Sergio Roque“La cerámica tiene sus propias reglas. Uno se esfuerza y hace lo suyo, trabaja todo lo que puede una pieza, determinado concepto, pero luego hay que esperar. El horno decide. En dependencia de la curva de quema se logra un color u otro, una atmosfera u otra. Este proceso se predice, se conduce hasta un punto; de ahí en adelante todo está en manos del azar. Una vez terminada la quema, siempre hay expectativa por abrir el horno y ver cómo quedó. A veces queda la pieza mejor que como se había pensado. A veces no queda exactamente como se quería, o peor, resulta un verdadero desastre. Cierta vez preparábamos un mural con lozas y se nos fue la mano en el horno. ¡Se achicharró! Pasan cosas así.
 
Asumí una relación más directa con la cerámica después que me gradué de escultura en Kiev, Ucrania, y, ya de nuevo en Cuba, comencé a dar clases en la Escuela de Artes Plásticas y en el Pedagógico de Matanzas, como profesor de taller, escultura y dibujo. En el Pedagógico llegamos a contar con el equipamiento para trabajar la cerámica con todas las de la ley. Allí, en el tiempo libre, preparaba mis piezas; algunas las presenté en exposiciones en aquel momento. Pero es evidente que mi pasión por el barro la marcó el Taller de Cerámica de Varadero. Alguien del Fondo Cubano de Bienes Culturales fue al Pedagógico y me pidió que me pusiera al frente del proceso constructivo del Taller y que, después de concluido, me quedara como director. Así lo hice.
 
 
De manera permanente empezaron a trabajar conmigo Osmany Betancourt (Lolo), Edel Arencibia, Lázaro Lamelas y Jorge Ernesto Martínez. Permanecí allí desde su inauguración el 3 de octubre de 1992, hasta 2001. Mediante diversas determinaciones, el Fondo echó por la borda los resultados de años, el trascendente hecho cultural en que se había convertido aquello. Comenzó, por ejemplo, a restringir el espacio original del Taller. A coger algunos de sus locales para oficinas o cosas como esas. Yo no lo acepté. Después que salí, empezaron a irse los demás. Hoy solo permanecen dos integrantes. Es lamentable.
 
Hicimos una cerámica peculiar. En la Isla de la Juventud —donde se concibió un Taller similar al de Varadero— lo que más se hacían eran platos, lozas y otros objetos decorados. Era en general lo mismo que pasaba en toda Cuba, siempre con sus excepciones. Aunque también nos dedicábamos a ese tipo de producciones, emprendimos una obra que partía de la perspectiva de una cerámica volumétrica, escultórica. Nuestros dos hornos solo tenían noventa centímetros de altura, pero si había que preparar una pieza mayor la concebíamos por fragmentos. Recuerdo algunas obras que terminé en esa época. Hubo una que llamé “Esperanza”. Era una figura introvertida. Recogida hacia sí misma. Una terracota de noventa centímetros. Esmaltada, verdosa, como un bronce. La presenté en eventos y tuvo su acogida. Hice muchas otras cosas volumétricas. Algunas están colocadas en la escalera principal de la filial matancera de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas.
 
Debo decir que entonces también insistí en la ‘producción plana’. Fue desde ese momento una de mis líneas. Le cogí el gusto a la pintura sobre platos, vasijas diversas y otros soportes de barro. Pero eso sí, desde mi perspectiva de escultor. Mi formación es el volumen y me resulta imposible evitar que cuando pinto, sea cual sea el espacio que intervenga, sienta que a la vez hago escultura. En el caso de la cerámica, debe destacarse el rigor que le plantea al artista. Le es imprescindible la exactitud en la línea, en el dibujo. No hay posibilidad de rectificar sobre el barro. Si te equivocas puedes tratar de adecuar lo que tienes, hallar una solución alternativa, pero no puedes rehacer nada.
 
Además de mi labor como escultor y pintor, de ambientaciones que hice y de una proyección hacia las labores de restauración (en 2008 me dieron el Premio Nacional de Restauración y Monumentos como Proyectista Principal del Museo Farmacéutico), he seguido en la cerámica desde que en 2001 comencé como artista independiente. He realizado varias exposiciones y he participado en eventos en los que ambos quehaceres estuvieron presentes, también esenciales para que el pasado año me entregaran el Premio Provincial de las Artes Plásticas. Trabajar, trabajar. Eso es lo que importa.
 
Me siento en plena madurez. Creo que he logrado mis modos particulares de decir. Mi estilo propio. He encontrado en las formas suaves, en las líneas curvas (especialmente en las del cuerpo de la mujer), una especie de contraparte frente a la rudeza de la existencia humana. Por otro lado he llegado al momento de la síntesis. He simplificado lo innecesario, lo que no es otra cosa que simple adorno. Es la búsqueda a la que, a mi juicio, está llamado todo artista: ir hacia lo esencial.”

Por: Norge Céspedes