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Al morir el alba Aimé Cesaire regresa de Francia a La Martinica.
La mano que escribe, desde el impulso desertor, el escriba y su ánimo/desanimo, el doliente convulso, es, a fuerza de ser injusto, un aspersor.
Regar, diseminar, esparcir. Viejas manías asedian al escriba. Del fluir heracliano al Niágara de Heredia; del San Juan Murmurante de José Jacinto a la noria de las Soledades de Machado; de los Juegos de agua de Dulce María a la Lluvia de Saint John Perse y de allí al Amnios de Raúl Hernández Novas. Aguas que parten y se reparten.
Riego por aspersión, poesía por aspersión. Descompresión de esa fatiga sutil y no sutil, que es describir la humedad desde el sudor, la sangre, desde todas las aguas del cuerpo y del alma. Aspergeo y arpegio… el aspersor, arpa de Luis Yuseff, abre este libro con un introito que nos enerva:
Los azules desconocidos del polvo: libro de viajes: Hispania[1], de Teresita Burgos, es un texto de atmósfera memorable, como todos los libros que se escriben con la emoción y el temblor del poeta que percibe por primera vez sitios o paisajes desconocidos, lugares que se habían visitado solo en los sueños o con el poder inagotable de la imaginación. La autora nos ofrece, desde su exquisita sensibilidad, un conjunto de textos que devienen crónicas, testimonios de su estancia en diversos sitios de la geografía española. Escritos a partir de 1984, los poemas están dedicados a su padre, a su abuela María y a los cipreses, esos árboles majestuosos y enigmáticos que han servido de inspiración a tantos poetas y cantores.
* Palabras de presentación del libro durante la jornada literaria en homenaje a José Jaciento Milanes. Matanzas, 12 al 14 de noviembre de 2012
Vivimos dentro de un circo, parece decirnos Mae Roque y ¿acaso todos no hemos sido alguna que otra vez, el mago, el contorsionista, el payaso o cualquier otra cosa distinta a nosotros mismos? Este libro está colmado de lo que han solido designar los sujetos subalternos, seres oprimidos que luchan por autodefinirse y en muchos instantes desean cambiar la capa, de realidad, pero el poeta sería un tránsfuga odioso de la realidad si en su huída no llevase consigo su desdicha.
Este es conjunto de apreciable arquitectura íntima que nos devela elementos de la realidad interior de la isla que usualmente no son del interés de muchos creadores, a la misma vez que, muestra des un profundo pesimismo – características de la más reciente poesía cubana – como se van derrumbando las plazoletas grises, las cafeterías de mala muerte, los edificios descoloridos y muertos que se ven desde un extremo a otro del caimán.
En el texto “Mi Música”dice: nada fluye, existo en esta discontinuidad (…) Y es que la pesadumbre y la pobreza va acompañadas por el ritmo de Moisés Simons, Arsenio Rodríguez o Matamoros, reforzando lo cubano que vibra bajo cada palabra escrita con naturalidad y honestidad sin que lo atormente la necesidad de elaborar “altas imágenes”.
Un notable aporte al estudio de Enrique Labrador Ruiz (1902-1991) lo constituye un libro publicado por Ediciones Matanzas, en el que se recuperan algunos fragmentos del complejo proceso de recepción de la obra de este imprescindible narrador cubano.Enrique en la república de Labrador, como se titula el volumen, reúne acercamientos a la figura de Labrador Ruiz mediante artículos, reseñas, crónicas y entrevistas dadas a conocer en la prensa cubana, en las décadas del cuarenta y el cincuenta del pasado siglo, franja de tiempo muy significativa en su producción literaria.
“Es comprensible que a partir de su impacto en la política, la economía y lo social, el tabaco haya despertado el interés de los investigadores de todos los tiempos, y, por consiguiente, haya motivado la publicación de varios libros sobre ese cultivo.”
Glorieta, estación hacia la cual viajan, o desde la cual viajan esos habitantes que acaban de abandonar las fotos amarillentas, que son nuestra simiente y, por tanto, somos nosotros mismos. Glorieta, columna que sostiene la armazón de las ciudades, corazón de su gente. A su llamado la banda municipal desentumece los cuerpos reposados; en sus alrededores, abundan los cisnes que desde su exotismo hacen aparecer otros paisajes, tierras lejanas, aunque algún resquicio, alguna insatisfacción quede: ¿cómo se podría traer, pongamos el caso, un solo fragmento de mar hasta una ciudad que no lo tenga?
Es un placer para la Editorial Vigía de Matanzas, en su colección Trébol, presentar el libro de cuentos Mujer Azul de Laidi Fernández de Juan (La Habana, 1961), graduada de Medicina y laureada en numerosas ocasiones como escritora, labor reconocida por los lectores habituales de la narrativa cubana.
Su incursión como narradora se inscribe en la década de los noventas, cuando no por azar le da alcance la vocación por la literatura, en el cumplimiento de una misión médica en África y, donde la literatura a su vez se decide por ella. Con su primer libro Dolly y otros cuentos africanos, de 1994, se hace merecedora del Premio Pinos Nuevos; por Oh, vida de 1998, recibe el Premio Luis Felipe Rodríguez y por La hija de Darío en el 2005, es galardonada con el Premio Alejo Carpentier. Sin embargo, aunque en su labor como narradora sobresale su dedicación y preferencia por el género cuento, irrumpe como novelista con el título Nadie es profeta, publicada por Ediciones Unión, en el 2006.
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