Afuera

Los insulares tienen otra palabra para decir viaje: afuera. Los nacidos en tierra firme suelen despedirse de distintas maneras: “adiós”, “hasta pronto”, “hasta la vista”; los nacidos en una isla, en cambio, sólo lo hacen de una forma: “me voy para afuera”. El poeta cubano Virgilio Piñera culpó por ello al agua: “La maldita circunstancia del agua por todas partes/ me obliga a sentarme en la mesa del café./ Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer/ hubiera podido dormir a pierna suelta”. Los que nacen en las regiones mediterráneas de un continente ven el mar como un punto de llegada, como un lugar al que querrían acudir más a menudo. Pero los isleños le temen como a una pared infranqueable, como el fin de todos los caminos que conocen, como el comienzo de lo inaccesible.

Salí de Cuba por primera vez en 1993. Fue un breve periplo por España en compañía de los poetas Cintio Vitier y Fina García Marruz. Ningún otro viaje me ha importando tanto. Ya han pasado doce años y aún mantengo intacto el recuerdo de cada detalle, de todo lo que hablamos. Corría la mitad exacta de un julio desesperante, insoportable. Afuera aún era visible una Habana inmersa en su instinto de conservación, en esa inexplicable capacidad para resistir que le ha garantizado la subsistencia. Justo antes de entrar en la “pecera” (así le dicen los cubanos a ese cuadro de vidrio donde se espera el momento de abordar. Como ven, de alguna manera, el agua sigue presente en esta analogía), advertí que Europa no estaba más allá del Atlántico, sino del otro lado de una raya roja en el Aeropuerto Internacional José Martí. “Recordarás este segundo siempre”, me dijo Cintio, quien me tomó del brazo como si se tratara de un padre que enseña a caminar a su hijo.

Cintio Vitier y Fina García Marruz, son, junto a José Lezama Lima, Eliseo Diego y Gastón Baquero, fundadores del Grupo Orígenes y de una de las revistas literarias más importantes del idioma español en el siglo XX. Desde que más o menos entendí lo que significaba la palabra poesía, traté de imitar sus versos (sobre todo los de Fina) con deplorables resultados. Mis primeros cuadernos están plagados de citas suyas y por todas partes hay homenajes a quienes, para mí, eran maestros, paradigmas. Gracias a Cintio y Fina aquel viaje fueron muchos viajes. Ellos me enseñaron una España por la que ya era imposible andar (la que ellos compartieron con Juan Ramón Jiménez, con María Zambrano y con muchos intelectuales que deambularon por el Caribe durante la Guerra Civil). No olvido la frase con la que Fina combatió el miedo que le produjo el descenso de la aeronave sobre Madrid: “¡Ya se ven los chopos! –dijo con la vista fija en una colina–, ¡ya se ven los chopos de Juan Ramón!”.

Hace ya cinco años que no veo a Cintio y a Fina. Acabo de recibir el último número de la revista La Isla Infinita, que él edita en La Habana, y en ella incluyó cinco textos míos. Me han dicho que en la presentación de la publicación habló de nuestra amistad y que exageró un poco al referirse a la calidad de mis poemitas. Yo también los extraño, Cintio, y culpo por ello al agua. A lo mejor no te gusta que resuelva esto con un verso de Virgilio, sé que preferirías hablar de Lezama; pero es que es eso, la maldita circunstancia del agua por todas partes…

Camilo Venegas en Mar DesnudoPor Camilo Venegas

 

 

 

 


  Adentro

Carta a Lupe –desde ADENTRO- atravesando el mar y la nieve...

para Lupe Vento, en Montreal, en Matanzas.

Reza la canción: Yo sé bien que estoy afuera...Yo no, yo estoy ADENTRO. Tampoco tengo trono pero sí reino. Reino sobre el puente. Soy el puente. Soy el puente que ambiciona unir las orillas...

