El suicidio del absurdoEn una tarde como esta, de mil novecientos noventa y seis, los vigías emprendieron el viaje, dejaron atrás el San Juan para venerar a una de las más grandes voces de la literatura hispánica, entonces fuimos partícipes del milagro. La Loynaz desde su butaca escuchó con atención por largo rato y de vez en vez, con voz muy queda, como los ángeles, nos aconsejó y agradeció la Revista del Vigía del año 7, número 2 y la publicación de su poema La novia de Lázaro. Al despedirnos, recuerdo que todos decidimos besar sus manos. Cruzando la verja, anochecía… Son muchas las horas que han corrido desde ese día, pero sigue sin dudas su espíritu acompañándonos.

Vuelvo hoy a esta casa, en mi oficio de editora, traigo en mis manos otro libro como propuesta, otro es el diseño que lo ilustra, han cambiado también los colores. Todo el que pretende envejecer en este ministerio de hilvanador de letras, todo el tiempo está buscando un autor y un buen libro. Casi por azar di yo con este, un número de teléfono, una tarea encomendada que nada tenía que ver con Vladimir y la narrativa.

Agradezco a Miriam, la cual aún debe a Vigía su propio libro, que me hablara de este médico, pero sobre todo narrador. Muchas veces los que andamos el camino de la escritura, olvidamos que la medicina es la ciencia que necesita del más sensible para sanar, por eso no es sorprendente que Vladimir Bermúdez entregue al lector este día El suicidio del absurdo.

Veintiséis cuentos breves, divididos en cuatro secciones: Irreverencia, Alegoría, Parábola y Los Conjurados; galería de personajes, donde el absurdo, la muerte, la profanación, la ironía, se saludan y caminan en busca de un único propósito, demostrar que la buena literatura, también puede servirse de estas líneas, para llegar a ustedes.

Cortázar dijo alguna vez que el cuento breve, surge en el autor a partir de un estado neurótico, donde pesadillas, sueños y alucinaciones se mezclan para producir en el hombre un estado casi catársico, solo curable con la escritura. Dijo, además, que este hombre atormentado que resulta ser el escritor de minirelatos, es en muchos casos protagonista de las historias contadas.

Cuando escucho a Vladimir la paz con la que habla, veo a su familia, comienzo a discrepar en algo de Cortázar pero si volteo el rostro y busco en su profesión a ese otro que también es, el hombre que se encuentra parado siempre entre la muerte y la vida, dualidad terrible en la que casi ninguno de los que estamos presente quisiéramos estar, coincido con Cortázar.

Vladimir seguirá necesitando del minirelato, presencia alucinante que se instala desde las primeras frases para fascinar al lector.

Sirvámonos pues de estos cuentos para crecer en ese afán eterno de bebedores de líneas, dejemos que cada una de ellas se descorra acompañada del diseño, también onírico, de Manuel Darío, recomiendo la lectura con la seguridad que después de la inquietud que provoca, llegará el placer de haber encontrado a este médico, que escribe cuentos para salvarnos el alma.

(*) Palabras de presentación del cuaderno El suicidio del absurdo, de Vladimir Bermúdez, en el Centro Dulce María Loynaz, el 8 de junio, del 2009.

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Por: Agustina Ponce 
Directora de la Editorial Ediciones Vigía