Salterio y LamentaciónPablo Armando Fernández (Delicias, 1930) es uno de los poetas mayores de la llamada “Generación de los años 50”. Su amplia obra le ha valido el Premio Nacional de Literatura y un apreciable reconocimiento más allá de las fronteras de la Isla. Este año se cumplen seis décadas de la aparición de su primer cuaderno de poesía: Salterio y lamentación, escrito entre 1951 y 1953 y publicado en este último año, en la Imprenta Úcar y García.

A diferencia de las publicaciones primerizas de otros autores, a las que el tiempo relega a un simple título en sus fichas bibliográficas, este es un conjunto apreciable en el que vale la pena detenerse, pues no solo es una obra lograda sino que contiene las principales claves de la poesía posterior de Pablo.
 
Lo primero que llama la atención en los veintisiete textos que forman el volumen, es la voluntad de diálogo con La Biblia, especialmente con Los Evangelios y el conjunto de salmos que se ha dado en llamar El Salterio. El libro está encabezado por una cita tomada del Salmo 42 —en la traducción de Cipriano de Valera— que es en realidad una “edición” de  fragmentos tomados de varios versículos del 6 al 11 para reforzar las intenciones expresivas del poeta, que hace hablar al anónimo autor del canto sobre su propia angustia:
 
 
Mi alma está en mí abatida:
Y de noche su canción será
Conmigo.
 
¿Por qué andaré yo enlutado?...
...¡y por qué te conturbas en mi?
...porque  aún le tengo de alabar...
 
El primer texto del libro, está dividido en ocho partes y cada una de ellas está encabezada con frases de la plegaria “Padre nuestro”. Se establece entre ambos textos, el evangélico y el poético, una relación dialogal, que funciona habitualmente como contraposición, por ejemplo, en el número II, al versículo “Danos hoy nuestro pan cotidiano” se responde con un  simple “Válgame saquear los bolsillos para dar su moneda al ciego” o en el IV en que al “y no nos metas en tentación”, corresponde:
 
 Mamá dijo que cuidase del uniforme; también dijo que cuidase de colocar los pies sobre el suelo.
Papá siempre dijo que cuidase de la verdad.
 
Lo atractivo de estos textos es lo que podría llamarse la “rebelde integración” de la oración bíblica y el poema, hasta el punto de que si se suprimieran las citas, los versículos de Pablo perderían gran parte de su fuerza.
 
Esta dialogicidad recorre otras zonas del cuaderno, así el soneto que lleva el número 18 está precedido por una cita del salmo 51 —texto penitencial por excelencia—: “abre mis labios; y publicará mi boca tu alabanza”. El poema, asido a esta referencia a la alabanza divina, se interroga sobre el misterio de la palabra poética, su resistencia al oficio del escritor y por el contrario, su brotar de fuentes desconocidas cuando no se le espera. Hay en esos versos una conjetura sobre los sucesivos períodos de aridez y elocuencia por los que pasa cada escritor y que parecen controlados por una voluntad superior:
 
Ignoro de qué cósmica elocuencia
se nutre la palabra que no alcanzo.
Detenido filón, ciego remanso
de sílabas que niegan su nacencia.
 
El texto siguiente, dedicado a su padre, se encabeza con otra cita del salmo 51: “Tú amas la verdad en lo íntimo y en secreto me has hecho comprender”, solo que ahora, la relación entre los versos y la voz del lejano cantor hebreo es diversa: la cita, que en el original se refiere a Yaveh, ahora, recontextualizada, se dirige a la figura del padre carnal, para destacar su virtud esencial, la insistencia en la Verdad.
 
El poema, aunque no es de los más logrados del conjunto, se hace atractivo al asimilar la figura paterna al personaje bíblico de Abel, que en el Génesis representa el lado positivo, laborioso, fiel, de la condición humana y por tanto, destinado a ser víctima de la otra mitad oscura: “Abel / provecto a dar su virginal esencia / al sudario violáceo del crepúsculo.”
 
Del mismo modo, su soneto “Al cinamomo” está precedido por una cita del salmo 104: “del fruto de sus obras se sacia la tierra” muy relacionada con el tono de deslumbramiento, avidez y alabanza de este poema, escrito con una voluntad de misterio u ocultamiento y a la vez con una especie de fervor religioso que lo acerca al
 
Ballagas de Cielo en rehenes:
El cáliz de piedad que nos redime
el bocado de luz que a tu clausura
—artesa de creación íntima y pura—
conduzca. Instancia fervorosa intime
con la parva que alienta en tu moldura
y ofrézcame refugio tu cintura.
 