No se busca, se encuentra. Así, he encontrado en cada viaje fuera de la isla la vida que no he elegido vivir. Cada viaje es un baile sobre el abismo, un romance con la imposibilidad. Y siento una especie de piedad. Piedad conmigo misma. Piedad de la vida que elegí y piedad de la que no he elegido. Cada encuentro con quienes están AFUERA es un hueso que dejo en la boca del perro y que el perro roe sin miramientos. Por eso, pienso cada día en la comida que no como, la esquina que no recorro y el idioma que no hablo, con la misma naturalidad con la que pienso en todo lo que sí está en mí de lunes a domingo. Vivo ADENTRO, en un extraño país, en el puente. Y provinciana como soy, Matanzas, la ciudad en la que parezco vivir, la ciudad destruida, me persigue con rabia. Veo en los aeropuertos a mis vecinos que nunca han batido alas fuera de la aldea. Siempre esa muchedumbre va conmigo, van los poetas y va la chusma diligente. Nunca viajo sola aunque parezca. Siempre estoy lejos y cerca. En la bodega, en la cola del mercado estoy en los viñedos que me mostraron el día que fui a conocer las cataratas del Niágara. Cuando compro papas vulgares -donde se mezclan las podridas con las sanas- en verdad estoy en la cola de las uvas, esperando las gracias de la vid. Y eso sucede también en dirección contraria. Subo los Picos de Europa soñando el Turquino (el pico y el helado, evitando que ambos se derritan en mi memoria). Y en lo alto de los Picos de Europa, envuelta en muchos abrigos lloro y sé que sigo ADENTRO, que soy el puente. Me construyo ante los ojos de todos los viajeros y ante los ojos de los inmóviles. Ante mis propios ojos me construyo. Soy el camino sobre las aguas. La estela entre un cielo y otro. El sendero entre el cielo sobre mi cabeza y el cielo sobre la tuya. El sendero entre el cielo de mi boca y la tuya...Y por ese camino vendrás para dejar de ser la e xiliada del mar.  Para que el mar de Matanzas te devuelva la inocencia. Soy el puente, tabla a tabla me he construido, sola. Yendo y viniendo, partiendo y regresando. Mirando a los de AFUERA dolerse, amar o renegar. Ahora me sigo construyendo mientras te escucho decirme quedamente que en Quebec amaste la nieve porque tenía un parecido con el mar. Y entorno los ojos para que no sepas que esa es la metáfora más dolorosa que he escuchado, para que no veas que aún en mi cansancio sigo colocando tablas, tendiéndome a todo lo largo. Estoy ADENTRO y asisto a mi propio Islario. He tolerado todas las ausencias, resistido las partidas. Mis tablas se han resistido a toda tentación porque no he creído que lo fueran. Eran palabras, solo palabras... Eso sí, ADENTRO, he trazado mis propias calles y callejones. El rincón donde estaba la planta de violeta se llama Calle de la Parra. La esquina donde descansan los libros se nombra Callejón de Hesse. Aunque este callejón cambie de nombres: los lunes es el Callejón de Hesse. Los martes, Calle de Tristán. Los miércoles, la Esquina de la campana de cristal. Y así los demás días de la semana. De esta manera puedo andar calles enteras hasta el agotamiento. A la zona de los discos le llamo Café de Les Choristes. Ando de la Calle del Insomnio, al Callejón de Hesse. De la Calle de la Vela   a la Calle de Tristán. Las cartas, las palabras siguen llegando  a la misma dirección. Sigo estando ADENTRO y todos lo saben, tú lo sabes...Soy el puente y me tiendo a lo largo para que pases, transcurras. Para que regreses y vuelva contigo todo lo que un día fue (se fue) y está por regresar, vivo o muerto, desde la magnificencia o el laberinto. Tablas sueltas, tablas marineras, tripulantes, valijas: tablas cuerpos, que se unirán a las mías, para ser, volver a ser cualquier otra cosa...

Laura Ruiz
Por Laura Ruiz

 

 

 


 

  Este puente hecho a base de juntar palabras
 

Este puente hecho a base de juntar palabrasPara los amantes de la poesía hispanoamericana contemporánea, decir José Kozer es evocar uno de esos fenómenos literarios que no por conocidos, dejan de parecernos menos singulares: se trata de un poeta que, por hábito, enfermedad, juego y religión a un tiempo, a contrapelo de las supuestas lentitudes del oficio, vive en estado de constante creación o -como él mismo ha dicho-"segregación" de escritura, "estallido" diario en el poema.

