Lo natural unido a lo sobrenatural como objeto de creencias, reflejo de sueños y experiencias que llegan desde los orígenes, desde la memoria primitiva, a través de la tradición son las claves para descifrar el mundo de Manuel Moinelo. La realidad es el despliegue fantástico que nos entrega de la entremezcla de una cultura nacida y transculturada por lo que no sorprende ni es casual el predominio de lo anecdótico y narrativo en su obra.

El ritual, Moinelo lo toma para la cotidianidad, y entonces la irrealidad toma forma haciéndose real. Con El Abre Caminos retoma los ancestros, se hace fiel a ellos, a su ciudad y al mar que habrá de perseguirlo, por eso, causal, geográfico; crea mundos líquidos, donde las criaturas respiran, se mueven como en entorno natural, partes vivas de un todo sincronizado y armónico; únicamente posible cuando se teme y se venera el agua. Su propia creencia impera en el azul profundo, dominio de Yemayá, en el amarillo estridente de Ochún y en el rojo fuego de Shangó.