Javier Maderos Javier Mederos se está convirtiendo en un dramaturgo que tiene la posibilidad de escribir desde matices singulares y desde una perspectiva diferente. (Lo digo porque ha asumido tanto el teatro para niños y jóvenes como el teatro para adultos.)  Ahora vuelve a entregar una obra de teatro, pequeña en verdad, donde el absurdo es un pretexto para conjurarnos cuantos pecados capitales que forman parte de una vida cotidiana marcada por lo inaudito. Palabras que entregan los personajes en una suerte de pretexto que equivale a destrucción más que a la Restauración. Luego el título recurre a lo irónico.

Esta obra plantea íconos visuales y estereotipos que se justifican en el afán enjuiciador de la  realidad como panorámica de la sociedad. La mirada desde el absurdo además permite la inserción de diferentes verdades, tipos humanos que perfilan sus conductas en medio de las necesidades que realmente tenemos y el resquemor que produce entre muchos de nuestros compatriotas verifica elementos denunciantes de la forma nuestra de ser.

Restauración es una pieza pequeña. Tan solo unos cuantos minutos de puesta en escena valen para que el público se preocupe por lo que está sucediendo sobre las tablas. Su lectura por tanto debe ser un camino breve pero a la vez arduo. Los puntos de giro están muy cercanos lo que hace de esta obra una puesta ágil. Para el lector leer Restauración equivaldría a una tarea aparentemente simple, pero en realidad es deleitable imaginar las situaciones dramáticas de esta comedia del absurdo.

  Digo pues que es una pieza legible, enjuiciadora, que ataca las verdades y las perfilan desde un perspectiva absurda porque es un modo de asumir esa critica a las deficiencias, lo mal hecho, las actitudes erradas. Las verdades a veces se escriben y dicen con el disfraz que Javier ha asumido. El ataque no es edulcorado, si no que fluye desde una perspectiva que recuerda a Ionesco y a Piñera, al absurdo de la vida cotidiana que es el teatro mejor para representarnos a nosotros mismos.

  Al final, porque todo tiene un final, descifro también el silencio de nosotros mismos ahogados por otras muñecas que van creciendo. Lo que podemos ser para ser mejores, lo que podemos hacer para ser mejores, silba en el canto de las gaviotas que van acercándose a ese bote en el que al final, como premonición de lo que vendrá, cae esa misma adversidad que ha trazado el autor.

  Quiero pues que se acerquen al texto como siempre pido. La absurda realidad está de fiesta, pero también su denuncia, la denuncia a los males que aún lastran al mundo, incluido el nuestro.

Gaudencio Rodríguez Santana

Por: Gaudencio Rodríguez Santana
(Perico, Matanzas, 1969). Ha publicado entre otros, los libros de poemas "Accidentes", (Ediciones Matanzas, 2003), "Teatros vacios", (Ediciones Matanzas, 2003), "En la moviola", (Ediciones Avila, 2006)