La suya es una poesía mayor frecuentemente apegada a lo ínfimo y en apariencia insignificante, que "va relatando y recogiendo la diversidad del mundo en cuanto mundo" (J. Kozer en: Sefamí; 2002: 219). Están la veleta en lo alto de la torre, los ingredientes de un almuerzo con su mujer o el insecto que zumba en el alféizar de la ventana, pero no en otra forma que palabras degustadas, casi comestibles: ristra, orla, veleta. moscatel, mojo, arroz. escarabajo, jején, abeja o tábano. casi nunca el trazo sintético y confiado de un hiperónimo, sino el medrar de la mayor variedad posible de hipónimos o de sus imágenes suscitadas en el poeta; una multiplicidad proliferante, instaurada como principio que reproduce, en lo fónico (efecto sonoro de su característica estrofa de largo aliento), en lo léxico-sintáctico (ligazón sintáctica alógica, propiciada por el anacoluto y relacionada con la asociación emotiva entre palabras), en lo tropológico (la metonimia es el recurso kozeriano por excelencia) e incluso, en el número mismo de sus poemas (el poeta ha contado más de seis mil obras escritas hasta hoy), eso que algunos críticos han llamado Efecto Kozer, y que alude a la proyección de la complejidad del mundo sobre las estructuras del lenguaje.

Pero el afán de Kozer no se agota en la inmanencia. Ese muro/puente/cuenco hecho a base de juntar palabras surge necesariamente de un estado de contemplación anhelante de jerofanía ('manifestación de lo sagrado'), de una suerte de especulación, al mismo tiempo desesperada y feliz -acaso sencillamente honesta-, sobre la verticalidad posible en la horizontalidad del mundo, y la falibilidad evidente del lenguaje para iluminarla. ¿Poesía religiosa, poesía mística la de él? : digamos que sí, pero no en los términos tradicionales, puesto que desde hace mucho tiempo, como judío, cubano y escritor diaspórico, este autor está de vuelta de aquellos viajes utópicos conocidos y fracasados, para proyectar el suyo propio minando los espejismos del poder (Historia, Religión, Cultura, en sus sentidos estrechos).

Un profundo sentido de libertad se manifiesta al observar, por ejemplo, los modos de la multirreferencialidad cultural en la poesía de Kozer, vista en la peculiaridad e imbricaciones de tres de sus núcleos básicos de referencia cultural, a saber, el componente cultural judío, el componente cultural cubano y el componente cultural oriental, enfocado en el budismo zen.

Para aprehender por lo poético, parece decirnos, es imprescindible una visión enteramente nueva y diferente - en el sentido de "desocultadora": romper el esquema establecido del mundo; librarse de la experiencia unívoca. El poema nace del deseo que informa la pugna con la sujeción. De esta suerte, la multirreferencialidad cultural aquí adquiere la forma de un interculturalismo concienzudo y desacralizador.

Kozer asedia cada cultura en busca de un aporte sustancial en el interior de su personalidad, pero la índole de las apropiaciones que de ellas hace, difiere radicalmente de la de las apropiaciones posmodernas a las que pudieran evocar: mientras que éstas se corresponden con el juego nihilista de los signos tan gustado por los artífices posmodernistas, en aquellas todavía se conserva la creencia nada perversa en la posibilidad de un descubrimiento por el arte, implícita en la idea de la poesía como revelación y arma de la pregunta por la existencia.

En determinada zona de su quehacer, estos núcleos de referencia culturales adquieren contornos bien definidos y son, por esto, susceptibles de ser analizados, en sus marcas visibles. En Bajo este Cien (1983) y Carece de Causa (1988), dos de sus obras emblemáticas, la peculiaridad del tratamiento de estos referentes radica en que, lejos de someterse a esquemas y reglas de funcionamiento preconcebidas, el poeta actualiza sus significados culturales en virtud de un principio de convergencia o recombinación creadoras que se activa en el interior de su personalidad. La evidencia de esto lo constituyen los modos muy particulares en que cada uno de estos tres componentes culturales básicos se manifiestan.

