Samuel  FeijóoEn la nota inicial al Libro de Job, Fina García Marruz explicó que esas páginas escritas hace más de treinta años, no estaban destinadas a la publicación sino a tratar de ayudar a nuestro fraterno Samuel Feijóo...y esas palabras de la poeta me regalaron en el año dos mil –fecha en que trabajé arduamente en la edición del Libro de Job- una imagen, otra, diferente de nuestro fraterno Feijóo. El pasado 31 de marzo, el autor de Bethel y Carta de Otoño, el hombre que dio vida a la revista Islas, no pudo cumplir noventa y cinco años. Mucha fe se hubiera arrastrado, elevado, tambaleado o enraizado en él si hubiese completado tamaña cifra.

En el prólogo a la edición de Prosas, de Samuel. Feijóo, que publicó Letras Cubanas en 1985, Cintio Vitier aseguró que esos textos junto a la poesía de Feijóo y sus apuntes de viaje, tendrían que conformar un solo Diario de Poeta que va creando su prosa con los mismos objetivos que su verso, equivaliéndolo a ratos en originalidad y belleza, o esclareciéndolo desde el ángulo de la reflexión, o abriéndose cauce a la voz de los otros... Y es que escribir el Diario del Poeta, no le es dado a todos. Sólo algunos, como Feijóo pueden hermanar todas las rutas de los viajes. Así, él juntó los trillos de sus viajes montañeses y llaneros para crear nuevos caminos. Lo que en algún momento fue difuso, empezó entonces a tornarse más puro y sobreabundante a través de su palabra.

De esa manera cuando las mazorcas comenzaron a granar, él se alegró del misterio cerrado y la luz clara, preguntándose, insistentemente si era pureza que él quedara así de absorto... Hay preguntas que responden. Feijóo estaba lleno de ellas porque conocía a fondo las tristezas: Sólo los tristes tenemos las mejores flautas.

¿Cómo fue posible que un hombre triste y sabedor de su tristeza pudiera haber sido diseñador en una fábrica de corbatas en Nueva York? Justamente en Nueva York, ciudad ante la cual una siempre siente el temor de no encontrarle  -no ya la corbata- sino la túnica, la vestimenta apropiada. Porque a Nueva York todo le sirve y a la vez nada le queda exacto. Pero sobre todo porque cuando los gallos de Feijóo se ponían inquietos y cantaban, ya Nueva York estaba amanecida, vestida y lista para la contienda.

Quizás pudo hacer labores tan diversas, escribir a ratos desde la intimidad y a ratos desde la risa, porque conocía bien la gracia de los tejados y las amapolas que en él pueden existir, alimentándose, pacientemente, de estiércol de las palomas. Y ese saber hondo le permitió escribir:

Al Monte de la Poesía fui, temprano, a cortar ciertos palos para hacer mi casa. Llegado al Monte, ¿para qué quiero casa?

No sé donde estará ahora Feijóo. No sabremos nunca tras cuál arbusto o árbol robusto está sentado. Ojalá el verde marabusal o los tronquitos que descansan a orillas de los ríos le hayan servido para construir su Casa. Casa de fuertes palos y pozo claro. Casa de yerba fresca donde tenderse a tejer historias. Sin cercas ni plantas crueles. Casa donde sentarse a esperarlo todo, hasta la llegada de los no cumpleaños.

Laura Ruiz
Por: Laura Ruiz Montes
(Matanzas, 1966) Ha publicado entre otros, La sombra de los otros en la colección Pinos Nuevos, Lo que fue la ciudad de mis sueños, en Bartleby Editores, España. El camino sobre las aguas, Ediciones Unión. Editora principal de la revista Mar Desnudo