Raúl RuizRaúl Rubén Ruiz Rodríguez (Villa Clara, 1941-Matanzas, 2004) ha de permanecer en los anales de la cultura matancera como uno de los pioneros en promover, con una visión renovadora, los estudios sobre nuestra historia local. Lo conocí en septiembre de 1989. Había concluido yo mis estudios superiores en la Universidad de La Habana y en mi título se especificaba que egresaba como Licenciada en Historia Universal, en la especialidad de Historia de América. Cuando llegué al Museo Provincial, el palacete que le sirve de sede atrajo de inmediato mi atención por su atmósfera decimonónica y por los personajes reales e imaginarios que ahí habitaban.

Sin embargo, en cuanto supe que mi labor consistiría en indagar acerca del pasado yumurino, el escepticismo se apoderó de mí. Soñaba con transitar por los vericuetos de la historia y la cultura de “Nuestra América” y supe de pronto que solo sería un punto geográfico de toda esa enorme región, el que debía ocupar mi centro de atención profesional. Fue entonces que conocí a Raúl, quien estaba al frente del Departamento de Investigaciones del museo. Esa imagen primera me provocó una mezcla de respeto y de temor a la vez. Ignoraba yo su extraordinaria trayectoria como pedagogo, pero esta faceta estaba irrefutablemente incorporada a su quehacer y a su entrega profesional. Recuerdo que me mostró –con evidente pasión- los títulos clásicos de la historiografía matancera para familiarizarme con lo que a partir de entonces sería mi contenido fundamental, como miembro del departamento. Su entusiasmo y mis lecturas, bastaron para enamorarme de una región que se insertaba en la historia de Cuba con una personalidad  muy propia.

Raúl consideraba que tras ingresar en el museo, todo profesional o técnico debía seguir pasos como el de la citada familiarización con la historia local y el de conocer, como la palma de la mano, cada una de las salas de la exposición permanente. Era importante que “domináramos” con fluidez el recorrido museológico de las salas, así como las interioridades de cada pieza expuesta. Ello nos permitiría impartir visitas dirigidas con total rigor, lo mismo a profesionales de cualquier área, que a estudiantes y público, en general. Nos exhortaba además, a utilizar diferentes lenguajes, de manera que el mensaje fuera entendible por los diferentes grupos de receptores, atendiendo a su escolaridad, profesión e inquietudes individuales o colectivas.

De todos es conocido que el profesor Ruiz se distinguió por su labor fundacional en la enseñanza de la historia de Matanzas. Para ello implementó un proyecto de curso que impartiría durante varios años a diferentes generaciones de historiadores matanceros. A partir de sus conocimientos de la historia “oficial”, consideró oportuno desarrollar una nueva periodización para la historia local. Esta partía, lógicamente, de los indicadores de la historia nacional -ya acuñada- a la vez que tomaba en consideración las particularidades de la región matancera. De ello resultó un esquema lógico que fue punto de partida para la realización de las diferentes historias municipales y de la historia de la provincia, de la cual es uno de sus autores.

De forma alternada, impartió cursos de Metodología de la Investigación Histórica, fundamental para todos aquellos historiadores en formación, que fungían, la mayoría, como museólogos de la red de museos de Matanzas. Era importante conocer nuestras “pequeñas” historias, y lo era también emplear el método y los instrumentos teóricos adecuados para reflejarla de manera dialéctica y coherente. Así, Raúl ponderaba el análisis y la valoración, en contraposición con las limitaciones de la historiografía clásica, signada por un marcado aliento hechológico y predominantemente positivista.

A tono con su labor integradora dentro del museo, contribuyó, como se ha anotado, a la formación de jóvenes museólogos e historiadores. Tratándose de una institución de su tipo, la historia y la museología ocupaban iguales niveles de importancia. Conjuntamente con Urbano Martínez Carmenate, Faustino Gómez Brunet y otros especialistas del área de Patrimonio, el profesor Ruiz se empeñó en dotar a los museólogos de la base teórica imprescindible para la catalogación, conservación y exhibición de piezas patrimoniales. En este sentido contribuyó, sensiblemente, a que los espacios museales de Matanzas conquistaran el lugar privilegiado que han ocupado, desde los años ochenta, dentro del contexto cultural del país. Referencia ineludible para otras instituciones análogas, el Palacio de Junco, bajo la guía tutelar de Raúl Ruiz y otros colegas, fue de los primeros en la isla en cumplir exhaustivamente con el proceso museológico. Desde los registros y actas de entrada hasta el inventario y los expedientes científicos, cada pieza respondía a un proceso, cuyos pasos debían ser cumplimentados uno tras otro y de cuyo rigor dependía el conocimiento primario de cada objeto museable.

