La reciente celebración —en el año 2006— del Año Mozart, con motivo de los 250 años del natalicio del genio austriaco, implicó también a nuestra isla. Más allá del concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional que abrió los festejos, hubo recitales, conferencias, programas didácticos. Sin embargo, no fueron muchos los que recordaron que una de las más singulares piezas narrativas de nuestro siglo XIX recrea de manera muy libre los últimos días del compositor. Se trata de Mozart ensayando su Réquiem , que vio la luz en 1881 bajo la firma del autor bayamés Tristán de Jesús Medina. La vida del escritor oriental estuvo marcada desde sus comienzos por un sello de rebeldía y fatalidad románticas dignas de los folletines de la época. Hijo de un administrador de aduanas que le costeó una selecta educación en la Habana, Filadelfia, Madrid, y —según el Diccionario biográfico de Calcagno— una estancia en Alemania, se empeñó a los dieciocho años en casarse con una prima que apenas contaba trece. Al no contar con el permiso del progenitor llevó el caso ante el Capitán General de la Isla, quien desestimó su pedido.

Poco duró el desconsuelo al poeta, al año siguiente se casa con Magdalena de la Junquera, sobrina del Conde de Mirasol. La unión resultó efímera, pues alrededor de un año después la joven falleció y Tristán, a pesar de tener a su cargo a una pequeña hija, decidió tomar las órdenes sagradas.

Consagrado sacerdote en agosto de 1856, muy pronto se destacó como orador. Por poco tiempo desempeñó cátedras en el Seminario San Basilio de Santiago de Cuba y colaboró con publicaciones habaneras. En 1861 ya estaba en Madrid, donde compartía las disertaciones literarias en el Ateneo con la ardiente prédica social en los círculos abolicionistas. En ese año la Real Academia de la Lengua lo designó para pronunciar la oración fúnebre en memoria de Cervantes. Sin embargo, el presbítero ganaría pronto fama de heterodoxo: en un sermón predicado en Alcalá vertió ideas singulares que parecían cuestionar la existencia del infierno y le suspendieron por un tiempo las licencias para confesar y predicar. Permaneció unos años en rebeldía, hasta 1868, en que, al parecer, reconciliado con la jerarquía, volvió al púlpito, pero la palabra volvió a traicionarle: escandalizó al clero y a los

feligreses con una homilía donde pintaba muy a lo vivo la belleza corporal de la Virgen y volvieron a suspenderle.

En medio del escándalo salió de España y se estableció en Zurich donde se supone que se afilió a la iglesia metodista. Por esos años se casó con la irlandesa Rosa Green, anglicana, miembro de una familia aristocrática, dueña de un castillo en Milmount. Ni siquiera ese enlace le traería la paz. En junio de 1875 fue acusado calumniosamente de violar una niña e internado primero en la cárcel y luego en un manicomio de esa ciudad helvética, aunque unos meses después logró ser exonerado de toda culpa. Se empeñó por entonces en lograr que el Papa hiciera una excepción con él y bendijera su condición de sacerdote casado, lo que no pudo conseguir. En 1876 escribió en una carta: “Yo no he pertenecido a ninguna Iglesia protestante; yo he querido formar Iglesia, sin abandonar los dogmas principales del catolicismo, aunque sí modificándolos”. Al final de sus días se reconcilió con el catolicismo y falleció en Madrid el 2 de enero de 1886.

Lamentablemente la mayor parte de las piezas de la florida oratoria de Medina se han perdido o están ocultas en archivos españoles. Su poesía no pasa de mediana y convencional, sin embargo su narrativa, aunque desigual, contiene elementos que parecen anunciar el Modernismo literario. Mozart ensayando su Réquiem , quizá la más valiosa de sus piezas, apareció en Madrid, en la Imprenta de Fortanet, en 1881.

El relato se hace eco de dos obsesiones que el bayamés cultivó a lo largo de su existencia: la pasión por la música y la obsesión romántica por el amor-amistad que debe impregnar todas las cosas. Medina, de quien se dice que conocía de música y sabía ejecutar partituras en el violín, consideraba este arte como el más alto de todos, tal y como defiende en su ensayo El arte del siglo , donde llega a afirmar que: “La redención humana por el arte divino está iniciada en el Don Juan de Wolfgang Mozart”.

