ProfesionalesEjercer la profesión con ética se aprende a veces en la escuela y muchas veces fuera de ella. Ser un verdadero profesional lo enseña a veces la escuela, pero a veces tú personal condición humana y  relación con la sociedad: el deseo de convertirte en un verdadero profesional, tu capacidad de dominar los conocimientos teóricos y prácticos, tu sensibilidad e inteligencia, tu capacidad para dominar el instrumento sobre el que se basa tu trabajo, tu verdadera vocación: con la que has nacido o crecido, o la que descubriste en el camino de la vida y a la que te dedicas con pasión, desde el constante estudio, desde la búsqueda de nuevos caminos trazados sobre el dominio de lo que existen; desde la originalidad y la trasgresión consciente. Ah, y desde el riesgo que puede provocar incomprensiones, las mismas que han sufrido los que provocan, los que se adelantan a otros en cualquier campo del conocimiento, de la creación.

Pero, ¿qué es un verdadero profesional? Un actor, por ejemplo formado académicamente, un actor al que se le renumera por su labor, un actor que pertenece a un grupo más o menos profesional, un actor que pertenece a una institución que lo representa. Todos estos elementos pueden conformar el  amplio espectro de lo que puede enmarcar el concepto de la palabra profesional… para algunos. Es como una certificación. Y sin embargo nada de esto valida que lo sea. Cuando hablo de un actor, puedo hablar de un bailarín, de un dramaturgo, de un investigador, de un periodista. A veces se debía recordar que Chéjov era médico, que Einsenstein, el gran maestro del cine ruso era ingeniero, que los grandes renovadores del teatro como Barba trabajaron y trabajan muchas veces con actores no formados en la academia; pero sí bajo su magisterio; que Isadora Duncan, fue realmente grandiosa porque se apartó de lo trillado en el campo de la danza y  tenía una formación empírica; que los pintores de la vanguardia rehuyeron de  la Academia, etc., etc.

Aclaro: Importante es la formación en la academia, que constituye la base del futuro en el ejercicio de cualquier carrera. Es  base esencial del conocimiento, laboratorio de talentos. Importante el magisterio de los buenos y de los grandes maestros; pero esos a veces están en la Escuela; y otras, fuera de ellas. Después que culminaste los tres o los cinco años de la carrera, donde aprendiste mucho, pero no todo.

Y a veces la formación de esos Maestros, nació en la escuela; pero también en la experiencia de toda la vida, en el trabajo diario y en la entrega. Otras, los maestros, esos que el investigador y dramaturgo mexicano Jaime Chalbaud llama los involuntarios, están en los que no conocemos, no palpamos en una clase; pero nos demuestran su enseñanza en sus libros, en sus artículos, con su obra; en sus primeras influencias, en el ejercicio ético y artístico de su profesión. Y que son a veces, nuestras Biblias, nuestra brújula, el acicate para continuar.

La esencia está, en que nada ni nadie puede negar a alguien que sea lo que quiere ser, si su entrega es total, si su talento lo acompaña, si su sensibilidad lo hace distinto, diverso, auténtico; si todo esto, que he enumerado -  se impone.  

Nada, ni un título, que para algunos dice poco, pueda probar su talento, si es verdadero.

Solo importa la voluntad y la entrega, la sensibilidad, el talento, el conocimiento, la ética. Todos los que han llegado a algo - solo lea las biografías de esos seres únicos o no tan únicos - han recorrido un largo y a veces tortuoso camino hacia la cúspide; porque nada se obtiene de manera fácil, del apresuramiento, de la envidia, de la mentira, de la desidia, de aplastar a los otros.

El talento se demuestra trabajando, trabajando, trabajando para el futuro. Imponiéndose sobre la mediocridad, con sensibilidad y talento, con riesgos y búsquedas, persistiendo. Eso. El tiempo, el implacable, dirá quien es o no el verdadero profesional. Así de simple. O de complejo.


Por: Ulises Rodríguez Febles