Pero más allá de las palabras, en lo esencial, el nexo entre la voz bíblica y la de Pablo, está asociada con el uso de la Escritura, vista como suma de la axiología del hogar y la familia, como conjuro contra el mal, contra los soplos irracionales que pueden poner en peligro la verdad, la fidelidad, la inocencia. Lo que hace el escritor es asirse a los antiguos salmistas para hacer de su pequeño y local salterio, también sustancia de lo eterno.
 
Aparte de estas citas bíblicas, solo tres autores aparecen en exergos, dos de ellos de lengua inglesa: Carson McCullers y T. S. Eliot, reveladores de la indudable influencia que desde entonces tiene sobre Pablo la poesía anglosajona. De hecho, Pablo Armando compartió durante años con Eliseo Diego y José Rodríguez Feo el honor de ser entre nosotros excepcionales expertos en la literatura anglonorteamericana. ¿Qué aportó esta a su escritura? Por una parte una desenfadada voluntad de modernidad y la convicción de que el hombre cotidiano y su entorno contienen tanta materia poética como las vidas de los héroes, por otra, lo llevaron a una revisión del lenguaje, para despojarlo de ciertos lastres retóricos que eran a inicios de los años 50 verdaderos escollos para quien navegara en la poesía cubana: restos de un vanguardismo exterior convivían con despojos del neorromanticismo y más allá, atraía a los incautos la poderosa imantación del estilo lezamiano, para huir de estos peligros, era preciso abrirse a algo nuevo.
 
A ello habría que añadir la huella de ciertos poetas cubanos de la vanguardia, sobre todo el Emilio Ballagas más maduro y quizá Eugenio Florit en su lado más conversacional, así como lecturas de los autores de Orígenes que dejan trazas tanto en el empleo del lenguaje en algunos poemas como los sonetos “Al cinamomo” y “San Miguel de los Baños”. El Lorca de Poeta en Nueva York es en verdad quien gravita sobre el “Lamento por el niñito negro que entregaron al suelo de la mitad de octubre en Savannah”, aunque la cita de Carson McCullers parezca indicar otra cosa. Tanto la entonación como ciertos giros del lenguaje vienen del poeta granadino:
 
Sé que no ha de querer.
El camino se pudre y las hormigas viajan;
y no entiende ninguno que lo mueve, que lo fija o desata.
No ha de querer el sicomoro
cederle su estatura a las azaleas;
ni éstas a las magnolias sus colores.
Ni las magnolias han de querer
adornar la palidez que la canela impuso
a la noche que duerme en tu presencia.
 
La novedad en Salterio y lamentación está en el hallazgo de un tono conversacional, que, a pesar de su aparente sencillez, esconde un estilo castigado y una fuerte carga expresiva. En vez de declamar, el poeta “dice” y esa aparente falta de énfasis, es la que hace más efectiva la comunicación con el lector. Así sucede en los momentos más afortunados del conjunto, por ejemplo en el memorable poema 6:
 
Están hablando de los muertos
en la sala.
Madre y su hermana.
De la hermana mayor que acompañaba
al tres sus décimas
y la otra hermana y una tercera.
Hablan de los muertos
como si hablaran del vestido rosado
o el lazo o las zapatillas de blanco raso
que lucieran en el primer baile
con órgano y sexteto.
 
En este libro, que el propio poeta ha mantenido dentro de su obra en un discreto segundo plano, están contenidos los principales motivos y rasgos estilísticos de la poesía de Pablo Armando. Sin él  no hubiera llegado a un texto de profunda introspección como “Yo, Pablo”, a la voz idílica de la “Suite para Maruja” o ese poema-río que es “En tren hacia el poeta”. Todos estaban prefigurados en los versículos donde se mezclaban la voz del salmista antiguo, las flores de Júpiter en el cercado de Delicias y las ráfagas del frío de Norteamérica:
 
Un niño que dormita sobre el yerto regazo de la que su
            suspiro
entregó al cielo, un niño que nada ha de decir, su voz
—silabario impreciso— dejó olvidada, juguete de la noche,
prendida de la rama del almendro y un coro a sus oídos,
—a mis oídos— llega y el machacar ligero con que madre
             la paz
del huerto huella y he de esperar mi voz, silenciada,
y de nuevo a tientas el camino seguir, él que me trajo.

Por: Roberto Méndez