Racso PérezCualquiera de nosotros

más allá del deseo de vuestras convicciones.
Rolando Escardó.

este es un poema para los que no están,
es decir, para ser leído a los que no están
cualesquiera que sean sus iniciales.

Cualquiera de nosotros puede tocar a la puerta
-la única puerta-
ser lo que es en el impar arribo de los años
plagiar - por la voz de Silvio llamando al porvenir-
la nostalgia de anden con el año dos mil
alzar la obra -ausentes y presentes-
porque nada fue casual.
Cualquiera de nosotros soñó esto
suspiró el pasado
-aquí estamos-
gritó la angustia de la patria que nos prometieron
sin comprenderse en su grandeza.

Cualquiera de nosotros clavó un puñal a la hipocondria
creyendo reconquistarla
lloró de amor y odio sus términos
al margen de la ideología del otro y después
más allá del deseo de vuestras convicciones
quiso volar y acaso tuvo alas que ni el sol pudo
ni la distancia ni el tiempo ni la presencia del apóstata
que confundió el iris con la doble intención.

Cualquiera de nosotros lo perdona
las cuentas que sean justas en la otredad.
Cualquiera de nosotros no estaría hoy
como puede no estar mañana
cavar parar que se hunda la semilla
o para alguno de nosotros
trastocar la estación del canto colectivo
con la brújula del rastro
aplaudir -ser aplaudido-
sin reconocer las diferencias entre memoria y piedra.

Cualquiera de nosotros no cree en el gesto
de partir con el rostro endurecido por la utopía
ser tiempo y espacio del próximo encuentro
cuando -cualquiera de nosotros- grite
¡os necesito!
en la frugal manía de devolver el espanto
venir mañana franquear la verja en germen
y espiar una sombra que no es suya sino
de cualquiera de nosotros que traicionó al tercero.
Ser elegido a la luz menguante
y ser el que llegue con la verdad herida
a tumbarse en el hombro de uno cualquiera
-cualquiera de nosotros-

Cualquiera de nosotros puede consumar el disparo
ignorando que lincha su huella
la próxima pisada
o el regreso a lo propio
a lo cierto
a la sima del ojo
a la memoria
al latido.

Cualquiera de nosotros es el signo
de admirar la dirección contraria
sin tensar el arco.
Cualquiera de nosotros bebe el vino oculto
sale
se moja con la llovizna.
Cualquiera de nosotros es el equinoccio
ondula en los bordes que desconoce
como un adolescente casi.
Cualquiera de nosotros merece
un minuto de solemnidad.
Cualquiera de nosotros es dios
o al menos
inventamos serlo
para no pecar de onerosos
ni en el nacimiento
ni en la muerte
de cualquiera de nosotros.

 


Tu nombre se llama recuerdo

Quiero gritar tu nombre
a doce pasos del abecedario.
El primer peldaño ata en pánico
mi lengua salada y muda.
Con diecinueve peldaños no alcanzo lo que con aquella letra
que hunde en ti mi mirada insaciable
de noches que te intentan.
Parto el llanto en mi epidermis
escalo veintiuno sin mortaja
aparto tus senos
la rabia de los cabellos
y rompo el rostro en tu gemido
que agota mi suicidio.
A mansalva arrastro los pétalos      su olor
hasta el peldaño zeta.
Nace una tormenta
piernas a la plaza de los apetitos

    agua
            de mi
                       agua.
Susurro a mi inocencia
que no te diga nada
nada la luz
             nada mi culpa
                             nada el olvido
                                               nada los andenes.
Regreso a insistir
acomodo mi pánico
al lienzo del primer escalón.
Persigo como un ciudadano
el olor a mar de tu saliva.
Te pronuncio mujer
                           fuente granada.

Grito a tu inocencia: 
Acomoda tu sed 
a mi pecho blando
de ausencias.
Detenido al filo de una letra.


Jardín Diminuto

Puedo acariciar la eternidad entre tus aguas.
Salto al delirio    fuego y metal
con una avidez que corrompe
la miseria relampagueante del hastío.

Convocado al borde
salto además a tu cuerpo
para encontrarme.

El deseo es una pregunta que nadie sabe.

Tu espesura es signo y carne
abriendo al cielo su jardín diminuto. 


Si una muchacha

El espacio inconfeso decapita esta distancia
pulida     quemada      cincelada.
En mí converge un grito
que entre pestañas derrama un oasis
rasgando un cosmos lactoso
hundido en tu lejana risa
en el café de apocar las iras     los Eros.
A las seis recojo una hoja de la arena
—como tu más simple presencia—
vanamente escribo que soy un pasajero
que agita los ojos ya para siempre humo
que te inventa más allá de la fantasía
que te pronuncia 
con la soledad interminable de la demencia.
Escribo:
un poema no se construye de costa a costa
en lo perverso de la complicidad      un poema está en la muchacha que te odia
dulcemente    desde tu confusa extravagancia y eso     bajando hasta el lenguaje 
de las puertas     quiere decir que llegaste a la bahía de espalda a la costa.
¡Si una muchacha me esperara!
—como tu más simple presencia—
en una oficina      en su piel
en una plaza      en una pregunta 
en una callejuela      en el inconsciente 
en un proyecto inacabado   en un grito
en un sueño      en un uni-verso
o en la brutalidad implacable de la impaciencia.
Bajo cualquiera de estas benditas circunstancias
estaríamos cociendo el arte de vivir.

Y
ya que estoy pidiendo en demasía
¿si esa muchacha tuviese un nombre?
Un nombre vital
un nombre que infarte a la roca
un nombre sin más provisiones que el nombre del nombre
un nombre sin tiempo en mi espacio
—y también viceversa—
un nombre que se expanda 
por mi espalda lamentable
un nombre     incluso sin abecedario
un nombre pueril para que olvide el olvido
un nombre 
nombre de tu nombre
un nombre para que yo lo grite como antes te dije
aunque respondan la distancia y esa hoja donde escribo
que un poema no se construye de costa a costa.


Las piedras de la escarcela

Cuando llegue el minuto en que mi inocencia se nutra de la tierra
vendré secretamente por el olvido de algún matiz 
a la voz tan mínima
hasta la paz que determina el espanto
en el corredor de la ofrenda.
Las piedras de la escarcela se agotan 
algunas las arrojé arriba
otras todavía esperando romper el calendario
son puestas en el camino     ansia de retorno
por donde se pierde en la lejanía la memoria que me azota.

Las piedras de la escarcela
hacen evidente la escasez del gesto 
sin juicio al estado corpóreo.

Entre el camino ya sin piedras
y mis pasos a la muerte
se eleva auténtico el derecho al arropamiento
por la cicatriz que el risco hace en la mano.
¿Quién va a negar que me hagan ensueños
las aves del crepúsculo? 
Y los que me escuchen      lo de lámparas de aceite
hastiados de espinas en los costados
convencidos del alba apagarán la lumbre
aguardando aquellas piedras 
que un día de sombra amarga
lancé arriba. 


Racso Pérez Morejón. 
Nació en Ciudad de La Habana en 1965. Poeta y Promotor Cultural.