Mesios Digitales. Andrés Mir* Tomado del dossier de la revista Esquife sobre medios digitales y cultura

Buscando en internet me he encontrado, en el blog de periodista catalana Cristina Ribas, un texto de título simpatiquísimo: ¿Pero qué demonios es una revista?, donde se promueve un curso para editores de revistas en la Universidad Diego Portales, de Santiago de Chile. En apenas cuartilla y media la autora define su concepto de revista, centrándose en el criterio de la periodicidad: publicaciones sistemáticas que aparecen con menor frecuencia que la diaria, porque de lo contrario se trataría de un periódico. Inmediatamente aparecía la cuestión de cómo queda todo ahora, que las publicaciones digitales no dependen de un plan productivo de impresión, sino que gozan de una flexibilidad que permite publicar en todo momento, e incluso recibir un feed back inmediato de los lectores, gracias a las actuales herramientas de la Web 2.0.

 En una entrada siguiente, pasado el curso, la autora, no sin sorna, advierte: “mis alumnos saben más que yo”, y adjunta la definición que uno de ellos hiciera del término revista, que comparto con ustedes:

 

  • La revista tiene periodicidad (o aspira a tenerla).
  • Se dedica a un tema (más o menos específico).
  • Tiene secciones separadas (opinión, noticias, temas de fondo, servicios, etc.), de otro modo sería un libro, una memoria, un panfleto…
  • Tiene un espacio limitado que obliga a ordenar los contenidos (puesta en página) y, por lo tanto, se les atribuye un valor más o menos grande, según su situación.
  • Tiene línea editorial y defiende determinados puntos de vista ante otros. Esto significa que existe un cierto control sobre lo que publican los colaboradores. Esta es una diferencia con los medios exclusivamente digitales, que son más “asamblearios”.
  • Se basa en el impacto (ilusión, miedo…) que provoca la salida periódica entre el universo de sus lectores.

Por supuesto, sospecho que el autor de esta definición no pretendió ser categórico, porque sin adentrarme mucho en su análisis, siento que cojea de varias patas. En todo caso, creo que lo que mejor definiría una revista como esencia, sin descartar su periodicidad o su estructura, es su dicotómico carácter: colaborativo por un lado, y parcial por otro, puesto que es inevitable que, pese a ser una obra conjunta, no defienda como concepto una agenda concreta de presupuestos sociales, culturales, estéticos, éticos. En Cuba hemos sido habituales testigos de ese proceder, por momentos peyorativamente calificados de “piñas”, hecho que sucede cuando estos presupuestos se cierran por razones de estrechez mental, intolerancia, preferencias personales. Es por ello que la identidad de toda revista, ya sea digital o impresa, es una tribuna en sí misma, y su discurso descansa sobre los hombros de un personaje cuya condición lo hace miembro de una sumergida tropa altamente responsable del pensamiento contemporáneo, los editores. Controvertido oficio que no siempre es valorado por los amplios círculos de lectores, siendo de hecho --con toda justicia-- el segundo responsable de toda obra publicada, después (claro está) del autor.

Múltiples son las condicionantes, expectativas, exigencias que se establecen sobre cuál debe ser la misión, función, sentido del editor de una revista. Con la aparición de las publicaciones digitales, que además han recorrido un sinuoso camino rumbo a una interactividad y flexibilidad cada vez mayores, las inquietudes se multiplican. Afirmar, como Lara Bosch, que "la función del editor es poner en contacto a quien tiene algo que decir, aunque algunos piensen que lo que tiene que decir son barbaridades, con alguien que lo quiere oír", aunque a primera vista parezca suficiente en tanto esboza el esquema que ubica al editor como punto intermedio entre emisor-escritor/crítico/periodista y receptor-lector, se me antoja bruscamente superficial, acrítica y esencialmente paternalista, cuando no complaciente, dirigida más a satisfacer la voracidad de un mercado que a fomentar el pensamiento. Es por ello que ser editor, más que un oficio debe responder a una postura ética. Con idénticas palabras expresé las ideas anteriores en un artículo publicado en Esquife hace varios años. Pero aquí va la novedad, en lo que respecta al oficio de revistero: el editor puede parecer en primera instancia un simple organizador y corrector de contenidos previstos para su transmisión, pero más allá de eso ha de ser un generador de significados.

¿Qué significa ser generador de significados?

