Rasgar las sombrasRasgar las sombras (cuentos, Ediciones Matanzas, 2013), de Sonia Mercedes Sánchez, nos presenta un testimonio inquietante de la caída y la resurrección del alma humana. Esto se presagia desde la misma metáfora que plantea el título del libro. “Rasgar” implica una incisión que conduce a dos efectos esenciales: posibilita el acceso a esas zonas de sombras de nuestro ser, a las que por diversas razones habitualmente no se puede, o no se quiere hacer llegar nuestra mirada, y por otra parte, a la vez conlleva a una drástica incidencia sobre las mismas, hacia las que inevitablemente conduce la luz, produciéndose entonces su difuminación. De manera que se trata de internarse entre la sombras, experimentarlas, padecerlas, pero también presenciar una iluminación que cobra mesiánicas dimensiones.

Este libro, el primero que publica su autora, coloca ante nosotros seres atormentados que, tras haberse despeñado en lúgubres espacios, se debaten por ir hacia esa región luminosa de la que inesperadamente han sido (¿auto?) despojados. Pero evadir el túnel, la celda, el alambre duro y frío que los cerca no es tan fácil. A la manera de la Divina Comedia de Dante, Rasgar las sombras tiene un infierno, un purgatorio y un paraíso. No se declaran explícitamente, pero se perciben en la lectura, en la dramaturgia con que de manera acertada han sido organizados los relatos del libro.
 
 
El infierno se distingue claramente en un cuento como “El túnel”, donde se padece continuo sobresalto: oscuridad, gritos, sollozos, abominables e invisibles criaturas rondando de un lado a otro… Más adelante aparece lo que pudiera ser el purgatorio, cuando se toma conciencia de las umbrías cortezas de la naturaleza humana, y se sufre ante este descubrimiento, como ocurre en el texto “De vuelta en mí”. En tanto el avance hacia el paraíso pudiera asumirse a partir de los soles que en el cuento “Voluntad” se sacan del pecho aquellos personajes encerrados en un oscuro túnel.
 
Acabo de decir oscuro, y es algo que por lo general podría repetirse con cada referencia a los espacios físicos o espirituales que sirven de escenario a los cuentos de este volumen. Ambientes oscuros, penumbrosos, opresivos, agobiantes... que establecen pautas y aportan una carga simbólica en la concepción de este libro.
 
En Rasgar las sombras resultan escasas las descripciones, sean de locaciones en específico, de cualquier tipo de cosas o de los propios personajes. Estos, en una especie de proceso de ósmosis, acaban convirtiéndose en sombras, en sombras chinescas, y lo que se sabe de sus vidas llega mayormente a través de sus voces, que cobran así un valor protagónico dentro de los textos. Les aportan dramatismo, les aportan cierto aire de confesión (el alma que va dando fe de sus diversos estados: el sufrimiento agónico, el arrepentimiento, la purificación, el ascenso…) y les aportan también, desde sus particularidades, desde sus énfasis, desde las vibraciones de sus estados de ánimo, naturalidad.
 
Esto último resulta esencial. Rasgar las sombras propone historias metafóricas en su esencia, y de un nivel de realidad que oscila entre el absurdo y lo pesadillesco, pero lo cierto es que al leerlas no se produce ninguna disonancia, lo cual se logra en gran medida por esa naturalidad que se ha conseguido en su escritura. Naturalidad que también tiene que ver con la redacción directa, sencilla, a través de la cual nos presenta todas estas voces que se escuchan en Rasgar las sombras.
 
Habría que realizar una precisión. Acaso no sean voces sino una voz. Una voz genérica en representación del ser humano. Una voz que se confiesa, que de manera inquietante, a lo largo de este libro, da testimonio de la caída y la resurrección de su alma.

 
Por: Norge Céspedes