Synergos Roberto Manzano

Fragmentos

(1)

vivan los cánticos adÁnicos, con evas gnósticas, fundando términos futúricos, mientras en éxtasis basculase la báscula;

ay de las lámparas dramáticas quemándose hacia lo drástico, mientras Andrómaca gime la pérdida y en lo recóndito basculase la báscula;

vivan las cálidas crisálidas guardando crípticas los gérmenes angélicos de sus orígenes, cuando en lo nítido basculase la báscula;

ay de los ámbitos escuálidos, sin médulas, donde en contráctiles anillos hórridos se muere indócil, mientras colérica basculase la báscula;

vivan los dígitos aproximándose, las juntas kármicas, los frutos múltiples, y en pesos únicos y en bultos grávidos bascúlense sobre la báscula.

La báscula
péndula.
Regula.
Sopesa.
Lo que pulula,
al unir la cabeza,
se besa:

bascula!

Con rotores de sombra y en hélices solares, de un modo que levite, para que puedas acopiar los pesos;

los vientos en manojo, darás un paso breve hacia el noreste como quien busca nidos, hasta encontrar la simpatía justa;

coliga toda la impresión del gesto, porque es posible el racimar callado, tan lleno de promesas;

basta con mirar órbitas de reciente mirada, fibras que cruzan lentas sobre las sienes inhóspitas;

y ya en ese cordel suelto del triste desovillo, pon a Parménides sobre la báscula, oh Simbad;

que adentro de la vida va el vigor de la sombra y se agitan las aspas luminosas con una gravedad que no conoce límites.

La báscula
péndula.
Regula.
Sopesa.
Lo que pulula,
al unir la cabeza.,
se besa:

bascula!

(2)

contra. la oportunidad misma de la vida ciertas dagas sanguíneas, ciertos salientes heridores de la vida misma;

contra la ocasión sutilísima del aliento la fuerte bocanada tropezante del aliento mismo, como quien arrima asfalto;

contra la posibilidad de agenciarse la luz, la actitud sistemática del difumino, de la disolvencia agresiva;

dónde están, qué poco activos, los componedores de huesos, los arregladores de elementos, los diseñadores de almas;

contra la contextura del cuerpo lleno de venas como un árbol rojiazul, los extensos obuses de la sombra;

cómo es posible, con qué derecho, la vida contra la vida, oh tecnología de la maceración y el exterminio;

estaré sentado aquí en mi mesa, escribiendo, y cantaré afuera, andando hacia los más altos y agudos propósitos;

cómo es posible, con qué derecho, la ideación que viene de todas partes como una rotación loca de cuchillas;

y entonces? y el amor? y la vitrea maravilla del amor? y el rescoldo azul de la más abierta nostalgia?;

sobre qué nos afianzaremos?, rogaremos dentro de nuestras propias manos como quien habla al oído de Aquel que hemos creado;

ven tú, mujer, con tus reminiscencias rubendarianas de moluscos, sirena de estruendo, ola táctil y encantada;

ven, mariposa monarca, ala del querer, con tu estrella verde que es más delicada y grandiosa que tus racimos;

porque están rondando la conveniencia, la suspicacia, el dogma, la vicisitud, el olvido, el hambre, la agresión;

porque cargamos las húmedas telas del corazón flameando contra el aire, oh viento sur, soplo y sofoco del silencio;

como nunca, en lo feérico y en lo telúrico, en los alrededores y en lo entrañable, se nos perniquiebra tanto;

que por las grandes avenidas del saber y entre las eventualidades locomotrices de la sangre, está la vida contra la vida misma.

(3)

gusto de ver sobre la mesa ciertas frutas agrupadas como pétalos, pues ellas saturan los ojos, ávidos del color diverso de la vida;

pero me gusta más ver tu mirada de semilla, tus manos en mis manos, palpar con mis yemas el ritmo intermedio de tus senos;

sentir el roce de la hermosa fruta de tu vientre, curvada y promisoria, ese geoide fascinante que ofrece tu cintura;

tu vientre equidista de todo, distribuye arquitecturas deliciosas, centralidad del mundo, Macchu Pichu del cielo;

desde tu vientre parten expediciones invisibles, los cordeles espumosos de la gracia, los fósforos fragantes del fervor;

en tu vientre canta la espiral de tu ombligo, cenote de Liliput, moneda cóncava, ojo primario de la vida;

tu vientre se clausura arriba, se ciñe contra tus vísceras hasta que es una faja y un gozne de movida elocuencia;

la piel de tu vientre es como una pulida sortija, como una transparencia de caracol rosado, como un paladar celeste;

hacia arriba tu vientre es solidario y se prolonga en dos colinas estrábicas hacia donde corre ansiosa la boca;

hacia abajo tu vientre se abre desde el abejeo oscurecido del pubis en dos litorales donde demorar los labios;

tu vientre es un blando cosechero, todo lo coordina y expande hacia la edificación soterrada del hijo;

tu vientre zarandea al planeta, como un péndulo líquido, gira sobre los arranques rítmicos de la entrega;

tu vientre crece hacia los costados con la misma voluntad de las guayabas, con la misma amplitud de los cometas;

a tu vientre me echo, bajo tus manos de gladiolo, para oír como un indio qué bisontes de ternura trae el horizonte.

