (8) Su obra pictórica despertó la admiración de muchos, seguramente por sus interpretaciones del entorno yumurino, generando como paisajista obras de incuestionable riqueza visual. La precisión en el dibujo y la riqueza de su paleta están presentes en óleos de su autoría como La Plaza de Armas de noche, pormenorizado retrato de la actual Plaza de la Libertad y de la multitud de tipos que la frecuentaban. El lienzo refleja “con admirable exactitud nuestra Plaza de Armas en una noche de retreta, llena de gente y rodeada como de costumbre de carruajes” (9), así como de damas y caballeros de la alta sociedad local.

La descripción que el diario Aurora del Yumurí ofrece sobre el citado cuadro, nos hace considerar la posibilidad de que se trate de uno con igual temática y características, propiedad del Museo Arte de Matanzas. El óleo, sin rubricar, se atribuyó algún tiempo a Laplante, pero se halla a la espera de un estudio multidisciplinario que arroje su verdadera identidad. Hacia 1868, Marsillac abrió una Academia particular en la vecina ciudad matancera de Cárdenas, en cuyo recinto falleció años después.

Otros exponentes del arte francés serán conocidos en Matanzas a través de la Exposición de Bellas Artes, organizada por el  Liceo Artístico y Literario, en octubre de 1862. Para esta fecha la región es el principal enclave azucarero de la Isla y su capital la segunda plaza artística del país, posición en que sólo es superada por la capital. Con una representatividad mayor de españoles y cubanos, los matanceros pudieron apreciar –por primera vez– creaciones de artistas de Italia, Inglaterra, México y Guatemala. La variedad de épocas, escuelas y códigos formales fue un rasgo de esta exposición, cuyos promotores tuvieron la osadía de organizar en medio de un terreno inexplorado. Los artistas galos que se incluyeron en el catálogo fueron tres, dos escultores: James Pradier, de origen suizo (Ginebra, Suiza, 1792- ¿?, Francia, 1852), Augusto Clésinger (Besancon, Francia, 1814- ¿?, Francia 1864) y el pintor franco-cubano Juan Francisco Guillermo Colson (París, 1785- Ídem, 1860).

Autor de numerosos bustos, el también pintor Clésinger, tiene entre sus piezas más conocidas La mujer mordida por una serpiente, que por sus mórbidas formas causó gran revuelo durante su exhibición, en 1847. Entre los yumurinos sería conocido través de La estrella de la mañana, escultura que era propiedad de Francisco Ximeno, creador del primer Museo de Ciencias de Matanzas. Para Pradier el tema femenino es esencial, pues si bien creó bustos de personajes famosos y abordó temas religiosos e históricos, su consumación llega con las incontables figuras femeninas que esculpía y cuyos recursos formales lo acercan al arte de la antigüedad clásica, a la vez que emanan una gran carga de sensualidad, como en el caso de Las tres gracias. Apodado el “Fidias francés”, las esculturas suyas que prestigian la Exposición de Matanzas fueron  La caza y La pesca, realizadas en bronce.

El también músico, Colson fue discípulo del pintor David y en 1812 obtuvo un primer premio en la Exposición Nacional de Pintura, celebrada en su ciudad natal. Vencido el bonapartismo, emigró a La Habana y  aquí  obtuvo, por oposición, la Cátedra de Colorido en la Escuela de Dibujo y Pintura de San Alejandro, cuya dirección se le confió, en 1836. El cuadro que le mereció la dirección de la academia fue El Valle de Yumurí, inspirado en esta belleza natural de Matanzas y hoy desaparecido. Durante el periodo que dirigió la academia habanera fue adquirida una colección de cuadros, donados por el Príncipe de Anglona y por el intelectual cubano Francisco de Arango y Parreño. En 1843 retornó a Francia, donde fue nombrado Pintor del Palacio de Versalles. Como dato curioso vale señalar que en este viaje  se hizo acompañar por Juan Jorge Peoli, discípulo suyo, que llegaría a ser uno de los más notables pintores del siglo XIX cubano.

