Empleo las palabras que me has enseñado.
Si no significan nada, enséñame otras.

O deja que me calle.
Samuel Beckett

  Punto y Coma. Mario Flecha     

Cuando la luz del día me despierta, me levanto, miro los dedos de mi mano derecha y con el dedo índice de la mano izquierda los señalo contándolos.

 —Uno, el pulgar, dos, el índice, tres, el mayor, cuatro, el anular, cinco el meñique. Dejo de concentrarme en mi mano derecha para observar que en mi mano izquierda también tengo cinco dedos, miro las palmas de mis manos y muevo los dedos como lombrices  desesperadas.

Después las enfrento, quedan suspendidas a la altura de mis ojos.  Les ordeno que se mantengan firmes mirándose entre sí por una eternidad de varios segundos hasta que con satisfacción percibo que mis manos son perfectas.

Me gusta el  color canela de mí piel, soy feliz con mí nariz y por la mañana después de tomarme un café negro, negro, me siento frente a la computadora a escribir.  Cuando me canso voy a Hyde Park  a sentir el frío.   A gozar del viento en la cara y de tener mis dedos congelados mientras la lluvia tímida golpea incesantemente los árboles y las gotas estallan al chocar contra el suelo.

En el otoño del 14 él estaba parado sobre uno de los senderos que las hojas muertas ocultaban. Dibujada en la palidez de sus mejillas chupadas tenía las huellas que suelen dejar los excesos.                                                                          

El sol y la lluvia se alternaban, iluminando y oscureciendo su cuerpo, dibujando su silueta mientras su sombra se acostaba sobre el pavimento.

Lo observe balanceando uno de sus brazos y de la punta de sus dedos se desprendió una nuez que recorrió bruscamente el espacio que existía entre él y la ardilla que lo estaba esperando.

Yo jugaba con las fantasías  que  había acumulado entre mis cejas mientras miraba la nuez elevarse. Aplaudí con timidez sonriendo.

            —Bravo –dije

Él me devolvió una mirada imperceptible y sacó de su bolsillo otra nuez.

            —Me llamo Noon –dije.

            —Ryan –me contestó.

Esperamos que la ardilla volviera por más comida hasta que nos echamos a andar, arrastrando los pies, nos embarramos los zapatos pateando las hojas muertas.

Balbuceamos nuestras incoherencias preferidas mientras explorábamos el Hyde Park y recorrimos nuestros  pasados a modo de presentación.

—Nací en Irak. Mi padre era periodista. Fue asesinado en los bombardeos a Bagdad, fue una de las víctimas de Bush y Blair.  Emigré con mi madre a Londres donde  estoy  desde el 2003.  Estudie literatura.  Como crecí entre libros hice lo único que sabía hacer, escribí, publiqué dos libros, el primero una serie de diez cuentos sobre Londres y el segundo una novela autobiográfica donde relataba como los conflictos de Bagdad me perseguían. Ahora estoy apuntando notas pretendiendo escribir una novela aunque voy garabateando ideas en mi computadora sin  encontrar las palabras porque estoy perdida.

—También yo soy inmigrante, vengo de Irlanda del Norte   –dijo él y continuó —Mis padres eran militantes políticos, yo era el hijo rebelde, vendía hachís a mis amigos hasta que compañeros de mis padres, miembros del IRA, comenzaron a interesarse en mis negocios y me dieron la opción de irme; las consecuencias de quedarme serían dolorosas. No sé, tal vez un tiro en la rodilla como se acostumbraba.

—Es extraño refugiarse en la tierra que destruyó mi vida    —dije sin pensar.

—UK es un país de violentos.

—Seguro que es la tierra –contesté.

Cuando llegamos a Marble Arch, él miro su reloj, me dio una tarjeta con su dirección y se fue.  Yo me quedé en el parque  mientras el sol y las nubes jugaban con las luces y las sombras en el Speaker's Corner. Con curiosidad, escuche a los oradores del disparate hasta que fui desplazada por la oscuridad.

Pasaron varias semanas hasta que por la tarde de un  domingo otoñal, después de horas de fracasar en mi intento de escribir, salí a la calle a sentir el frío mordiéndome los labios.