(4)

ahora tengo unas ganas enormes de aullar, oh Munch, de dar un largo lamento sonoro como una estentórea muralla china;

oh Munch, en el puente que junta los dos cadalsos me sostendría en la baranda gris para desbridar un gran aullido;

espejo del arte, que guardas el instante raro como una duplicación absoluta, qué bien cromas lo incoloro;

vertería un ronquido extenso, desenfadado de fauces, de modo que exhalara de un solo soplo todo el ácido del dolor;

porque ahora exhumo un gran dolor que no es élego ni hímnico, ni flemático ni atlético, ni femenil ni varonil;

es un dolor, Vallejo, sin sabor ni expediente, hincado como una mala vértebra en la sucesión congojosa del vivir;

Munch, para un resonar así con los bronquios del alma hay que poner la baranda, el peso del alma sobre la baranda;

luego que marbeteen, que ausculten, que desahucien como es usual cuando se ha cumplido la honradez del dolor;

ahora daría un aullido de cíclope, de farallón rocoso, de cristal lanzado, de retina pisada, de viento en el desierto;

y no es conmiseración ni perdón ni contribución ni ataque alguno lo que ahora pido, en vísperas de un gran aullido;

sólo deseo deshabitarme el dolor, como un estertor que de pronto sale y se divide en dos rostros que se miran de frente;

luego queda el cráter abierto y regresa el aire del silencio dentro de una inspiración tan larga como un tren;

y va entrando, en anillos de tristeza y consuelo, un color de brasa nocturna como una pequeña fiesta íntima;

y disolviéndose el contorno inmediato, ven los ojos aún rojos del resuello las nítidas palmeras de lo distante;

y los grandes alciones cruzan mientras se levanta convaleciendo el sol sobre las pulidas aguas del océano.

(5)

Así a dónde vamos A ir, si necesitamos tanto? Si todo se gasta un jolongo de algo, un tranvía de eso y de aquello, un triste diapasón de utensilios;

porque no hay manera, no basta con las manos, no basta con añadir los pies, las rodillas, los codos, los hombros, la cabeza.;

no basta: siempre urge una prolongación, un abarque mayor o menor, una hendidura más larga, una extensión casi planetaria;

en cuanto se viene desnudos y desnudos nos marchamos, debíamos tener una desnudez intermedia, pero no es posible;

nos vamos entretejiendo, envolviéndonos, esposándonos, hilándonos y deshilándonos, oh Penélope;

y nos vamos alargando, demorando, sucediéndonos repletos de botones, bocinas, barrenas, oh Odiseo;

grandes son las alforjas de nuestro destino, crecen como los gajos de un milagro, pues vivimos de adminículos;

dependemos de los artesanos que se especializan, de las industrias que se especializan, de los países que se especializan; toda nuestra libertad radica en el aceite, la sal, la tinta, el petróleo, el papel, el fósforo, el antibiótico;

toda nuestra existencia pasa como un hilo por el que trae el ajo, el distribuidor hidráulico, el mecánico de las imágenes y los dientes;

oh Edison, cómo es posible? hacia dónde vamos a ir si ya necesitamos de este modo? hacia dónde, si somos tantos, y demandamos tanto?;

cuántas cucharitas de diversos tipos, cuántos cuchillitos para los pies, los panes, los pescados;

cuántos espejos y cremas, cuántas tenazas y esmeriles, cuántos títulos y expedientes, cuántos galones y planillas;

cuántas sogas y diademas, detectores y lentes, armas y bebidas, aviones y peinetas, espátulas y misiles;

y hemos olvidado los matices simbólicos del cielo, el sabor del rocío o de la yerba macerada bajo las caderas del amor;

a qué olían las costas de los ríos vírgenes, los langostinos de los arroyuelos, las manos de la amada dentro de las hojas del sasafrás solemne?;

fíjate bien, Tersites, que todo es agotable, insostenible, deleznable, expulsable, pero goza de un acabado perfecto;

fíjate que todo fosforece en líneas puras, pero es para un sólo golpe de boca o para el paréntesis fugitivo del mes;

qué se fizieron los ebanistas que levantaban aquellos muebles sólidos, aquellas mesas que atravesaban como barcos las aguas de los siglos?;

qué se fizieron los artefactos solos, que no formaban cadenas de cadenas, que eran inderivables unos de otros como zafados eslabones?;

oh Plutón, vivir para tantas cosas grandes y chiquitas, urgentes y bellas, frágiles y mancomunadas, terminables y extensas;

con cuántos racimos vive el hombre, dentro de qué férulas, árbol que nunca acaba de gajear hacia la totalidad del viento.


Roberto Manzano