Las circunstancias que acompañaron la composición del Réquiem y los últimos días del compositor se convirtieron en un tópico de singular interés para los románticos. A diferencia del Mozart galante y cortesano que el siglo XVIII alabó, los autores de la centuria siguiente privilegiaron a un creador enfermizo, alucinado, cercado por las envidias de sus colegas, la enfermedad y la muerte. Así lo demuestra la pieza teatral Mozart y Salieri del ruso Alexander Pushkin, que ganó nueva vida en el siglo XX cuando sirvió de inspiración al filme Amadeus. También el pintor húngaro Munkacsy se regodeó en estos ambientes para crear su lienzo Los últimos momentos de Mozart.

Medina forja en su relato a un Mozart muy distinto del que nos revelan los investigadores contemporáneos:

concibe a un ser todo bondad que no puede comprender las miserias humanas y que cuando no está componiendo música, diserta hasta su último aliento sobre la jerarquía de esta por encima de la pintura y la escultura y sueña que todo el universo, a través de ella, descubra los nexos de fraternidad que deben unir a los hombres para poder atisbar la grandeza de Dios.

Es innegable que a lo largo de las diez partes de este relato, que no en vano se encabeza con un pasaje de Berenice de Poe —otra alma atormentada como la de Tristán—, hay muchísima retórica derivada del ansia por traducir el encanto de la música en palabras y además forjar en las mismas páginas, una novela y un tratado de estética. Por momentos ese Mozart magisterial y esteticista parece arrancado del círculo de Walter Pater.

Medina acumula demasiadas cosas para tratar de fundar su religión de lo bello pero en ciertos pasajes consigue un auténtico efecto mágico, como la escena inicial en que, ante la noticia de la agonía del compositor, los constructores de un templo se detienen en silencio y las grandes moles de piedra quedan detenidas en el aire, o el momento de la sexta parte en que se ensaya el oficio de difuntos ante el lecho del moribundo:

El versículo repetido de lux perpetua luceat eis! , parecía haber realizado el deseo más vivo del maestro, a los dos segundos de comenzado el nuevo canto. La cámara se transparentó. Hubo una ráfaga de luz diurna que atravesando de nuevo el espacio, venció las primeras penumbras rebeldes de la tarde, como si se hubiese trastornado el curso del día y de las horas. El torrente de las horas luminosas, contenido por repentino dique, por una mano gigante que bendecía desde más allá del horizonte, rebotó hacia atrás espumante de prismática luz. El sol se olvidó también de sí propio, a la manera de Mozart, habíase equivocado como algunos enfermos, al despertar de una tregua demasiado pasiva del dolor, que preguntan por la tarde si acaba de amanecer.

Cintio Vitier, quien descubrió el texto en los fondos de la Biblioteca Nacional cubana y lo hizo reimprimir con un ensayo preliminar, reconoce “los momentos afectados y aun cursis que lo debilitan”; sin embargo, descubre allí nexos estilísticos con la novela Amistad funesta de Martí y concluye: “por la profundidad de su concepción simbólica y los aciertos perdurables de sus mejores páginas, se sitúa en primera línea dentro de la literatura imaginativa del siglo XIX en el ámbito hispánico”.

Aunque Medina y Martí al parecer jamás se encontraron —a pesar de tener amigos comunes en Madrid— compartieron el amor por la música y especialmente por Mozart. El autor de los Versos libres tenía también una visión espiritualista del genio de Salzburgo, que expuso con emoción en uno de los artículos que publicara en la Revista Universal de México en junio de 1875, con motivo de los conciertos del violinista cubano José White:

Rompió Mozart por entre la densa atmósfera racional que tan alto grado alcanzó en la mitad segunda del siglo XVIII. Lanzaban de sí los poetas y filósofos toda pura doctrina espiritualista: explicaba Condillac su sistema de sensaciones, y Voltaire su incredulidad convencional; ahogábase el alma bella del artista en aquel espacio mortal y mezquino; y guardó

en sus notas los suspiros del alma abandonada, y compuso sus obras con las lágrimas del espíritu huérfano. Ni un instante cejó en su empeño la vida siempre activa del imperecedero autor de Nozze . Su música es una especie de lamento de ángeles.

Aunque el Año Mozart ya ha pasado, sería deseable contar con una nueva edición del Mozart ensayando su Réquiem —debidamente prologada y anotada— como un doble homenaje: al singular clérigo que alimentó la más alucinada fantasía modernista y al  creador de La flauta mágica.

Tomado de: www.cubaliteraria.cu

Roberto Méndez Martínez
Por: Roberto Méndez Martínez