Sus exigencias consigo mismo y con sus colegas redundaron en la elevación de la calidad del trabajo museográfico. Entendía este como una labor apasionada que comienza con la entrada de una o varias piezas a la institución en cuestión y concluye cuando estas son investigadas y dadas a conocer al público a través de las muestras del mes y las exposiciones transitorias, ejercicios que bajo su dirección llegaron a considerarse (en el caso del Museo Provincial) incuestionables resultados investigativos.

Humana y profesionalmente fue –continua siéndolo– un ejemplo a seguir. A media mañana gustaba de compartir con sus colegas una taza de té o de infusión, escuchando al piano las notas de Agustinita Carreras. Cuando pasan los años o Marea baja eran dos de las piezas con que la entrañable intérprete solía complacerlo, casi a diario. Tras este receso, retornábamos a nuestros puestos para continuar con mayores bríos nuestras respectivas faenas.

Con el tiempo, Raúl Ruiz se transformó en un amigo que gustaba de intercambiar sus importantes conocimientos de música, ballet, pintura, cine y otras ramas del saber.  Esto ocurría, cuando lo visitábamos en el estudio de su casa, signado por un ambiente culto y pletórico de “matanceridad”. Caricaturas de creadores yumurinos, un extenso librero especializado en literatura local y una colección de discos de acetato (en la que se privilegiaba a Tchaikovski), formaban parte de este ambiente, donde cada objeto ocupaba un lugar especial. Allí llegaba Martha, su esposa, quien invariablemente nos invitaba a una taza de té. Entonces la conversación se tornaba más animada y juntos recorríamos las más insospechadas latitudes para terminar –también como de costumbre– “viajando” al pasado matancero. Fue así como conocimos al Raúl bromista que era capaz de compartir bromas y estimular la carcajada.

Valoro altamente su respeto por los colegas, contemporáneos o no, como también el hecho de no haberse encerrado en su torre de marfil. Tal vez uno de sus mayores aciertos -conjuntamente con sus estudios sobre Matanzas, sus libros y su extensa hoja como profesor- haya sido su sencillez de intelectual legitimado, capaz de atender las inquietudes de cualquier profesional, por principiante que este fuera.  Todo lo mencionado y su constante divulgación de la historia local lo transformaron en un promotor consustancial de la cultura matancera. Su inherente sentido de la colaboración profesional fue la razón por la que tal vez algunos de sus proyectos escriturales no fueron concluidos. Ejemplo de investigador solidario, nunca se apartó de las decenas de alumnos que se formaron con él en las disciplinas de historia local, cultura matancera y museología, entre otras.

Ello no le impidió sin embargo, que tras muchas horas de desvelo nacieran de su intelecto libros que hoy integran lo mejor del catálogo historiográfico de Matanzas, en la etapa que sucedió a 1959. Entre los más destacados títulos de Ruiz Rodríguez deben citarse Esteban Chartrand, nuestro romántico; Ballet y revolución; Alicia, la maravilla de la danza; Matanzas. Surgimiento y esplendor de la plantación esclavista; Amigos de la Cultura Cubana; Aguas de la ciudad y Retrato de ciudad, por solo citar algunos. Inéditos continúan, excelentes trabajos como Matanzas: ciudad cubana del siglo XIX. Catálogo de grabados, que constituye el compendio más completo de la gráfica yumurina en la colonia. Para este estudio contó con el apoyo de su amiga, la Dra. Zoila Lapique Becalli, quien lo introdujo en el atractivo universo de la estampa, resultando de esta colaboración la localización, en la Biblioteca Nacional Jose Martí, de más de cien grabados, gracias a los cuales se puede tener hoy una imagen detallada de la  floreciente Matanzas decimonónica.

En lo personal agradeceré siempre sus enseñanzas y exigencias. Cuando comencé a realizar las primeras investigaciones a mediano y largo plazos, me sugirió diferentes temas, con preferencia, aquellos que habían sido pobre o parcialmente abordados por la historiografía local. Entre estos tópicos se cuentan Úrsula Deville, Agustín Acosta, el Liceo Artístico y Literario, el Ateneo de Matanzas y otros. En el caso de la primera personalidad desaprobó el primer informe. Sus sugerencias fueron tomadas en cuenta para la nueva escritura y solo después de revisar contenido, redacción y estilo, considero aceptable, la nueva exposición.

Raúl Ruiz fue un hombre de oficio. Siempre supo que la capacidad, la pericia o la habilidad no bastaban para “construir” un buen historiador o un buen museólogo. El secreto estaba en imitar la labor minuciosa y preciosista de la araña. Llegue mi modesto homenaje al intelectual que reinventaba el mundo día a día, al hombre para que familia y museo confluían en un mismo paisaje de luz y devoción.


Por: Mireya Cabrera Galán