Del componente judío, remarco en la obra de Kozer lo concerniente a su interés por la esfera de la cultura simbólica, aunque lo judío en esta poesía es también un tema e inclusive un lenguaje (el yiddish) que, según algunos críticos, influye la estructura profunda del poema. Al poeta parece absorberlo la noción del Deus Adsconditus que domina tanto la filosofía y el arte como la religión judaicas. En su obra subyace o se manifiesta explícitamente el tema de la relación polémica entre lo múltiple y lo uno, lo manifiesto y lo inmanifiesto, lo impermanente y lo permanente, mostrando con suma frecuencia una preocupación metafísica que, según dice en algunas de sus entrevistas, preside su vastísima obra poética: el deseo del Uno, la angustia por alcanzar, mediante la escritura profusa, "la anhelada, radiante letra Aleph" (Claudio Daniel. "Entrevista a José Kozer", p. 7 [Correspondencia personal con el poeta]) Junto a la pregunta por la trascendencia, otras nociones capitales como la idea del hombre como un ser transterrado eterno e incluso la peculiar concepción de la escritura (la letra) como el espacio idóneo para encaminar aquella indagación y para zanjar otras como la de la identidad étnica (debe pensarse en la Cábala), no pueden pasar por fuente más rica que la ancestral judaica para beber y contemplarse en el reflejo.

Del componente cultural cubano, por otra parte, destaco varios elementos: la presencia de un amplio vocabulario de cubanismos en los que encarna el espíritu de la tierra natal evocada; en ausencia del elemento natural natal por la partida hacia los Estados Unidos, también aparece en esta poesía una especie de geografía insular doméstica suavemente delineada por la presencia de ciertos platos, bebidas, pertenencias y usos. Sin embargo, entre otras características, el más sugerente aporte parece radicar en dos elementos estrechamente vinculados entre sí: el primero, la aquí nada superficial noción kozeriana de 'tropicalidad', de la cual el poeta deriva una reflexión estética muy seria sobre la literatura latinoamericana contemporánea y sobre la suya propia, reflexión que puede seguirse claramente en algunas de las diversas entrevistas que ha ofrecido, y que lleva directamente al análisis del llamado neobarroco poético. Y segundo, la concreción de esa teorización en su obra misma en virtud de la hibridez y desenfadada flexibilidad que caracteriza aspectos como este de la multirreferencialidad cultural, pero también otros, que otorgan a aquella una diáfana y singular fisonomía.

Es en su filiación zen donde esta poesía demuestra su más libre condición intercultural puesto que nada, excepto el interés propiamente poético, explica su profunda inclinación hacia el "Lejano" Oriente. En Bajo este Cien, la comprensión de formas poéticas tradicionales japonesas como el hai-kai se manifiesta en el dialogismo de su tratamiento: allí vemos hai-kai llevados al límite del versolibrismo por la ausencia de silabismo y métrica tradicionales ("Zen"), o poemas donde la síntesis clásica es quebrada por una dilatación perifrástica, casi narrativa ("Bienvenida"). Carece de causa, por otra parte, los recoge clásicos, nítidos, pero en el seno de típicos poemas kozerianos (como aquel verso "Centro, helado: el mundo, exterior", de "1983: Final"). Este laboratorio de experimentación formal es también, y con mucho, el de las indagaciones filosóficas y espirituales que le son consustanciales a esas formas. Algunos poemas de Bajo este Cien constituyen una clara huella del acercamiento inicial de Kozer a la sabiduría zen (de ahí la atenta, aunque nada pasiva, escrutación del hai-kai) en tanto que Carece de Causa es un libro donde la apropiación cultural es ya tan madura que infunde el modo de acercamiento a la realidad circundante que es inherente al poema kozeriano típico. Lo zen -y también lo cubano, en un modo diferente- parece aportar a esta poesía el contrapeso necesario a la ardua faena espiritual impuesta por la filiación primera del poeta. La espiritualidad basada en la búsqueda de la armonía interna en la convivencia con la naturaleza, la idea de equilibrio con la totalidad (el centro compuesto por muchos centros) y la noción de 'revolución en la calma', aplacan el rigor de la tremenda pregunta judaica por la trascendencia. De hecho, devienen un método de atención en virtud del cual el poema de Kozer se erige como el resultado, siempre incompleto, del intento de captar el "estado total del presente", presente no entendido como el tiempo opuesto a un pasado y un futuro al que la concepción racionalista nos tiene acostumbrados, sino como uno abierto, múltiple, convergente, donde las experiencias se integran prismáticamente entre sí y con la realidad, buscando provocar esa vivencia hacia lo Último, Total y, por ende, Uno de que ha hablado Kozer ("El que vive en lo presente vive en Dios -ha dicho el poeta-, vive en estado de santidad, en estado de sosiego. [.] el poema lo que pretende es eso. [.] Captar el momento es hacer el poema: haikú, instantaneidad, rapidez, iluminación."Sefamí; 2002(I): 3).

