Regino pedroso«La capital, con  la que había soñado, me desilusionó por completo. El Morro, La Cabaña, sus paseos, y el mar y todas aquellas cosas que tanto me sedujeran al verlas en las fotografías de los libros, no me produjeron ningún particular encanto. Casi siempre, ante lo que más bellamente he imaginado o deseado, y la viva realidad, he experimentado parecido desencanto. Tal vez carezca de poética fantasía para la percepción de lo real y solamente encuentro bellas las cosas cuando las he pensado o visto a través de los celajes del sueño». 1

Con estas palabras recordaba Regino Pedroso (1896-1983), mucho tiempo después, su llegada a La Habana que tantas veces había añorado. Era el año 1907, su padre recién había muerto y su madre, junto a sus seis hijos, decidía trasladarse desde Unión de Reyes hasta la ciudad, en busca de una vida económicamente más desahogada. «Mi existencia --comentaba el poeta-- era muy pobre. Mi destino era entonces comparable al de una oveja trasquilada en crudo invierno».2  De ahí que sea fácil entender la poco agradable impresión que le causaba, al tímido adolescente de apenas once años, el arribo a la soñada, e idealizada, capital de la isla.

El tiempo, sin embargo, hizo que Regino Pedroso llegara a amar a la ciudad que ese lejano día lo acogió de manera definitiva. Porque, aunque por algunos largos períodos trabajó en otras provincias del país, en tareas agrícolas tan disímiles como la escogida de tabaco y la zafra azucarera, fue en La Habana donde se dio a conocer, y se desarrolló, su vocación literaria. En periódicos y revistas de la capital de las primeras décadas del actual siglo aparecían sus primeros poemas preciosistas; en la peña literaria del Café Martí conocía a Rubén Martínez Villena, Enrique Serpa y Gustavo Sánchez  Galarraga, entre otros intelectuales que fueron sus amigos, y las páginas del ultraconservador Diario de la Marina, en 1927, se estremecían con su «Salutación fraterna al taller mecánico».

A partir de la publicación del citado poema, que al decir de María Villar Buceta puso «la primera piedra de una poesía nueva en Cuba»3, la obra del escritor crece y es conocida dentro y fuera del país. Nosotros (1933), su libro inicial, reflejo de la fragua y el yunque, del martillo y el sudor, de las frustraciones y esperanzas de la clase obrera a la cual pertenecía el propio Pedroso, inaugura una sólida y coherente producción lírica. Títulos como Bolívar, sinfonía de libertad (1945), de encendido fervor latinoamericano, y El ciruelo de Yuan Pei Fu (1955), un homenaje a sus queridos y recordados ancestros, integran, entre otros volúmenes, su bibliografía poética.

No es en la poesía, sino en el periodismo, donde Regino Pedroso da fe de sus afectos hacia la ciudad. Su inicio en la profesión se remonta a 1934, cuando ingresaba en las redacciones de los periódicos Ahora y La Palabra, este último  primer órgano oficial del Partido Comunista de Cuba. Por esa propia época, la revista Masas, vocero de la Liga Antimperialista de Cuba, lo contaba entre sus editores, razón por la cual fue condenado, junto a sus compañeros, a seis meses de cárcel por el delito de «propaganda sediciosa». Sus colaboraciones, fundamentalmente artículos, crónicas y reportajes, comenzaron entonces a aparecer, de manera sistemática, en publicaciones tan pretigiosas como la revista Bohemia y el diario El Mundo.

«Si tuviéramos la fantasía de esos maravillosos narradores del Oriente, tan duchos en relatar historias de princesas encantadas y leyendas de ciudades hechizadas en las nubes, al hablar de esta Plaza comenzaríamos diciendo: Y aquel día un rey mago, sintiéndose envejecer, descansó aquí un instante y quedó encantado en piedra... Porque, efectivamente la Plaza de la Catedral es como un oratorio de encaje de piedra donde un mago rey dejó de hacer milagros». 4 Así, con tanta poética evocación de reminiscencias orientales, comienza la crónica que Regino Pedroso publicaba, en 1940, en la revista Isla, bajo el sugestivo título «El aroma de los siglos en la Plaza de la Catedral».  
        
