Por: Daniel Díaz Mantilla

En Diapositivas,[1] Laura Ruiz Montes apela con frecuencia a la narración, relata acontecimientos de la vida cotidiana con la precisión y la síntesis que suele hallarse en un cuento corto. Cada poema, a su vez, se convierte en pieza de una historia más larga, una historia escrita a través de fragmentos, breves escenas que iluminan sucesos habituales en la vida de una persona, de un pueblo, sucesos quizás sin trascendencia en sí mismos pero significativos y que al sumarse van tejiendo una imagen total que parece evolucionar en el tiempo.

Diapositivas, la circularidad del laberinto

¿Evoluciona realmente? No, no evoluciona en absoluto. Aunque transcurre, el tiempo de esas escenas ―como el del libro todo― parece detenido, o más que detenido circular, retornando siempre al punto de origen. Como marcadas por la maldición de Sísifo, las personas en esta historia parecen condenadas a avanzar entre tropiezos y carencias, entre la tristeza y la nostalgia; avanzar paso a paso, con dolor, para llegar adonde mismo comenzaron. En ciertos momentos incluso, esa especie de eterno retorno se verifica de una generación a la siguiente, como en el poema «Cotidiano» [p. 13], donde la madre que ve partir a su hija hacia otra ciudad para escapar del infierno provinciano, la imagina veinte años más tarde en una circunstancia similar: frente a una cafetera tiznada y despidiendo ella misma a alguien que escapa hacia otra ciudad. Si hay evolución aquí, es la lenta evolución del cuerpo que envejece, de los edificios que se convierten poco a poco en ruinas, de los objetos que van perdiendo su lustre y su utilidad ―«objetos deteriorados y enfermos» [p. 17]― para terminar amontonados en un rincón de la casa. Si hay evolución, es la evolución de la memoria que rumia y pule sus recuerdos casi como la ostra fabrica su perla en la oscura inmovilidad del fondo. Una perla, un millar de recuerdos ―«recuerdos que pretenden explicar / quiénes somos, quiénes éramos, / qué hemos hecho» [p. 15]― asociados a cada objeto, los enseres domésticos, las canciones infantiles, los caminos cíclicos del día a día; una minúscula estrella cuyo resplandor va mermando lentamente, sin que el vacío en derredor cambie.

Si hay evolución, es la evolución de la conciencia, del sujeto lírico que va sumando, repasando, extrayendo el sentido de cada fragmento de su historia. Si algo evoluciona o avanza, es ese sujeto que en su reflexión va desprendiéndose de sueños, de espejismos, velos, para ver con claridad su circunstancia, tan similar a la del resto de los personajes que atraviesan el libro, atrapados todos ―quizás sin advertirlo― en su cárcel de tiempo: un tiempo ubicuo e infructuoso, clausurado y redundante. Tiempo imposible para un cuento, a menos que sea precisamente este cuento en que, como quien se sienta a mirar viejas fotos en la soledad de la noche y hace su recuento de ausencias, su inventario de ilusiones y pérdidas, como quien levanta la vista entre foto y foto para medir su presente, e intuye la circularidad del laberinto, ese vacío que llena el transcurrir del tiempo, Laura Ruiz desanda las ruinas de su ciudad, las nostalgias de una isla endurecida frente al mar, y nos habla con voz serena, con palabras que el dolor ha pulido sin ahogar, de los sueños que alguna vez tuvimos y de los que todavía hoy subsisten, como la hiedra en los muros agrietados.

Es un extraño cuento para un tiempo que se estanca en los meandros del acontecer, descripción de acciones tan ordinarias como planchar la ropa, entrar y salir de tiendas, conversar con un viejo amigo, o esperar cada nuevo año frente al televisor, escuchando el himno nacional que anuncia «nuevos eclipses, / nuevas fiestas, / nuevas horas ante el fogón» [p. 40]. Extraño cuento en el que una mujer ―poeta, madre, vecina de una calle pobre y secundaria― desanda el laberinto y nos habla; comparte, con sus diapositivas y sus sueños rotos, ese leve resplandor, esa claridad que nos desnuda y desnuda al país en su cotidianidad de privaciones y anhelos postergados, en su lenta revolución de la mañana a la noche, de la noche a la mañana, año tras año recorriendo el anillo, el ciclo embriagador de la existencia, esperando todavía aunque ya sabe que es una espera inútil.[2] A fin de cuentas, qué sentido tiene esperar cuando el tiempo es cíclico.

Esa desnudez, ese hablar sereno, ese acumular con pertinacia fragmentos significativos y compartir imágenes, recuerdos íntimos, experiencias del hastío y la esperanza, como quien abre las puertas de su casa ―de su alma― y dice «Mira, mírate»; ese es, creo, el mejor final para este cuento: un final abierto como las últimas páginas sin llenar de un álbum, un final donde después de haber visto detenidamente esa acumulación de fragmentos, diapositivas, escenas congeladas de una vida que es ―de algún modo― también suya, el lector tiene ante sí una opción: romper el ciclo, la cárcel cíclica, la vida cíclica y rutinaria que lo inmoviliza. Romper o, si se quiere, despertar, girar la rueda del tiempo hacia otro horizonte donde los hijos no anden como clones de Sísifo sobre los pasos de sus padres, repitiendo sus gestos, sus decepciones, y su lista de cosas por hacer en las largas madrugadas de insomnio.

 

Notas

[1] Laura Ruiz Montes: Diapositivas, Ediciones Unión, La Habana, 2017; Premio UNEAC de Poesía en 2016.

[2] La espera es uno de los temas recurrentes en la obra de Laura Ruiz Montes, tanto como la huida (la emigración, el viaje) y el regreso o la permanencia en el país natal. Véase, por ejemplo, el poema «[S/T]», en El camino sobre las aguas (Ediciones Unión, La Habana, 2004, pp. 43-44), donde ya aparecen claramente definidos muchos de los topoi que encontramos en Diapositivas: «Si permanecí en esta ciudad para siempre / fue para aguardar los regresos. / Las cartas     las fotografías     las postales / las negocié con mi espera. / Viví hasta el delirio cuando los otros marcharon. / Vi desmoronarse los muros, / ensancharse las calles     disminuir el mar que teníamos. / Ahora vuelves en solitario, vuelves. / Tanto envejecí, tanto. / Irás de prisa, sin tiempo para ver mis ojos. / La ciudad está destruida, no hay belleza. / Soy sólo el pretexto para que odies el regreso, / para que no te angusties y jamás vuelvas». Sobre la espera como tema en la obra de Laura Ruiz consúltese también Yvette Fuentes: «Making the Invisible, Visible: The Body and the Nation in Laura Ruiz Montes’ A Ciegas», Quadrivium: A Journal of Multidisciplinary Scholarship, vol. 5, no. 1, Nova Southeastern University, Florida, otoño de 2013 [http://nsuworks.nova.edu/quadrivium/vol5/iss1/3].