Tomado del prólogo a Vladimir Visotsky, Editorial Escritor Soviético, Moscú, 1988. (Traducción: Juan Luís Hernández Milián)
Era un hombre talentoso que en vida conocían todos; sus canciones irrumpían en nuestro oído, en nuestras almas, pero hablar de él o escribir sobre él era algo imposible.
Alguien se asustaba mucho con el agudo sentido social de sus versos, alguien se inquietaba con su popularidad. Es difícil decir cómo se siente un hombre que, conociendo sus valores, no tenía la posibilidad de ver sus versos impresos. La muerte lo legalizó. La muerte y las nuevas circunstancias de nuestra vida. Su muerte fue tan repentina e inverosímil que conmovió la sociedad; ya que se imposible guardar silencio y entonces surgieron las conversaciones y los intentos de analizar. Comenzó aquello a lo que un poeta tiene derecho y sin lo que es imposible el desarrollo de la literatura y, en general, de la cultura.
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Por años he tenido un sueño recurrente: andaba otra vez por Moscú: a mí venían imágenes del bosque cercano a la Universidad de Lomonosov, de sus populosos pasillos –otra ciudad dentro de Moscú–, de las residencias estudiantiles con sus porteras atentas y severas y de las aulas de la Facultad Preparatoria presididas por los grandes de las letras rusas, la estación del metro Colinas de Lenin desde donde, tras sus cristaleras, vimos nevar por primera vez, los rostros de Rita y Boris, de Svetlana y Serguey, de Tamara y Víctor, nuestros profesores, que, al no exigirnos el uso de sus patronímicos, cubanizaban las relaciones; tantas veces como lo hice, he soñado ir desde la Plaza Roja y la Catedral de San Basilio, por la hormigueante calle Gorki hasta el monumento a Pushkin y me he sentado allí entre los rusos, a la viva –como decimos los cubanos– para oír el acento ruso coloquial y atrapar alguna frase “muy de ellos”...; uno de aquellos moscovitas, un 6 de junio –natalicio del poeta, impresionante demostración de veneración, me preguntó, al ver cómo yo, después de la ceremonia oficial, escuchaba a los declamadores que, de toda edad, sexo y profesión, decían versos de Pushkin o en alabanza a él: ¿Usted entiende a Pushkin? No todo... pero disfruto la musicalidad de sus poemas. ¿Ha leído a Esenin? Muy poco –me avergoncé. Entonces otro, aconsejándome terció: Léalos, ámelos...ellos son la esencia del alma rusa. Comprendí que si bien el centro político-administrativo era la Plaza Roja, en aquel parque latía la más acendrada espiritualidad de Rusia.
MAR DESNUDO...