Lo anterior expresa una idea que, por simbiótica, lleva las marcas de un pensamiento largamente mascullado por un hombre receptor de influencias culturales muy disímiles: justamente, heterodoxia, "espíritu de riesgo", diría el poeta, junto a un particular poder de síntesis, son los requisitos indispensables para realizar la más profunda condición de lo intercultural que implica, no sólo la participación activa de los sujetos en los diferentes complejos culturales, sino también el diálogo y la integración hasta donde esto sea posible, entre sus sistemas de significación.

Descategorizar, hacer subir y bajar, converger o diverger, desacralizar lo sacralizado o viceversa. Si como Kozer le replica a Kierkegaard, la poesía es una forma integral del conocer donde lo estético, ético y lo religioso se entremezclan con lo lúdico, rompiendo toda jerarquía, a nadie podría sorprender la cualidad totalizadora, asimiladora, regurgitadora que la suya tiene. Y este aspecto de la multirreferencialidad cultural expresada en el modo de un dinámico y nutritivo interculturalismo que ahora, de modo muy general he tratado, no sería allí sino una de las facetas más visibles y representativas del iceberg inmenso de ese universo de indagación y, por ende, sabiduría.

Referencias:
- Sefamí, Jacobo, La voracidad grafómana: José Kozer. México DF: Universidad Nacional Autónoma de México (Colección Paideia), 2002.
- -------------------, "La devoción en busca de un poema: Entrevista a José Kozer" [Correspondencia personal con el poeta], 2002 (1)

Por: Carlos A. García


 Las Cuentas de Kozer

José KozerJosé Kozer escribe y escribe; su ansia no halla consuelo. Tal vez, nunca esté satisfecho, y hacer poemas sea para él una condición de vida: algo ineludible y cotidiano. Acostumbrados a los poetas parcos y medidos, algunos lectores se escandalizan, otros se azoran y quedan estupefactos: ¿cómo leer una obra tan vasta?, se preguntan. Mientras tanto, Kozer ya escribió más poemas. Su pasión, su obsesión, es difícil de explicar. En otra parte, he dicho que Kozer practica la escritura como un modo de sobrevivencia ; se sabe que se está vivo, porque hay testimonio de ello en el papel. Hace poco, recibí tres grandes cajas con todos sus poemas. A diferencia de la metáfora del famoso “baúl” de Fernando Pessoa, que funcionaba como un cesto donde el gran poeta portugués iba acumulando sus textos de modo un tanto anárquico, Kozer es un escritor sumamente organizado. Desde los años setenta, va sumando sus poemas ( éditos e inéditos) en carpetas de 60 textos cada una. La primera lleva por título A, la segunda B, la tercera C, y así sucesivamente. Al llegar a la Z, Kozer siguió otra vez con la secuela de las letras, duplicándolas: AA, BB, CC, etcétera. El 21 de abril, 1996, comenzó con la serie AAA; el último texto que tengo (en las cajas que recibí) es el número 53 (16/nov/96) correspondiente a esta serie. Me imagino que hoy que escribo esta nota, ya el poeta estará terminando la carpeta AAA, o comenzando la BBB. Este juego de letras y números inevitablemente hace pensar en los personajes de Borges: el que quiere leer toda una biblioteca en orden alfabético comenzando con los libros de la letra A; o, el perdido en el laberinto de los libros, como dice en “La biblioteca de Babel”: “Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años”; o, como Carlos Argentino Daneri, que escribe un poema —” La Tierra ”— que cubre todas las partes del mundo, y que después Borges podrá ver en el aleph. Desde este espacio se visualiza todo: el aleph (primera letra del alfabeto hebreo) es una letra muda que contiene el nombre de Dios. Así, Kozer continúa una tradición bíblico-cabalística; como buen judío, está obsesionado con las letras y sus valores numéricos. El Sefer Yetzirah (del siglo III d.C.), revela que Dios creó el mundo con las 22 letras del alfabeto; la creación, según los cabalistas, es un acto lingüístico: basta que se mencione una palabra para que aparezca su referente: “Y dijo Dios: sea la luz y fue la luz” ( “ Yejí or ; bayejí or ”). Por estas razones, yo he instado a Kozer a que alcance el número de la creación (actualmente, corre el año judío 5757), ya que sólo en esa medida llegará a la meta del verdadero creador.