Llamé por teléfono a Ryan, quien atendió desconcertado.

Le recordé  como nos conocimos.

—Hyde Park,  la ardilla que corrió a refugiarse en un árbol.

—Ah sí –dijo sorprendido.

—Nos podemos ver está tarde?

—Para qué?

—Para nada en particular. No conozco mucha gente en Londres y pensé que podríamos pasear juntos.

Recorrimos Hyde Park desde Bayswater Road a Kensington Road, paseamos alrededor del lago artificial Serpentine, luego pasamos por el nuevo restaurante de la arquitecta iraní.

Nuestras risas coincidían, nuestras manos se buscaron.  Esa tarde me enteré que al llegar a Londres, Ryan abandonó las drogas y se dedicó a cantar en una banda de rock irlandesa. Tocaban en  algunos pubs del barrio de Kilburn.

— ¿Porqué Kilburn? pregunté inocentemente.

—Porque quería redimirme con mis padres.

—No entiendo.

—En los pubs de Kilburn se decía que juntaban dinero para financiar al IRA.  Hasta que un día nos peleamos y la banda se desintegró.

—Es la tierra –le dije.

—¿La tierra?

A la semana siguiente lo invité a que me visite en mi departamento.

Trajo su timidez y una botella de vino.

Nos amamos.

Sentada sobre la alfombra roja, narré la historia de la mujer con corazón de vidrio que había leído.

—Fantasías del medio oriente –dijo él.

—Sí, lo escribió Amina Shah –contesté.

Ryan caminaba impaciente alrededor del living room sin detenerse.

—Tenías razón, la tierra crea conflictos. Marco Polo en sus viajes  relata la historia del rey que viendo que su pueblo era dócil y benigno, se preguntaba por qué sus vecinos eras belicosos y violentos.

Convocó a un grupo de sabios de su reino y les preguntó el motivo por el cuál sus vecinos se enredaban en continuos conflictos. Los sabios consultaron las razones posibles y luego de pensar por un tiempo prudencial se reunieron. Llegaron a la conclusión que la culpa era de la tierra que pisaban.

El rey ansioso, espero la respuesta, cuando una comitiva de los sabios le contó sus conclusiones.

—El motivo de sus disputas es la tierra.

El rey, incrédulo, dudó de los sabios, hasta que decidió probar la veracidad de los mismos.  Envió varios carros al reino  vecino para recoger tierra y traerla a su residencia. Cuando volvieron, ordenó esparcir la tierra sobre el piso del comedor  de su palacio y luego la cubrió con alfombras.

Organizó un banquete para los habitantes de su reino, quienes consumieron exquisitos manjares y vinos  deliciosos que el rey había hecho preparar para la ocasión, hasta que dos hombres comenzaron a discutir. Al principio civilizadamente pero gradualmente comenzaron a intercambiar insultos hasta que estalló un conflicto generalizado donde todos discutían con una furia jamás vista en su reino.

El Rey satisfecho, aprobó el veredicto de sus sabios.

—Es  la tierra –dijimos.

—Maldita tierra.

La novela que no podía escribir estaba agonizando, entre mi incapacidad literaria y Ryan que había pasado a ocupar un espacio inmenso en mi cabeza.

Sin poder hilvanar un capítulo decidí cambiar de método. Abriría una página, al azar distribuiría comas, puntos, puntos y comas, luego las uniría con palabras.

El próximo domingo por la mañana Ryan vino a buscarme. Cuando le conté qué pensaba hacer se puso más pálido que de costumbre.

—Estás loca –dijo apretándome el brazo —Tendrías que buscar un libro y plagiar las comas, etc., página a página y después rellenar los espacios con palabras.

—Me ayudas.

—Claro. ¿A qué autor le plagiarias los puntos y las comas?

—Marcel Aymé –dije.

—Ya está, usaremos uno de sus cuentos, sí, “El hombre que atravesaba las paredes”.

Nos sentamos sobre las sillas alrededor de la mesa de la cocina. La tarea a que nos habíamos encomendado era demencial.

Ryan comenzó a contar —Palabra de tres letras, un espacio, continúa con palabra de 5 letras, espacio, otra palabra con 4 letras coma, palabra de 2 letras espacio otra de 6 letras, coma y así hasta el final del cuento.

