Río NegroLa violencia puede adquirir expresiones insospechadas. Las más absurdas, las locas, las sumergidas. Igual que un río que contiene, agazapada, la inmundicia; un río inmóvil de aguas casi perennes, donde hasta la respiración es enturbiada, arrastrada hasta el fondo, hasta el barro sin pasado. Igual que un río negro es esta historia. No es un pretexto, no es un paisaje. Es un personaje que contamina y conmina a violentarnos. Un hombre que se sabe oscuro e inútil, un pusilánime. Un padre tan torpe que se resiste a repetirse en la apática estupidez de su hijo. Un desesperanzador  intento por no ser.

Es esta novela Río Negro (Ediciones Matanzas, 2013) una que discurre a través de dos cauces: por encima el desespero de una generación que no comprende, no acepta, no empatiza con ese casi futuro que son sus hijos y su actitud de aldeanos tecnológicos; por debajo, el patetismo de una ciudad y su acuática historia, que a pesar de su irónico nombre (Resistencia), se ha convertido, inevitablemente, en “una ciudad sin porvenir, una ciudad inmunda”.
 
Sin embargo, es ese lenguaje transparente, lleno de un cinismo a veces conmovedor, a veces, detestable, el que nos conduce por los derroteros de este escritor de algún éxito, pero con un inigualable talento para echarlo todo a perder. Es su hijo Miguel, una imagen que lo subvierte desde el fondo del río de su vida.
 
Es la certeza de que se convertirá en un ser como esos linyeras: “hombres incapaces de abandonar la niñez”, la que lo mueve a recrear un mundo diferente para él, el mundo que todo hijo debería heredar de su padre. Pero a cada evocación de su propia juventud sospechamos que en realidad asistimos a algo más que un rescate infructuoso de la relación filial. Este hombre intenta rescatarse a sí mismo. De su ahogada y cómoda existencia, su asueto poderoso.
 
Dos partes bien delimitadas bastan a Mariano Quirós para recordarnos la dualidad que circunda a los seres humanos: Eros y Tánatos; de sexo y muerte se visten las márgenes del Río Negro. Y en el centro de la corriente, como siempre, una mujer. Mariel, la seductora corrompida hija de Eva, que trae en sus tetas hermosas el néctar de la desgracia. A ambos lados giran violentamente estos personajes padre – hijo, que van superando su propio desconcierto ante la vida, sintiendo el estrechamiento de sus brazos ante una realidad que se les escapa y que solo con una absoluta transformación de sí mismo logran sobrevivir.
 
No obstante, Río Negro no es una novela apocalíptica ni hundida en la desesperanza. Puede ser incluso divertida. Pero en sus meandros entrevemos lo difícil del arte cotidiano del vivir. Tal y como nos confiesa el personaje narrador, hace tanto como el sexo, que “nos quita con violencia las anteojeras y hace que nos conduzcamos por la vida como seres civilizados”.

 
Por:  Manuel Navea Fernández