Hacia la época en que se celebra la exposición José Manuel Ximeno y Fuentes (Matanzas, 25.7.1824-Ídem, 3.10.1883), había comenzado a fomentar su Pinacoteca, una de las más importantes del país en el siglo XIX. Con creadores contemporáneos y con muchos otros, provenientes de diferentes países, épocas históricas y estilos, Ximeno conformó esta preciada colección, exhibida con orgullo en los muros de su casa (Gelabert, No.16). Según el catalogo original, constaba esta de poco más de ciento diez  cuadros.  Dolores María Ximeno, su hija, recuerda: “Los mercados de Marsella por un lado, las subastas de famosos coleccionistas de Italia por otro, como también los trastornos que a la Francia trajo la Commune, fueron favorables y propicias circunstancias […] que ayudaron a la agrupación de las notables obras de arte, procediendo muchas de estas joyas de galerías particulares […] y también de ventas especiales de España” (10)  De una galería de Marsella, clausurada en 1871, procedían un original de Meissonier, titulado Una mujer cantando y tocando el piano (salón de la época de Luis XV). La Pinacoteca Ximeno -ya desaparecida- ostentaba piezas de otros creadores galos como Bourguiñón y F. Champagne.

Ximeno fue de los primeros en expresar su descontento con el escaso interés que los artistas nacidos en Cuba mostraban por recrear la naturaleza insular. En carta enviada a José Silverio Jorrín, uno de sus intermediarios, declara: “[…] siempre he lamentado que el brillante y rico modelo de nuestra naturaleza carezca de intérpretes en el lienzo, y que nuestros pensionados en Roma, hayan correspondido tan mal a las esperanzas y sacrificios de sus paisanos”  (11) Representada ocasionalmente por creadores extranjeros, la naturaleza cubana tendrá su más destacado exponente autóctono en la figura de un matancero de ascendencia francesa.

Sol de oro tras verde palma. Nuestro paisajista mayor

En correspondencia con la afición de Ximeno por los paisajes insulares, su colección la integran varios paisajistas, en primer término su contemporáneo y amigo Esteban Chartrand Dubois (Limonar, Matanzas, 11/10/1840- New York, 26/1/ 1884) (12), cuyo estudio más completo fuera realizado por el historiador y biógrafo matancero Raúl Ruiz. De ascendencia francesa, Juan Chartrand, su padre, había emigrado tras la revolución haitiana a Charleston y allí se casó con la también descendiente de franceses, Luisa Dubois, asentándose la pareja, poco después en Matanzas, donde la familia se multiplicó. Al igual que Esteban, sus hermanos Felipe y Augusto fueron consumados paisajistas, cuyas poéticas merecen, por su interés, un estudio independiente.

Aclamado como el más grande exponente del paisajismo romántico en Cuba, Chartrand fue seguidor de los códigos formales, presentes en el paisaje europeo de su tiempo, en particular de las experiencias de la pintura al aire libre de la Escuela de Barbizon. Retrata nuestra naturaleza con una luz que todavía no es la natural del trópico, sino la atenuada de la geografía europea, a la vez muestra un gusto por el formato horizontal y por la composición serena y brumosa de los representantes de la Escuela del Río Hudson.

Los alrededores de la ciudad de Matanzas y de otros sitios cubanos se convocan en sus cuadros, en los que la naturaleza se muestra en todo su esplendor. Chartrand, paleta en mano, recorre los campos y está atento a todas sus formas, en especial a las esbeltas palmas, elemento inseparable del paisaje insular y de sus lienzos. La mayor parte de sus pinturas –cerca de cien conocidas- se halla repartida entre museos cubanos y colecciones privadas norteamericanas. Durante su permanencia en ese país el paisajista gozó de gran éxito, llegando a poseer su propia galería y exponiendo en otras. De la consagración de su quehacer se hace eco un diario de 1883:

En una visita reciente a la Galería de Bellas Artes Goupil, en la Quinta Avenida, hemos tenido el gusto de admirar dos óleos del conocido artista cubano Esteban Chartrand, […], que sobresalen entre las obras de los primeros maestros extranjeros que encierra este acreditado establecimiento. Estos dos cuadros representan paisajes de Cuba en cuyos campos ha cultivado su genio, […] el Sr. Chartrand  […] notándose en ambas obras, además de la delicadeza del colorido […], ese sentimiento que solo pueden trasladar al lienzo los grandes artistas. El Sr. Chartrand tiene en su estudio […] otras obras […], tanto de escenas de climas tropicales, como de la naturaleza norteamericana. (13)

Entre los paisajes más conocidos de Chartrand deben incluirse El guardián de la talanquera, Sol de oro tras verde palma, que perteneció al Ateneo de La Habana (14), Bahía de Matanzas, Castillo de La Chorrera, la serie compuesta por los óleos La mañana, El día, La tarde y La noche, con evidentes influencias del impresionismo y El cimarrón, que según la fuente es referida bajo otros títulos. Un cuadro poco divulgado de Chartrand es El baile (1879), en cuya composición se aleja de su tema de preferencia, para conceder protagonismo a un grupo humano durante la ejecución del zapateado.