Las consideraciones que siguen no pretenden ser una receta sino apenas una advertencia. Soy defensor del desarrollo tecnológico y busco aplicar ese desarrollo, en la medida de mis posibilidades, al trabajo que realizo, a la forma en que sueño y concibo mi desarrollo como creador. Veo por tanto con dolor cómo muchos usuarios se acercan a la tecnología no ya desde el desconocimiento, sino incluso desde la flagrante estupidez, sin detenerse a reflexionar un instante sobre qué sería lo mejor y lo más adecuado para determinado proyecto en determinado momento. Pondría un ejemplo: trabajando para la revista Revolución y Cultura, entregamos a imprenta la maquetación y las imágenes. Cuando aquello la publicación no disponía de un escáner, por lo que entre las imágenes enviamos un libro. Cuál no sería nuestra sorpresa al ver que en la imprenta le arrancaron la cubierta al libro “porque no cabía en el escáner de tambor”. Cuando les preguntamos por qué no lo escanearon en uno de mesa la respuesta fue: porque no ofrece la calidad suficiente. La imagen a imprimir en la revista era en escala de grises y pequeña. Era más fácil cometer la atrocidad de arrancar la cubierta de un libro que detenerse tres segundos a pensar. He sido testigo en otras ocasiones, demasiadas para mi gusto, de usos irracionales de la tecnología, sin pensar en el concepto que debe llevar determinada obra o acción.

Entonces, ser un generador de significados consiste en concebir el proyecto editorial en su conjunto, utilizando las herramientas adecuadas para ello, y conscientes de las condiciones y el espacio donde se opera y al que va dirigido. Consiste, además y sobre todo, en crear una dramaturgia de los textos y las imágenes que aporten significantes que subrayen, amplifiquen y enriquezcan el conjunto de propuestas contenidas en la publicación. Consiste en atender no solo al balance editorial, a la curva de interés, sino al hilo semántico de la edición, de modo que el lector avezado pueda también hacer lecturas no explícitas en un editorial o en los textos publicados por separado.

Los medios digitales más que socavar permiten el logro de estos propósitos. Un proyecto editorial en la actualidad puede acompañarse de una disponibilidad de imágenes impensables en las publicaciones impresas, la libertad de enlazar mediante hipervínculos con páginas de contenidos afines, añadir información paralela tal como currículum o galerías de los ilustradores, audiovisuales, libros en formatos digital para ser consultados y descargados. La selección y orden de estos materiales puede apoyar sensiblemente el conjunto de la revista, tanto formalmente, como conceptualmente.

Es una misión de primer orden para el editor (o del equipo editorial, porque, como ya decía, estos proyectos suelen y deben ser colectivos) determinar qué pretende con su propuesta y cuáles son los recursos técnicos de que dispone. Por poner un ejemplo: la concepción actual de la web solicita cada vez más a los revisteros la creación de páginas dinámicas, que constituyen una increíble comodidad, además de ser --hablando en cubano de barrio--, más pro. La tentación está a la vista: sin embargo, cada editor debe considerar (sobre todo en Cuba, con nuestro aún exiguo ancho de banda) las características del servidor que va a hospedar su sitio web o su proyecto. A veces puede ser todavía preferible pasar un poco más de trabajo y trabajar sobre html básico, que permite al visitante del sitio una navegación más expedita y rápida, que lanzarse a buscar un programador en php, o montar ese excelente programa que es el Joomla, para que después el visitante accione un vínculo y se pase diez minutos esperando a que el servidor remoto responda y le llegue la página. He visto casos de publicaciones que literalmente cuelgan sus páginas en inmensos archivos de pdf, imposibles de descargar, especialmente tomando en consideración el “estrecho” de banda de la intranet nacional.

También está la tentación de utilizar cuanto ofrecen los paquetes de los CMS tales como el Joomla, con sus plantillas prediseñadas que sin un adecuado tratamiento, distorsionan las imágenes y unifican los sitios web. Es común navegar y tropezar una y otra vez con las mismas plantillas de una página a otra, con los mismos recursos, asistiendo a una uniformidad que resta identidad, carácter, personalidad a las publicaciones. Y sin ellas, una revista no tiene sentido. Para un editor contemporáneo, vinculado a una publicación digital, ser un usuario-desarrollador ignorante es un pecado que se paga caro, puesto que resta excelencia, credibilidad y por tanto impacto no ya solo a su labor (que siempre será sumergida) sino al esfuerzo del conjunto de colaboradores que junto a él impulsan determinados presupuestos. Aún en el caso de que confíe toda la maquetación o programación a un tercero, sea diseñador o programador, el editor debe manejarse con relativa soltura dentro de los lenguajes utilizados, ya sean html, asp o php, puesto que en muchas ocasiones, y aun trabajando con programas con una interfaz gráfica tan desarrollada como el dreamweaver, se precisa ir al código si se quiere efectivamente lograr determinadas cosas.