En la primera página copié las primeras palabras del cuento de Aymé: “En Montmatre”. Ryan leía los espacios, yo configuraba las páginas en mi pantalla en relación a lo que él me indicaba.

Cuando finalizó el cuento decidí copiar la última oración, anoté: perforan al corazón de la pared como gotas de luz de la luna.

Quedarían pocos vestigios de plagio.

Trabajé hasta que los ojos me ardían de felicidad, la historia que estuve buscando se fue desarrollando frente a mi, las palabras se sucedían unas a otras, hasta que escribí con placer FIN.

Fuimos a festejar con Ryan. Mientras cenábamos, planificamos qué hacer con el cuento.

—Lo publicamos nosotros –me dijo.

Él se ofreció a diseñar la maqueta de un libro pequeño que imprimirían sus amigos irlandeses. Lo enviaríamos a un concurso literario donde ganaremos miles de libras y seremos felices.

Reímos.

Una semana después, Ryan trajo un CD con el diseño.  En la parte superior de la tapa estaba mi nombre, Noon Rasheb, debajo una foto de mis manos enfrentadas, encerrando un punto negro. El título estaba al pie de la página: “Punto, coma y otras cosas”.

Enviamos el CD a la imprenta de los irlandeses, quienes nos prometieron que lo terminarían en dos semanas, el tiempo justo para poder enviar el libro  al concurso que habíamos elegido.

Llegaría el lunes por la mañana y por la tarde lo mandaría, ya que el martes es el último día que aceptan los cuentos.

Estuve las dos semanas esperando la llegada de los libros. El lunes por la mañana no arribó y comencé a preocuparme. Una de mis vecinas me llamó por teléfono para avisarme que había recibido unas cajas que eran para mí, pero que como no estaba en su casa y volvería muy tarde, no podía dármelos hasta el martes.

Debió entender mi preocupación porque me preguntó qué me pasaba. Le explique que las cajas contenían libros que lo habíamos publicado para presentarlo en un concurso literario de cuentos, y debería ser enviado hoy por la tarde a más tardar.

—Puedo preguntarle a mi madre que vaya a mi departamento, abra las cajas saque un libro y si me das la dirección del concurso, le pido que lo envíe –me dijo.

Acepté aliviada…

Al día siguiente mi vecina Lizzie me llamó para que fuera a buscar las cajas con los libros y contarme que su madre había enviado el día anterior dos ejemplares.

Una vez en mi cocina  advertí que en una de las cajas había un sobre.  Lo abrí y llamé a Ryan para leerlo juntos.

Estimado cliente, dado la caótica situación económica que nuestra imprenta se encuentra debido a erróneas decisiones comerciales y los consejos inciertos de nuestros asesores, nos encontramos en un cul de sac.

Por estas circunstancias y otras, decidimos pelear por nuestra supervivencia, comenzamos por ahorrar la tinta en nuestras impresoras. Es por ello que evitamos las palabras y solo imprimimos acentos, comas y puntos, dado que el punto y coma es un signo no muy usado, decidimos no incluirlo en nuestra publicación. Eso sí, para mayor comprensión del cuento, mantuvimos las primeras y las últimas palabras. Además prometemos que en el futuro haremos una publicación de lujo para su próxima novela con todas las palabras.

Le rogamos sepa entender la situación en la que estamos y nos ayuden con su buena voluntad  a superar este mal momento por el que pasa nuestra pequeña empresa.

Miré mis manos que temblaban de furia.

—Quiero ir a matar a tus amigos irlandeses.

—Cálmate, es la tierra –dijo Ryan.

— ¿Qué hacer?

—Esperar, aunque es un chiste demasiado caro.

Pasaron tres meses  y cuando el silencio nos hizo pensar que me ignorarían, recibimos una carta de los organizadores.

—Gané el premio –me dije– sino para que mandan una carta.

Abrimos el sobre, leímos.

Retire su cuento del concurso o les mandamos a la policía por plagiar a Marcel Aymé.

— ¿Quiénes son los  dueños de las palabras? me queje.

—Los irlandeses, dijo Ryan.


Por: Mario Flecha