En la Sección de Artes de la Exposición Universal, celebrada en Matanzas en 1881, se exhibieron cerca de seis óleos del emblemático paisajista, entre ellos Paisaje de las lomas de San Miguel y Cafetal, propiedad de Ximeno. En la actualidad numerosas obras suelen ser propuestas para su venta por importantes casas de subasta norteamericanas. Iniciado como pintor  a finales de la década de 1850, una parte importante de su legado se conserva en colecciones institucionales de Cuba como el Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de la Ciudad de La Habana y el Museo Bacardí, de Santiago de Cuba, entre otras. En la colección permanente del Museo de Arte de su natal Matanzas el público puede aproximarse a la peculiar atmósfera del pintor, a través de su cuadro Una orilla del río Canímar.

Una faceta poco conocida en el quehacer de Chartarnd es su labor como decorador. Se destacan al respecto sus diseños para abanicos y las decoraciones que realizara en 1877 para la Capilla de Nuestra Señora de  Lourdes, en la Iglesia de La Merced, ubicada en el Centro Histórico de La Habana y catalogada como la Capilla Sixtina del arte religioso cubano.

El espacio no es suficiente para  develar todo el acervo artístico asociado  a la presencia de Francia en la cultura matancera. Ha sido nuestro propósito continuar el trabajo iniciado por otros y abrir nuevas puertas a esa zona poco explorada de la cultura local. Componente significativo en la construcción de nuestra identidad colectiva, sirvan estos apuntes para tributar a todos aquellos franceses que durante el siglo XIX contribuyeron a consolidar el florecimiento de la ciudad de San Carlos y San Severino de Matanzas.


Por: Mireya Cabrera Galán


 

Citas y notas

1.     Ruiz, Raúl. Retrato de ciudad. Ediciones Unión. La Habana, 2003. pp.28-29. 

2.     Archivo Parroquial de la Catedral San Carlos Borromeo de Matanzas. Libro 4 de Matrimonios de Blancos. F. 237, partida 787

3.     Aurora de Matanzas. Matanzas, 24 de enero de 1837, p.3

4.     Para interpretar a la esclava Selika, la protagonista, Meyerbeer había llamado a la matancera, que continuaba poseyendo la proyección vocal e histriónica que la hiciera merecedora de las más favorables críticas desde 1840. La Deville, sin embargo, rechazó la oferta, presumiblemente por el estado de salud del esposo. El estreno finalmente tuvo lugar en la Ópera de París el 28 de abril de 1865, y el rol de Selika fue interpretado por la soprano belga Marie Constance Sasse (1834-1907).

5.     Centón Epistolario de Domingo del Monte. Imprenta El Siglo XX. La Habana. 1923 Tomo VII. p. 96

6.     Ruiz, Raúl. Matanzas: ciudad cubana del siglo XIX. Catálogo de grabados. Inédito. 1995

7.     Justo Germán Cantero y Eduardo Laplante. Los ingenios. Colección de vistas de los principales ingenios de la isla de Cuba.   Litografía de Luis Marquier, 1857. Introducción (Versión digital)

8.     “Pintura y dibujo”. En: Aurora del Yumurí. Matanzas, 26 de octubre  de 1864. p.3

9.     “Precioso cuadro”. En: Aurora del Yumurí. (Gacetilla) Matanzas, 4 de mayo de 1862. p.2

10. Tomado de Dolores Maria Ximeno Cruz. Aquellos tiempos... Memorias de Lola María. Papelería “El Universo”. Habana. 1928. Tomo I p. 343

11.  Ximeno Cruz, Dolores Maria. Ob. cit. Tomo I. 1928. pp. 345-346

12.   La fecha de la muerte de Chartrand ha sido establecida, recientemente, por la investigadora matancera Deykis García Mesa.

13.   “Un pintor cubano”. En: El Argumento. Periódico Teatral. A.I, N.8, La Habana, 3 de noviembre de 1883. (Ejemplar digital) Cortesía del historiador y narrador Daneris Fernández.

Universidad de San Gerónimo. Fondo Familias Ilustres. Familia Ximeno. Leg. 296, No. 16. El título de este hermoso