Las herramientas que nos ofrecen actualmente los CMS son altamente atractivas, pero cada editor debe cotejarlas con las expectativas de su publicación. Un ejemplo: conozco centenares de páginas, en las que los usuarios pueden postear comentarios a determinado artículo, hecho que a mí en lo particular teóricamente me emociona: es una oportunidad auténticamente democratizadora y participativa de que se generen espontáneamente foros de discusión que aporten semánticamente al proyecto editorial. Sin embargo, la experiencia también me dice que en muchas –demasiadas-- ocasiones, esos espacios se tornan en verdaderos chiqueros, donde abundan los lugares comunes, los insultos, las groserías, las mentiras, sin hablar de la total ausencia de esa norma esencial de nuestro idioma e identidad que es la ortografía. Es obvio que en tales condiciones un foro así se convierte en un contrasentido, y corresponde al editor decidir si corre el riesgo de permitir que desvirtúen su mensaje, si prescinde de ese espacio o si halla la forma de moderarlo, hecho que a su vez por un lado le impone obligaciones que lo descentran y por otro, restan credibilidad a la esencia del foro.

Otra herramienta que ha ganado popularidad son los blogs o bitácoras. Organizadas desde el concepto de columna pudieran resultar utilísimas para un editor desde la perspectiva que planteo: generador de significados. Pero ello derivaría un común acuerdo con los autores implicados, puesto que el conjunto de columnas debería responder a una identidad conjunta, expresada al menos en la comunión de un diseño gráfico, de lo contrario en sentido de unidad se perdería, y con él, la cualidad semántica de la edición.

También corresponde al editor elegir entre las dos variantes más socorridas: el ajuste a ediciones periódicas que se actualizan en bloque o la publicación inmediata de los materiales según vayan llegando.

Ambas variantes tienen sus pros y sus contras: la edición en bloque sistematiza la publicación y le da carácter, permite al editor ofrecer una línea editorial no solo más definida, sino conceptualmente más sólida y por supuesto, permite al editor hacer valer con más quilates su rol de generador de significados. Sin embargo, se corre el riesgo de distanciar las ediciones, ralentizar la publicación, con la consecuente pérdida de interés de los lectores. La publicación inmediata --cada vez tecnológicamente más sencilla-- tiene el innato encanto de generar la ilusión de la espontaneidad, acerca al lector drásticamente a los hechos. Sin embargo, el editor sufre una pérdida de recursos como generador de significados, y corre el riesgo de tornarse esclavo de la noticia, o peor, de la expectativa del impacto de la noticia.

La buena noticia es que los conceptos de revistas con la aparición de las nuevas tecnologías se han visto revolucionados. Partiré de un relato extraído de mi propia experiencia como editor de Esquife. Hace cuestión de un año, recibí un mensaje del Registro Nacional de Publicaciones Seriadas, donde me pedían que formalizara la inscripción de la Agenda Esquife (a la que subtitulamos “suplemento” de la revista por mero apego a las nomenclaturas analógicas), ya que no podíamos distribuir, bajo el amparo de la revista, “nuevos” boletines. Debimos entonces explicar que la Agenda Esquife no es algo separado de la revista Esquife, como no lo son ni su biblioteca virtual, ni la sección de archivos mp3, ni la galería de artes plásticas, ni todos los servicios que podamos encarar en tiempos futuros. Todo responde a una nueva dinámica y a un nuevo concepto de lo que es una publicación --ya que la palabra revista se nos pudiera quedar estrecha-- digital. Esa es una realidad que las instituciones y proyectos deben comprender y asumir, no solo para controlar, sino para servirse de ella en aras de su propio desarrollo. La revista Esquife, como parte de un todo, nos permite esa generación de significados que conforman los textos publicados como obras individuales, ya sean artículos de fondo, ensayos, crónicas, entrevistas o literatura activa, y el discurso de la edición en su conjunto. Pero ahí no para la cosa, puesto que la Agenda otorga la inmediatez periodística, de impacto, que pudiera faltar a la revista, de modo que complementa el conjunto, al igual que el resto de los servicios, que establecen un metadiscurso expresado en un diálogo cargado de significancias entre las secciones de la publicación y el lector de esta.