Ya para este párrafo, el impaciente lector habrá hecho sus propias cuentas: 26 letras, dos veces, igual a 52; y esto multiplicado por 60 textos, da un total de 3120 poemas, más la última carpeta (AAA), de 60 poemas, suma 3180. Además, habría que agregar los 351 poemas no organizados en carpetas que Kozer realizó al comenzar su obra; esto es, tendríamos un total de 3531 textos. La producción poética comienza con un libro inédito de 45 poemas, titulado Fuera de Cuba y escrito entre 1971 y 1973. Así, habría que calcular la producción promedio: 3531 en un total de 25 años, da 141.24 poemas por año (un poema cada 2.5 días, aproximadamente). Ahora bien, para cumplir con los 2226 poemas que le faltan, Kozer necesitará un total de 15.76 años. Eso quiere decir que para el año 2012 Kozer completará 5757 poemas, y entonces tendrá que escribir 16 poemas más para estar a la par del año judío que será el 5773. Este número corresponderá a la carpeta MMMM. La letra equivalente de la “M” es la Mem, en hebreo, que representa la palabras melej ( m onarca), makom (lugar o m orada), y met ( m uerte). Así, Kozer podrá ser el monarca de su morada en espera feliz de la muerte. Entonces, y simultáneamente, podrá echarse en un lecho y ser de nuevo Adán (con Eva) en el paraíso.

Mientras tanto, esta selección cubre los poemas (como ya habrá adivinado el lector) de la serie AAA, números 11 a 44. Un título más preciso no podría haber. Este libro elimina la noción tradicional de la selección y del juicio de valor. Si normalmente un escritor decide qué es aquello que “vale la pena” entre sus escritos, este volumen quiere experimentar con la posibilidad de que el lector sea quien decida. Estos son los poemas producidos por Kozer entre el 4 de junio y el 12 de septiembre de 1996. Es casi como un diario que pasa por las dos casas del poeta en Torrox (Málaga, España) y Nueva York, y exhibe sus múltiples variantes expresivas, que van desde el verso brevísimo y ligero de “Alegría” y “Eros”, hasta la densidad acumulante de su típico verso-compendio en “Oblea”.

AAA1144 indica que la escritura es un proceso infinito e inacabable, un continuo abierto que, se sabe, no tiene conclusión. También evoca los números con que fueron marcados los prisioneros de los campos de exterminio nazi. Como judío, Kozer sabe que la historia de la persecución está latente en la cifra del antebrazo; en la superficie de la piel está el dolor del genocidio. Pero simultáneamente, como ya dije antes, el laberinto de las letras y de los números, muestra una conciencia fascinada por el resplandor de la creación en la palabra escrita. Estas, después de todo, son las obsesiones a las que Kozer vuelve incansablemente.

Por Jacobo Sefamí

Escritor mexicano de origen judío
Irvine, California, 25 de diciembre, 1996