En unas pocas cuartillas, el poeta, con el lirismo y la sutileza que también aparecen en su obra en verso, logra presentar la historia de la vetusta plazoleta. A través de su fluida prosa, el lector, como en cómplice viaje, pasea, junto al autor, frente a la casa de los Condes de Bayona, esa que conserva «la pequeña virgen que aún surge del seno mismo de la cantería (...) y que entre la moldura de su hornacina hace dos siglos que ora» 5, admira el palacio del Marqués de Aguas Claras, con «ese portal de gruesos pilares que irrumpe agresivamente en la Plaza como la proa de una nave aventurera» 6, y se detiene ante las mansiones del Conde de Lombillo y del Marqués de Arcos, «con sus bellos balcones colgando sobre la Plaza, (y) su discreto portal lleno de sombras» 7.

«¿Podrá negarse --se pregunta Pedroso-- que el alma vieja de La Habana está cantando por cada uno de esos repliegues de encanto el romance de un pasado místico, poético, aventurero, y colonial?» 8 Y, de inmediato, asegura: «Tan así es que ningún otro monumento, ninguna leyenda pesa de modo más poderoso, evocador y lírico sobre la vida de La Habana que esta legendaria plazoleta» 9. Para concluir: «Además, la poesía no está en los hechos sino en su espíritu, y, como en los hombres, toda ciudad, todo rincón tiene también un alma. Un alma hecha de tradiciones, de adormecido ayer, donde el aroma de los siglos flota vaporoso perfumando los días con estrofas de emoción, poetizando la vida de un pueblo o de una raza con halos de bondad, unción de amor o gestas heroicas» 10.

El más perdurable homenaje que Regino Pedroso le rinde a La Habana aparece, sin embargo, en las páginas de Sobre la marea de los siglos 11. Este libro, presumiblemente escrito en los años cincuenta, por esos inexplicables azares de la vida, se mantuvo inédito entre la papelería del escritor hasta varios años después de su muerte. Fue en 1987 cuando se publicaron estas crónicas sobre algunas de las edificaciones levantadas, en la ciudad, durante la dominación colonial española. Textos que se refieren tanto a esas construcciones dedicadas a salvaguardar la entonces floreciente villa de ataques de corsarios y piratas como a aquellas que fueron creadas para ser utilizadas como residencias de adineradas familias.

Podrá conocerse, de tal forma, del origen de fortalezas tan inexpugnables como el Castillo de la Fuerza, la más antigua fortificación de la ciudad, que data del siglo XVI, y del Castillo del Morro, la más universalmente conocida y también la de más guerrera historia. Mas, asimismo, se sabrá de las leyendas que guardan torreones, tan solitarios y vigilantes, como el de Santa Dorotea de la Chorrera y el de San Lázaro, mudos testigos de más de una amenaza llegada desde el mar. E, igualmente, se llegarán a descubrir los secretos del palacio de Don Miguel Aldama, exaltado por su sencillez y pureza constructivas, y de la residencia de los Condes de Jaruco, donde se asegura nació María de las Mercedes Santa Cruz y Cárdenas, la Condesa de Merlín.

Sobre la marea de los siglos es una joya dentro del legado literario del creador. No es, por supuesto, su obra mayor, pero sí es un cuaderno nacido desde lo más profundo de su sensibilidad. Es como un divertimento que, junto a sus otros textos periodísticos sobre el tema, preserva la visión del pasado, como forma de explicar el presente y para ayudar a enriquecer el futuro. Es ésta la más trascendente huella que, para siempre y como testimonio de su amor, dejara el escritor sobre la ciudad, esa que ha inspirado a poetas y trovadores a lo largo de la historia. Bien merece ahora recordar, por ello, el alma de La Habana que Regino Pedroso, con la modestia y la fineza que siempre lo caracterizaron, también ayudó a descubrir y a conservar en la memoria.

Por: Fernando Rodríguez Sosa

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Notas

1. Pedroso, Regino. Vida y sueños, en Orbita de Regino Pedroso, Ediciones Unión, La Habana, 1975, p. 44-45.
2. Pedroso, Regino. Ob. Cit., p.44.
3. Villar Buceta, María. Prólogo, en Obra poética de Regino Pedroso, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1975, p. 11.
4. Pedroso, Regino. El aroma de los siglos en la Plaza de la Catedral, en Orbita de Regino Pedroso, Ediciones Unión, La Habana, 1975, p. 377.
5. Pedroso, Regino. Ob. cit., p.379.
6. Idem.
7. Pedroso, Regino. Ob. cit., p. 380.
8. Pedroso, Regino. Ob. cit., p. 378.
9. Idem.
10. Idem.
11. Sobre la marea de los siglos, Regino Pedroso. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1987, 82pp. Introducción de Fernando Rodríguez Sosa y Notas de Antonio Ramos Zúñiga y Carlos Venegas Fornias.