Pero ciertamente no vine aquí para hablar de Esquife, que tan cerca me queda, sino para reflexionar sobre las posibilidades y retos que enfrenta un editor de publicaciones digitales en la actualidad.

Es por ello que quizás, en cierto sentido, y sin ánimos tampoco de ser categórico, editaré respetuosa, pero críticamente el texto del alumno de Cristina Rivas, resultando lo siguiente:

  • La revista digital asume una periodicidad múltiple, de modo que pudiéramos hablar más de continuidad o periodicidades --en plural-- que de periodicidad en singular. El punto de continuidad es importante: he visto cómo muchos proyectos, ardientemente cacareados por sus autores, han desaparecido sin el fulgor de una estrella fugaz, quedando luego estos para contar historias de ciencia ficción o de horror y misterio, inspiradas fantasiosamente en la excelente obra de Milán Kundera sobre las razones que les imposibilitaron continuar en el empeño.
     
  • Más que de tema, preferiría hablar de perfil. Una publicación debe tener un perfil claro (en ello sí insisto categóricamente), y servirse para su conformación de la mayor variedad de temas y aproximaciones posibles. Oscila también la revista digital en una zona de intergéneros: hay algo en ella también de libro, de memoria, de catálogo, y a su vez, permite la inclusión dinámica de todos esos materiales, sin perder su esencia, más bien corroborádola.
     
  • Dispone de la variedad de secciones necesarias e imaginables, pero ojo, las secciones no son “separadas”. En una publicación no hay nada separado: todo responde al objetivo de esta, y debe dialogar activa y continuamente con los demás contenidos de la revista.
     
  • Si bien en una publicación digital el concepto de “espacio limitado” se flexibiliza, es cierto que triviales razones de lógica imponen que existe un límite para lo que contiene cada publicación. Sin embargo, esta limitación de por sí no implica la necesidad de un orden: este responderá justamente a la labor del editor como generador de significados, por las razones anteriormente expuestas.
     
  • Concuerdo con la idea de la necesidad de una línea editorial –que aquí llamé también perfil--, y con la defensa de determinados puntos de vista, sin descartar, por supuesto, la pluralidad de criterios como actitud ética. El único coto a lo que publican o dejan de publicar los colaboradores, ha de ser el concepto o perfil que el (o los) editor(es) asignen a cada publicación en concreto, y –obviamente—la imprescindible calidad conceptual y estética de los textos valorados. En líneas anteriores también puse en entredicho la celebrada condición “asamblearia” de los medios digitales: hasta el Joomla dispone de un superadministrador para ordenar los contenidos publicados, admitiendo implícitamente la necesidad de un organizador.

Y finalmente:

  • Cada editor tiene su librito, claro está, pero mal anda aquél que se preocupe más por el “impacto” que la periodicidad de su revista genera, que por la esencia conceptual de su propuesta, que por la transmisión de sus presupuestos ideológicos, estéticos, éticos. Corre el riesgo de caer en la información sensacionalista, vacua, kitsch --en el sentido camaleónico que Umberto Eco le otorgaba a este término--, y sé que los lectores en mayor o menor grado, terminan descifrando sus trampas y eligiendo publicaciones más auténticas y sinceras.

Es por todo ello que, dando riendas libres al poeta que no puedo fatalmente evitar ser, quisiera asertar que el editor de una publicación digital debe tener la vista en el horizonte, el cerebro sentado en la ventana de la academia, el corazón en la calle, una mano en el teclado y otra en la aldaba de la puerta de la vida, y --sobre todo-- los pies en la tierra. O mejor, como en la moraleja insinuada de la fábula de los tres hermanos de Silvio Rodríguez: es preciso promover un trabajo de equipo, para que todas las miradas, aún dispersas, todos los cerebros, todos los corazones, todas las manos, todos los pies, lleven por un solo camino, lo más anchuroso posible, pero con una dirección clara y establecida. Se lo debemos a los lectores, cada vez más numerosos, de las revistas digitales.


Por: Andrés Mir