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Dos Textos de Regino Pedroso

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Torreón de Cojímar

Fue construido,  como el de la Chorrera, hacia 1646, durante el mando del mariscal de campo Alvaro de Luna y Sarmiento, caballero de la Orden de Alcántara.

En los tiempos en que fue fabricado, apenas unas cuantas cabañas de pobres pescadores animaban el pintoresco lomerío que en la desembocadura del río que le da nombre se levanta en la costa norte de La Habana. Tres años duró su edificación. Por este lugar de la costa se inició la toma de la ciudad de La Habana por los ingleses el 7 de junio de 1762. El Torreón de Cojímar, artillado con diez herrumbrosos cañones de escaso alcance, con el fortín de Bacuranao, a unas escasas millas de distancia y en la misma línea de la costa, fueron los primeros en sufrir el ataque de la Armada de Inglaterra. Las corbetas de guerras britanas, la «Mercury» y la «Bonetta», silenciaron en poco tiempo sus deficientes baterías.

Este pintoresco castillejo, que edificara a su costa la población habanera en la medianía del siglo XVII, disfruta como su similar el torreón de la Chorrera, de las prometidas «recompensas» de gratitud del rey Felipe IV.

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Residencia de Don Mateo Pedroso

Se alza esta típica residencia colonial en la calle de Cuba, frente al canal del puerto y a unos pasos de una de las más hermosas avenidas de La Habana.

Fue construida a mediados del siglo XVIII, por el regidor perpetuo y alcalde ordinario de la ciudad don Mateo Pedroso y Florencia, quien residió en ella hasta los días del primer tercio del siglo XIX.

De planta baja, entresuelos y altos, la residencia de don Mateo Pedroso es una de las más típicas construcciones coloniales cubanas del XVIII. Hacen muy bellos efectos su corrido balconaje y los breves balconcillos de balaustrada madera que decoran su fachada. Un hermoso arco trilobulado en su zaguán da acceso a un bello patio enmarcado por hermosas galerías, en cuyos zócalos puede apreciarse una rica variedad de azulejos de diversas épocas.

En 1840, en visita que hiciera a la Isla, se hospedó en esta casa la condesa de Merlín. En la cuarta década del siglo XIX fue albergue de la Real Audiencia Pretorial, Tribunal Superior de Justicia en tiempos de la colonia. Juró aquí su cargo, en 1850, el capitán general José Gutiérrez de la Concha, que fuera en dos ocasiones gobernador de Cuba. Fue luego cuartel de Orden Público, sirviendo más tarde, en días de la primera intervención americana, de Tribunal Correccional de policía. En los primeros años republicanos se encontraba en ella la Secretaría de Obras Públicas, luego pasó a ser modesta casa de inquilinato, hasta hace algunos años en que el arquitecto Joaquín Weiss Sánchez la dejó bellamente restaurada.2

  Notas.
1. El Torreón de Cojímar fue levantado en 1647.
2. En la actualidad es sede del Palacio de la Artesanía.
(Estos textos pertenecen al libro Sobre la marea de los siglos, de Regino Pedroso, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1987)

(*) Publicado en La Revista del Vigía. Ediciones Vigía. Matanzas, 2000.

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Regino Pedroso
(Unión de Reyes. Matanzas. Cuba. 1896 - La Habana. Cuba, 1986)
Poeta cubano, de origen africano y chino, cuya obra vinculó con la tradición poética oriental los temas sociales y obreros. Publicó sus primeros poemas en El Fígaro, Chic y otras revistas, entre 1919 y 1920. Dio inicio a la poesía cubana de tema social y obrero con su poema “Salutación fraterna al taller mecánico”, publicado en 1927 en el Diario de la Marina. En 1935 pasó varios meses en prisión por sus actividades políticas. En 1930 recibió el premio Nacional de Poesía por el volumen Más allá canta el mar. En la etapa de la Revolución cubana ocupó varios cargos culturales y diplomáticos. Parte de su obra fue un homenaje a la poesía china, de la que tomó un tipo de verso humanista y sencillo. Sus títulos más importantes fueron reunidos en Obra poética (1975). Sus poemas han sido traducidos a varios idiomas